La gamuza azul

La primera vez que quise matar a un hombre tan sólo tenía nueve años. Fue en un trayecto en tren. Iba con mi padre a visitar a unos tíos a los que no tenía ningún aprecio. Salimos de casa sin apenas desayunar porque papá se había quedado dormido. Por aquella época me habían puesto gafas y aún no me había acostumbrado a llevarlas. Continuamente se empañaban, tenían brillos o se ensuciaban. Yo utilizaba una gamuza azul para limpiar el vidrio. Mi padre, que había nacido con gafas, me decía que me estuviera quieta, que iba a desencajarlas de tanto frotar el cristal. Yo le decía que sí con la cabeza y cuando no miraba, volvía a frotarlas.

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A mitad de camino fui al lavabo. Sentada en el retrete, volví a limpiar mis gafas sucias, sin darme cuenta de que el problema no era el cristal sino que todavía no me había acostumbrado a las lentes. Salí y volví a sentarme al lado de mi padre. Al rato, vi como un hombre grave y corpulento entraba en el lavabo. Miré el paisaje a través de la ventanilla. Me pareció horroroso y triste. Entonces, me di cuenta de que había un pequeño brillo en la lente derecha y me puse a limpiarla. Sin embargo, en ninguno de mis bolsillos encontré la gamuza. Le dije a mi padre que tenía que volver al lavabo y asintió con cierta despreocupación. Esperé a que el hombre grave y corpulento terminara y en cuanto salió me puse a buscar mi gamuza. Estuve unos cinco minutos dentro del lavabo hasta que alguien golpeó la puerta, obligándome a salir sin haberla encontrado.

Cuando volví a mi asiento, me di cuenta de que aquel hombre grave y corpulento limpiaba sus gafas con una gamuza azul muy parecida a la mía. Supe que se trataba de mi gamuza cuando una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Era la clase de sonrisa que mi padre lucía cuando ganaba su equipo de fútbol, o cuando me hacía trampas a las cartas. La clase de sonrisa que delata a los culpables. Los dos nos quedamos mirando hasta que no pude más y me acerqué a él. Me quedé de pie con la cara a escasos centímetros de la suya. Tenía ganas de gritarle: ¡sucio ladrón! Tenía ganas de hacerle daño, de golpearle, de asesinarlo.

-¿Qué quieres chiquilla? -me preguntó.

-Esa gamuza.

-¿Te gusta mi gamuza?

-Sí, tenía una igual pero la he perdido.

-¿La quieres?

-¿Te la has encontrado en el excusado?

-No, es mía.

-Eso es mentira -le dije entre dientes.

-No, es verdad. Pero si quieres te la doy.

-Sí, por favor.

-Toma -me dijo dándome la gamuza con su sonrisa de culpable.

Volví a mi asiento cuando mis piernas estaban a punto de fallar; tenía el pulso acelerado, el corazón a punto de estallar y las mejillas en llamas. Y al mismo tiempo tenía una infinita satisfacción: había conseguido desenmascarar al ladrón y recuperar mi gamuza.

Papá me miró y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que nunca había estado mejor. Entonces mi padre se quitó sus antiguas gafas, las tomó con las yemas de los dedos apoyándolas en su abdomen y empezó a limpiarlas con una gamuza azul.

Después me la devolvió diciéndome: “toma tu gamuza, que te la he cogido antes”.

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