Todo empezó con un tuit

Todo empezó con un tuit: “No lo soporto cuando me habla con condescendencia”. Apenas obtuvo 3 Favs. Sus 8917 seguidores no entendieron la broma, o pensaron que era una broma sin gracia a pesar de que nunca lo fue. Estaban acostumbrados a sus chistes ingeniosos y juegos de palabras con noticias de la actualidad política, social o deportiva.

Pocos días después, los habituales atardeceres con filtro “valencia” y los videos de sus mascotas fueron sustituidos en instagram por instantáneas que reflejaban otros aspectos de su vida: los platos por fregar, el botón suelto de una camisa deshilachada, la factura de la luz, desglosada paso a paso, incomprensible. Sus estados de Facebook empezaron a relatar cosas que preocuparon a sus casi 816 amigos: “Hace ocho meses que no veo a mi madre, y no, no la echo de menos”, o “Esperando en la cola del súper he sentido deseo por un señor mayor; durante unos segundos he fantaseado con la idea de hacerle una paja en la sección de los congelados”.

Algunos de sus amigos empezaron a escribirle mensajes directos por twitter y a abrirle chats en Facebook preguntándole qué le pasaba. Alguno le envío un emoticono tratando de animarla. Otros le hicieron preguntas por whatsapp: “¿qué te pasa, tía? ¿Estás bien? Últimamente todo lo que cuelgas es mierda. Te veo rara. Has vuelto a comer carne, ¿verdad? No eres la misma de antes”.

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Ella trató de defenderse: no le pasaba nada especial, seguía siendo la misma chica de siempre, les pidió que no se preocuparan. Pero sus amigos no la entendían. Abrieron un grupo de whatsapp (Help Sandra) para hablar de ella a sus espaldas y buscar una solución.

Carla: No entiendo nada de lo que dice.

Rosa: Está muy amargada.

Ana: No es para nada la persona que era antes.

Pablo: Echo de menos a mi amiga.

María: La gente cambia.

Pablo: Estaría bien quedar con ella y decírselo a la cara.

Carla: ¿Le preparamos una encerrona?

María: Que sea la semana que viene. Esta la tengo liadísima.

Ana: Yo voy a decirle algo ya, ni que sea por chat de Facebook.

Pablo: No la aprietes que es muy orgullosa.

Ana: No lo haré. La conozco bien.

-Tenemos que hablar -le escribió Ana en un chat-. No puedes seguir subiendo esa basura. Estás empezando a preocuparme y lo que es peor, estás empezando a preocuparnos a todos.

-¿A todos? ¿Quiénes son todos? –preguntó Sandra.

-Todos son todos. Todos te ven fatal y todos están de acuerdo en que te vendría bien algo de ayuda. ¿Has pensado hacer terapia?

-No. No quiero hacer terapia. No tengo ningún problema.

-Te conozco bien y te estás equivocando: sí tienes un problema –le dijo Ana-. Me tengo que ir, que se me ha descargado ya el capítulo. Dime algo por aquí si quieres hablar… XXX

Después de darle muchas vueltas, y dándose cuenta de que las últimas semanas había conseguido preocupar involuntariamente a sus amigos, Sandra decidió subir un post dónde explicaba lo siguiente:

Me he dado cuenta de que paso más tiempo de mi vida con vosotros por aquí, compartiendo estados de Facebook, tuits y fotos de instagram. También me he dado cuenta de que me sentía mal, vacía y falsa. Porque os he estado ocultando cosas. Hasta ahora sólo compartía aquello que os podía parecer bonito, susceptible de arrancaros un like, y escondía las cosas naturales, normales y desgraciadas de mi cotidianidad. Había empezado a sentir que os estaba mintiendo, que era un fraude con todos vosotros: mis amigos. Como ya casi nunca nos vemos (si no hay una pantalla de por medio,) no quiero que penséis que todo lo que me ocurre tiene el filtro valencia, mayfair, o rise. Hay cosas que son una mierda y quiero compartirlas con todos vosotros. Porque no quiero que penséis que vuestras cosas que son una mierda sólo os ocurren a vosotros, nos ocurren a todos, y no quiero que os sintáis igual de miserables que yo cuando las ocultáis. Eso es todo. Os quiero. Sandra”.

El post de Sandra obtuvo 211 Likes. Fue compartido 16 veces. En Twiter obtuvo: 25 RT y 87 Favs. Todos sus amigos abandonaron el grupo de whatsapp (Help Sandra), algunos aliviados, otros más confundidos.

Ninguno quedó con ella para tomar un café.

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Llamadas

-¿Está Joan?

-No…

-¿Sabes cuándo llegará?

-No, perdona, es que creo que te equivocas, aquí no vive ningún Joan…

No me dejó terminar la frase. Colgó y empecé a oír el tono intermitente de pérdida de señal. Pensé que era un sonido de otra época, casi de otra vida. Un sonido que me recordaba a meriendas azucaradas, dibujos animados y llamadas de teléfono interminables. Una época que hacía mucho que había pasado y que casi se fue sin darnos cuenta. Antes, cuando llamaban a casa se producían unos segundos de maravillosa tensión dramática: ¿quién llamará?, ¿qué querrá?, ¿será para mí, para mamá, para mi hermana? La gente rara vez se equivocaba al llamar. Una llamada valía dinero, una llamada era importante emocionalmente para el que la hacía y para el que la recibía. Una llamada no se hacía a la ligera. Ahora, cuando alguien llama al teléfono fijo para mantener una conversación suele informar previamente de que lo hará. Quienes llaman sin avisar suelen trabajar en multinacionales que quieren venderte algo. Hay veces que incluso no cojo el teléfono, hay gente que vive sin él.

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Aquella llamada me encontró justo al lado del teléfono y decidí descolgarlo de mala gana. Escuché la voz de la mujer desesperada y quebradiza preguntar por Joan. Una vez colgó el teléfono, me quedé cerca por si volvía a llamar, pero no fue así. Supuse que volvería a marcar introduciendo el número correctamente y habría conseguido contactar con Joan.

Dos días más tarde volvió a sonar el teléfono fijo. Estaba sentado frente a mi portátil y dudé seis tonos en levantarme, siete en acercarme y ocho en descolgar.

-¿Está Joan? –me preguntó la misma voz de mujer, igual o quizás más nerviosa.

-Perdona, pero te vuelves a equivocar: aquí no vive ningún Joan -le dije.

-¿Estás seguro? –me preguntó.

Le respondí que sí lo estaba y ella enumeró una a una las cifras que componían el número de mi teléfono, tratando de cerciorarse de que no se había equivocado al marcar. Le dije que era correcto, ese era mi número.

-¿Y cuánto hace que lo tienes?

-Desde que me mudé a esta casa. En noviembre hará unos seis años.

-Seis años, claro, seis años, todo encaja… -dijo para después quedarse en silencio unos segundos y finalmente colgar.

¿Qué quería decir con que todo encajaba?, ¿qué había ocurrido hacía seis años?, ¿y sobre todo, por qué era tan importante contactar con Joan seis años después? A pesar de que mi imaginación se disparó, era consciente de que esas preguntas no obtendrían respuesta. Traté de no darle importancia y olvidar el asunto hasta que tres noches más tarde el teléfono volvió a sonar insistentemente. Salí del dormitorio descalzo, a toda velocidad, crucé el pasillo con prisa y descolgué furioso el teléfono al tiempo qué decía:

-¿¡Quién es?!

-¿Está Joan? –preguntó la misma voz desesperada y quebradiza de las otras veces.

-¡Soy yo! -le dije gritando-. ¿Quién eres?, ¿qué quieres a estas horas?

-Soy Laura. Toma papel y boli y apunta el siguiente número de teléfono.

-Un momento -le dije aturdido, mientras buscaba papel y boli.

Hice lo que me dijo y apunté un número de teléfono fijo de Barcelona que me dictó. Después añadió:

-Es el teléfono de Alicia. Pregunta por ella, es muy importante, tienes que preguntar por ella, cada día, hasta que te responda. Es cuestión de vida o muerte, ¿lo entiendes?

-¿De vida o muerte? ¿Pero de qué hablas?

-No hables con nadie de esto. Llama hasta que Alicia te responda, si no lo haces, morirán.

-¿Quiénes morirán?

-Si no llamas a Alicia, pensarán que son inútiles, desaparecerán para siempre. Acabarán con ellos, ya han empezado, hace seis años…

-Pero, ¿de qué hablas? ¿Quiénes están en peligro?

-Todos ellos. Todos los teléfonos fijos.

Después colgó. Y volvió a sonar el tono intermitente de pérdida de señal.

Me fui a la cama pensando que la broma no tenía ninguna gracia, tenía la impresión de que aquella mujer tenía serios problemas mentales. Me acosté prometiéndome a mí mismo que no pensaba llamar a ninguna Alicia, ni al día siguiente, ni nunca. Me desperté y seguí con mi vida como si nada hubiera pasado. Sin embargo, caída la tarde, después del café, se me despertó el apetito. Fui a la nevera y tomé una merienda azucarada como las que solía tomar en otra época. Al terminarla, eché un vistazo al papel dónde había apuntado el número de teléfono.

Cada día llamo a Alicia dos o tres veces. De momento no lo coge, pero sé que tarde o temprano me responderá.

El fin de una época

La primera vez que jugó al ajedrez, su madre le dijo que le compraría un refresco de cola si ganaba. Algunos decían que en aquella primera ocasión ganó la partida; como no tenía dinero, su madre se vio obligada a robar para cumplir la promesa. Algunos contaban que, por el contrario, la paliza que su madre le dio fue tal, que estuvo estudiando todos los movimientos, leyendo libros y viendo partidas hasta que alcanzó tal maestría que la siguiente partida la ganó en tan sólo nueve movimientos. Quizás no fuera casual que las dos historias terminaran con la victoria del niño. Lo que ocurrió después lo explicó la madre un millón de veces a los periodistas que trataban de sacar todo el jugo a su historia: “viéndole beber la cola pensé que mi hijo tenía un don, un don que merecía la pena ser desarrollado y entrenado, es la obligación de toda madre comprobar hasta dónde es capaz de llegar su hijo”.

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Primero empezó a competir en pequeñas partidas en la casa de la cultura de su pueblo, después en pequeños certámenes por toda la comarca, competiciones regionales, nacionales, etc. Luego vino el reportaje en El País Semanal, llamadas de radios, giras por todos los rincones de el país en la que cada vez se le ponían más y más retos al pequeño Alfil. En Zamora consiguió librar (y ganar) cien partidas simultáneas contra señores con bigote que le triplicaban la edad. Fue cuando venció a todos las caras famosas de RTVE en un número espectacular en el Un, dos, tres cuando el país se enamoró de él. “Nunca fui más feliz que en aquella época” –dijo tiempo más tarde en un plató de televisión que explotaba la nostalgia-: “cuando terminaba de jugar, mi madre siempre tenía en la mano un refresco de cola para mí”. A pesar de que le pusieron en la tesitura, el pequeño Alfil, que ya no era tan pequeño, ni tampoco tan Alfil, no quiso romper su silencio en aquel plató acerca de G-Max-1997. A pesar del tiempo que había pasado, parecía evidente que no había logrado olvidarlo.

La primera vez que vimos al robot fue en el Un, dos, tres. G-Max-1997 apareció retándole con su voz metálica y su apariencia humanoide, conectado por unos cables a una consola portátil del tamaño de un armario empotrado: “Soy G-Max-1997, vengo del futuro y reto a aquel que llaman el pequeño Alfil, el mago del ajedrez, a una partida final para descubrir quién es superior: el niño o la máquina.”

Cuando el pequeño Alfil aceptó jugar contra G-Max-1997 todos nos sentimos orgullosos, de alguna manera sentíamos que estaba luchando por todos nosotros. El siguiente viernes, en el Un, dos, tres hicieron un especial centrado en el acontecimiento. Fueron tres horas de televisión que nunca olvidaremos. De una tensión, de un silencio, de una emoción contenida jamás vista. ¡Pura televisión! Chicho Ibáñez Serrador introdujo un largo y dramático Primer Plano del robot cuando dijo las palabras: jaque mate. El contraplano del pequeño Alfil era la expresión de la desolación y con él una generación entera se sintió desfallecer. No nos lo podíamos creer. El pequeño Alfil había sido derrotado por una máquina, y con él, todos nosotros.

A partir de ahí el absoluto declive. En algunos lugares le contrataban sólo para reírse de él. La gente le gritaba: “¿te da miedo mi reloj-calculadora? ¿Tienes miedo al futuro? ¡Eres un fraude!” Tanto él como su madre se dieron cuenta de que la aparición de GMax-1997 no sólo era el fin de su negocio, sino también el fin de una época: la gente ya no quería pagar dinero por ver cómo hacía magia con las piezas; ahora la gente quería robots que hiciesen magia por ellos. De alguna manera, aquello fue el final de nuestra infancia.

Anoche anunciaron el fallecimiento de el pequeño Alfil después de una larga enfermedad. Twitter se ha llenado de comentarios nostálgicos y en nuestros muros de Facebook hemos empezado a compartir los vídeos del Un, dos tres que TVE ha subido estratégicamente a Youtube. Uno de ellos se ha hecho rápidamente viral. Es un vídeo de despedida donde el pequeño Alfil (ya no tan pequeño, y ya no tan Alfil) explica hablando a cámara aquello que no quiso contar nunca antes:

“Al finalizar la grabación de aquel programa especial dónde G-Max-1997 me derrotó, mi madre me vio en tal estado de shock que me ofreció un refresco de cola aunque no hubiera ganado. Yo le dije que no, que había perdido contra la máquina, y que por tanto no lo merecía. Mi madre me acarició la cabeza al tiempo que el público empezó a marcharse. Recuerdo sus rostros aturdidos y tristes. Algunos me miraban decepcionados con auténtico resquemor. Fui al camerino donde la maquilladora retiró el maquillaje ya convertido en una pasta informe a causa de mis lágrimas. Fue entonces cuando quise darle un último vistazo a G-Max-1997, y preguntarle cómo había hecho aquel último movimiento, si es que no se había marchado ya de vuelta al futuro. Fui al plató, me acerqué hasta el robot y de repente vi una hilera de humo salir de la enorme consola. Me acerqué para apagar el fuego que estaba convencido debía haberse producido a causa de un cortocircuito en sus cables, chips y procesadores internos. Cuando me acerqué y vi a un anciano enjuto de espesas cejas, vestido con un traje de neopreno y fumando un cigarrillo me di cuenta del embuste. Él me miró y me sonrió.

-Hola, pequeño Alfil, por fin nos conocemos –me dijo con voz cansada.

No supe que responderle. A pesar del movimiento y el ruido de los focos y cables, el silencio en aquel plató de los estudios en Torre España era ensordecedor. Le miré de arriba abajo y sólo pude mascullar una pregunta:

-¿Por qué?

-Porque nadie quiere pagar dinero por ver a un anciano ganar a un niño, ¿pero pagar dinero por ver a un robot darle una paliza a un niño? Eso es algo nuevo, eso es algo nunca visto, eso es algo que vale dinero -dijo.

Apuró su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo pisó asegurándose que quedaba completamente apagado. Después el anciano me invitó a un refresco. Nos sentamos a observar a los técnicos retirando los plafones, el decorado, los cables y toda la tramoya en absoluto silencio. Juntos disfrutamos de nuestros refrescos de cola.

A pesar de la derrota, me supo como todos los otros refrescos”.

Breakup Manegement

Verónica Pagazaurtundua llega puntual a la cita. Pide una coca-cola zero, se arregla el pelo con una coleta y aunque le digo que no es necesario silencia el teléfono móvil. Ella me responde con una sonrisa que sí que lo es. Al finalizar la entrevista me muestra unas doce llamadas perdidas y muchos más mensajes de whatsapps, todos son de su equipo. Hace cinco años fundó Breakup Consulting, cuenta con una plantilla de más de treinta personas. Cuando Verónica habla de su compañía, se le encienden los ojos: “Nadie crece diciendo que de mayor quiere dedicarse al breakup manegement, ni siquiera hay una palabra en castellano. Toda la cultura asociada a la gestión de rupturas sentimentales es anglosajona”. Le pregunto el motivo y ella me comenta que en el mundo anglosajón todo pasa por agentes, consultores, gestores, todos ellos son abogados o tienen un pie metido en el mundo de las leyes. Además aquí llegamos muy tarde al divorcio, como a todas las cosas buenas, añade con ironía. Dice que la primera función de su consultora siempre es pedagógica: “explicar una y mil veces lo que hacemos y por qué lo hacemos; que los clientes no se sientan engañados, no estamos para robar su dinero aprovechándonos de su desgracia”.

-Pero entiendes que haya gente que sea un poco escéptica.

-Claro. Pero todo el mundo conoce a alguien que lo ha dejado. Y todo el mundo conocerá a alguien que en los próximos tres años vivirá una ruptura sentimental. Según las estadísticas en la ciudad de Barcelona se rompen al día 7 parejas en un ratio de edad de los 18 a los 55 años. Para mí, lo más importante es que un cliente se sienta tan satisfecho que no dude en recomendar mis servicios.

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-Cuando alguien acude a ti, ¿qué es lo que suele necesitar?

-Hablar. Primero de todo, lo más importantes siempre es que alguien explique su historia. Que le ponga palabras, que hile un discurso, aunque sea un discurso equivocado, aunque sea un discurso complaciente con uno mismo y negativo con la otra parte, es muy importante que empiece a relatar que esa historia se ha terminado, que exprese sus emociones al respecto -sin ningún tipo de filtro moral- y poco a poco, ir relativizando la importancia que tiene. De una ruptura se sale.

-Entonces eres una psicóloga sobre todo.

-No. Un psicólogo ataca en principio sólo el aspecto psico-emocional del problema. Pero, ¿y el problema logístico? ¿Va a venir el psicólogo a dividir la colección de cds? ¿Va a poner sobre la mesa un plan para repartir equitativamente los gastos e inversiones hechos en común por la pareja? Por ejemplo, si compraron juntos los muebles y uno de ellos continúa viviendo en el piso, ¿qué es lo más justo? ¿Vender la estantería, el armario y el sofá en wallapop y repartir el dinero? ¿Continuar con los muebles aunque comprarlos fuera idea del que se va de la casa? Ver ese sofá para el que se queda, todos los días, le puede suponer un golpe emocional continuo y diario. Controlar y gestionar todas estas pequeñas cosas son nuestra tarea.

-¿Qué más cosas hacéis?

-Si uno se marcha del piso, le encontramos una nueva vivienda lo antes posible ajustada a sus necesidades y dentro de precio. Llevamos todo el tema legal, si hay divorcio y niños de por medio, también. Las mudanzas, la dieta, hay gente que engorda muchísimo en una ruptura y los hay que se quedan en los huesos, que pierden completamente el apetito. Se habla con sus jefes, se les explica la problemática y casi siempre tratan de ayudar, dándoles más o menos tareas en función de la personalidad de cada uno. Es más complicado con los autónomos, pero bueno, este colectivo es el saco de todos los golpes en este país. Si eres autónomo, ya eres un imán de problemas. Otra cosa que hemos empezado a hacer es que no se tengan que ocupar de las redes sociales. Hemos desarrollado una app que permite detectar cualquier foto, actualización de estado, tuit o lo que sea que pueda ser susceptible de herir los sentimientos de la ex-pareja. Lo analizamos, lo filtramos y decidimos si nuestro cliente está preparado para visualizarlo. También gestionamos todos los imputs que reciben. Todo su entorno sabe que nosotros estamos al mando e intentamos que todos los discursos que reciben estén dentro de la lógica emocional de fase.

-¿Qué es la lógica emocional de fase?

-En una ruptura hay diversas fases, porque hay diversas emociones que predominan. Primero hay dolor, luego hay ira, después hay indiferencia, y finalmente hay liberación. Es un camino progresivo y lineal pero, ¿verdad que si usted ha tenido alguna ruptura no recuerda que fuera una cosa detrás de otra?

-No, la verdad. Iban todas juntas, mezcladas de forma inconexa.

-Porque todos los mensajes y todos los discursos de sus amigos, psicólogo, familiares, compañeros de trabajo, películas, series, no estaban ajustados a cada fase. En el momento del dolor no es buena idea ver una película que le recuerde a su pareja. También es muy común que en algún momento alguien trate de ir a directamente a la fase de liberación. Últimamente todo el mundo quiere saltarse el dolor y la ira para apuntarse directamente a Tinder.

-¿Y eso no es bueno?

-Eso es un desastre. Primero hay que hacer un duelo. Sin cuaresma no tiene ningún sentido el carnaval.

-¿Cómo se le ocurrió dedicarse a esto?

-Llegó un momento de mi vida en que me di cuenta que se me daba bien. Yo empecé con mis propias rupturas como todo el mundo, un ruptura te ayuda a conocerte a ti mismo, sabes lo que quieres, lo que no, y ayudando a amigas mías descubrí que se me daba bien escuchar. Siempre me ha gustado escuchar los sentimientos de los demás, las historias de los demás. Después alguna amiga mía le decía a otra amiga a la que yo no conocía de nada, tienes que hablar con Verónica, Verónica te ayudará. Y allí iba yo, la escuchaba y después le daba un consejo y siempre acertaba. No era el mismo consejo cada vez, sino que de manera intuitiva sabía qué era lo que necesitaba cada cual en cada momento. Y así poco a poco, empecé a estudiar, a formarme y conseguí crear toda una filosofía sobre la que se basa la consultoría.

-¿Hay parejas que no quieren dejarlo?

-Sí y hay que ayudarles a reconciliarse. Y también hay parejas que intentan reconciliarse y ves que no, que por ahí no van bien.

-Antes me decía que nadie se siente satisfecho si se siente estafado. En el tránsito de una ruptura, ¿cómo sabe si un cliente está satisfecho?

-Para mí el triunfo más importante es que la ex-pareja con el tiempo puedan verse el uno al otro como amigos, reconocerse con una historia en común, que puedan charlar, y que puedan decir: hubo momentos que estuvieron muy bien y otros que no tanto, fui feliz contigo, espero y deseo que seas feliz el resto de tu vida con quién tú quieras.

Cuando termina la conversación me asalta una duda. Verónica es una mujer observadora y enseguida se da cuenta de que me he dejado algo en el tintero. Me facilita las cosas y me pregunta si quiero saber algo más. Se ríe cuando le pregunto si tiene pareja. Sonríe con una respuesta que encierra una pregunta al mismo tiempo:

-¿Usted qué cree?

No le respondo. No sé si quiero saber si alguien dedicado a las rupturas puede vivir felizmente en pareja, o no.

La gamuza azul

La primera vez que quise matar a un hombre tan sólo tenía nueve años. Fue en un trayecto en tren. Iba con mi padre a visitar a unos tíos a los que no tenía ningún aprecio. Salimos de casa sin apenas desayunar porque papá se había quedado dormido. Por aquella época me habían puesto gafas y aún no me había acostumbrado a llevarlas. Continuamente se empañaban, tenían brillos o se ensuciaban. Yo utilizaba una gamuza azul para limpiar el vidrio. Mi padre, que había nacido con gafas, me decía que me estuviera quieta, que iba a desencajarlas de tanto frotar el cristal. Yo le decía que sí con la cabeza y cuando no miraba, volvía a frotarlas.

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A mitad de camino fui al lavabo. Sentada en el retrete, volví a limpiar mis gafas sucias, sin darme cuenta de que el problema no era el cristal sino que todavía no me había acostumbrado a las lentes. Salí y volví a sentarme al lado de mi padre. Al rato, vi como un hombre grave y corpulento entraba en el lavabo. Miré el paisaje a través de la ventanilla. Me pareció horroroso y triste. Entonces, me di cuenta de que había un pequeño brillo en la lente derecha y me puse a limpiarla. Sin embargo, en ninguno de mis bolsillos encontré la gamuza. Le dije a mi padre que tenía que volver al lavabo y asintió con cierta despreocupación. Esperé a que el hombre grave y corpulento terminara y en cuanto salió me puse a buscar mi gamuza. Estuve unos cinco minutos dentro del lavabo hasta que alguien golpeó la puerta, obligándome a salir sin haberla encontrado.

Cuando volví a mi asiento, me di cuenta de que aquel hombre grave y corpulento limpiaba sus gafas con una gamuza azul muy parecida a la mía. Supe que se trataba de mi gamuza cuando una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Era la clase de sonrisa que mi padre lucía cuando ganaba su equipo de fútbol, o cuando me hacía trampas a las cartas. La clase de sonrisa que delata a los culpables. Los dos nos quedamos mirando hasta que no pude más y me acerqué a él. Me quedé de pie con la cara a escasos centímetros de la suya. Tenía ganas de gritarle: ¡sucio ladrón! Tenía ganas de hacerle daño, de golpearle, de asesinarlo.

-¿Qué quieres chiquilla? -me preguntó.

-Esa gamuza.

-¿Te gusta mi gamuza?

-Sí, tenía una igual pero la he perdido.

-¿La quieres?

-¿Te la has encontrado en el excusado?

-No, es mía.

-Eso es mentira -le dije entre dientes.

-No, es verdad. Pero si quieres te la doy.

-Sí, por favor.

-Toma -me dijo dándome la gamuza con su sonrisa de culpable.

Volví a mi asiento cuando mis piernas estaban a punto de fallar; tenía el pulso acelerado, el corazón a punto de estallar y las mejillas en llamas. Y al mismo tiempo tenía una infinita satisfacción: había conseguido desenmascarar al ladrón y recuperar mi gamuza.

Papá me miró y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que nunca había estado mejor. Entonces mi padre se quitó sus antiguas gafas, las tomó con las yemas de los dedos apoyándolas en su abdomen y empezó a limpiarlas con una gamuza azul.

Después me la devolvió diciéndome: “toma tu gamuza, que te la he cogido antes”.

Iguales

La primera vez que lo vio fue en la salida del metro de Trinitat Nova. Despachaba en el quiosco acompañado de su perro Ulises, un pastor alemán que olisqueaba cada vez que se acercaba un cliente. Sus enormes cejas pobladas fueron lo que llamaron la atención de Raquel. Entonces, no le dio más importancia que la de una cara irregular que atraía las miradas como un imán. Raquel iba a una fiesta a casa de unos amigos y llegaba tarde, así que siguió su camino olvidando al quiosquero de enormes cejas, o creyendo que lo olvidaba.

La segunda vez que lo vio fue en Sant Feliu de Guíxols. Salía con un chico cuyos padres tenían una casa de playa y fue a pasar el fin de semana con él. La tarde del sábado después de hacer el amor y echarse un rato, se acercó a la carnicería a comprar unas butifarras para cenar. Guardó turno mirando al carnicero de pobladas cejas al que reconoció como el hombre del quiosco. Cuando le dieron la vez, Raquel le preguntó curiosa por su perro Ulises y el carnicero le dijo que nunca había tenido un perro. A Raquel le pareció muy extraño, ya que reconoció su voz como la de aquel hombre que vio unos meses atrás a la salida del metro de Trinitat Nova. Su cara, sus gestos, sus cejas le parecieron exactamente las mismas. Estuvo dándole vueltas y más vueltas hasta que una tarde me explicó toda la historia. A pesar de que yo insistí que bien podían ser dos personas muy parecidas, que todo el mundo tiene un doble o que podían ser hermanos gemelos separados al nacer, Raquel me pidió que la ayudara.

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Yo fui a Sant Feliu de Guíxols y Raquel fue a Trinitat Nova. Estuvimos en contacto todo el tiempo a través de mensajes de texto. Ella me escribió diciéndome que estaba acercándose al quiosco y yo le respondí que ya estaba dentro de la carnicería. Como sólo había una cliente antes de mí, enseguida fui atendido. Raquel, por su parte, se acercó al quiosquero y tal y cómo habíamos acordado, los dos empezamos a registrar nuestras respectivas conversaciones con la aplicación de grabaciones de nuestros teléfonos móviles.

-Disculpe, ¿podría decirme su nombre? –le pregunté. El carnicero no pareció entender. Raquel hizo la misma pregunta al quiosquero al tiempo que yo la volví a repetir:

-¿Su nombre, por favor?

-Fernando Perea De la Rosa –contestó uno y contestó el otro con el mismo tono de voz áspero.

-¿Me podría decir en qué año nació? –le preguntamos Raquel y yo.

-¿Por qué me lo pregunta, si se puede saber? -respondieron arqueando sus cejas pobladas.

-Es simple curiosidad –contestamos.

-¿Y cuál es su nombre? También es simple curiosidad –repreguntaron el carnicero y el quiosquero con intención.

-Raquel –contestó Raquel.

-Enric –contesté yo.

Tanto el carnicero como el quiosquero y a pesar de la enorme distancia que separa Trinitat Nova de Sant Feliu de Guíxols, nos miraron de arriba abajo sin terminar de comprender a qué venía todo aquello. Después, uno y otro nos respondieron que tenían 57 años de edad, habían nacido en un pueblecito cercano a Valladolid en el año 1959, eran hijos únicos, no, no tenían ningún hermano, ni ningún familiar; tampoco tenían hijos, ni hijas, no se habían casado nunca y eran felices, amaban aquella tierra por encima de todas las cosas y no imaginaban una vida mejor que aquella.

Tanto Raquel como yo asentimos escuchándole. Raquel le dio las gracias y se despidió del quiosquero. Yo le di las gracias y me despedí del carnicero.

Tanto Raquel como yo supimos al instante que nos habíamos despedido de la misma persona.

Caries

Después de dos semanas de intenso dolor acudió al dentista. Al verlo por primera vez, Carla no le reconoció. Sí lo hizo su joven asistente quien le pidió un autógrafo en cuanto lo vio entrar por la puerta. Él firmó con una sonrisa dolorida y añadió a modo de broma, que si no llevara la cara hecha un cromo se haría un selfie con ella. La asistente le sonrió y afirmó que no hacía falta, aunque le hubiera gustado hacérselo. Después, le acompañó a la salita y le dijo que le gustaba mucho el programa en el que participaba. Él le dio las gracias y se despidieron. La asistente con una sonrisa dentífrica y él con una mueca de dolor.

Carla le hizo sentarse y empezó a auscultarle. Rápidamente se dio cuenta de que tenía muy mala pinta. Le dijo que era normal que le doliera muchísimo. Tenía una caries en el primer molar superior derecho, otra en el segundo molar inferior izquierdo y hasta una tercera en el tercer molar inferior derecho. Preocupada le preguntó si comía muchos dulces. Él contestó que últimamente sí, debido a su trabajo. Ella le preguntó a qué se dedicaba y él se sorprendió que no lo supiera (no estaba acostumbrado a que no le reconocieran). Soy cocinero, le dijo.

-Pensaba que eras famoso –le respondió Carla mientras preparaba la anestesia.

-Bueno, soy las dos cosas: cocinero famoso. Trabajo en la tele, en un talent show… es un programa espectáculo de cocina, funciona muy bien, hacemos mucho share… aunque también hago muchos anuncios y promociones.

-¿Pero comes bien? Porque estas caries se han producido muy rápidamente y por abusar de dulces, chucherías y guarradas.

-Es que… -finalmente, el cocinero famoso no pudo más y se sinceró- con las grabaciones, el programa, los spots, los eventos como cuando puedo, donde puedo y lo que puedo… Los estudios de televisión están en polígonos perdidos de dios, si la gente supiera que el entretenimiento que consumen se hace en esos lugares infames dejarían de verlos.

-¿Pero eso qué tiene que ver con que no cuides tu salud bucodental?

-Con todo el trasiego de aquí para allá, de plató de la tele a plató de la agencia de publicidad, sólo tengo tiempo de comer de las máquinas expendedoras: dulces, chocolatinas, chips, cochinadas… ¿Lo entiendes? –dijo con ansiedad.

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-Pero, ¿tú eres feliz haciendo esto que haces? ¿No eras más feliz entre fogones?

-Pero es lo que se supone que tengo que hacer –dijo el cocinero con un hilo de voz.

-¿Por qué?

El cocinero famoso se quedó pensativo, dándose cuenta de que nunca se había detenido a hacerse esa pregunta. Finalmente respondió:

-La verdad, no lo sé.

Los dos asintieron en silencio. Carla le pidió que se recostara para empezar a hacerle los empastes. Siempre adoraba aquel momento en que anestesiaba al paciente y todo se convertía en silencio.