Debbie Reynolds

Intentando escoger el mejor gif para recordar a Debbie Reynols, me ha sido imposible no acordarme de la primera vez que vi Singing in the rain un sábado por la mañana. Estaba grabada en un vhs, con los cabezales desgastados que interrumpían los frames de vez en cuando. La cinta había sido grabada un viernes por la noche. Mi hermana y yo la vimos al día siguiente absolutamente fascinados por la música, las coreografías y la desbordante imaginación de aquella película.

Hace unos años, los hijos de Antonio Mercero recogieron el Goya de honor y dijeron “que lo único bueno que tenía el alzhéimer que sufría su padre es que puede ver Cantando bajo la lluvia cada día como si fuera la primera vez”. Hace un par de días, los diarios digitales se afanaron en la búsqueda de clics con la noticia de que los Bajo Ulloa ponían a la venta el Goya al mejor guión original por Alas de Mariposa. Algún imbécil se alegraba de la desgracia ajena desnudando su miseria personal en tuits.

Es posible que la muerte se haya llevado a Debbie Reynolds, igual que un día antes se llevó a Carrie Fisher, una mujer inteligente, libre y feliz que es lo máximo a lo que una persona puede aspirar. Es posible que las películas se queden ahí para siempre, pero ese mundo lleno de fantasía, de recuerdos, aquellas emociones puras y geniales se están marchando. Quizás sea hora de pensar qué clase de mundo nos está quedando y qué vamos a hacer nosotros por él.

Hoy he soñado con Cristopher Nolan

Hoy he soñado con Cristopher Nolan.

Nos comíamos unos tacos mexicanos y Cristopher decía con un acento muy gracioso que su preferido era el taco de “cochinita pibil”. Después probaba unos nachos con queso, guacamole y carne picada y su pálida tez se volvía sonrosada cuando engullía un jalapeño. Después de refrescar su no-oscarizado gaznate con un buen trago de michelada me preguntaba si me iba a terminar mis quesadillas. Las cortaba por la mitad y las repartía al tiempo que le preguntaba si volvería a hacer una peli de Batman algún día. Nolan me respondía que creía haberse ganado el derecho a no rodar franquicias y dedicarse solamente al cine.

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Brindamos con sendas margaritas por esa cosa antigua llamada: cine.

Después teníamos una pequeña disputa por pagar la cuenta que gané yo. Entonces se sintió en deuda conmigo y me dijo: “Enric, pídeme lo que quieras”.

-¿Lo que quiera, lo que quiera?, ¿de verdad?

-Lo que quieras, lo que quieras, de verdad… mientras no tenga que rodar una franquicia de superhéroes, pídeme lo que quieras.

Después de meditar unos instantes respondí con una sonrisa:

-Molaría que rodaras una peli al año.

-¡De acuerdo, a partir de ahora: una al año! -dijo dando un brinco y riéndose, para después añadir con su acento gracioso-: Pinche wey.

La muerte de Michael Cimino

 

Es la segunda vez que Michael Cimino se muere. O al menos, es la segunda vez que muere para Hollywood. El fracaso en taquilla de Las Puertas del Cielo que arrastró a la quiebra a United Artists, el estudio que la financió, fue su primera muerte. Una muerte social, artística e industrial que sólo puede ocurrir en el negocio del cine.

Para mí The Deer Hunter (El Cazador) no es sólo una película. Es una de las pocas películas que dan existencia ya no a una carrera, sino a una forma de representar la vida. En otras palabras, si el cine existe fue para que alguien como Cimino pudiera rodar una película así.

Sé que la huella emocional que El Cazador dejó en mí se debe a que es esa clase de películas que veía con mi padre y para las que muy probablemente aún no tenía edad. Con él he visto películas que me han hecho ver la complejidad del mundo y del ser humano, lo cerca que podemos estar del cielo y del infierno. A menudo se me olvida decirle las cosas que he aprendido de él. Creo que es un buen momento para darle las gracias por no censurarme jamás ningún tipo de contenido “inapropiado”.

El Cazador no es sólo una buena película que deja poso porque eres un niño. No, El Cazador es una película que se mantiene firme hoy en día como el retrato de una época, de una generación y de la condición humana. Vuelvan a verla, véanla con sus hijos, que se hagan preguntas, que se incomoden: harán del mundo un lugar mejor. Ese es su legado.

La muerte de Cimino es también la muerte de un tipo de cine que ya no volverá. El cine ha cambiado tanto que es impensable que nadie pueda financiar una película así hoy en día. Los cineastas sabemos que dentro de una misma historia, o de un mismo tema, hay ciertas cosas que no podemos hacer porque no las van a entender o no les va a gustar a aquellos que deciden qué películas se hacen y qué películas no. En todas partes hay unos pocos outsiders, es cierto, pero el grueso de las películas que se producen son películas impermeables, auto-censuradas, dirigidas a un público determinado, targetizado, que no tienen el objetivo de remover emocional e intelectualmente a las clases medias del mundo.

Con esta segunda muerte de Cimino, muere también una forma de entender el cine, el arte y una forma de representar la realidad con el firme propósito de querer cambiarla. Quizás sea la constatación del fin de una época y quizás vaya siendo hora de vestirnos de luto y hacer un duelo.

Es una vergüenza para el negocio del cine, para Hollywood y para el sistema que Cimino se haya muerto teniendo “un armario lleno de guiones que quería rodar“.

Héroes modernos

The Imitation Game explica la historia del criptoanalista Alan Turing responsable de descifrar los códigos de la máquina Enigma de la Alemania Nazi. Este hecho fue crucial para la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. TIG es una película correcta sobre héroes “incorrectos”. Una de esas producciones solventes y bienintencionadas, que explican una historia crucial para la humanidad.

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La historia se centra en el conflicto moral de dejar morir a unos cuantos para salvar a unos muchos. Es decir, el conflicto de las grandes decisiones que siempre se toman en las alturas y no en el conflicto a ras de suelo de los mortales ciudadanos llamados a leva. No es casual que el cine comercial mainstream recoja esa tradición de historias que explican las vidas de los generales, en lugar de las de los pobres soldados. El cine comercial mainstream sigue apostando por esas grandes epopeyas como si los reyes continuaran siendo los importantes y no sus vasallos.

El personaje que interpreta Cumberbacht, que no deja de ser un vasallo al servicio de los reyes, es también una especie de Merlín, un sabio con una magia que es capaz de detener la guerra y reducir exponencialmente sus consecuencias. Si la historia y la sociedad occidental fuera como debiera, no habríamos tardado 70 años en hacer de Turing un héroe. Y sin embargo, la película -muy dulcificada- explica su triste historia: muriendo solo, apestado, sin el menor reconocimiento, castrado químicamente por su homosexualidad, su diferencia, su “enfermedad”.

¿Qué clases de héroes construimos? ¿Qué clases de héroes merecemos? ¿Qué trato les damos a los héroes? Podríamos pensar que 70 años más tarde, hemos evolucionado algo. Pero basta con echar un vistazo a los héroes que diariamente ocupan horas de televisión y radio, y encabezan las portadas de los diarios digitales con sus gestas. Nuestros héroes no son gente que haga cosas realmente extraordinarias, que salven vidas y mejoren la vida de la gente. ¿Cuántos Marie Curie, cuántos Ramón y Cajal, cuántos Picassos, cuántos Cervantes, cuántos Turings anónimos hay ahora en el mundo? ¿Y cuántos seguidores de Twitter tienen? Porque así es cómo ahora valoramos a las personas.

Sin embargo, nos da igual lo que hagan nuestros héroes modernos fuera de su ámbito profesional. Mientras rindan con sus gestas, mientras hagan su trabajo allá donde toca, nos da igual su falta de educación, sus formas, su (in)cultura; si desprecian a los periodistas y les insultan en ruedas de prensa; nos importa un pepino si (nos) defraudan a hacienda; celebramos que golpeen a sus novias; nos la suda si se follan a menores en orgías concertadas por productores de cine X metidos a criminales y a la trata de blancas. Son deportistas, son héroes, y como tales, tienen absoluta impunidad.

Parece que esas son nuestras guerras modernas y nos da igual la “enfermedad” de nuestros héroes con tal de que las ganen por nosotros.

Personajes

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La diferencia entre persona y personaje nunca ha sido tan compleja como lo es en la actualidad. Si ya resultaba confuso diferenciar el ente real del ente ficticio en los programas de tele-realidad, todo se enreda cuando las fronteras entre la ficción y la realidad se difuminan. Antes teníamos una pantalla de televisión que nos delimitaba claramente las fronteras (ellos y nosotros/personajes y espectadores) ahora el mundo está lleno de pantallas. Nuestra realidad es una continua híper-conexión en la que enviamos mensajes, ideas, pensamientos, imágenes, vídeos e historias en diversos formatos, a través de diversos canales, todo el tiempo.

¿Cómo diferenciar cuándo se es una persona y cuando se es un personaje? En mayor o menor medida todos jugamos al juego del enmascaramiento en que estilizamos nuestra persona y nos convertimos en personaje, sin necesidad de que haya pantallas de por medio. Siempre ha existido un elemento dinamizador del mensaje cuando se juega en la convención de la ficción. Y todos parecemos menos vulnerables a la vida en ese contexto, como si en algún punto de nuestras vidas pudiéramos cambiar de rol, de serie, o de canal.

La ficción ha terminado por comerse la realidad hasta el punto de que todas las personas actuamos como si fuéramos personajes. Asumimos nuestros distintos roles en nuestras distintas realidades y juzgamos y somos juzgados como tales. Que la auto-ficción esté tan de moda no es más que un síntoma de la búsqueda incesante de verdad y al mismo tiempo de la necesidad incesante de máscaras. Quizás porque para contar una verdad, la mejor forma de hacerlo sea con una mentira y para contar una mentira nada mejor que hacerla pasar por una verdad (autobiográfica). Tal vez en algún momento nos demos cuenta de que la verdad no existe, o que al menos, existen tantas verdades como personas y puntos de vista; que la prisión de un personaje, sin complejidad, sin matices, voluble y cambiante no es lo que nos merecemos como personas. Porque las personas somos muchas cosas, para empezar nuestras circunstancias, y hay muchas personas dentro de una misma persona. Conocemos a la gente o creemos conocerla a través de su mensaje, de su ficción, de su personaje, de su twitter, de su máscara, que es lo mismo que no conocerlo.

El imbécil

¿Qué es El Imbécil? El Imbécil no es un (sólo) individuo, El imbécil es un arquetipo psicológico. De la misma manera que en la vida nos encontramos con inocentes, huérfanos, creadores, o ladrones, cada cierto tiempo nos encontramos con El imbécil. Uno desea que la vida le depare encuentros con sabios o femmes fatales, pero no, el sector cultural suele atraer a imbéciles. ¿Es algo consustancial con el sector? No. Nuestra sociedad está llena de imbéciles porque sociológicamente el arquetipo del imbécil es un tipo exitoso. En este país, El Imbécil llega lejos.

¿En qué consiste el arquetipo del Imbécil? El Imbécil se construye sobre un sólido pensamiento: un absoluto desprecio por tus conocimientos y tu experiencia. Armado con cuatro frases de manual, dos lecturas mal contadas y horas de visionados pasivos ociosos, El Imbécil cree que puede hacer tu trabajo mucho mejor que tú. Y que además, el hecho de que no lo haga es por falta de tiempo. Y tienes que agradecerle la oportunidad que te da. Y que sino se pone es porque él está muy ocupado en lo realmente importante.

El Imbécil suele despreciar todo lo que has hecho hasta la fecha. Cree que todos esos años, toda esa experiencia a ti te juegan a la contra porque ya estás sucio, ya vas de manual, ya vas de sota, caballo, rey y este es un mundo que está cambiando, y lo que tú crees que sabes ya no funciona, porque el público quiere cosas distintas, que él lo sabe porque a él le pagan una pasta para averiguarlo. No le importa nada que lo que hayas hecho hasta la fecha tuviera unas circunstancias determinadas. Eso a él le da igual, eso sería profundizar demasiado. El Imbécil  prefiere pensar que si eso lo hiciste así es porque no sabes más.

El Imbécil no se ha parado a pensar qué es lo que hacían los cradores de The Knick antes de hacer la serie más malrollera ever.

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Esto hacían.

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Y esto. Imbécil.

¿Cómo descubrir si alguien pertenece al arquetipo del Imbécil? Saldréis de dudas en el momento en que os diga lo siguiente: “yo he leído muchos manuales de guión, he leído muchos guiones, y he visto muchas películas y series”. Me pregunto si es así con todo. Si en su casa es así, si en su vida cotidiana funciona como en su vida profesional. Me pregunto si El Imbécil cada vez que va a un restaurante de una, dos o tres estrellas, se planta en la cocina, y le explica al chef (con ese arrojo y esos cojones) que él ha cenado en muchos restaurantes, que ha leído muchos menús, que sabe cómo cocinar bien esas mollejas caramelizadas en nido de fideos de arroz con aire de canela, que si no se pone es porque está muy ocupado comiéndoselo, y que dónde has cocinado tú antes, cocinillas.

 

El Renacido

El otro día escuché el siguiente comentario: “Spotlight me gustó pero es un poco televisiva”. ¿Qué significa que una película es “televisión”? ¿Que una película esté bien escrita y bien interpretada es televisión? ¿Conocer el tema que se trata y tener una tesis clara es televisión? ¿Tener una puesta en escena sobria y directa es televisión? ¿Televisión significa que te importe más la historia y los personajes? ¿Eso es televisión? ¿Qué es eso tan antiguo de mirar a la televisión por encima del hombro? Qué va a ser lo siguiente? ¿Hablar de grandes y pequeñas pantallas? ¿En serio?

Y por el contrario, ¿es El Renacido cine? ¿Es cine porque es impactante visualmente? ¿Es cine por su puesta en escena? ¿Es cine por la forma? ¿Es cine porque es física? ¿Es cine por su sentido estético? ¿Es cine por su realización? ¿Es cine porque es superficial? ¿Es cine porque es emocionalmente monocorde? ¿Es cine porque es primaria? ¿Es cine porque es artificial? ¿Es cine presumir de lo grande que el director tiene su pene? ¿Es eso cine?

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Esto no es un ataque de un oso.

Y aquello no era una pipa. En la escena del ataque del oso, en todo momento eres consciente de que no está habiendo un ataque de un oso. Porque sabes que un ataque real de un oso habría matado a Leonardo Di Caprio. Estás delante de aquello y es apabullante visualmente e híper-realista, pero carente de emoción ninguna. Eres incapaz de suspenderte en la inmersión narrativa porque lo único que te preguntas es: ¿cómo han hecho el truco? Sabes en todo momento que hay un truco, un ilusionismo, una trampa… Hace mucho tiempo que algunos han olvidado que esto no va de hacer trucos, sino de hacer magia.

El Renacido es un intento desesperado más de reformularse en esta caída del paradigma cinematográfico como gran medio representativo de nuestro tiempo. La gente del cine hace tiempo que asistimos a la caída de un imperio. El público se ha diversificado en diversos formatos de ocio, cuando antes todo esto sólo eran cines. Uno de los intentos desesperados por volver a atraer a esta audiencia que se escurre entre los dedos es con las “experiencias absolutamente cinematográficas”. Por lo apabullante de su propuesta visual, El Renacido “sólo” se puede disfrutar en el cine. No hay mayor tontería: si estás en el cine (y tienes un mínimo de educación) no puedes hacer ninguna otra cosa más que mirar la pantalla. El cine no se sentiría desvalido si volviera a lo fundamental: a contar una historia que empieza y termina.

Si el 90% de las conversaciones que tienen lugar en esta industria no versaran tanto en el target, el marketing, la financiación, las televisiones y el dinero, y estuvieran más enfocadas a la historia, los personajes, y la historia, y los personajes, y vuelta a la historia y a los personajes… quizás y sólo quizás, el cine volvería a no tener rival.

Lo peor que le puede pasar a una obra es ser inane. El Renacido puede ser cine, pero bien le haría falta tener algo de complejidad, profundidad, capas emocionales, personajes interesantes, tensión dramática, y sobre todo tener algo que contar. Es decir, algo de televisión.

Y algo de magia.