Breakup Manegement

Verónica Pagazaurtundua llega puntual a la cita. Pide una coca-cola zero, se arregla el pelo con una coleta y aunque le digo que no es necesario silencia el teléfono móvil. Ella me responde con una sonrisa que sí que lo es. Al finalizar la entrevista me muestra unas doce llamadas perdidas y muchos más mensajes de whatsapps, todos son de su equipo. Hace cinco años fundó Breakup Consulting, cuenta con una plantilla de más de treinta personas. Cuando Verónica habla de su compañía, se le encienden los ojos: “Nadie crece diciendo que de mayor quiere dedicarse al breakup manegement, ni siquiera hay una palabra en castellano. Toda la cultura asociada a la gestión de rupturas sentimentales es anglosajona”. Le pregunto el motivo y ella me comenta que en el mundo anglosajón todo pasa por agentes, consultores, gestores, todos ellos son abogados o tienen un pie metido en el mundo de las leyes. Además aquí llegamos muy tarde al divorcio, como a todas las cosas buenas, añade con ironía. Dice que la primera función de su consultora siempre es pedagógica: “explicar una y mil veces lo que hacemos y por qué lo hacemos; que los clientes no se sientan engañados, no estamos para robar su dinero aprovechándonos de su desgracia”.

-Pero entiendes que haya gente que sea un poco escéptica.

-Claro. Pero todo el mundo conoce a alguien que lo ha dejado. Y todo el mundo conocerá a alguien que en los próximos tres años vivirá una ruptura sentimental. Según las estadísticas en la ciudad de Barcelona se rompen al día 7 parejas en un ratio de edad de los 18 a los 55 años. Para mí, lo más importante es que un cliente se sienta tan satisfecho que no dude en recomendar mis servicios.

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-Cuando alguien acude a ti, ¿qué es lo que suele necesitar?

-Hablar. Primero de todo, lo más importantes siempre es que alguien explique su historia. Que le ponga palabras, que hile un discurso, aunque sea un discurso equivocado, aunque sea un discurso complaciente con uno mismo y negativo con la otra parte, es muy importante que empiece a relatar que esa historia se ha terminado, que exprese sus emociones al respecto -sin ningún tipo de filtro moral- y poco a poco, ir relativizando la importancia que tiene. De una ruptura se sale.

-Entonces eres una psicóloga sobre todo.

-No. Un psicólogo ataca en principio sólo el aspecto psico-emocional del problema. Pero, ¿y el problema logístico? ¿Va a venir el psicólogo a dividir la colección de cds? ¿Va a poner sobre la mesa un plan para repartir equitativamente los gastos e inversiones hechos en común por la pareja? Por ejemplo, si compraron juntos los muebles y uno de ellos continúa viviendo en el piso, ¿qué es lo más justo? ¿Vender la estantería, el armario y el sofá en wallapop y repartir el dinero? ¿Continuar con los muebles aunque comprarlos fuera idea del que se va de la casa? Ver ese sofá para el que se queda, todos los días, le puede suponer un golpe emocional continuo y diario. Controlar y gestionar todas estas pequeñas cosas son nuestra tarea.

-¿Qué más cosas hacéis?

-Si uno se marcha del piso, le encontramos una nueva vivienda lo antes posible ajustada a sus necesidades y dentro de precio. Llevamos todo el tema legal, si hay divorcio y niños de por medio, también. Las mudanzas, la dieta, hay gente que engorda muchísimo en una ruptura y los hay que se quedan en los huesos, que pierden completamente el apetito. Se habla con sus jefes, se les explica la problemática y casi siempre tratan de ayudar, dándoles más o menos tareas en función de la personalidad de cada uno. Es más complicado con los autónomos, pero bueno, este colectivo es el saco de todos los golpes en este país. Si eres autónomo, ya eres un imán de problemas. Otra cosa que hemos empezado a hacer es que no se tengan que ocupar de las redes sociales. Hemos desarrollado una app que permite detectar cualquier foto, actualización de estado, tuit o lo que sea que pueda ser susceptible de herir los sentimientos de la ex-pareja. Lo analizamos, lo filtramos y decidimos si nuestro cliente está preparado para visualizarlo. También gestionamos todos los imputs que reciben. Todo su entorno sabe que nosotros estamos al mando e intentamos que todos los discursos que reciben estén dentro de la lógica emocional de fase.

-¿Qué es la lógica emocional de fase?

-En una ruptura hay diversas fases, porque hay diversas emociones que predominan. Primero hay dolor, luego hay ira, después hay indiferencia, y finalmente hay liberación. Es un camino progresivo y lineal pero, ¿verdad que si usted ha tenido alguna ruptura no recuerda que fuera una cosa detrás de otra?

-No, la verdad. Iban todas juntas, mezcladas de forma inconexa.

-Porque todos los mensajes y todos los discursos de sus amigos, psicólogo, familiares, compañeros de trabajo, películas, series, no estaban ajustados a cada fase. En el momento del dolor no es buena idea ver una película que le recuerde a su pareja. También es muy común que en algún momento alguien trate de ir a directamente a la fase de liberación. Últimamente todo el mundo quiere saltarse el dolor y la ira para apuntarse directamente a Tinder.

-¿Y eso no es bueno?

-Eso es un desastre. Primero hay que hacer un duelo. Sin cuaresma no tiene ningún sentido el carnaval.

-¿Cómo se le ocurrió dedicarse a esto?

-Llegó un momento de mi vida en que me di cuenta que se me daba bien. Yo empecé con mis propias rupturas como todo el mundo, un ruptura te ayuda a conocerte a ti mismo, sabes lo que quieres, lo que no, y ayudando a amigas mías descubrí que se me daba bien escuchar. Siempre me ha gustado escuchar los sentimientos de los demás, las historias de los demás. Después alguna amiga mía le decía a otra amiga a la que yo no conocía de nada, tienes que hablar con Verónica, Verónica te ayudará. Y allí iba yo, la escuchaba y después le daba un consejo y siempre acertaba. No era el mismo consejo cada vez, sino que de manera intuitiva sabía qué era lo que necesitaba cada cual en cada momento. Y así poco a poco, empecé a estudiar, a formarme y conseguí crear toda una filosofía sobre la que se basa la consultoría.

-¿Hay parejas que no quieren dejarlo?

-Sí y hay que ayudarles a reconciliarse. Y también hay parejas que intentan reconciliarse y ves que no, que por ahí no van bien.

-Antes me decía que nadie se siente satisfecho si se siente estafado. En el tránsito de una ruptura, ¿cómo sabe si un cliente está satisfecho?

-Para mí el triunfo más importante es que la ex-pareja con el tiempo puedan verse el uno al otro como amigos, reconocerse con una historia en común, que puedan charlar, y que puedan decir: hubo momentos que estuvieron muy bien y otros que no tanto, fui feliz contigo, espero y deseo que seas feliz el resto de tu vida con quién tú quieras.

Cuando termina la conversación me asalta una duda. Verónica es una mujer observadora y enseguida se da cuenta de que me he dejado algo en el tintero. Me facilita las cosas y me pregunta si quiero saber algo más. Se ríe cuando le pregunto si tiene pareja. Sonríe con una respuesta que encierra una pregunta al mismo tiempo:

-¿Usted qué cree?

No le respondo. No sé si quiero saber si alguien dedicado a las rupturas puede vivir felizmente en pareja, o no.

La gamuza azul

La primera vez que quise matar a un hombre tan sólo tenía nueve años. Fue en un trayecto en tren. Iba con mi padre a visitar a unos tíos a los que no tenía ningún aprecio. Salimos de casa sin apenas desayunar porque papá se había quedado dormido. Por aquella época me habían puesto gafas y aún no me había acostumbrado a llevarlas. Continuamente se empañaban, tenían brillos o se ensuciaban. Yo utilizaba una gamuza azul para limpiar el vidrio. Mi padre, que había nacido con gafas, me decía que me estuviera quieta, que iba a desencajarlas de tanto frotar el cristal. Yo le decía que sí con la cabeza y cuando no miraba, volvía a frotarlas.

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A mitad de camino fui al lavabo. Sentada en el retrete, volví a limpiar mis gafas sucias, sin darme cuenta de que el problema no era el cristal sino que todavía no me había acostumbrado a las lentes. Salí y volví a sentarme al lado de mi padre. Al rato, vi como un hombre grave y corpulento entraba en el lavabo. Miré el paisaje a través de la ventanilla. Me pareció horroroso y triste. Entonces, me di cuenta de que había un pequeño brillo en la lente derecha y me puse a limpiarla. Sin embargo, en ninguno de mis bolsillos encontré la gamuza. Le dije a mi padre que tenía que volver al lavabo y asintió con cierta despreocupación. Esperé a que el hombre grave y corpulento terminara y en cuanto salió me puse a buscar mi gamuza. Estuve unos cinco minutos dentro del lavabo hasta que alguien golpeó la puerta, obligándome a salir sin haberla encontrado.

Cuando volví a mi asiento, me di cuenta de que aquel hombre grave y corpulento limpiaba sus gafas con una gamuza azul muy parecida a la mía. Supe que se trataba de mi gamuza cuando una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Era la clase de sonrisa que mi padre lucía cuando ganaba su equipo de fútbol, o cuando me hacía trampas a las cartas. La clase de sonrisa que delata a los culpables. Los dos nos quedamos mirando hasta que no pude más y me acerqué a él. Me quedé de pie con la cara a escasos centímetros de la suya. Tenía ganas de gritarle: ¡sucio ladrón! Tenía ganas de hacerle daño, de golpearle, de asesinarlo.

-¿Qué quieres chiquilla? -me preguntó.

-Esa gamuza.

-¿Te gusta mi gamuza?

-Sí, tenía una igual pero la he perdido.

-¿La quieres?

-¿Te la has encontrado en el excusado?

-No, es mía.

-Eso es mentira -le dije entre dientes.

-No, es verdad. Pero si quieres te la doy.

-Sí, por favor.

-Toma -me dijo dándome la gamuza con su sonrisa de culpable.

Volví a mi asiento cuando mis piernas estaban a punto de fallar; tenía el pulso acelerado, el corazón a punto de estallar y las mejillas en llamas. Y al mismo tiempo tenía una infinita satisfacción: había conseguido desenmascarar al ladrón y recuperar mi gamuza.

Papá me miró y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que nunca había estado mejor. Entonces mi padre se quitó sus antiguas gafas, las tomó con las yemas de los dedos apoyándolas en su abdomen y empezó a limpiarlas con una gamuza azul.

Después me la devolvió diciéndome: “toma tu gamuza, que te la he cogido antes”.

Iguales

La primera vez que lo vio fue en la salida del metro de Trinitat Nova. Despachaba en el quiosco acompañado de su perro Ulises, un pastor alemán que olisqueaba cada vez que se acercaba un cliente. Sus enormes cejas pobladas fueron lo que llamaron la atención de Raquel. Entonces, no le dio más importancia que la de una cara irregular que atraía las miradas como un imán. Raquel iba a una fiesta a casa de unos amigos y llegaba tarde, así que siguió su camino olvidando al quiosquero de enormes cejas, o creyendo que lo olvidaba.

La segunda vez que lo vio fue en Sant Feliu de Guíxols. Salía con un chico cuyos padres tenían una casa de playa y fue a pasar el fin de semana con él. La tarde del sábado después de hacer el amor y echarse un rato, se acercó a la carnicería a comprar unas butifarras para cenar. Guardó turno mirando al carnicero de pobladas cejas al que reconoció como el hombre del quiosco. Cuando le dieron la vez, Raquel le preguntó curiosa por su perro Ulises y el carnicero le dijo que nunca había tenido un perro. A Raquel le pareció muy extraño, ya que reconoció su voz como la de aquel hombre que vio unos meses atrás a la salida del metro de Trinitat Nova. Su cara, sus gestos, sus cejas le parecieron exactamente las mismas. Estuvo dándole vueltas y más vueltas hasta que una tarde me explicó toda la historia. A pesar de que yo insistí que bien podían ser dos personas muy parecidas, que todo el mundo tiene un doble o que podían ser hermanos gemelos separados al nacer, Raquel me pidió que la ayudara.

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Yo fui a Sant Feliu de Guíxols y Raquel fue a Trinitat Nova. Estuvimos en contacto todo el tiempo a través de mensajes de texto. Ella me escribió diciéndome que estaba acercándose al quiosco y yo le respondí que ya estaba dentro de la carnicería. Como sólo había una cliente antes de mí, enseguida fui atendido. Raquel, por su parte, se acercó al quiosquero y tal y cómo habíamos acordado, los dos empezamos a registrar nuestras respectivas conversaciones con la aplicación de grabaciones de nuestros teléfonos móviles.

-Disculpe, ¿podría decirme su nombre? –le pregunté. El carnicero no pareció entender. Raquel hizo la misma pregunta al quiosquero al tiempo que yo la volví a repetir:

-¿Su nombre, por favor?

-Fernando Perea De la Rosa –contestó uno y contestó el otro con el mismo tono de voz áspero.

-¿Me podría decir en qué año nació? –le preguntamos Raquel y yo.

-¿Por qué me lo pregunta, si se puede saber? -respondieron arqueando sus cejas pobladas.

-Es simple curiosidad –contestamos.

-¿Y cuál es su nombre? También es simple curiosidad –repreguntaron el carnicero y el quiosquero con intención.

-Raquel –contestó Raquel.

-Enric –contesté yo.

Tanto el carnicero como el quiosquero y a pesar de la enorme distancia que separa Trinitat Nova de Sant Feliu de Guíxols, nos miraron de arriba abajo sin terminar de comprender a qué venía todo aquello. Después, uno y otro nos respondieron que tenían 57 años de edad, habían nacido en un pueblecito cercano a Valladolid en el año 1959, eran hijos únicos, no, no tenían ningún hermano, ni ningún familiar; tampoco tenían hijos, ni hijas, no se habían casado nunca y eran felices, amaban aquella tierra por encima de todas las cosas y no imaginaban una vida mejor que aquella.

Tanto Raquel como yo asentimos escuchándole. Raquel le dio las gracias y se despidió del quiosquero. Yo le di las gracias y me despedí del carnicero.

Tanto Raquel como yo supimos al instante que nos habíamos despedido de la misma persona.

Caries

Después de dos semanas de intenso dolor acudió al dentista. Al verlo por primera vez, Carla no le reconoció. Sí lo hizo su joven asistente quien le pidió un autógrafo en cuanto lo vio entrar por la puerta. Él firmó con una sonrisa dolorida y añadió a modo de broma, que si no llevara la cara hecha un cromo se haría un selfie con ella. La asistente le sonrió y afirmó que no hacía falta, aunque le hubiera gustado hacérselo. Después, le acompañó a la salita y le dijo que le gustaba mucho el programa en el que participaba. Él le dio las gracias y se despidieron. La asistente con una sonrisa dentífrica y él con una mueca de dolor.

Carla le hizo sentarse y empezó a auscultarle. Rápidamente se dio cuenta de que tenía muy mala pinta. Le dijo que era normal que le doliera muchísimo. Tenía una caries en el primer molar superior derecho, otra en el segundo molar inferior izquierdo y hasta una tercera en el tercer molar inferior derecho. Preocupada le preguntó si comía muchos dulces. Él contestó que últimamente sí, debido a su trabajo. Ella le preguntó a qué se dedicaba y él se sorprendió que no lo supiera (no estaba acostumbrado a que no le reconocieran). Soy cocinero, le dijo.

-Pensaba que eras famoso –le respondió Carla mientras preparaba la anestesia.

-Bueno, soy las dos cosas: cocinero famoso. Trabajo en la tele, en un talent show… es un programa espectáculo de cocina, funciona muy bien, hacemos mucho share… aunque también hago muchos anuncios y promociones.

-¿Pero comes bien? Porque estas caries se han producido muy rápidamente y por abusar de dulces, chucherías y guarradas.

-Es que… -finalmente, el cocinero famoso no pudo más y se sinceró- con las grabaciones, el programa, los spots, los eventos como cuando puedo, donde puedo y lo que puedo… Los estudios de televisión están en polígonos perdidos de dios, si la gente supiera que el entretenimiento que consumen se hace en esos lugares infames dejarían de verlos.

-¿Pero eso qué tiene que ver con que no cuides tu salud bucodental?

-Con todo el trasiego de aquí para allá, de plató de la tele a plató de la agencia de publicidad, sólo tengo tiempo de comer de las máquinas expendedoras: dulces, chocolatinas, chips, cochinadas… ¿Lo entiendes? –dijo con ansiedad.

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-Pero, ¿tú eres feliz haciendo esto que haces? ¿No eras más feliz entre fogones?

-Pero es lo que se supone que tengo que hacer –dijo el cocinero con un hilo de voz.

-¿Por qué?

El cocinero famoso se quedó pensativo, dándose cuenta de que nunca se había detenido a hacerse esa pregunta. Finalmente respondió:

-La verdad, no lo sé.

Los dos asintieron en silencio. Carla le pidió que se recostara para empezar a hacerle los empastes. Siempre adoraba aquel momento en que anestesiaba al paciente y todo se convertía en silencio.

Hablar

La primera vez que lo vi andaba a grandes pasos sobre la cinta de correr. Era hora punta en el gym. En cuanto la cinta se aceleró se puso a correr frenéticamente durante tres minutos. Después, volvió a andar con amplias zancadas a intervalos regulares dirigido por uno de esos programas quema-grasas. Me llamó la atención que tanto si corría como si andaba no paraba de hablar. Con órdenes directas y voz firme iba ordenando qué es lo que se tenía que hacer. Después, se detuvo y empezó a asentir, como si estuviera escuchando con mucha atención lo que le decían. Deduje que debía estar hablando con alguien utilizando su móvil con el manos libres.

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Di una vuelta por el gimnasio hasta rodearle. Me fijé en el panel electrónico de la máquina y me di cuenta que en la repisa no había ningún teléfono. Tampoco en ninguna de sus manos. La cinta de correr contigua a la suya quedó libre y me subí en ella. Puse un programa cualquiera y empecé a escuchar su monólogo. “Te lo tengo dicho… si hacemos las cosas de cualquier manera, pues claro… es un desastre… yo sólo digo eso: es de muy mal jefe tener a un trabajador encabronado”. Entonces, le miré y casi sin darme cuenta se me escapó:

-Disculpa, ¿estás hablando solo?

-Sí -dijo el tipo después de mirarme de arriba abajo mientras se preparaba para un acelerón.

-Es que le he visto desde allí y me ha parecido, pero… Vamos que he pensado que igual estarías hablando por el móvil o…

-No, no. Estoy hablando solo.

-Ah -acerté a decir. Me miró de soslayo y notó que esperaba algún tipo de explicación por mi parte. Al cabo de unos segundos, muy amablemente me la dio:

-Ahora, con todo el mundo hablando por el móvil, los que hablamos solos pasamos desapercibidos -me dijo.

-Ah, ¿y por qué habla solo?

-Porque a veces necesito tener la razón -me dijo.

Y entonces empezó a correr.

El coche de mi hermana

Mi hermana mayor siempre dice que soy un desastre, una irresponsable y que no se puede contar conmigo… empiezo a pensar que tiene razón.

Desde principios de año, por motivos de trabajo me veo obligada a desplazarme en coche fuera de la ciudad. Aunque no me gusta conducir me propuse mejorar mi conducción. Todo marchó sobre ruedas hasta que por una avería en el motor me vi obligada a dejar el coche en el taller. Me dijeron que tardarían entre siete y diez días en repararlo. Como necesitaba un vehículo propio para desempeñar mi trabajo le pedí a mi hermana que me dejara su coche hasta que arreglaran el mío. A pesar de que no lo utilizaba nunca su primera respuesta a mi petición fue un gruñido. Después de mucho insistirle, mi hermana cedió y me explicó las mil y una cosas que tenía que hacer para que el coche no tuviera ni un sólo problema. Finalmente, me dejó las llaves exigiéndome que le devolviera el coche sin un sólo rasguño.

El lunes  a primera hora bajé al garaje descansada, duchada y lista para empezar mi semana. Me subí en el coche de mi hermana, introduje la llave de contacto, arranqué el motor, puse primera y giré a la izquierda saliendo de mi plaza. Cogí el carril central del parking y volví a girar a mano izquierda para coger la rampa de la puerta de salida. Sin embargo un ruido estremecedor me detuvo. Bajé del coche y de repente, como si hubiera aparecido de la nada una columna apareció en la puerta izquierda de atrás, convirtiéndola en una amalgama de hojalata. Durante diez minutos estuve mirando la puerta destrozada pensando qué hacer. Sabía que si llamaba al concesionario oficial mi hermana se terminaría enterando. Llamé a mi taller y me dijeron que les llevara el coche. Así lo hice. Me dijeron que podían arreglar la puerta en cuanto tuvieran una. Le pregunté cuánto iban a tardar en conseguirla y me respondieron que dos o tres semanas. Imposible, mi hermana se iba a esquiar ese mismo fin de semana. El mecánico me dijo que si no encontraba una puerta yo misma, sería imposible hacerlo antes.

Pasé los siguientes días buscando una puerta gris del modelo de coche de mi hermana por todos los concesionarios, talleres y particulares del país. Finalmente, a través de internet me puse en contacto con un desguace de Badajoz. El propietario se comprometía a hacerme llegar la puerta a la dirección de mi taller a cambio de 850 euros más los gastos de envío. Me pareció abusivo, pero no dudé en absoluto y le hice una transferencia. En 24 horas mi mecánico me llamó y me dijo que había recibido la puerta. Justo antes del viernes en que mi hermana necesitaba el coche para ir a esquiar, fui al taller. Allí me di cuenta de que la puerta no quedaba bien. Era un gris-gris, y el gris del coche era un gris metalizado. Se notaba muchísimo que la puerta no era la puerta original. Quedaba mal, mi hermana se daría cuenta, me iba a caer una buena bronca y con razón. Estaba absolutamente perdida.

Llorando a moco tendido, pagué al mecánico tirando de tarjeta. Me subí al coche absolutamente destrozada y conduje hasta casa de mi hermana. Sabía lo que me iba a decir: que no sabía conducir, que no se podía confiar en mí, que era un desastre, una irresponsable y que era la última vez que me prestaba nada de nada. Sabía que tenía razón, pero no quería oírlo. No tenía los nervios templados para aguantar el chorreo. Por eso cuando entré en su casa y la encontré en la terraza de su séptimo piso con esa sonrisa de suficiencia que siempre tiene, sosteniendo un vermut en su mano izquierda y llevándose la aceituna a la boca con su mano derecha, en cuanto abrió la boca y dijo qué tal hermanita, le empujé con todas mis fuerzas y la tiré por el balcón.

Buena suerte

La primera vez que lo vi andaba cerca de una fuente. Llevaba una mochila pesadísima en la espalda, buscó un sitio libre y se sentó. Al rato, abrió la bolsa y empezó a tirar monedas al agua. Se pasó la tarde lanzando más de tres mil euros en monedas de cincuenta céntimos, una tras otra.

La segunda vez que me encontré con él fue en el canódromo. Yo estaba disfrutando de una tarde en las carreras cuando le vi pisoteando las heces que los perros habían depositado antes de competir. Rápidamente lo reconocí y me pareció un hombre inquietante. Aunque me moría de curiosidad, no tuve la osadía de acercarme y preguntarle qué estaba haciendo.

La tercera vez fue en una tarde de noviembre. Hacía frío y no me extrañó verle comprando unas castañas asadas. En cuanto pagó, le preguntó a la castañera si podía acariciar su joroba. Tras unos segundos de asimilación de la pregunta, la castañera, airada, se negó en redondo. Observé como el hombre guardaba las vueltas en el bolsillo y hacía ademán de marcharse. Sin embargo, en un gesto rápido y a traición, restregó su mano por la joroba de la señora, para acto seguido huir a toda velocidad.

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Motivado por la curiosidad, le seguí unas manzanas más allá, hasta alcanzarle. Me acerqué hasta él y le pregunté qué es lo que estaba haciendo. Me miró de arriba abajo y con una altivez inesperada me dijo: “Yo construyo mi propia suerte”.

-¿Y funciona? -le pregunté.

-¿Cómo dice?

-Que si funciona…

-No. No funciona en absoluto. Lo he intentado todo: cada media hora cruzo los dedos para pedir un deseo; voy de jardín en jardín buscando un trébol de cuatro hojas; los martes voy al aeropuerto y me acerco a las pistas para petarme los tímpanos, y así empezar a oír un zumbido muy fuerte en los oídos…

-¿Eso da suerte?

-De toda la vida -dijo alzando el mentón-. Como tocar madera -dijo tocando madera-, llevar una pata de conejo –dijo sacando una del bolsillo- o pisar mierda –dijo pisando una mierda.

-Me hago una idea. ¿Y tiene una herradura en casa?

-La duda ofende -me dijo mirándome de arriba abajo-. Yo construyo mi propia suerte. Soy un hombre hecho a sí mismo, como el malo de Titanic.

-¿El iceberg?

-No, el fiancée -me replicó.

-Ah, el ricachón estirado –le dije.

-Sí, ese mismo -dijo atusándose los bigotes-, siempre he querido ser cómo él: un business man sofisticado, presuntuoso y elegante.

-Quizás sea un modelo de conducta equivocado -le dije.

-¿Qué querías que fuera como Di Caprio? -espetó.

-Es joven, guapo y artista. Un hombre apasionado que se mueve por amor.

-Di Caprio se muere de frío en la película.

-Visto así, no lo había pensado -le dije.

-¿Qué nos dice Titanic? Que los artistas apasionados mueren de frío y que ni siquiera el calor de su corazón enamorado puede darles abrigo. No olvides nunca que Titanic es la obra de un capitalista.

No supe qué responder a eso. El hombre hecho a sí mismo acarició una pata de conejo que sacó de su bolsillo, se acercó al quicio de una puerta que rozó con la yema de los dedos y piso una caca antes de marcharse en busca de fortuna. Antes de irse, me deseó buena suerte.

Desde entonces, siempre me pregunto si tuviera buena suerte, ¿qué haría con ella?

La contraseña del wifi

Nunca salía de casa. Era un caso clínico de uno entre un millón: a pesar de que tenía agorafobia, no era una persona huraña.

Todo empezó cuando adquirió los 300 MB de fibra óptica que le ofrecieron. Acto seguido dejó de comer en restaurantes. Esto le llevó a cocinar recetas que veía en canales de youtube. Cada vez le salían más ricas, cada vez le salían mejor. Empezó a pasarse los días recopilando objetos que no necesitaba en wallapop. El siguiente paso lógico en el descenso por la escalera de sus infiernos hubiera sido convertirse en una persona huraña. Pero no, él no dio este último paso y quizás eso fue lo que le salvó.

Tuvo un problema económico y su forma de vida se quebró como la cáscara de un huevo. Se vio obligado a reducir sus gastos. Fue como una bicicleta que no vio venir en el carril bici, silenciosa y mal señalizada (porque no tiene motor, no hacen ruido y van a degüello). Miró demasiado tarde cuando ya la tenía encima. Los números rojos golpearon en su cara y la compañía telefónica demostró ser muy centro-europea para lo que quería y le cortó el suministro de 300 MB. Este suceso le hizo agudizar su ingenio. Miró en su Macbook pro y encontró la señal de varios vecinos, uno a uno les solicitó la contraseña de su red con excusas pintorescas. El del tercero segunda le dio la contraseña de su wifi, sin ningún problema. Era de Iniciativa, era bona gent. Estuvo gorreando la señal un mes y medio, hasta que la casera le desahució.

A sus 47 años, soltero y sin nadie en la vida, se vio por primera vez en la calle. Aún así, nunca fue un sin hogar huraño. Siempre se le veía sonriente, limpio y afrontaba la vida con intensa alegría. Iba con su Macbook pro de cafetería en cafetería. Tomaba cafés con leche con el dinero que recaudaba en la calle, y se pasaba las tardes navegando en los locales del centro. Una calurosa madrugada de primavera se encontró un perro. Era un cachorro de pocos meses. Era muy, muy goofy, divertido, curioso y animado. No tuvo duda del nombre que le pondría: Wifi.

Una mañana en su cafetería preferida se produjo una situación extraña. Se acercó a la camarera y le preguntó si le podía dar la contraseña de wifi, al tiempo que Wifi se acercaba a mendigar comida a un cliente. Entonces él tuvo que reprenderle gritando su nombre: “Wifi, ven aquí, no molestes al señor”. La camarera y él se miraron y se dieron cuenta de que estaban asistiendo a una actualización cibernética del chiste con la nueva formulación: “Disculpe, ¿sería tan amable de darme la contraseña del wifi?”

La camarera le dio la contraseña del wifi. Era una sola palabra en inglés. Un imperativo: sit.

El imbécil

¿Qué es El Imbécil? El Imbécil no es un (sólo) individuo, El imbécil es un arquetipo psicológico. De la misma manera que en la vida nos encontramos con inocentes, huérfanos, creadores, o ladrones, cada cierto tiempo nos encontramos con El imbécil. Uno desea que la vida le depare encuentros con sabios o femmes fatales, pero no, el sector cultural suele atraer a imbéciles. ¿Es algo consustancial con el sector? No. Nuestra sociedad está llena de imbéciles porque sociológicamente el arquetipo del imbécil es un tipo exitoso. En este país, El Imbécil llega lejos.

¿En qué consiste el arquetipo del Imbécil? El Imbécil se construye sobre un sólido pensamiento: un absoluto desprecio por tus conocimientos y tu experiencia. Armado con cuatro frases de manual, dos lecturas mal contadas y horas de visionados pasivos ociosos, El Imbécil cree que puede hacer tu trabajo mucho mejor que tú. Y que además, el hecho de que no lo haga es por falta de tiempo. Y tienes que agradecerle la oportunidad que te da. Y que sino se pone es porque él está muy ocupado en lo realmente importante.

El Imbécil suele despreciar todo lo que has hecho hasta la fecha. Cree que todos esos años, toda esa experiencia a ti te juegan a la contra porque ya estás sucio, ya vas de manual, ya vas de sota, caballo, rey y este es un mundo que está cambiando, y lo que tú crees que sabes ya no funciona, porque el público quiere cosas distintas, que él lo sabe porque a él le pagan una pasta para averiguarlo. No le importa nada que lo que hayas hecho hasta la fecha tuviera unas circunstancias determinadas. Eso a él le da igual, eso sería profundizar demasiado. El Imbécil  prefiere pensar que si eso lo hiciste así es porque no sabes más.

El Imbécil no se ha parado a pensar qué es lo que hacían los cradores de The Knick antes de hacer la serie más malrollera ever.

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Esto hacían.

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Y esto. Imbécil.

¿Cómo descubrir si alguien pertenece al arquetipo del Imbécil? Saldréis de dudas en el momento en que os diga lo siguiente: “yo he leído muchos manuales de guión, he leído muchos guiones, y he visto muchas películas y series”. Me pregunto si es así con todo. Si en su casa es así, si en su vida cotidiana funciona como en su vida profesional. Me pregunto si El Imbécil cada vez que va a un restaurante de una, dos o tres estrellas, se planta en la cocina, y le explica al chef (con ese arrojo y esos cojones) que él ha cenado en muchos restaurantes, que ha leído muchos menús, que sabe cómo cocinar bien esas mollejas caramelizadas en nido de fideos de arroz con aire de canela, que si no se pone es porque está muy ocupado comiéndoselo, y que dónde has cocinado tú antes, cocinillas.

 

Cuento de Navidad: Tenía tan sólo siete años cuando descubrí que era telépata.

Tenía tan sólo siete años cuando descubrí que era telépata.

Entonces todavía no sabía lo que significaba, eso es algo que aprendí mucho tiempo después… Fue en la mañana del día de Navidad de 1989. En la radio sonaba https://www.youtube.com/watch?v=0zDjnDAwmig.

Mamá y yo volvíamos en coche de recoger los regalos de casa de la abuela. La calefacción del supermirafiori de mamá no funcionaba y las ventanas estaban empapadas. Como siempre, estaba sentada en el asiento de atrás. Me tiritaban las manos y me castañeteaban los dientes por el frío. Tenía ganas de llegar a casa, encerrarme en mi cuarto y leer un libro tumbada en la alfombra al lado del radiador. Fue entonces cuando descubrí que podía conseguir cualquier cosa utilizando el poder de mi mente.

Tan sólo tenía que desearlo con todas mis fuerzas.

Muerta de frío, miré fijamente el disco en rojo del semáforo, cerré los ojos y me concentré… “Ponte en verde, ponte en verde” pensaba muy, muy fuerte. Y fue entonces cuando ocurrió: a los pocos segundos el semáforo se puso en verde. Mamá me llevó a casa y pude tumbarme en la alfombra al lado del radiador con un libro. En pocos minutos, mis manos ya no estaban heladas.

Un buen rato después oí un fuerte sonido, como si un mueble hubiera caído en el piso de arriba.

-¿Qué ha sido eso? -pregunté.

-No ha sido nada -dijo mamá.

Sin embargo, mamá no me miró al responder. Mamá solía mirar hacia otra parte cuando no teníamos dinero, cuando no quería contarme alguna cosa y cuando me mentía. Ella pensaba que no me daba cuenta, pero está claro que sí me enteraba. Supe enseguida que mamá me estaba mintiendo. Me pregunté por qué.

-¿Quieres cenar?

-Sí, tengo hambre–respondí.

Y entonces pensé: voy a utilizar mis poderes con mamá.

-¿Quieres cenar pizza?

-Claro que quiero cenar pizza, tengo sólo siete años, siempre quiero cenar pizza –respondí.

Mis poderes telepáticos habían vuelto a funcionar.

Mamá siempre encargaba pizza cuando quería distraerme de alguna cosa importante. Ella no sabía que yo lo sabía… Ni tampoco sabía que yo le había implantado la idea de la pizza en su corteza prefrontal.

Estábamos cenando una cuatro estaciones tamaño familiar cuando oímos un grito ahogado seguido de un llanto. Una vez más provenía del piso de arriba. No era un llanto como los míos como cuando me golpeaba y me hacía daño. No, era un llanto distinto.

-¿Qué ha sido eso? –pregunté a mamá.

Mamá se puso triste y tardó en contestar.

-¿Te gusta la pizza?

-Sí.

-Si te dejas una poca, tendrás para desayunar mañana –me dijo.

-¿Quieres que te guarde este trozo? –me preguntó mamá.

-Vale –respondí.

Nos quedamos en silencio y no volvimos a hablar más del tema…

Tardé en dormirme. Miraba al techo de dónde provenían todos esos ruidos imaginándome sus posibles causas. Vivíamos en un tercer piso de una finca de nueve alturas. Algo debía ocurrir con nuestros vecinos del cuarto. Algo que mamá no me quería contar.

Al día siguiente mamá me envió a comprar. No quedaba leche para el desayuno y tuve que bajar al súper. Fue cuando volví a casa cargada con la compra cuando la vi. Era nuestra vecina del cuarto piso. Estaba enfrente del espejo de la entrada del edificio. Parecía ausente, despistada y triste. Ella no me vio pero yo a ella sí la vi atusarse el pelo y arreglarse el vestido. Después se puso las gafas oscuras que tapaban su ojo izquierdo amoratado. Cuando subí a casa no quise decirle nada a mamá. Entonces entendí que mamá no quisiera hablar de lo que ocurría en el piso de los vecinos. Pero como siempre ocurre acabé sabiéndolo por mí misma.

Durante aquellas navidades escuché varias veces aquellos ruidos. Mamá y yo evitábamos hablar del tema y en alguna ocasión ella ponía discos de música alegre. Pero ninguna de las dos nos contagiábamos de aquella hueca alegría grabada en vinilo. Las dos éramos conscientes de lo que ocurría en el piso de arriba.

-Deberíamos hacer algo –le dije.

-¿Qué podemos hacer? –suspiró mamá.

-No sé, ¡algo!

“Eres demasiado pequeña, eso son cosas de mayores. Las cosas son como son y es muy difícil cambiarlas” dijo mamá.

-Las cosas se pueden cambiar si quieres cambiarlas –le dije.

-¿Dónde vas? –me preguntó mamá.

-A mi cuarto.

Me acosté pero no tenía sueño. Estaba enfurecida con mamá. Sabía que aquello no estaba bien y no hacía nada. Pero, ¿qué podía hacer yo? Sólo era una niña de siete años… Finalmente, me dormí.

A la mañana siguiente fui a dar una vuelta. Hacía un sol espléndido y una muy buena temperatura. Estuve dando vueltas por el barrio. Compré regaliz y unos comics, y el periódico a mamá. Volvía de camino a casa cuando lo vi parado frente a un semáforo. A pesar de lo lejos que estaba supe enseguida que era él. Quizás percibí sus pensamientos…

Sin ninguna duda aquel hombre de allí era mi vecino de arriba. Estaba apostado en el semáforo, esperando a que el disco de peatones se pusiera en verde. Recordé lo que decía mamá: “las cosas son como son y es muy difícil cambiarlas”.

Quizás tenía razón.

Quizás debía olvidarme de todo aquello.

Quizás sólo era una niña de siete años metiéndome en asuntos que no era de mi incumbencia.

Quizás…

Pero mamá no sabía una cosa…

Yo era telépata.

Tenía muy poco tiempo para actuar así que me acerqué lo máximo que pude hasta él. Cerré los ojos y proyecté rápidamente mis pensamientos. En pocos segundos, el dibujo luminoso del peatón de color verde apareció en el semáforo. El vecino del cuarto empezó a andar cruzando el paso de peatones. Y por la avenida a toda velocidad circulaba el autobús de línea. A pesar de que el chófer se percató de que su disco estaba en rojo, el autobús no pudo frenar…

…misteriosamente.

Tuve que concentrarme con todas mis fuerzas, pero lo conseguí. El autobús arrolló a mi vecino arrastrándolo varios metros. Provocándole una muerte instantánea.

Días más tarde, mamá me dijo que el chófer intentó frenar, pero los frenos no funcionaban. Mamá no sabía que eso era algo que yo ya sabía. Yo nunca le conté que lo había presenciado, ni mucho menos que lo había provocado. Fue un secreto que guardé para mí durante mucho tiempo.

Bueno, no sólo para mí…

A los pocos días, coincidí con mi vecina en el ascensor. Parecía otra mujer, más guapa, más alegre, más aliviada.

Me miró, se puso en cuclillas para mirarme a los ojos, me sonrió y entonces me dijo: muchas gracias.

Cuento tuiteado el día de Navidad de 2015.