Preguntitas

Sentado en un banco del parc Joan Miró veo como una niña de unos seis o siete años se toma la merienda con su padre. La niña viene y va revoloteando al tiempo que le hace una pregunta tras otra:
-¿La naranja se llama naranja porque es naranja?
-Sí.
-Y si fuera roja, ¿se seguiría llamando naranja?
El padre asiente y consigue introducirle un trozo de fruta en la boca de su hija, que a medio masticar le pregunta:
-¿Por qué el plátano se llama plátano y no se llama amarillo?
No oigo la respuesta del padre porque un camión de bomberos pasa haciendo sonar la sirena, pero sí que le veo sudar.
La respuesta no termina de convencer a su hija que vuelve a la carga preguntándole por qué tiene que merendar.
-Para que seas muy fuerte -le dice el padre.
-¿No soy fuerte ya? -responde la niña.
-Para hacerte aún más fuerte -rectifica el padre, pillado en un traspiés.
-¿Puedo jugar con los niños a la pelota? -vuelve a preguntar la niña.
-Claro, puedes hacer lo que quieras -responde el padre esforzado.
-¿Y me puedo llevar la pelota a casa?
-No, no puedes llevarte la pelota a casa.
-¿Por qué no? Has dicho que podía hacer lo que quisiera…
El padre guarda silencio y en su cerebro un resorte explota intentando encontrar una respuesta que concilie el conflicto entre la libertad de su hija y la propiedad privada.
Entonces, la niña se gira hacia mí, me mira con una sonrisa, y con una condescendencia atávica me dice:
-Mi papá me explica cosas.

Bar de viejos

Una vez a la semana voy a comer a un bar de viejos. Es casi como un ritual, en ese almuerzo no hay reglas. De primero pido el plato de pasta con más gluten, de segundo la carne con guarnición donde pueda mojar el pan blanco, y lo acompaño con vino o cerveza. De postre… de postre, me dejo llevar.
Siempre llego quince minutos antes de las 14:00 y me hago con el periódico. A las 14:00 en punto llega un señor muy mayor que siempre se sienta en la misma mesa a mi derecha, y entonces, le cedo el periódico.
Ayer, en la mesa a mi izquierda había una madre con su hijo de cinco o seis años. No era un niño revoltoso o inquieto, no; no era sólo eso. A mis casi cuarenta años sé distinguir un niño gamberro o con malicia, que sobrevivirá con ingenio a cualquier vicisitud de la vida, de la misma reencarnación del Mal.
-Matías, estate quieto o te “riñiré” -le decía la madre, como si no estuviera ya “riñiéndole” y como si “riñir” fuera reñir a alguien dándole un sopapo que empieza con un golpe de riñón.
Matías lanzó un juguete y su madre resignada, fue detrás a recogerlo pidiendo perdón a todos los viejos del bar de viejos. Entonces, aprovechando que su madre estaba de espaldas le dije en voz baja a Matías:
-Matías, pórtate bien, o aquí el señor que lee el periódico y yo, de postre, nos comeremos tu corazón.

Hace unos días…

Hace unos días, estuve en les festes de la Magdalena de Castelló. Fui a una colla y estuve cenando con unos amigos del instituto. Bebimos, reímos, y recordamos batallitas. En un aparte justo antes de marcharme para casa, B se acercó a mí y me cogió por el brazo diciéndome: “no te marches, tío, vamos a tomarnos la última, por los viejos tiempos…”
-¿De qué viejos tiempos me hablas? -le dije bromeando.
-Ya sabes, cuando no estaba casado, ni tenía hijos… cuando aún no teníamos vello púbico.
Entre un contenedor y un opel corsa nos fumamos un porrito a escondidas. B parecía feliz de estar ahí conmigo. Entonces, me dijo lo mucho que me admiraba y que estaba muy orgulloso de todos mis logros y tal… Le dije -con falsa modestia-, que tampoco era para tanto y entonces me respondió:
-No te quites importancia, tío. ¿Sabes? A mí, en realidad, me habría gustado ser como tú… Sí, en serio. Llevar la vida que llevas tú, ver las cosas como las ves tú… Ojalá me importara un rábano el qué dirán, llevar un aspecto descuidado y que me la sudara el evidente deterioro físico… como tú. ¿Quieres la chusta?

En la sala de espera…

Hoy en la sala de espera del médico, sentados junto a mí, una pareja se reía de los nombres y apellidos de los pacientes. Llamaban a Diana Hernández y se miraban entre ellos, partiéndose de risa. Después, él hacía un gesto como de tirar un dardo y ella se mondaba, como si fuera la ocurrencia más divertida del mundo.
La megafonía anunciaba que era el turno de Joaquín Segura y los dos se quedaban pensativos, recordando a un tal Joaquín, preguntándose qué habrá sido de ese rostro del pasado. A él le han brillado los ojos cuando ella ha dicho: “segura-mente estará muerto” y se han echado a reír como si no hubieran normas de conducta en los hospitales.
Cuando ha sido mi turno, los dos han dado un respingo y han permanecido en silencio. Han aguantado la respiración mientras yo me he levantado y he cruzado el pasillo, pero cuando he llegado a la puerta de la consulta, ya no han podido resistirse más: ella ha exhalado una pedorreta al tiempo que él repetía una y otra vez mi apellido con lágrimas en los ojos: Pardo, decía, se llama Pardo…
Ella no tendría menos de 70 y él rondaría los 80, quizás los 85 años de edad.

Barbas

Esta mañana en la cola de la panadería había un chico con barba, pero no la necesitaba. Es decir, era un chico joven, delgado, de pómulos marcados y cuello de cisne. Era un chico fino, pura fibra y por tanto, no le correspondía todavía llevar barba.
La barba es para los gorditos, para los entrados en años, para los hombres que tienen acné o cicatrices producto de accidentes de tráfico. Las barbas, hay que decirlo ya bien alto, son para los que tenemos papada. Además, las barbas son un recurso limitado en el tiempo. En cuanto aparecen las canas, la ilusión óptica se desvanece y el efecto se pierde por completo. Nadie quiere parecerse a Papá Noel, todo el mundo se ve defraudado porque no llevas regalos.
Últimamente todo el mundo lleva barba, esta repetición tampoco ayuda. No todos necesitamos barba, Leo Messi quizás sí, pero Pablo Motos no, Pablo Motos sólo necesita leer libros.
Cuando ha llegado su turno, el chico ha comprado una barra de pan integral con semillas de posguerra, y entonces ya no he podido aguantar más y le he soltado por lo bajo:
-O compras pan blanco normal del que engorda, o te cortas la barba; pero las dos cosas no.

En la cola del súper…

Estaba en la cola del súper con mis macarrones integrales y un pack de seis botellas de litro y medio de agua de Bezoya, cuando a la chica que había delante de mí le ha sonado el teléfono. Lo ha descolgado y ha respondido:
-Mamá, estoy conduciendo, ¿te puedo llamar?
Todos los que estábamos en la cola (un señor, otra chica y la cajera) nos hemos quedado mirando entre nosotros con una mezcla de superioridad moral y de sentimiento de pertenencia a un grupo (casi a una clase social: la de la gente que no miente NUNCA a su madre).
De todos nosotros, el más indignado era yo. He sentido la ira proveniente de la fe del converso, la de aquel que hace mucho tiempo -alguna vez- mintió a su madre, pero que en algún punto de su vida se reconvirtió. He tenido ganas de gritarle a la chica: “¿pero cómo te atreves?, ¿cómo eres tan miserable de mentir a tu madre, maldita desagradecida?”.

Lo que significa que estoy completamente rehabilitado.