Llamadas

-¿Está Joan?

-No…

-¿Sabes cuándo llegará?

-No, perdona, es que creo que te equivocas, aquí no vive ningún Joan…

No me dejó terminar la frase. Colgó y empecé a oír el tono intermitente de pérdida de señal. Pensé que era un sonido de otra época, casi de otra vida. Un sonido que me recordaba a meriendas azucaradas, dibujos animados y llamadas de teléfono interminables. Una época que hacía mucho que había pasado y que casi se fue sin darnos cuenta. Antes, cuando llamaban a casa se producían unos segundos de maravillosa tensión dramática: ¿quién llamará?, ¿qué querrá?, ¿será para mí, para mamá, para mi hermana? La gente rara vez se equivocaba al llamar. Una llamada valía dinero, una llamada era importante emocionalmente para el que la hacía y para el que la recibía. Una llamada no se hacía a la ligera. Ahora, cuando alguien llama al teléfono fijo para mantener una conversación suele informar previamente de que lo hará. Quienes llaman sin avisar suelen trabajar en multinacionales que quieren venderte algo. Hay veces que incluso no cojo el teléfono, hay gente que vive sin él.

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Aquella llamada me encontró justo al lado del teléfono y decidí descolgarlo de mala gana. Escuché la voz de la mujer desesperada y quebradiza preguntar por Joan. Una vez colgó el teléfono, me quedé cerca por si volvía a llamar, pero no fue así. Supuse que volvería a marcar introduciendo el número correctamente y habría conseguido contactar con Joan.

Dos días más tarde volvió a sonar el teléfono fijo. Estaba sentado frente a mi portátil y dudé seis tonos en levantarme, siete en acercarme y ocho en descolgar.

-¿Está Joan? –me preguntó la misma voz de mujer, igual o quizás más nerviosa.

-Perdona, pero te vuelves a equivocar: aquí no vive ningún Joan -le dije.

-¿Estás seguro? –me preguntó.

Le respondí que sí lo estaba y ella enumeró una a una las cifras que componían el número de mi teléfono, tratando de cerciorarse de que no se había equivocado al marcar. Le dije que era correcto, ese era mi número.

-¿Y cuánto hace que lo tienes?

-Desde que me mudé a esta casa. En noviembre hará unos seis años.

-Seis años, claro, seis años, todo encaja… -dijo para después quedarse en silencio unos segundos y finalmente colgar.

¿Qué quería decir con que todo encajaba?, ¿qué había ocurrido hacía seis años?, ¿y sobre todo, por qué era tan importante contactar con Joan seis años después? A pesar de que mi imaginación se disparó, era consciente de que esas preguntas no obtendrían respuesta. Traté de no darle importancia y olvidar el asunto hasta que tres noches más tarde el teléfono volvió a sonar insistentemente. Salí del dormitorio descalzo, a toda velocidad, crucé el pasillo con prisa y descolgué furioso el teléfono al tiempo qué decía:

-¿¡Quién es?!

-¿Está Joan? –preguntó la misma voz desesperada y quebradiza de las otras veces.

-¡Soy yo! -le dije gritando-. ¿Quién eres?, ¿qué quieres a estas horas?

-Soy Laura. Toma papel y boli y apunta el siguiente número de teléfono.

-Un momento -le dije aturdido, mientras buscaba papel y boli.

Hice lo que me dijo y apunté un número de teléfono fijo de Barcelona que me dictó. Después añadió:

-Es el teléfono de Alicia. Pregunta por ella, es muy importante, tienes que preguntar por ella, cada día, hasta que te responda. Es cuestión de vida o muerte, ¿lo entiendes?

-¿De vida o muerte? ¿Pero de qué hablas?

-No hables con nadie de esto. Llama hasta que Alicia te responda, si no lo haces, morirán.

-¿Quiénes morirán?

-Si no llamas a Alicia, pensarán que son inútiles, desaparecerán para siempre. Acabarán con ellos, ya han empezado, hace seis años…

-Pero, ¿de qué hablas? ¿Quiénes están en peligro?

-Todos ellos. Todos los teléfonos fijos.

Después colgó. Y volvió a sonar el tono intermitente de pérdida de señal.

Me fui a la cama pensando que la broma no tenía ninguna gracia, tenía la impresión de que aquella mujer tenía serios problemas mentales. Me acosté prometiéndome a mí mismo que no pensaba llamar a ninguna Alicia, ni al día siguiente, ni nunca. Me desperté y seguí con mi vida como si nada hubiera pasado. Sin embargo, caída la tarde, después del café, se me despertó el apetito. Fui a la nevera y tomé una merienda azucarada como las que solía tomar en otra época. Al terminarla, eché un vistazo al papel dónde había apuntado el número de teléfono.

Cada día llamo a Alicia dos o tres veces. De momento no lo coge, pero sé que tarde o temprano me responderá.

Los héroes anónimos

En Rounders, Matt Damon interpretaba a un tahúr asiduo de timbas de póker en los bajos fondos neoyorquinos. En un momento del film, su personaje decía que «si no distingues al primo en la primera media hora de partida, es que el primo eres tú«. Hay veces en que uno no sabe cuál es su identidad, ni el lugar que ocupa en el mundo, ni en la partida de póker que es la vida. A todos se nos ha quedado cara de tonto al descubrir en un contexto concreto quiénes éramos en realidad y el papel que nos había tocado jugar.

Las historias, las formas de representación de la realidad tienen ideología, no son inocentes, y por acción o por omisión tienen un mensaje con una carga política. En el mejor de los casos los creadores son conscientes, pero a veces ocurren pequeños milagros involuntarios en que los autores se retratan a sí mismos.

Los héroes anónimos es un ejercicio de psicoanálisis público, político y colectivo, en que se nos quiere pasar por gente corriente la visión de la gente corriente que tienen sus autores; y esa visión es la que no lo es. Desde la súper-mami que llega a todo y se la invita a callar con condescendencia machista, pasando por los Cuñado’s con la frasecita para todo, hasta llegar a la parodia zafia del comunista gorrón, se nos presenta una visión ideológica totalmente involuntaria, pero absolutamente reveladora.

«Estos sólo han perdido el tiempo y ahora a gastar dinero otra vez», ergo las elecciones democráticas son un gasto…

Probablemente ese bar es un espejo deformado del pensamiento de sus autores: un bar de cartón dónde la parroquia suelta cuatro vaguedades superficiales con las que salir del paso y quedar bien con casi todo el mundo; un espacio donde el cuñado habla y no escucha, dónde la profundidad sea motivo de burla, porque en la profundidad está el matiz, el esfuerzo intelectual, la complejidad y es ahí donde uno está desnudo sólo con sus ideas, su escaso talento y su ambición capaz de tomar todos los atajos del mundo.

Imagino a los autores en la timba de póker que es la vida mirando alrededor y dándose cuenta que por lo que dicen, por cómo lo dicen, por lo que hacen, y por su forma de decirlo se dan cuenta de lo que son en realidad: falangistas.

El fin de una época

La primera vez que jugó al ajedrez, su madre le dijo que le compraría un refresco de cola si ganaba. Algunos decían que en aquella primera ocasión ganó la partida; como no tenía dinero, su madre se vio obligada a robar para cumplir la promesa. Algunos contaban que, por el contrario, la paliza que su madre le dio fue tal, que estuvo estudiando todos los movimientos, leyendo libros y viendo partidas hasta que alcanzó tal maestría que la siguiente partida la ganó en tan sólo nueve movimientos. Quizás no fuera casual que las dos historias terminaran con la victoria del niño. Lo que ocurrió después lo explicó la madre un millón de veces a los periodistas que trataban de sacar todo el jugo a su historia: “viéndole beber la cola pensé que mi hijo tenía un don, un don que merecía la pena ser desarrollado y entrenado, es la obligación de toda madre comprobar hasta dónde es capaz de llegar su hijo”.

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Primero empezó a competir en pequeñas partidas en la casa de la cultura de su pueblo, después en pequeños certámenes por toda la comarca, competiciones regionales, nacionales, etc. Luego vino el reportaje en El País Semanal, llamadas de radios, giras por todos los rincones de el país en la que cada vez se le ponían más y más retos al pequeño Alfil. En Zamora consiguió librar (y ganar) cien partidas simultáneas contra señores con bigote que le triplicaban la edad. Fue cuando venció a todos las caras famosas de RTVE en un número espectacular en el Un, dos, tres cuando el país se enamoró de él. “Nunca fui más feliz que en aquella época” –dijo tiempo más tarde en un plató de televisión que explotaba la nostalgia-: “cuando terminaba de jugar, mi madre siempre tenía en la mano un refresco de cola para mí”. A pesar de que le pusieron en la tesitura, el pequeño Alfil, que ya no era tan pequeño, ni tampoco tan Alfil, no quiso romper su silencio en aquel plató acerca de G-Max-1997. A pesar del tiempo que había pasado, parecía evidente que no había logrado olvidarlo.

La primera vez que vimos al robot fue en el Un, dos, tres. G-Max-1997 apareció retándole con su voz metálica y su apariencia humanoide, conectado por unos cables a una consola portátil del tamaño de un armario empotrado: “Soy G-Max-1997, vengo del futuro y reto a aquel que llaman el pequeño Alfil, el mago del ajedrez, a una partida final para descubrir quién es superior: el niño o la máquina.”

Cuando el pequeño Alfil aceptó jugar contra G-Max-1997 todos nos sentimos orgullosos, de alguna manera sentíamos que estaba luchando por todos nosotros. El siguiente viernes, en el Un, dos, tres hicieron un especial centrado en el acontecimiento. Fueron tres horas de televisión que nunca olvidaremos. De una tensión, de un silencio, de una emoción contenida jamás vista. ¡Pura televisión! Chicho Ibáñez Serrador introdujo un largo y dramático Primer Plano del robot cuando dijo las palabras: jaque mate. El contraplano del pequeño Alfil era la expresión de la desolación y con él una generación entera se sintió desfallecer. No nos lo podíamos creer. El pequeño Alfil había sido derrotado por una máquina, y con él, todos nosotros.

A partir de ahí el absoluto declive. En algunos lugares le contrataban sólo para reírse de él. La gente le gritaba: “¿te da miedo mi reloj-calculadora? ¿Tienes miedo al futuro? ¡Eres un fraude!” Tanto él como su madre se dieron cuenta de que la aparición de GMax-1997 no sólo era el fin de su negocio, sino también el fin de una época: la gente ya no quería pagar dinero por ver cómo hacía magia con las piezas; ahora la gente quería robots que hiciesen magia por ellos. De alguna manera, aquello fue el final de nuestra infancia.

Anoche anunciaron el fallecimiento de el pequeño Alfil después de una larga enfermedad. Twitter se ha llenado de comentarios nostálgicos y en nuestros muros de Facebook hemos empezado a compartir los vídeos del Un, dos tres que TVE ha subido estratégicamente a Youtube. Uno de ellos se ha hecho rápidamente viral. Es un vídeo de despedida donde el pequeño Alfil (ya no tan pequeño, y ya no tan Alfil) explica hablando a cámara aquello que no quiso contar nunca antes:

“Al finalizar la grabación de aquel programa especial dónde G-Max-1997 me derrotó, mi madre me vio en tal estado de shock que me ofreció un refresco de cola aunque no hubiera ganado. Yo le dije que no, que había perdido contra la máquina, y que por tanto no lo merecía. Mi madre me acarició la cabeza al tiempo que el público empezó a marcharse. Recuerdo sus rostros aturdidos y tristes. Algunos me miraban decepcionados con auténtico resquemor. Fui al camerino donde la maquilladora retiró el maquillaje ya convertido en una pasta informe a causa de mis lágrimas. Fue entonces cuando quise darle un último vistazo a G-Max-1997, y preguntarle cómo había hecho aquel último movimiento, si es que no se había marchado ya de vuelta al futuro. Fui al plató, me acerqué hasta el robot y de repente vi una hilera de humo salir de la enorme consola. Me acerqué para apagar el fuego que estaba convencido debía haberse producido a causa de un cortocircuito en sus cables, chips y procesadores internos. Cuando me acerqué y vi a un anciano enjuto de espesas cejas, vestido con un traje de neopreno y fumando un cigarrillo me di cuenta del embuste. Él me miró y me sonrió.

-Hola, pequeño Alfil, por fin nos conocemos –me dijo con voz cansada.

No supe que responderle. A pesar del movimiento y el ruido de los focos y cables, el silencio en aquel plató de los estudios en Torre España era ensordecedor. Le miré de arriba abajo y sólo pude mascullar una pregunta:

-¿Por qué?

-Porque nadie quiere pagar dinero por ver a un anciano ganar a un niño, ¿pero pagar dinero por ver a un robot darle una paliza a un niño? Eso es algo nuevo, eso es algo nunca visto, eso es algo que vale dinero -dijo.

Apuró su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo pisó asegurándose que quedaba completamente apagado. Después el anciano me invitó a un refresco. Nos sentamos a observar a los técnicos retirando los plafones, el decorado, los cables y toda la tramoya en absoluto silencio. Juntos disfrutamos de nuestros refrescos de cola.

A pesar de la derrota, me supo como todos los otros refrescos».

Breakup Manegement

Verónica Pagazaurtundua llega puntual a la cita. Pide una coca-cola zero, se arregla el pelo con una coleta y aunque le digo que no es necesario silencia el teléfono móvil. Ella me responde con una sonrisa que sí que lo es. Al finalizar la entrevista me muestra unas doce llamadas perdidas y muchos más mensajes de whatsapps, todos son de su equipo. Hace cinco años fundó Breakup Consulting, cuenta con una plantilla de más de treinta personas. Cuando Verónica habla de su compañía, se le encienden los ojos: “Nadie crece diciendo que de mayor quiere dedicarse al breakup manegement, ni siquiera hay una palabra en castellano. Toda la cultura asociada a la gestión de rupturas sentimentales es anglosajona”. Le pregunto el motivo y ella me comenta que en el mundo anglosajón todo pasa por agentes, consultores, gestores, todos ellos son abogados o tienen un pie metido en el mundo de las leyes. Además aquí llegamos muy tarde al divorcio, como a todas las cosas buenas, añade con ironía. Dice que la primera función de su consultora siempre es pedagógica: “explicar una y mil veces lo que hacemos y por qué lo hacemos; que los clientes no se sientan engañados, no estamos para robar su dinero aprovechándonos de su desgracia”.

-Pero entiendes que haya gente que sea un poco escéptica.

-Claro. Pero todo el mundo conoce a alguien que lo ha dejado. Y todo el mundo conocerá a alguien que en los próximos tres años vivirá una ruptura sentimental. Según las estadísticas en la ciudad de Barcelona se rompen al día 7 parejas en un ratio de edad de los 18 a los 55 años. Para mí, lo más importante es que un cliente se sienta tan satisfecho que no dude en recomendar mis servicios.

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-Cuando alguien acude a ti, ¿qué es lo que suele necesitar?

-Hablar. Primero de todo, lo más importantes siempre es que alguien explique su historia. Que le ponga palabras, que hile un discurso, aunque sea un discurso equivocado, aunque sea un discurso complaciente con uno mismo y negativo con la otra parte, es muy importante que empiece a relatar que esa historia se ha terminado, que exprese sus emociones al respecto -sin ningún tipo de filtro moral- y poco a poco, ir relativizando la importancia que tiene. De una ruptura se sale.

-Entonces eres una psicóloga sobre todo.

-No. Un psicólogo ataca en principio sólo el aspecto psico-emocional del problema. Pero, ¿y el problema logístico? ¿Va a venir el psicólogo a dividir la colección de cds? ¿Va a poner sobre la mesa un plan para repartir equitativamente los gastos e inversiones hechos en común por la pareja? Por ejemplo, si compraron juntos los muebles y uno de ellos continúa viviendo en el piso, ¿qué es lo más justo? ¿Vender la estantería, el armario y el sofá en wallapop y repartir el dinero? ¿Continuar con los muebles aunque comprarlos fuera idea del que se va de la casa? Ver ese sofá para el que se queda, todos los días, le puede suponer un golpe emocional continuo y diario. Controlar y gestionar todas estas pequeñas cosas son nuestra tarea.

-¿Qué más cosas hacéis?

-Si uno se marcha del piso, le encontramos una nueva vivienda lo antes posible ajustada a sus necesidades y dentro de precio. Llevamos todo el tema legal, si hay divorcio y niños de por medio, también. Las mudanzas, la dieta, hay gente que engorda muchísimo en una ruptura y los hay que se quedan en los huesos, que pierden completamente el apetito. Se habla con sus jefes, se les explica la problemática y casi siempre tratan de ayudar, dándoles más o menos tareas en función de la personalidad de cada uno. Es más complicado con los autónomos, pero bueno, este colectivo es el saco de todos los golpes en este país. Si eres autónomo, ya eres un imán de problemas. Otra cosa que hemos empezado a hacer es que no se tengan que ocupar de las redes sociales. Hemos desarrollado una app que permite detectar cualquier foto, actualización de estado, tuit o lo que sea que pueda ser susceptible de herir los sentimientos de la ex-pareja. Lo analizamos, lo filtramos y decidimos si nuestro cliente está preparado para visualizarlo. También gestionamos todos los imputs que reciben. Todo su entorno sabe que nosotros estamos al mando e intentamos que todos los discursos que reciben estén dentro de la lógica emocional de fase.

-¿Qué es la lógica emocional de fase?

-En una ruptura hay diversas fases, porque hay diversas emociones que predominan. Primero hay dolor, luego hay ira, después hay indiferencia, y finalmente hay liberación. Es un camino progresivo y lineal pero, ¿verdad que si usted ha tenido alguna ruptura no recuerda que fuera una cosa detrás de otra?

-No, la verdad. Iban todas juntas, mezcladas de forma inconexa.

-Porque todos los mensajes y todos los discursos de sus amigos, psicólogo, familiares, compañeros de trabajo, películas, series, no estaban ajustados a cada fase. En el momento del dolor no es buena idea ver una película que le recuerde a su pareja. También es muy común que en algún momento alguien trate de ir a directamente a la fase de liberación. Últimamente todo el mundo quiere saltarse el dolor y la ira para apuntarse directamente a Tinder.

-¿Y eso no es bueno?

-Eso es un desastre. Primero hay que hacer un duelo. Sin cuaresma no tiene ningún sentido el carnaval.

-¿Cómo se le ocurrió dedicarse a esto?

-Llegó un momento de mi vida en que me di cuenta que se me daba bien. Yo empecé con mis propias rupturas como todo el mundo, un ruptura te ayuda a conocerte a ti mismo, sabes lo que quieres, lo que no, y ayudando a amigas mías descubrí que se me daba bien escuchar. Siempre me ha gustado escuchar los sentimientos de los demás, las historias de los demás. Después alguna amiga mía le decía a otra amiga a la que yo no conocía de nada, tienes que hablar con Verónica, Verónica te ayudará. Y allí iba yo, la escuchaba y después le daba un consejo y siempre acertaba. No era el mismo consejo cada vez, sino que de manera intuitiva sabía qué era lo que necesitaba cada cual en cada momento. Y así poco a poco, empecé a estudiar, a formarme y conseguí crear toda una filosofía sobre la que se basa la consultoría.

-¿Hay parejas que no quieren dejarlo?

-Sí y hay que ayudarles a reconciliarse. Y también hay parejas que intentan reconciliarse y ves que no, que por ahí no van bien.

-Antes me decía que nadie se siente satisfecho si se siente estafado. En el tránsito de una ruptura, ¿cómo sabe si un cliente está satisfecho?

-Para mí el triunfo más importante es que la ex-pareja con el tiempo puedan verse el uno al otro como amigos, reconocerse con una historia en común, que puedan charlar, y que puedan decir: hubo momentos que estuvieron muy bien y otros que no tanto, fui feliz contigo, espero y deseo que seas feliz el resto de tu vida con quién tú quieras.

Cuando termina la conversación me asalta una duda. Verónica es una mujer observadora y enseguida se da cuenta de que me he dejado algo en el tintero. Me facilita las cosas y me pregunta si quiero saber algo más. Se ríe cuando le pregunto si tiene pareja. Sonríe con una respuesta que encierra una pregunta al mismo tiempo:

-¿Usted qué cree?

No le respondo. No sé si quiero saber si alguien dedicado a las rupturas puede vivir felizmente en pareja, o no.

The Girlfriend Experience

La serie creada por Lodge Kerrigan y Amy Seimetz e inspirada en la película del mismo título dirigida por Steven Soderbergh, nos cuenta la historia de Christine Reade, una estudiante de derecho que empieza a trabajar como chica de compañía. En ningún momento, TGE cae en lugares comunes y caminos trillados, esquivándolos con habilidad y sosteniendo la narración sobre tres sólidos pilares:

Primero: el enigma que representa Christine, el personaje protagonista. La historia está construida sobre la tensión dramática de descubrir cuál es su motivación, por qué hace lo que hace. El espectador se pregunta por qué se dedica a la prostitución, quién es ella en realidad y cómo es posible que Christine se exprese con esa extraordinaria dualidad: fría y calculadora en todas las facetas de su vida; y al mismo tiempo tan cálida, solícita y cercana con sus clientes. TGE es el viaje de descubrimiento del personaje.

Segundo: el feminismo, o como diría Caitlin Moran: «no hubo nunca mejor época que ésta para ser mujer: tenemos el voto y la píldora, y desde 1727 ya no nos envían a la hoguera por brujas». Parece de perogrullo, pero esta serie no sería la misma serie de estar ambientada en el periodo de entre guerras, en los años 60 de Mad Men, o incluso hace cinco años. Por tanto, que una chica joven, preparada, e inteligente decida dedicarse libremente a la prostitución conlleva una vuelta de tuerca nueva –«ahora que el feminismo es mainstream»– respecto a todas las historias anteriores del sub-género.

Tercero: el dinero. Al final de lo que va esta serie no es más que de la oferta y la demanda, del capitalismo salvaje y de la concepción filosófica neoliberal que se ha extendido en todas las capas de la sociedad. Todo está en venta: el sexo, la intimidad, e incluso la sensación de tener una auténtica «girlfriend experience» joven, guapa y preparada. Cuando finalmente descubrimos la motivación que hay detrás de Christine, nos damos cuenta de la importancia que tiene el dinero en esta sociedad.

TGE tiene un ritmo incómodo, una cadencia lenta y pausada, casi como si fuera una autoficción sacada del día a día de una chica real. Contenida, sin aspavientos, la trama es una sucesión de situaciones que no busca, ni encuentra giros enrevesados. No tiene concesiones a la comedia, ni es un drama truculento. En ese pasar la vida de una escort la serie se convierte en un espejo moral. Resulta muy tensa la espera de acontecimientos que vive el espectador casi deseando que ocurra algo que gire la trama. Como animales narrativos que somos, intentamos predecir lo que va a ocurrir a continuación. Ahí nos damos cuenta de que casi esperamos que Christine se encuentre a un cliente que la maltrate, que alguien tenga una sobredosis de droga, que un cliente muera en sus brazos, que haya una comida familiar en que alguien la chantajee, etc. Y cuando no ocurre nada de todas esas cosas, uno se da cuenta de que no es un espectador virgen y de que nuestra tradición narrativa conlleva una carga moral que hace que uno espere que el personaje de Christine tenga que recibir un “justo” castigo por ser puta. Y cuando no ocurre eso, uno se da cuenta de lo moderna (en el buen sentido) que es TGE y el examen de conciencia cultural que aún a día de hoy tenemos que hacer.

The Girlfriend Experience se puede ver actualmente en Canal Series Xtra.

Personajes

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La diferencia entre persona y personaje nunca ha sido tan compleja como lo es en la actualidad. Si ya resultaba confuso diferenciar el ente real del ente ficticio en los programas de tele-realidad, todo se enreda cuando las fronteras entre la ficción y la realidad se difuminan. Antes teníamos una pantalla de televisión que nos delimitaba claramente las fronteras (ellos y nosotros/personajes y espectadores) ahora el mundo está lleno de pantallas. Nuestra realidad es una continua híper-conexión en la que enviamos mensajes, ideas, pensamientos, imágenes, vídeos e historias en diversos formatos, a través de diversos canales, todo el tiempo.

¿Cómo diferenciar cuándo se es una persona y cuando se es un personaje? En mayor o menor medida todos jugamos al juego del enmascaramiento en que estilizamos nuestra persona y nos convertimos en personaje, sin necesidad de que haya pantallas de por medio. Siempre ha existido un elemento dinamizador del mensaje cuando se juega en la convención de la ficción. Y todos parecemos menos vulnerables a la vida en ese contexto, como si en algún punto de nuestras vidas pudiéramos cambiar de rol, de serie, o de canal.

La ficción ha terminado por comerse la realidad hasta el punto de que todas las personas actuamos como si fuéramos personajes. Asumimos nuestros distintos roles en nuestras distintas realidades y juzgamos y somos juzgados como tales. Que la auto-ficción esté tan de moda no es más que un síntoma de la búsqueda incesante de verdad y al mismo tiempo de la necesidad incesante de máscaras. Quizás porque para contar una verdad, la mejor forma de hacerlo sea con una mentira y para contar una mentira nada mejor que hacerla pasar por una verdad (autobiográfica). Tal vez en algún momento nos demos cuenta de que la verdad no existe, o que al menos, existen tantas verdades como personas y puntos de vista; que la prisión de un personaje, sin complejidad, sin matices, voluble y cambiante no es lo que nos merecemos como personas. Porque las personas somos muchas cosas, para empezar nuestras circunstancias, y hay muchas personas dentro de una misma persona. Conocemos a la gente o creemos conocerla a través de su mensaje, de su ficción, de su personaje, de su twitter, de su máscara, que es lo mismo que no conocerlo.

La gamuza azul

La primera vez que quise matar a un hombre tan sólo tenía nueve años. Fue en un trayecto en tren. Iba con mi padre a visitar a unos tíos a los que no tenía ningún aprecio. Salimos de casa sin apenas desayunar porque papá se había quedado dormido. Por aquella época me habían puesto gafas y aún no me había acostumbrado a llevarlas. Continuamente se empañaban, tenían brillos o se ensuciaban. Yo utilizaba una gamuza azul para limpiar el vidrio. Mi padre, que había nacido con gafas, me decía que me estuviera quieta, que iba a desencajarlas de tanto frotar el cristal. Yo le decía que sí con la cabeza y cuando no miraba, volvía a frotarlas.

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A mitad de camino fui al lavabo. Sentada en el retrete, volví a limpiar mis gafas sucias, sin darme cuenta de que el problema no era el cristal sino que todavía no me había acostumbrado a las lentes. Salí y volví a sentarme al lado de mi padre. Al rato, vi como un hombre grave y corpulento entraba en el lavabo. Miré el paisaje a través de la ventanilla. Me pareció horroroso y triste. Entonces, me di cuenta de que había un pequeño brillo en la lente derecha y me puse a limpiarla. Sin embargo, en ninguno de mis bolsillos encontré la gamuza. Le dije a mi padre que tenía que volver al lavabo y asintió con cierta despreocupación. Esperé a que el hombre grave y corpulento terminara y en cuanto salió me puse a buscar mi gamuza. Estuve unos cinco minutos dentro del lavabo hasta que alguien golpeó la puerta, obligándome a salir sin haberla encontrado.

Cuando volví a mi asiento, me di cuenta de que aquel hombre grave y corpulento limpiaba sus gafas con una gamuza azul muy parecida a la mía. Supe que se trataba de mi gamuza cuando una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Era la clase de sonrisa que mi padre lucía cuando ganaba su equipo de fútbol, o cuando me hacía trampas a las cartas. La clase de sonrisa que delata a los culpables. Los dos nos quedamos mirando hasta que no pude más y me acerqué a él. Me quedé de pie con la cara a escasos centímetros de la suya. Tenía ganas de gritarle: ¡sucio ladrón! Tenía ganas de hacerle daño, de golpearle, de asesinarlo.

-¿Qué quieres chiquilla? -me preguntó.

-Esa gamuza.

-¿Te gusta mi gamuza?

-Sí, tenía una igual pero la he perdido.

-¿La quieres?

-¿Te la has encontrado en el excusado?

-No, es mía.

-Eso es mentira -le dije entre dientes.

-No, es verdad. Pero si quieres te la doy.

-Sí, por favor.

-Toma -me dijo dándome la gamuza con su sonrisa de culpable.

Volví a mi asiento cuando mis piernas estaban a punto de fallar; tenía el pulso acelerado, el corazón a punto de estallar y las mejillas en llamas. Y al mismo tiempo tenía una infinita satisfacción: había conseguido desenmascarar al ladrón y recuperar mi gamuza.

Papá me miró y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que nunca había estado mejor. Entonces mi padre se quitó sus antiguas gafas, las tomó con las yemas de los dedos apoyándolas en su abdomen y empezó a limpiarlas con una gamuza azul.

Después me la devolvió diciéndome: “toma tu gamuza, que te la he cogido antes”.

Artista

El pasado sábado en La Sexta Noche Susana Díaz llamó a Pablo Iglesias “artista de la táctica política”. No fue la primera vez que la Presidenta de Andalucía le llamaba “artista”, ya lo hizo con anterioridad calificando sus habilidades negociadoras para formar gobierno:

Más allá de las disputas legítimas de unos y otros por el relato, me llamó la atención el uso despectivo de la palabra “artista”. Susana Díaz no la utilizó como un elogio y en ninguna de las cinco acepciones que recoge la RAE aparece el significado coloquial despreciativo que todos pudimos percibir.

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¿Por qué la palabra artista puede conllevar menosprecio? Hace un tiempo escuché a un amigo hablarme de otro en los siguientes términos: “fulanito hace vida de artista”. Se refería a que se acostaba tarde y se levantaba tarde, no cotizaba en la seguridad social y solía frecuentar todos los bares del mundo. ¿Es eso una vida de artista? ¿Es esa la percepción que la sociedad entiende como vida de artista?

Las palabras no son objetos inamovibles: cambian, mutan y se deforman. Como lo hace el pensamiento que las sustenta. Las palabras se alimentan de percepciones y valores. ¿Es esta una sociedad que valora al artista en función de su capacidad de crear belleza? ¿Lo valora en función de su capacidad de representarnos la realidad? ¿Lo valora en función de su capacidad de generar debates que transformen esa realidad? Que la palabra artista pueda tener una acepción próxima a holgazán o pícaro no sólo es falso, sino que también es un fracaso de la sociedad.

Tomemos como ejemplo a dos incontestables: Cervantes y Picasso. Todo el mundo sabe que El Quijote es el libro español más vendido de todos los tiempos y que las obras de Picasso se revalorizan continuamente en el mercado del arte. Es decir, más allá de la academia, la sociedad los valora por el éxito objetivo, numérico y capitalista de sus logros, que eso sí es algo tangible. No es de extrañar que el 47% de los españoles confiese que no ha leído nunca El Quijote y que todos los cuñados del mundo digan que, si se ponen, ellos también “son capaces de pintar como un niño pequeño”. Quizás uno de los motivos por los que los políticos* utilicen la palabra artista como sustantivo arrojadizo sea la forma en que el artista concibe el mundo: diferente. Un artista entiende el mundo en función de la obra que lo ocupa. Todo gira en torno a ella y por tanto su percepción de la realidad está teñida por su obra, convirtiendo su estilo de vida en algo diferente.

Visto desde fuera, la reflexión puede ser considerada como vida contemplativa, la búsqueda de la belleza puede ser vista como hedonismo y la perdida de la noción del tiempo pueda ser juzgada como holgazanería a deshoras. Quizás la sociedad no valora en su justa medida la necesidad de arte y esto tiene reflejo en las escalas salariales, en los convenios colectivos, en los presupuestos generales del estado, en el saqueo de la propiedad intelectual ajena, o en los porcentajes que los escritores se llevan de sus libros. Quizás la sociedad no sabe valorar que para crear belleza, retratar la realidad para transformarla generando debates que amplíen nuestra forma de ver las cosas es necesario pensar, actuar y vivir de una manera diferente.

 

*Susana Díaz ha sido Concejala del Ayuntamiento de Sevilla (1999-2004), Teniente de Alcalde de Recursos Humanos de Sevilla (2003-2004), Diputada por Sevilla en el Congreso de los Diputados (2004-2008), Diputada por Sevilla en el Parlamento de Andalucía (Desde 2008), Senadora designada por el Parlamento de Andalucía (2011-2012), Consejera de Presidencia e Igualdad de la Junta de Andalucía (2012-2013), y Presidenta de la Junta de Andalucía (Desde 2013-hasta la actualidad.

Iguales

La primera vez que lo vio fue en la salida del metro de Trinitat Nova. Despachaba en el quiosco acompañado de su perro Ulises, un pastor alemán que olisqueaba cada vez que se acercaba un cliente. Sus enormes cejas pobladas fueron lo que llamaron la atención de Raquel. Entonces, no le dio más importancia que la de una cara irregular que atraía las miradas como un imán. Raquel iba a una fiesta a casa de unos amigos y llegaba tarde, así que siguió su camino olvidando al quiosquero de enormes cejas, o creyendo que lo olvidaba.

La segunda vez que lo vio fue en Sant Feliu de Guíxols. Salía con un chico cuyos padres tenían una casa de playa y fue a pasar el fin de semana con él. La tarde del sábado después de hacer el amor y echarse un rato, se acercó a la carnicería a comprar unas butifarras para cenar. Guardó turno mirando al carnicero de pobladas cejas al que reconoció como el hombre del quiosco. Cuando le dieron la vez, Raquel le preguntó curiosa por su perro Ulises y el carnicero le dijo que nunca había tenido un perro. A Raquel le pareció muy extraño, ya que reconoció su voz como la de aquel hombre que vio unos meses atrás a la salida del metro de Trinitat Nova. Su cara, sus gestos, sus cejas le parecieron exactamente las mismas. Estuvo dándole vueltas y más vueltas hasta que una tarde me explicó toda la historia. A pesar de que yo insistí que bien podían ser dos personas muy parecidas, que todo el mundo tiene un doble o que podían ser hermanos gemelos separados al nacer, Raquel me pidió que la ayudara.

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Yo fui a Sant Feliu de Guíxols y Raquel fue a Trinitat Nova. Estuvimos en contacto todo el tiempo a través de mensajes de texto. Ella me escribió diciéndome que estaba acercándose al quiosco y yo le respondí que ya estaba dentro de la carnicería. Como sólo había una cliente antes de mí, enseguida fui atendido. Raquel, por su parte, se acercó al quiosquero y tal y cómo habíamos acordado, los dos empezamos a registrar nuestras respectivas conversaciones con la aplicación de grabaciones de nuestros teléfonos móviles.

-Disculpe, ¿podría decirme su nombre? –le pregunté. El carnicero no pareció entender. Raquel hizo la misma pregunta al quiosquero al tiempo que yo la volví a repetir:

-¿Su nombre, por favor?

-Fernando Perea De la Rosa –contestó uno y contestó el otro con el mismo tono de voz áspero.

-¿Me podría decir en qué año nació? –le preguntamos Raquel y yo.

-¿Por qué me lo pregunta, si se puede saber? -respondieron arqueando sus cejas pobladas.

-Es simple curiosidad –contestamos.

-¿Y cuál es su nombre? También es simple curiosidad –repreguntaron el carnicero y el quiosquero con intención.

-Raquel –contestó Raquel.

-Enric –contesté yo.

Tanto el carnicero como el quiosquero y a pesar de la enorme distancia que separa Trinitat Nova de Sant Feliu de Guíxols, nos miraron de arriba abajo sin terminar de comprender a qué venía todo aquello. Después, uno y otro nos respondieron que tenían 57 años de edad, habían nacido en un pueblecito cercano a Valladolid en el año 1959, eran hijos únicos, no, no tenían ningún hermano, ni ningún familiar; tampoco tenían hijos, ni hijas, no se habían casado nunca y eran felices, amaban aquella tierra por encima de todas las cosas y no imaginaban una vida mejor que aquella.

Tanto Raquel como yo asentimos escuchándole. Raquel le dio las gracias y se despidió del quiosquero. Yo le di las gracias y me despedí del carnicero.

Tanto Raquel como yo supimos al instante que nos habíamos despedido de la misma persona.

Saludar

Conversación de whatsapp entre dos amigas:

-Te he visto esta tarde en la Fnac, ¿eras tú?

-Sí, ¡era yo!

-¡Lo sabía! ¡Te has dejado el pelo largo, te queda muy bien!

-Gracias, ¿por qué no me has dicho nada?

-No sé…

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Hacía tiempo que las dos amigas no se veían. Una piensa que hace unos seis o sietes meses; la otra piensa que quizás un poco más. En realidad, hace casi dos años que no se ven, pero ninguna de las dos tiene la sensación de que haya pasado tanto tiempo. Una tiene un blog de moda que la otra consulta; la otra cuelga cada semana un video con recomendaciones literarias en su canal de youtube que la otra mira sin pestañear. Cada día se retuitean en twitter. Se enteran de su vida en facebook y saben hasta lo que comen gracias a instagram. Están hiperconectadas la una con la otra, pero hace mucho tiempo que no se sientan a tomar una cerveza, charlar o ir de compras. Ninguna de las dos se pregunta si lo echan de menos.

¿Por qué no se saludaron cuando tuvieron la oportunidad en la Fnac? Una la vio sí, pero estaba demasiado lejos para acercarse hasta ella. La otra fingió que no la veía y se alejó poco a poco de la primera dificultando toda la maniobra. Las dos evitaron la embarazosa incomodidad de saludarse. Quizás las dos sintieron que exponían demasiado del pequeño abismo que separa la identidad virtual de la identidad real. Quizás no querían sentirse excesivamente vulnerables aquella tarde. A ambas les resultó mucho más cómodo y menos invasivo escribirse un mensaje de texto.

Su amistad no es ni mejor, ni peor, simplemente ahora es así.