A los siete años descubrí que los adultos tienen el alma podrida

Fue en casa de mis padres, en una paella con sus amigos. Yo era fan de Bárbara, la mejor amiga de mamá. Fumaba, bebía y reía sin parar, decía muchas cosas todo el tiempo a una velocidad vertiginosa y todo el mundo la admiraba. Pero de vez en cuando también se quedaba en silencio y era en esos momentos en que me miraba fijamente que yo sentía que podía mirar dentro de mí, y creo de verdad que siempre tuvo ese poder. Siempre que me decía “Nina, tú eres más parecida a mí que a tu madre” me daba un vuelco el corazón, porque había una parte de mí que quería que fuera así y otra parte que se sentía culpable, como si fuera desleal con mamá.

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Cuando algunos tomaban el aperitivo y papá empezó a preparar la paella, Diego, un chico con el pelo largo y mucha barba y que era muy fuerte (podía levantarme un palmo del suelo con un solo brazo), empezó a vociferar y a quejarse qué estábamos haciendo.

-¿Y el pollo?, ¿y el conejo?, ¿dónde coño está la carne en esta paella?

-No hay carne en esta paella –dijo Bárbara.

Yo no entendía exactamente lo que estaba pasando pero noté que había una tensión muy rara, una tensión impropia de un domingo. Todos los adultos bajaron la cabeza o miraron para otro lado fingiendo hacer otras cosas, guardando silencio y tratando de no hacer el más mínimo ruido. Mamá me cogió y me dijo con buen tono pero en voz baja que fuéramos para adentro, pero yo no quería, no sabía qué estaba pasando, pero sabía que no quería perdérmelo.

-Si no hay carne no hay paella. Eso es así –dijo Diego.

-Eso es así, ¿por qué?, ¿porque lo dices tú? –contestó Bárbara poniendo sus brazos en jarra y levantando el mentón.

-Sí, Bárbara, porque lo digo yo y porque la paella ha llevado pollo y conejo de toda la vida.

-Y claro, lo que se hace toda la vida se hará toda la vida.

-Eso es…

-Como sacrificar vírgenes al dios de turno, que también se ha hecho toda la vida.

-No me compares, no seas demagoga… Tú vales más que eso –dijo Diego con aire de superioridad.

-¿Tú has estado alguna vez en un matadero? ¿Sabes cómo sacrifican a los animales? ¿Sabes que la cadena alimenticia no sólo sirve para alimentarnos sino que sirve para perpetuar un sistema contra el que dices luchar? ¿Matar más para vender más? –le dijo Bárbara sin esperar respuesta-. Recuerdo a un Diego que me hablaba de praxis. De que aquello que piensas, de que aquello que sientes debe estar en armonía con aquello que haces.

-No mezcles una cosa con otra…

-Ese es el problema Diego, que todo está mezclado y tú nunca has querido verlo –dijo Bárbara.

-Las cosas no son blancas o negras -se defendió Diego.

-No, nunca lo son. Pero hay veces en que hay que tomar partido, ¿recuerdas? Tú tomaste partido… y la elegiste a ella. No pasa nada, no hay ningún problema, todos somos adultos. Pero hoy aquí también hay que tomar partido: por eso nos vamos a comer una buena paella vegetariana –dijo Bárbara dándose la vuelta y dando por terminada la discusión.

Diego quiso replicar, pero calló y se hizo un silencio. Se terminó la cerveza y anduvo hacia la piscina, mojó sus pies y tras pensárselo muy poco se lanzó y se puso a nadar un largo tras otro.

Bárbara me guiñó un ojo y me cogió de la mano al tiempo que me decía: ¿quieres una limonada?

Yo le dije que sí y entramos las dos en el interior de la casa. Desde dentro se oía el bullicio: todos habían vuelto a hablar, a reír y a divertirse. En el silencio de la casa, los oíamos pasárselo bien. Bárbara me miró y me dijo: “en realidad, Diego no es mal tipo, es muy fuerte, sabe bailar y besa muy bien… pero hay veces en que a un hombre hay que decirle lo que no quiere oír delante de todo el mundo, ¿lo entiendes, Nina?

-Sí –dije sin entenderlo.

Bárbara sacó la limonada fría de la nevera y empezó a abrir todas las puertas de los muebles buscando los vasos. Sin embargo, abrió el armario de la despensa y se quedó maravillada de lo que allí encontró.

De repente, buscó entre los cajones y sacó un enorme cuchillo. Volvió a la despensa y empezó a cortar unas finas lonchas de jamón de la pata jamonera de papá. Luego se lo llevó a la boca y cerró los ojos al devorarlo con placer. Me llenó el vaso de limonada y me preguntó:

-¿Quieres un poco de jamón?

Le dije que sí con un gesto de la cabeza. Estuvimos las dos comiendo jamón a escondidas un buen rato.

Mirándola con aquella sonrisa de triunfo y placer en la cara pensé que sí, que en realidad me parecía más a ella que a mi propia madre.

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