Hace unos días…

Hace unos días, estuve en les festes de la Magdalena de Castelló. Fui a una colla y estuve cenando con unos amigos del instituto. Bebimos, reímos, y recordamos batallitas. En un aparte justo antes de marcharme para casa, B se acercó a mí y me cogió por el brazo diciéndome: “no te marches, tío, vamos a tomarnos la última, por los viejos tiempos…”
-¿De qué viejos tiempos me hablas? -le dije bromeando.
-Ya sabes, cuando no estaba casado, ni tenía hijos… cuando aún no teníamos vello púbico.
Entre un contenedor y un opel corsa nos fumamos un porrito a escondidas. B parecía feliz de estar ahí conmigo. Entonces, me dijo lo mucho que me admiraba y que estaba muy orgulloso de todos mis logros y tal… Le dije -con falsa modestia-, que tampoco era para tanto y entonces me respondió:
-No te quites importancia, tío. ¿Sabes? A mí, en realidad, me habría gustado ser como tú… Sí, en serio. Llevar la vida que llevas tú, ver las cosas como las ves tú… Ojalá me importara un rábano el qué dirán, llevar un aspecto descuidado y que me la sudara el evidente deterioro físico… como tú. ¿Quieres la chusta?

En la sala de espera…

Hoy en la sala de espera del médico, sentados junto a mí, una pareja se reía de los nombres y apellidos de los pacientes. Llamaban a Diana Hernández y se miraban entre ellos, partiéndose de risa. Después, él hacía un gesto como de tirar un dardo y ella se mondaba, como si fuera la ocurrencia más divertida del mundo.
La megafonía anunciaba que era el turno de Joaquín Segura y los dos se quedaban pensativos, recordando a un tal Joaquín, preguntándose qué habrá sido de ese rostro del pasado. A él le han brillado los ojos cuando ella ha dicho: “segura-mente estará muerto” y se han echado a reír como si no hubieran normas de conducta en los hospitales.
Cuando ha sido mi turno, los dos han dado un respingo y han permanecido en silencio. Han aguantado la respiración mientras yo me he levantado y he cruzado el pasillo, pero cuando he llegado a la puerta de la consulta, ya no han podido resistirse más: ella ha exhalado una pedorreta al tiempo que él repetía una y otra vez mi apellido con lágrimas en los ojos: Pardo, decía, se llama Pardo…
Ella no tendría menos de 70 y él rondaría los 80, quizás los 85 años de edad.

Barbas

Esta mañana en la cola de la panadería había un chico con barba, pero no la necesitaba. Es decir, era un chico joven, delgado, de pómulos marcados y cuello de cisne. Era un chico fino, pura fibra y por tanto, no le correspondía todavía llevar barba.
La barba es para los gorditos, para los entrados en años, para los hombres que tienen acné o cicatrices producto de accidentes de tráfico. Las barbas, hay que decirlo ya bien alto, son para los que tenemos papada. Además, las barbas son un recurso limitado en el tiempo. En cuanto aparecen las canas, la ilusión óptica se desvanece y el efecto se pierde por completo. Nadie quiere parecerse a Papá Noel, todo el mundo se ve defraudado porque no llevas regalos.
Últimamente todo el mundo lleva barba, esta repetición tampoco ayuda. No todos necesitamos barba, Leo Messi quizás sí, pero Pablo Motos no, Pablo Motos sólo necesita leer libros.
Cuando ha llegado su turno, el chico ha comprado una barra de pan integral con semillas de posguerra, y entonces ya no he podido aguantar más y le he soltado por lo bajo:
-O compras pan blanco normal del que engorda, o te cortas la barba; pero las dos cosas no.

En la cola del súper…

Estaba en la cola del súper con mis macarrones integrales y un pack de seis botellas de litro y medio de agua de Bezoya, cuando a la chica que había delante de mí le ha sonado el teléfono. Lo ha descolgado y ha respondido:
-Mamá, estoy conduciendo, ¿te puedo llamar?
Todos los que estábamos en la cola (un señor, otra chica y la cajera) nos hemos quedado mirando entre nosotros con una mezcla de superioridad moral y de sentimiento de pertenencia a un grupo (casi a una clase social: la de la gente que no miente NUNCA a su madre).
De todos nosotros, el más indignado era yo. He sentido la ira proveniente de la fe del converso, la de aquel que hace mucho tiempo -alguna vez- mintió a su madre, pero que en algún punto de su vida se reconvirtió. He tenido ganas de gritarle a la chica: “¿pero cómo te atreves?, ¿cómo eres tan miserable de mentir a tu madre, maldita desagradecida?”.

Lo que significa que estoy completamente rehabilitado.

Calcetín de ex desparejado

Calcetín de ex desparejado” es probablemente una obra cumbre.

El proyecto -largamente ambicionado por su autor, que ya dejó escrito en una entrevista años atrás las siguientes palabras proféticas: “sé que algún día monetizaré toda esta mierda”- es ejecutado en pleno proceso de maduración. Pertenece a su etapa más prolífica, que la crítica ha venido en llamar: “venganza”; aunque otros expertos también la han definido como “estar en la mierda”.

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“Calcetín de ex desparejado” es una obra compleja, llena de matices, casi poliédrica y con múltiples capas que interpela al espectador con preguntas sin respuesta: ¿es sólo un calcetín?, ¿es un calcetín robado a la ex antes de marcharse?, ¿es un calcetín olvidado?, ¿es un calcetín olvidado a propósito?, ¿es la exposición del calcetín una forma de superación?, ¿es la representación del calcetín una expresión de haber dejado atrás el pasado? O acaso, ¿es el calcetín desparejado un acto de profundo e íntimo dolor?

“Calcetín de ex desparejado” también parece decirnos: “sólo me queda esto de ti, una parte incompleta de lo que fuimos”; pero al mismo tiempo, nos damos cuenta de que el autor podría llamar por teléfono y decir: “no busques más, tengo tu calcetín desparejado, ¿quieres que te lo envíe por MRW?”
Sin embargo, huyendo de lo prosaico, el autor decide subirlo a instagram. Es este un acto de belleza y madurez singular (muy original y transgresor en la vanguardia artística de la época) que expone el dolor íntimo de un calcetín que se sabe otra cosa, que ya ha pasado a ser algo distinto, un objeto inútil que ya ha dejado de significar lo que solía significar. Es en ese preciso instante cuando el calcetín deja de ser un calcetín de ex desparejado. Y muy probablemente, éste sea el significado último de la pieza: para el autor ya no hay nada en ese objeto que le recuerde a su ex, sino que que se convierte -bajo el influjo de su mirada creadora- en un ir más allá de la cosa, en un dejar atrás el ser calcetín, para convertirse en arte.

Nótese la ironía del uso del filtro Valencia, un filtro muy utilizado por los instagrammers y que al utilizarlo parece que el autor nos diga: “Ja, yo también soy capaz de hacer arte popular”.

Enero de 2007-Enero de 2017

Enero de 2007:

-Oye, ¿de qué año es Regreso al futuro?

-Mmm, yo fui a verla al Cine Azul.

-¿Sí? Qué raro, porque yo la vi en el Astoria.

-No puede ser. En el Astoria verías la segunda o la tercera parte. La primera la hicieron en el Azul.

-¿Estás seguro?

-Casi, casi seguro. A mí me llevó mi abuelo.

-Yo fui con los de clase, no sé si fue en segundo o en tercero de EGB…

-A ver, mi abuelo se murió en el 87.

-¿Era joven?

-Tenía sesenta y seis años… se acababa de jubilar. Le dio un infarto y se quedó pajarito. Aguantó tres días, y ya. Fue la primera muerte que hubo en la familia, ¿sabes?

-¿Y te acuerdas?

-Claro que me acuerdo.

-¿Te afectó mucho?

-Mogollón, era todo muy raro. Recuerdo a todo el mundo llorando; era la primera vez que veía a mi padre llorar, ¿sabes? No sabía que los padres también lloraban. Me impresionó mucho. No entendía lo que estaba pasando. Recuerdo que en aquel momento no sabía realmente lo que significaba: que nunca más vería a mi abuelo… Lo de morirse era algo como que pasaba en las pelis. Y tampoco era tan dramático en las pelis.

-Ya, porque las pelis podías volver a verlas.

-¡Y los personajes volvían a aparecer! No tenía una noción real-real de lo que significaba morirse.

-Ya.

-¿Qué me habías preguntado?

-No me acuerdo… Ah, sí, ¿de qué año es Regreso al futuro?

-Si mi abuelo murió en el 87… yo creo que del 85 o del 86…

-Sí, puede ser por ahí…

Enero de 2017:

-¿De qué año es Regreso al futuro?

-¿Del 86? Espera que lo miro. No, del 85.

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La parodia, la política y la ficción

La noche de fin de año, TVE programó el especial de José Mota. El programa, lleno de humor blanco y generalista, se fundamentaba en una parodia de la clase política. A diferencia de lo que ocurre una vez a la semana en Polonia (TV3, televisión pública catalana), o cada día en El Intermedio (La Sexta, televisión privada generalista), los personajes políticos eran parodiados por su forma de hablar y no por su contenido. El espacio anual para la parodia que la televisión pública española cobija, es un espectáculo al servicio del talento de los guionistas y la gran capacidad de imitación de Mota. Pero también es superficial, e inane; es una parodia intrascendente que nace muerta porque no busca desnudar al personaje.

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El humor paródico antes se centraba en personajes famosos y conocidos por el gran público: toreros, cantantes, artistas, escritores, actores y, en los últimos tiempos, en deportistas. Hoy por hoy, la parodia se centra en los políticos. El motivo se fundamenta en que la parodia funciona como espejo distorsionador de la realidad para criticarla; por tanto, cuanta más gente conozca esa realidad, más gente podrá reír. Parece que hace siglos que los Muchachada empezaron a parodiar personajes menos populares, menos mainstream; buscando nuevos públicos, mediante un humor diferente. Entonces, encontraron un espacio en La 2 (cadena pública con coartada cultural).

Quizás los políticos son ahora los personajes culturales más conocidos por el público generalista, y por tanto los más parodiables. Pero, ¿sabemos más de política? ¿O simplemente estamos más expuestos a la información culebronesca con personajes, situaciones y giros inesperados de guión? ¿Sigue siendo la política un arma de transformación de la sociedad, o es un arma de ocupación de espacios de televisión? ¿Han cambiado estos espacios su forma de explicarnos la política? La narrativa seriada de estos programas imprime la sensación de que no puedes perderte el siguiente capítulo de la actualidad política. Los actores políticos se vuelven personajes pop de una ficción que los engulle en una dinámica en la que el espectador se ve obligado a tomar partido entre buenos y malos. La crítica televisiva dice que la ficción moderna presentaba personajes poliédricos llenos de grises y matices, reformulando el concepto del bien y del mal, de los buenos y los malos, como siglos atrás lo hizo la novela moderna. ¿Por qué ese atraso en la narrativa política y en su parodia?

Antes, la gente quedaba y hablaba de películas, de libros, de conciertos, del partido del sábado (cuando había fútbol una vez a la semana) y ahora, con el primer vermut ya están discutiendo como forofos no de política, no de contenidos, sino de sus personajes favoritos que intervienen en política.

El problema no es sólo que la política nos polarice defendiendo a los nuestros de los otros; el problema es que como ficción es muy pobre.