Farsantes

Todo empezó con una inocente invitación:

-¿Por qué no intercambiamos casas?, ¿un “finde” vosotros venís a San Sebastián y otro “finde” nosotros vamos a Barcelona? –propuso Patricia.

A Ruth y a mí nos pareció una idea estupenda. San Sebastián era una ciudad que nos gustaba mucho y no la habíamos visitado desde antes de casarnos. Decidimos ir en el puente de la constitución aprovechando que Mikel y Patricia se marchaban unos días fuera a practicar senderismo: “Mikel es un loco de las caminatas” decía Patricia. Todo estaba arreglado: tendríamos la casa para nosotros solos, durante cuatro días, a coste cero.

Sin embargo, cuando llegamos a San Sebastián, nos encontramos con un problema: en un mal paso de una de sus caminatas, Mikel casi se había roto un ligamento; tenía un esguince de grado tres en la rodilla. Cojeaba ostensiblemente y apenas podía caminar. No sólo no podía hacer la ruta que tenían planificada sino que se veía obligado a guardar reposo hasta que supiera si necesitaría cirugía. Todos nuestros planes se fueron al traste.

La primera noche la pasamos en su casa. A primera hora de la mañana me desperté y fui al lavabo, pero antes, un ruido procedente de la cocina me hizo acercarme. Me encontré a Mikel silbando una alegre melodía mientras preparaba el desayuno, al tiempo que bailaba contoneando sus brazos y sobre todo, moviendo sus piernas, marcando los pasos con sus pies a una velocidad latina. No había rastro de su cojera. Me quedé clavado en el quicio de la puerta tratando de asimilar lo que estaba viendo durante un buen rato. Finalmente, dejé de oír su silbido y sus piernas y sus pies se quedaron quietos; Mikel se había percatado de mi presencia. Los dos nos quedamos mirándonos el uno al otro sin saber qué decir en un denso silencio que duró casi dos minutos.

-Estoy haciendo café, ¿quieres? –me preguntó después de un buen rato.

-Sí, por favor –acerté a decir, después de salir del trance-. Voy al lavabo un momento.

-Muy bien.

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El resto del día, Mikel siguió con su cojera y yo no dije nada. Mi mujer y yo sopesamos la idea de quedarnos con ellos en su casa el resto del fin de semana, pero a los dos nos apetecía estar solos, y Ruth tampoco quería molestarles. Casi de milagro conseguimos una habitación de hotel, en el puente de la constitución en San Sebastián, sin reserva, lo que nos costó una pequeña fortuna.

Cuando meses más tarde, Patricia le preguntó a mi mujer si nos iba bien que les prestáramos la casa el puente del 1 de mayo yo me mostré bastante reacio. Ruth no entendía el porqué. Después de darle muchas vueltas me vi obligado a explicarle lo que había visto. Mi mujer no daba crédito, no se podía creer que nos hubieran mentido así, que nos obligaran a marcharnos a un hotel; y que además quisieran que cumpliéramos con la palabra dada de prestarles nuestro piso. Ruth volvió a preguntar para estar completamente segura:

-Pero, ¿qué es lo que viste, exactamente?

-Vi a Mikel bailando bachata.

-Qué hijo de puta -dijo Ruth.

No sabíamos qué hacer. No teníamos ningunas ganas de dejarles el piso, pero me parecía ruin decirles que no y enfrentarnos llamando mentiroso a un tipo al que apenas conocíamos y con el que no queríamos estar enemistados. Sin embargo, ni Ruth ni yo, queríamos dejarles la casa.

Así que Ruth ideó un plan. Cuando llegaron, nosotros ya teníamos las maletas preparadas, habíamos planeado un viaje relámpago a Amsterdam con la intención de visitar a la hermana de mi mujer. Les recibimos y les explicamos cómo funcionaba todo: el horno, la vitro, la caldera, los diferenciales de la luz, y sobre todo que no se preocuparan del pienso de los gatos, les habíamos llenado sus cuencos hasta los topes y tenían la arena recién cambiada.

-¿Cómo los gatos? –preguntaron los dos completamente lívidos.

-Sí, Trotsky, Lenin y Stalin. Nuestros tres gatos.

-No sabíamos que teníais gatos.

-Ni que fuerais comunistas –dijo Patricia con un hilo de voz.

-Sí, desde siempre –mentimos a las dos cosas.

-Es que Mikel tiene alergia a los gatos –dijo Patricia.

-¿No me digas? –dijo mi mujer haciéndose la sorprendida, como si Patricia nunca se lo hubiera explicado, como si no tuviera un excel mental con este tipo de información que todos los demás olvidamos al instante-. Vaya, pues no tenía ni idea…

Entonces, Mikel estornudó, una, dos, y tres veces seguidas. Patricia se dio cuenta de que no podían pasar ni un minuto más en aquella casa. Buscaron un hotel por internet, mientras nosotros fingíamos una enorme decepción. Entonces, Trotsky el gato más pequeño de los tres que nos había prestado la vecina del 5º, 1ª apareció en el salón a escudriñarnos.Mikel tenía los ojos rojos y vidriosos cuando Trostky se acercó directo hacia él: acariciando y refregando su lomo contra la pierna que Mikel fingió lesionarse. 

Fue un momento de justicia poética que me hizo sonreír.

A los siete años descubrí que los adultos tienen el alma podrida

Fue en casa de mis padres, en una paella con sus amigos. Yo era fan de Bárbara, la mejor amiga de mamá. Fumaba, bebía y reía sin parar, decía muchas cosas todo el tiempo a una velocidad vertiginosa y todo el mundo la admiraba. Pero de vez en cuando también se quedaba en silencio y era en esos momentos en que me miraba fijamente que yo sentía que podía mirar dentro de mí, y creo de verdad que siempre tuvo ese poder. Siempre que me decía “Nina, tú eres más parecida a mí que a tu madre” me daba un vuelco el corazón, porque había una parte de mí que quería que fuera así y otra parte que se sentía culpable, como si fuera desleal con mamá.

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Cuando algunos tomaban el aperitivo y papá empezó a preparar la paella, Diego, un chico con el pelo largo y mucha barba y que era muy fuerte (podía levantarme un palmo del suelo con un solo brazo), empezó a vociferar y a quejarse qué estábamos haciendo.

-¿Y el pollo?, ¿y el conejo?, ¿dónde coño está la carne en esta paella?

-No hay carne en esta paella –dijo Bárbara.

Yo no entendía exactamente lo que estaba pasando pero noté que había una tensión muy rara, una tensión impropia de un domingo. Todos los adultos bajaron la cabeza o miraron para otro lado fingiendo hacer otras cosas, guardando silencio y tratando de no hacer el más mínimo ruido. Mamá me cogió y me dijo con buen tono pero en voz baja que fuéramos para adentro, pero yo no quería, no sabía qué estaba pasando, pero sabía que no quería perdérmelo.

-Si no hay carne no hay paella. Eso es así –dijo Diego.

-Eso es así, ¿por qué?, ¿porque lo dices tú? –contestó Bárbara poniendo sus brazos en jarra y levantando el mentón.

-Sí, Bárbara, porque lo digo yo y porque la paella ha llevado pollo y conejo de toda la vida.

-Y claro, lo que se hace toda la vida se hará toda la vida.

-Eso es…

-Como sacrificar vírgenes al dios de turno, que también se ha hecho toda la vida.

-No me compares, no seas demagoga… Tú vales más que eso –dijo Diego con aire de superioridad.

-¿Tú has estado alguna vez en un matadero? ¿Sabes cómo sacrifican a los animales? ¿Sabes que la cadena alimenticia no sólo sirve para alimentarnos sino que sirve para perpetuar un sistema contra el que dices luchar? ¿Matar más para vender más? –le dijo Bárbara sin esperar respuesta-. Recuerdo a un Diego que me hablaba de praxis. De que aquello que piensas, de que aquello que sientes debe estar en armonía con aquello que haces.

-No mezcles una cosa con otra…

-Ese es el problema Diego, que todo está mezclado y tú nunca has querido verlo –dijo Bárbara.

-Las cosas no son blancas o negras -se defendió Diego.

-No, nunca lo son. Pero hay veces en que hay que tomar partido, ¿recuerdas? Tú tomaste partido… y la elegiste a ella. No pasa nada, no hay ningún problema, todos somos adultos. Pero hoy aquí también hay que tomar partido: por eso nos vamos a comer una buena paella vegetariana –dijo Bárbara dándose la vuelta y dando por terminada la discusión.

Diego quiso replicar, pero calló y se hizo un silencio. Se terminó la cerveza y anduvo hacia la piscina, mojó sus pies y tras pensárselo muy poco se lanzó y se puso a nadar un largo tras otro.

Bárbara me guiñó un ojo y me cogió de la mano al tiempo que me decía: ¿quieres una limonada?

Yo le dije que sí y entramos las dos en el interior de la casa. Desde dentro se oía el bullicio: todos habían vuelto a hablar, a reír y a divertirse. En el silencio de la casa, los oíamos pasárselo bien. Bárbara me miró y me dijo: “en realidad, Diego no es mal tipo, es muy fuerte, sabe bailar y besa muy bien… pero hay veces en que a un hombre hay que decirle lo que no quiere oír delante de todo el mundo, ¿lo entiendes, Nina?

-Sí –dije sin entenderlo.

Bárbara sacó la limonada fría de la nevera y empezó a abrir todas las puertas de los muebles buscando los vasos. Sin embargo, abrió el armario de la despensa y se quedó maravillada de lo que allí encontró.

De repente, buscó entre los cajones y sacó un enorme cuchillo. Volvió a la despensa y empezó a cortar unas finas lonchas de jamón de la pata jamonera de papá. Luego se lo llevó a la boca y cerró los ojos al devorarlo con placer. Me llenó el vaso de limonada y me preguntó:

-¿Quieres un poco de jamón?

Le dije que sí con un gesto de la cabeza. Estuvimos las dos comiendo jamón a escondidas un buen rato.

Mirándola con aquella sonrisa de triunfo y placer en la cara pensé que sí, que en realidad me parecía más a ella que a mi propia madre.

Like

Hacía unos días que no sabía nada de ella. Entonces, recibí su mensaje: “tenemos que hablar”.

-Rebeca, ¿pasa algo?

-Sí, pasa que tenemos que hablar.

Acudí a la cita con el estómago revuelto por los nervios. Rebeca me esperaba sentada en la terraza al tiempo que encendía su segundo cigarrillo. A pesar de que llegué puntual, tenía la cerveza a medio terminar y ya estaba pidiendo la segunda. Aunque nos dimos dos besos, no nos dimos dos besos, simplemente rozamos diplomáticamente nuestras mejillas.

Le pregunté de qué quería hablar conmigo. Sacó su teléfono móvil y me di cuenta de que en realidad quería pedirme explicaciones. Abrió su instagram y repasó una a una las últimas doscientas trece fotos que había colgado. Le pregunté por qué estábamos repasando esas doscientas trece fotos y no las cuatrocientas quince que había colgado desde que se abrió la cuenta. Me respondió que sólo quería repasar esas doscientas trece fotos porque las anteriores no eran importantes.

-¿Por qué las otras no son importantes? –le pregunté.

-Porque antes no nos seguíamos en instagram. Sólo hace doscientas trece fotos que me sigues -respondió.

-Pero, ¿cuál es el problema? -le pregunté intrigado.

Entonces, Rebeca volvió a repasar las doscientas trece fotos con cierta ansiedad mientras encendía un tercer cigarrillo, y pedía otra copa de cerveza.

-Fíjate -me dijo- todas estas fotos tienen algo en común en todas, absolutamente en todas, me has dado un Like.

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-¿Y? Eso es bueno, ¿no? -le pregunté perplejo.

-Sí, claro que es bueno, lo que ocurre es que en ESTA FOTO con mi sobrina Candela no le diste al Like –me dijo señalándome esa foto en concreto.

-¿Cómo? Déjame ver.

Eché un vistazo a la foto y efectivamente, ahí estaba Rebeca con su sobrina Candela, súper-preciosas las dos, sonriendo en lo que parecía ser el jardín trasero de un pareado decorado con globos, banderitas, serpentinas, piscina y hasta tarta de chocolate. Y no, no le había dado un Like. Y era raro, porque la foto se merecía un Like.

-No sé, ¿qué es lo que quieres decirme con esto? –le pregunté a mi amiga.

-Pues no me esperaba esto de ti, la verdad, yo pensaba que eras… una buena persona y no… ya sabes, no pensaba que fueras así.

-¿Así cómo?

-Así… -a Rebeca le costaba decirlo, por la rabia, pero también por la decepción- como una mala persona.

-Un momento, un momento, ¿mala persona? ¿No le doy a un Like a una foto y de repente soy una mala persona?

-Más que una mala persona, ¡un racista! –dijo sin poder reprimirse-. Lo que demuestra esta foto… ¡lo que demuestra que no le des al Like a esta foto es que eres un puto racista!

-¿Qué?

-Niégamelo… ¡ten los santos cojones de decirme que no le has dado al Like porque Candela es negra!

-No sé qué decir, pero, Rebeca, yo no soy racista, ni siquiera me había dado cuenta de que…

-¿De qué? ¿En serio me vas a decir que no te habías dado cuenta de que Candela es negra?

-No, no, claro que me he dado cuenta de que Candela es negra, de lo que no me había dado cuenta es de que no le había dado al Like a esa foto…

-No me tomes por imbécil. O sea le das al Like a todas mis fotos, cada día, desde que nos conocemos, a doscientas trece fotos y se te pasa justo esta, ¡qué casualidad! -dijo totalmente indignada. Tomó aire, apagó el cigarrillo bajo la suela de sus zapatos y dejó ir lo que llevaba dentro-: Mira, yo pensaba que éramos amigos… es más, pensaba que te gustaba, porque siempre me dabas Like a todas las fotos y ya se sabe lo que es un Like, que según cómo puede ser algo más… y yo, tonta de mí, hasta me había hecho ilusiones…

-Pero, Rebeca, si yo sí…

-Déjame terminar. Lo que quiero decir es que…

-Un momento -le interrumpí dándome cuenta de algo. Cogí su teléfono y comprobé la fecha de la foto. La foto había sido tomada el 7 de junio. Como un fogonazo que iluminó mi cara, fue entonces cuando comprendí qué es lo que había ocurrido-. Rebeca, ¿sabes por qué no le di al Like a esa foto?

-No quiero oír ninguna explicación, tengo el corazón roto para escuchar ninguna excusa barata…

-Rebeca. Mira.

Entonces, poco a poco, me levanté la camiseta y le dejé ver la cicatriz que cruzaba el costado derecho de mi vientre. Rebeca me miró sorprendida y me preguntó qué era eso. Yo le respondí que el 6 de junio me habían ingresado en el Hospital de Bellvitge con un ataque de apendicitis. El 7 de junio estuve incomunicado, sin batería y tardaron dos días hasta que me dieron el alta.

-No vi tu foto con tu sobrina Candela, que me parece un amor, por cierto. No pude darte Like.

Rebeca se quedó callada. Durante minutos no supo qué decir, de repente se puso colorada, le faltó la respiración y empezó a hiperventilar. La abracé y le dije que no pasaba nada, que un error lo podía tener cualquiera. Me dijo que lo sentía, que lo sentía mucho. Traté de consolarla y le dije que a partir de entonces lo haríamos mejor, subiríamos también las fotos de las cosas malas que nos pasaran para que no tuviéramos que enterarnos así de nuestras circunstancias. Rebeca me pidió entre lágrimas que la perdonara.

-No hay nada que perdonar, Rebeca -le dije con mi cara pegada a la suya.

Cogí su rostro entre mis manos, acerqué mis labios a los suyos y le di un Like.