Bares de Pueblo

Como tengo un ratito antes de una comida familiar, me siento en una terraza a tomarme una caña. Descubro cuando llega el camarero de bigote tardío-franquista que ya no soy el nieto de Don Enrique el del Ateneo, ni el hijo de Marijuli la del chalet, ni tampoco soy el fill de Pepe el de la gesto.
Con la caña me sirven una tapa de morcilla de Burgos y lágrimas de sorpresa cosmopolita surcan mis mejillas. Sin ser tampoco el germà de Miquel, ni el germà de Carmina, me como la morcilla que sabe mejor que bien, porque sabe gratis.
Me doy cuenta de que nunca fui el germà de Maria Pardo. A Maria, tres años menor que yo, los maestros le preguntaban si era mi hermana. Ella respondía que sí, y automáticamente sus rostros reflejaban terror. Sin embargo, una vez terminado el curso corrían a decirle a mis padres lo buena y trabajadora que era María (por oposición elidida).
Me termino el vermut y pago un precio no gentrificado, sin saber todavía quién soy. El camarero me pide si quiero algo más, y es entonces cuando me doy cuenta de que por fin ha llegado el día: ya me llaman caballero en los bares del pueblo.

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Hoy he soñado con Laurence Olivier

En realidad he soñado con Szell, el Ángel Blanco, el personaje que Sir Olivier interpretaba en Marathon Man. Hace poco volví a ver la película dirigida por John Schlesinger, con guión de William Goldman, basada en su propio libro. Me fascina el mundo que retratan estos thrillers de los años 70: un mundo que trata de mirar hacia el futuro con el optimismo del capitalismo, pero que al mismo tiempo mira de reojo a los horrores del nazismo y la segunda guerra mundial. Este tipo de cine con una atmósfera política, bien tensados dramáticamente y con personajes complejos que se vuelven héroes desnudándose, con dolor real (y no a través de máscaras) es un cine adulto y comercial que añoro.

En la película, Olivier interpreta a un sádico dentista que torturaba a los prisioneros judíos en un campo de concentración nazi infringiéndoles un dolor espantoso en sus muelas. El Ángel Blanco visita Nueva York, de incógnito, con el objetivo de conseguir unos diamantes de una pureza extrema. Al final de la película, Dustin Hoffman le permitía quedarse con todos los diamantes que fuera capaz de tragar.

Is it safe?

En mi sueño Laurence Olivier me pedía, no, me exigía que me arrancara una muela. Hay múltiples interpretaciones de los sueños en que los dientes son los protagonistas: la inseguridad, el miedo a la pérdida de la juventud, el miedo a perder el control, el uso del lenguaje y de la auto-censura al no decir aquellas que cosas que pensamos o sentimos; en definitiva, son sueños que versan sobre la identidad. Me pregunto qué significará que Lawrence Olivier, un torturador me pida, no, me exija que me arranque una muela; que cambie absolutamente la fisonomía de mi rostro, que perfore los elementos que configuran el sonido de mi voz. Me pregunto quién es en realidad Lawrence Olivier en mi subconsciente, un monstruo que te pide y te exige algo que él mismo es incapaz de hacer por ti…

En el sueño, me arranqué la muela y se la ofrecí.

Los héroes anónimos

En Rounders, Matt Damon interpretaba a un tahúr asiduo de timbas de póker en los bajos fondos neoyorquinos. En un momento del film, su personaje decía que “si no distingues al primo en la primera media hora de partida, es que el primo eres tú“. Hay veces en que uno no sabe cuál es su identidad, ni el lugar que ocupa en el mundo, ni en la partida de póker que es la vida. A todos se nos ha quedado cara de tonto al descubrir en un contexto concreto quiénes éramos en realidad y el papel que nos había tocado jugar.

Las historias, las formas de representación de la realidad tienen ideología, no son inocentes, y por acción o por omisión tienen un mensaje con una carga política. En el mejor de los casos los creadores son conscientes, pero a veces ocurren pequeños milagros involuntarios en que los autores se retratan a sí mismos.

Los héroes anónimos es un ejercicio de psicoanálisis público, político y colectivo, en que se nos quiere pasar por gente corriente la visión de la gente corriente que tienen sus autores; y esa visión es la que no lo es. Desde la súper-mami que llega a todo y se la invita a callar con condescendencia machista, pasando por los Cuñado’s con la frasecita para todo, hasta llegar a la parodia zafia del comunista gorrón, se nos presenta una visión ideológica totalmente involuntaria, pero absolutamente reveladora.

“Estos sólo han perdido el tiempo y ahora a gastar dinero otra vez”, ergo las elecciones democráticas son un gasto…

Probablemente ese bar es un espejo deformado del pensamiento de sus autores: un bar de cartón dónde la parroquia suelta cuatro vaguedades superficiales con las que salir del paso y quedar bien con casi todo el mundo; un espacio donde el cuñado habla y no escucha, dónde la profundidad sea motivo de burla, porque en la profundidad está el matiz, el esfuerzo intelectual, la complejidad y es ahí donde uno está desnudo sólo con sus ideas, su escaso talento y su ambición capaz de tomar todos los atajos del mundo.

Imagino a los autores en la timba de póker que es la vida mirando alrededor y dándose cuenta que por lo que dicen, por cómo lo dicen, por lo que hacen, y por su forma de decirlo se dan cuenta de lo que son en realidad: falangistas.

Iguales

La primera vez que lo vio fue en la salida del metro de Trinitat Nova. Despachaba en el quiosco acompañado de su perro Ulises, un pastor alemán que olisqueaba cada vez que se acercaba un cliente. Sus enormes cejas pobladas fueron lo que llamaron la atención de Raquel. Entonces, no le dio más importancia que la de una cara irregular que atraía las miradas como un imán. Raquel iba a una fiesta a casa de unos amigos y llegaba tarde, así que siguió su camino olvidando al quiosquero de enormes cejas, o creyendo que lo olvidaba.

La segunda vez que lo vio fue en Sant Feliu de Guíxols. Salía con un chico cuyos padres tenían una casa de playa y fue a pasar el fin de semana con él. La tarde del sábado después de hacer el amor y echarse un rato, se acercó a la carnicería a comprar unas butifarras para cenar. Guardó turno mirando al carnicero de pobladas cejas al que reconoció como el hombre del quiosco. Cuando le dieron la vez, Raquel le preguntó curiosa por su perro Ulises y el carnicero le dijo que nunca había tenido un perro. A Raquel le pareció muy extraño, ya que reconoció su voz como la de aquel hombre que vio unos meses atrás a la salida del metro de Trinitat Nova. Su cara, sus gestos, sus cejas le parecieron exactamente las mismas. Estuvo dándole vueltas y más vueltas hasta que una tarde me explicó toda la historia. A pesar de que yo insistí que bien podían ser dos personas muy parecidas, que todo el mundo tiene un doble o que podían ser hermanos gemelos separados al nacer, Raquel me pidió que la ayudara.

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Yo fui a Sant Feliu de Guíxols y Raquel fue a Trinitat Nova. Estuvimos en contacto todo el tiempo a través de mensajes de texto. Ella me escribió diciéndome que estaba acercándose al quiosco y yo le respondí que ya estaba dentro de la carnicería. Como sólo había una cliente antes de mí, enseguida fui atendido. Raquel, por su parte, se acercó al quiosquero y tal y cómo habíamos acordado, los dos empezamos a registrar nuestras respectivas conversaciones con la aplicación de grabaciones de nuestros teléfonos móviles.

-Disculpe, ¿podría decirme su nombre? –le pregunté. El carnicero no pareció entender. Raquel hizo la misma pregunta al quiosquero al tiempo que yo la volví a repetir:

-¿Su nombre, por favor?

-Fernando Perea De la Rosa –contestó uno y contestó el otro con el mismo tono de voz áspero.

-¿Me podría decir en qué año nació? –le preguntamos Raquel y yo.

-¿Por qué me lo pregunta, si se puede saber? -respondieron arqueando sus cejas pobladas.

-Es simple curiosidad –contestamos.

-¿Y cuál es su nombre? También es simple curiosidad –repreguntaron el carnicero y el quiosquero con intención.

-Raquel –contestó Raquel.

-Enric –contesté yo.

Tanto el carnicero como el quiosquero y a pesar de la enorme distancia que separa Trinitat Nova de Sant Feliu de Guíxols, nos miraron de arriba abajo sin terminar de comprender a qué venía todo aquello. Después, uno y otro nos respondieron que tenían 57 años de edad, habían nacido en un pueblecito cercano a Valladolid en el año 1959, eran hijos únicos, no, no tenían ningún hermano, ni ningún familiar; tampoco tenían hijos, ni hijas, no se habían casado nunca y eran felices, amaban aquella tierra por encima de todas las cosas y no imaginaban una vida mejor que aquella.

Tanto Raquel como yo asentimos escuchándole. Raquel le dio las gracias y se despidió del quiosquero. Yo le di las gracias y me despedí del carnicero.

Tanto Raquel como yo supimos al instante que nos habíamos despedido de la misma persona.