Llamadas

-¿Está Joan?

-No…

-¿Sabes cuándo llegará?

-No, perdona, es que creo que te equivocas, aquí no vive ningún Joan…

No me dejó terminar la frase. Colgó y empecé a oír el tono intermitente de pérdida de señal. Pensé que era un sonido de otra época, casi de otra vida. Un sonido que me recordaba a meriendas azucaradas, dibujos animados y llamadas de teléfono interminables. Una época que hacía mucho que había pasado y que casi se fue sin darnos cuenta. Antes, cuando llamaban a casa se producían unos segundos de maravillosa tensión dramática: ¿quién llamará?, ¿qué querrá?, ¿será para mí, para mamá, para mi hermana? La gente rara vez se equivocaba al llamar. Una llamada valía dinero, una llamada era importante emocionalmente para el que la hacía y para el que la recibía. Una llamada no se hacía a la ligera. Ahora, cuando alguien llama al teléfono fijo para mantener una conversación suele informar previamente de que lo hará. Quienes llaman sin avisar suelen trabajar en multinacionales que quieren venderte algo. Hay veces que incluso no cojo el teléfono, hay gente que vive sin él.

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Aquella llamada me encontró justo al lado del teléfono y decidí descolgarlo de mala gana. Escuché la voz de la mujer desesperada y quebradiza preguntar por Joan. Una vez colgó el teléfono, me quedé cerca por si volvía a llamar, pero no fue así. Supuse que volvería a marcar introduciendo el número correctamente y habría conseguido contactar con Joan.

Dos días más tarde volvió a sonar el teléfono fijo. Estaba sentado frente a mi portátil y dudé seis tonos en levantarme, siete en acercarme y ocho en descolgar.

-¿Está Joan? –me preguntó la misma voz de mujer, igual o quizás más nerviosa.

-Perdona, pero te vuelves a equivocar: aquí no vive ningún Joan -le dije.

-¿Estás seguro? –me preguntó.

Le respondí que sí lo estaba y ella enumeró una a una las cifras que componían el número de mi teléfono, tratando de cerciorarse de que no se había equivocado al marcar. Le dije que era correcto, ese era mi número.

-¿Y cuánto hace que lo tienes?

-Desde que me mudé a esta casa. En noviembre hará unos seis años.

-Seis años, claro, seis años, todo encaja… -dijo para después quedarse en silencio unos segundos y finalmente colgar.

¿Qué quería decir con que todo encajaba?, ¿qué había ocurrido hacía seis años?, ¿y sobre todo, por qué era tan importante contactar con Joan seis años después? A pesar de que mi imaginación se disparó, era consciente de que esas preguntas no obtendrían respuesta. Traté de no darle importancia y olvidar el asunto hasta que tres noches más tarde el teléfono volvió a sonar insistentemente. Salí del dormitorio descalzo, a toda velocidad, crucé el pasillo con prisa y descolgué furioso el teléfono al tiempo qué decía:

-¿¡Quién es?!

-¿Está Joan? –preguntó la misma voz desesperada y quebradiza de las otras veces.

-¡Soy yo! -le dije gritando-. ¿Quién eres?, ¿qué quieres a estas horas?

-Soy Laura. Toma papel y boli y apunta el siguiente número de teléfono.

-Un momento -le dije aturdido, mientras buscaba papel y boli.

Hice lo que me dijo y apunté un número de teléfono fijo de Barcelona que me dictó. Después añadió:

-Es el teléfono de Alicia. Pregunta por ella, es muy importante, tienes que preguntar por ella, cada día, hasta que te responda. Es cuestión de vida o muerte, ¿lo entiendes?

-¿De vida o muerte? ¿Pero de qué hablas?

-No hables con nadie de esto. Llama hasta que Alicia te responda, si no lo haces, morirán.

-¿Quiénes morirán?

-Si no llamas a Alicia, pensarán que son inútiles, desaparecerán para siempre. Acabarán con ellos, ya han empezado, hace seis años…

-Pero, ¿de qué hablas? ¿Quiénes están en peligro?

-Todos ellos. Todos los teléfonos fijos.

Después colgó. Y volvió a sonar el tono intermitente de pérdida de señal.

Me fui a la cama pensando que la broma no tenía ninguna gracia, tenía la impresión de que aquella mujer tenía serios problemas mentales. Me acosté prometiéndome a mí mismo que no pensaba llamar a ninguna Alicia, ni al día siguiente, ni nunca. Me desperté y seguí con mi vida como si nada hubiera pasado. Sin embargo, caída la tarde, después del café, se me despertó el apetito. Fui a la nevera y tomé una merienda azucarada como las que solía tomar en otra época. Al terminarla, eché un vistazo al papel dónde había apuntado el número de teléfono.

Cada día llamo a Alicia dos o tres veces. De momento no lo coge, pero sé que tarde o temprano me responderá.

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