Bares de Pueblo

Como tengo un ratito antes de una comida familiar, me siento en una terraza a tomarme una caña. Descubro cuando llega el camarero de bigote tardío-franquista que ya no soy el nieto de Don Enrique el del Ateneo, ni el hijo de Marijuli la del chalet, ni tampoco soy el fill de Pepe el de la gesto.
Con la caña me sirven una tapa de morcilla de Burgos y lágrimas de sorpresa cosmopolita surcan mis mejillas. Sin ser tampoco el germà de Miquel, ni el germà de Carmina, me como la morcilla que sabe mejor que bien, porque sabe gratis.
Me doy cuenta de que nunca fui el germà de Maria Pardo. A Maria, tres años menor que yo, los maestros le preguntaban si era mi hermana. Ella respondía que sí, y automáticamente sus rostros reflejaban terror. Sin embargo, una vez terminado el curso corrían a decirle a mis padres lo buena y trabajadora que era María (por oposición elidida).
Me termino el vermut y pago un precio no gentrificado, sin saber todavía quién soy. El camarero me pide si quiero algo más, y es entonces cuando me doy cuenta de que por fin ha llegado el día: ya me llaman caballero en los bares del pueblo.

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