Lleida

L’altre dia vaig anar al metge perquè tenia angines. Mentre li explicava què em passava, ell prenia nota, fent-me preguntes sobre la meva simptomatologia. Desprès d’una estona, finalment em va fer la pregunteta:
-Què ets de Lleida, tu?
M’ho han preguntat tants cops a Barcelona, que de vegades tinc la temptació de dir que sí, que sóc de Lleida i que és de veres allò que diuen dels Lleidatans, que els meus pares són cosins germans.
Però no, li vaig respondre que sóc de Castelló de la Plana.
-És clar -em va dir-, té tot el sentit del món; sabies que el País Valencià va ser repoblat per catalans, aragonesos i castellans?
Sense deixar-me respondre que sí que ho sabia, que tenia estudis, va continuar explicant-me que la conquesta de València la van portar a terme la corona d’Aragó, Jaume I com a Comte de Barcelona i els castellans; i que de fet, l’escut de Salamanca és l’únic que té les quatre barres ja que el Rei Jaume I els va atorgar per la seva ajuda en la conquesta del Regne de València. I que per això hi ha zones on sempre s’ha parlat castellà.
-I com has d’anar a Orihuela a dir-los que parlin català, eh? Oi que no ho sabies això? –em va dir.
Mentre m’ho preguntava, jo pensava en les angines. Diuen que les angines es manifesten per cops de vent a la gola, però també que són un símptoma de que et calles coses. És clar que em callo coses, en aquest món t’has de callar coses.
-Saps quin és el secret d’una bona paella? -em va preguntar.
Aleshores el vaig tallar demanant-li que fos tan amable de fer-me la recepta de l’Azitromicina i que si pogués ser que fos en càpsules d’aquelles de curta durada. Em va mirar sorprès i es va posar a gargotejar la recepta un pèl irritat perquè hagués aturat d’arrel el seu catalansplaining.
A mi, que he viscut la meitat de la meva vida a Castelló i l’altra a Barcelona, que els catalans m’expliquin coses sobre el País Valencià i les seves diferències lingüístiques no em molesta. Però que m’expliquin com es fa una bona paella, em provoquen angines.

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Aki Shikibu

Aki Shikibu es una poetisa de 67 años de origen japonés. Es poco conocida porque todos sus libros son un canto a las cosas pequeñas. En una entrevista en 1998 decía de su obra “Fin” que había tratado de introducir los mínimos elementos posibles en la composición de sus haikus. En “No”, escribía 32 poemas donde condensaba en pocos versos toda la belleza de la negación. Cuando leía los versos de su poemario “Sí” y miraba la solapa del libro editado por “Cuadernos imperiales”, su rostro impenetrable parecía decirme que en la brevedad estaba la esencia de lo que somos.
Supe que había emigrado después del desastre de Fukushima. Lo que no sabía dónde. Cuando la vi, enseguida la reconocí: la escultora del tiempo breve. No quería parecer un groupie, pero me acerqué y dije su nombre a modo de pregunta:
-¿Aki Shikibu?
Levantó la mirada del cuaderno donde estaba escribiendo y me sonrió, diciéndome que sí, que era ella. Me invitó a sentarme. Me presenté con mi rudimentario inglés de BUP y me explicó en qué andaba metida: la brevedad ya no era el tema central de su obra, estaba ocupada en esfuerzos más largos, cada vez más progresivos, buscando un flujo de conciencia narrativo que expresara el paso del tiempo, como una gota que golpea continuamente, moldeando la roca. Había abandonado la precisión del haiku y con una representación posmoderna de la novela digresiva trataba de radiografiar los largos espacios muertos de una mujer que espera y mira la muerte de cerca, dos horas de ida y dos horas de vuelta, cada día.
-¿Por eso está escribiendo aquí? -le pregunté.
-Sí, así es. Me ayuda a encontrar esa sensación de tiempo muerto estancado en el vacío, eterno, casi cuántico, en el que veo más allá de mi muerte y de mi pensamiento -dijo mientras miraba el paisaje estancado, a través de la ventana del vagón de Rodalies Renfe que iba con retraso, en dirección a Montcada-Bifurcació.

Bares de Pueblo

Como tengo un ratito antes de una comida familiar, me siento en una terraza a tomarme una caña. Descubro cuando llega el camarero de bigote tardío-franquista que ya no soy el nieto de Don Enrique el del Ateneo, ni el hijo de Marijuli la del chalet, ni tampoco soy el fill de Pepe el de la gesto.
Con la caña me sirven una tapa de morcilla de Burgos y lágrimas de sorpresa cosmopolita surcan mis mejillas. Sin ser tampoco el germà de Miquel, ni el germà de Carmina, me como la morcilla que sabe mejor que bien, porque sabe gratis.
Me doy cuenta de que nunca fui el germà de Maria Pardo. A Maria, tres años menor que yo, los maestros le preguntaban si era mi hermana. Ella respondía que sí, y automáticamente sus rostros reflejaban terror. Sin embargo, una vez terminado el curso corrían a decirle a mis padres lo buena y trabajadora que era María (por oposición elidida).
Me termino el vermut y pago un precio no gentrificado, sin saber todavía quién soy. El camarero me pide si quiero algo más, y es entonces cuando me doy cuenta de que por fin ha llegado el día: ya me llaman caballero en los bares del pueblo.

Doña Rosa

Esperaba mi turno en la pescadería del súper cuando me pidió por favor que le cogiera una lata de fabada, porque no llegaba. Era una señora muy mayor, con el pelo decolorado, unas gafas de sol de montura inestable y un abrigo de entreguerras. Cuando le alcancé el envasado me dio las gracias, miró a los lados y lo introdujo en el bolso. Después, la perdí de vista.
Recogí mi dorada fileteada, y fui a comprar un poco de pan de molde, tomates frescos y leche desnatada.
Eché un vistazo a las mujeres que hacen la compra. Da igual la prisa que tengamos los demás, ellas gastan el tiempo justo que tienen para hacerla; ni un minuto más, ni un minuto menos. No importa si tienen una hora larga, o si van justas de tiempo, nunca se ve a una mujer perdiendo el culo en el supermercado.
Más tarde, volví a encontrarme con la señora mayor haciendo la cola de caja, justo detrás de mí. Sólo llevaba una botella de vino barato y agarraba con fuerza el bolso, donde escondía la fabada. Yo llevaba el carrito lleno y le pregunté si quería pasar. Me dijo que sí, y me dio las gracias con esa sonrisa de sorpresa de la gente mayor que no espera un gesto amable por parte de nuestra generación.
Llegó a la línea de caja. La cajera la miró de arriba a abajo, y le preguntó:
-¿Cómo está señora Rosa?
No oí la respuesta porque lo dijo muy bajito. La cajera le cobró los dos euros con cincuenta de la botella de vino y le dio el tíquet que no le hacía falta. Le dio las gracias y se encaminó a la puerta. La cajera me preguntó si quería bolsas de plástico, pero cuando fui a responderle que no, las alarmas saltaron cuando la señora Rosa cruzó el sistema antirrobo.
La mujer se quedó quieta como si la hubieran apuntado con un arma, esperando en absoluto silencio. La vigilante de seguridad escudriñó a la señora Rosa, pero ella no miraba a nadie, totalmente quieta. Entonces, la cajera le hizo un gesto a la guardia jurado para que la dejara pasar. Y Doña Rosa se marchó, supongo que a su casa.

Los ricos

Mi vecino es joyero, y de vez en cuando celebra fiestas para ricos. Les muestra el género y les da de comer y beber gratis, porque no hay nada que le guste más a un rico que las cosas gratis. Los pobres somos distintos, valoramos las cosas en función de lo alto que sea el precio pagado. Esa programación cultural (de clase) la inventó un rico.
Yo no tengo nada en contra de los ricos, en más de una ocasión he querido ser uno de ellos. A un rico se le distingue por sus hijos, más altos y guapos que los hijos de los pobres; también porque nunca pagan lo que deben; y sobre todo, porque no saben hacer el amor.
A los clientes ricos de mi vecino, los distingo porque no saben leer. A pesar del cartel enorme que mi vecino ha puesto indicando cuál es su interfono, todos los ricos se equivocan y pican mi timbre. Sólo les pasa a ellos, porque los chicos del catering pican bien, nunca se equivocan, sólo se equivocan los ricos. Una de las diferencias que ha dejado este mundo sin lucha de clases es que los pobres están obligados a leer para enterarse de lo que ocurre a su alrededor. En cambio los ricos se han acostumbrado a ir picando puerta a puerta, fastidiando al servicio (que somos el resto del mundo), sin importarles si estamos escribiendo un guión que nos da de comer.
Si alguna vez nos hartamos y queremos acabar con ellos, sólo tendremos que publicar un libro con el siguiente título: “Pobres del mundo ha llegado la hora de rebelarse”.
Los ricos no se enterarán de nada, será demasiado tarde.

Preguntitas

Sentado en un banco del parc Joan Miró veo como una niña de unos seis o siete años se toma la merienda con su padre. La niña viene y va revoloteando al tiempo que le hace una pregunta tras otra:
-¿La naranja se llama naranja porque es naranja?
-Sí.
-Y si fuera roja, ¿se seguiría llamando naranja?
El padre asiente y consigue introducirle un trozo de fruta en la boca de su hija, que a medio masticar le pregunta:
-¿Por qué el plátano se llama plátano y no se llama amarillo?
No oigo la respuesta del padre porque un camión de bomberos pasa haciendo sonar la sirena, pero sí que le veo sudar.
La respuesta no termina de convencer a su hija que vuelve a la carga preguntándole por qué tiene que merendar.
-Para que seas muy fuerte -le dice el padre.
-¿No soy fuerte ya? -responde la niña.
-Para hacerte aún más fuerte -rectifica el padre, pillado en un traspiés.
-¿Puedo jugar con los niños a la pelota? -vuelve a preguntar la niña.
-Claro, puedes hacer lo que quieras -responde el padre esforzado.
-¿Y me puedo llevar la pelota a casa?
-No, no puedes llevarte la pelota a casa.
-¿Por qué no? Has dicho que podía hacer lo que quisiera…
El padre guarda silencio y en su cerebro un resorte explota intentando encontrar una respuesta que concilie el conflicto entre la libertad de su hija y la propiedad privada.
Entonces, la niña se gira hacia mí, me mira con una sonrisa, y con una condescendencia atávica me dice:
-Mi papá me explica cosas.

Bar de viejos

Una vez a la semana voy a comer a un bar de viejos. Es casi como un ritual, en ese almuerzo no hay reglas. De primero pido el plato de pasta con más gluten, de segundo la carne con guarnición donde pueda mojar el pan blanco, y lo acompaño con vino o cerveza. De postre… de postre, me dejo llevar.
Siempre llego quince minutos antes de las 14:00 y me hago con el periódico. A las 14:00 en punto llega un señor muy mayor que siempre se sienta en la misma mesa a mi derecha, y entonces, le cedo el periódico.
Ayer, en la mesa a mi izquierda había una madre con su hijo de cinco o seis años. No era un niño revoltoso o inquieto, no; no era sólo eso. A mis casi cuarenta años sé distinguir un niño gamberro o con malicia, que sobrevivirá con ingenio a cualquier vicisitud de la vida, de la misma reencarnación del Mal.
-Matías, estate quieto o te “riñiré” -le decía la madre, como si no estuviera ya “riñiéndole” y como si “riñir” fuera reñir a alguien dándole un sopapo que empieza con un golpe de riñón.
Matías lanzó un juguete y su madre resignada, fue detrás a recogerlo pidiendo perdón a todos los viejos del bar de viejos. Entonces, aprovechando que su madre estaba de espaldas le dije en voz baja a Matías:
-Matías, pórtate bien, o aquí el señor que lee el periódico y yo, de postre, nos comeremos tu corazón.