Bares de Pueblo

Como tengo un ratito antes de una comida familiar, me siento en una terraza a tomarme una caña. Descubro cuando llega el camarero de bigote tardío-franquista que ya no soy el nieto de Don Enrique el del Ateneo, ni el hijo de Marijuli la del chalet, ni tampoco soy el fill de Pepe el de la gesto.
Con la caña me sirven una tapa de morcilla de Burgos y lágrimas de sorpresa cosmopolita surcan mis mejillas. Sin ser tampoco el germà de Miquel, ni el germà de Carmina, me como la morcilla que sabe mejor que bien, porque sabe gratis.
Me doy cuenta de que nunca fui el germà de Maria Pardo. A Maria, tres años menor que yo, los maestros le preguntaban si era mi hermana. Ella respondía que sí, y automáticamente sus rostros reflejaban terror. Sin embargo, una vez terminado el curso corrían a decirle a mis padres lo buena y trabajadora que era María (por oposición elidida).
Me termino el vermut y pago un precio no gentrificado, sin saber todavía quién soy. El camarero me pide si quiero algo más, y es entonces cuando me doy cuenta de que por fin ha llegado el día: ya me llaman caballero en los bares del pueblo.

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Bar de viejos

Una vez a la semana voy a comer a un bar de viejos. Es casi como un ritual, en ese almuerzo no hay reglas. De primero pido el plato de pasta con más gluten, de segundo la carne con guarnición donde pueda mojar el pan blanco, y lo acompaño con vino o cerveza. De postre… de postre, me dejo llevar.
Siempre llego quince minutos antes de las 14:00 y me hago con el periódico. A las 14:00 en punto llega un señor muy mayor que siempre se sienta en la misma mesa a mi derecha, y entonces, le cedo el periódico.
Ayer, en la mesa a mi izquierda había una madre con su hijo de cinco o seis años. No era un niño revoltoso o inquieto, no; no era sólo eso. A mis casi cuarenta años sé distinguir un niño gamberro o con malicia, que sobrevivirá con ingenio a cualquier vicisitud de la vida, de la misma reencarnación del Mal.
-Matías, estate quieto o te “riñiré” -le decía la madre, como si no estuviera ya “riñiéndole” y como si “riñir” fuera reñir a alguien dándole un sopapo que empieza con un golpe de riñón.
Matías lanzó un juguete y su madre resignada, fue detrás a recogerlo pidiendo perdón a todos los viejos del bar de viejos. Entonces, aprovechando que su madre estaba de espaldas le dije en voz baja a Matías:
-Matías, pórtate bien, o aquí el señor que lee el periódico y yo, de postre, nos comeremos tu corazón.