Hablar

La primera vez que lo vi andaba a grandes pasos sobre la cinta de correr. Era hora punta en el gym. En cuanto la cinta se aceleró se puso a correr frenéticamente durante tres minutos. Después, volvió a andar con amplias zancadas a intervalos regulares dirigido por uno de esos programas quema-grasas. Me llamó la atención que tanto si corría como si andaba no paraba de hablar. Con órdenes directas y voz firme iba ordenando qué es lo que se tenía que hacer. Después, se detuvo y empezó a asentir, como si estuviera escuchando con mucha atención lo que le decían. Deduje que debía estar hablando con alguien utilizando su móvil con el manos libres.

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Di una vuelta por el gimnasio hasta rodearle. Me fijé en el panel electrónico de la máquina y me di cuenta que en la repisa no había ningún teléfono. Tampoco en ninguna de sus manos. La cinta de correr contigua a la suya quedó libre y me subí en ella. Puse un programa cualquiera y empecé a escuchar su monólogo. “Te lo tengo dicho… si hacemos las cosas de cualquier manera, pues claro… es un desastre… yo sólo digo eso: es de muy mal jefe tener a un trabajador encabronado”. Entonces, le miré y casi sin darme cuenta se me escapó:

-Disculpa, ¿estás hablando solo?

-Sí -dijo el tipo después de mirarme de arriba abajo mientras se preparaba para un acelerón.

-Es que le he visto desde allí y me ha parecido, pero… Vamos que he pensado que igual estarías hablando por el móvil o…

-No, no. Estoy hablando solo.

-Ah -acerté a decir. Me miró de soslayo y notó que esperaba algún tipo de explicación por mi parte. Al cabo de unos segundos, muy amablemente me la dio:

-Ahora, con todo el mundo hablando por el móvil, los que hablamos solos pasamos desapercibidos -me dijo.

-Ah, ¿y por qué habla solo?

-Porque a veces necesito tener la razón -me dijo.

Y entonces empezó a correr.

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El coche de mi hermana

Mi hermana mayor siempre dice que soy un desastre, una irresponsable y que no se puede contar conmigo… empiezo a pensar que tiene razón.

Desde principios de año, por motivos de trabajo me veo obligada a desplazarme en coche fuera de la ciudad. Aunque no me gusta conducir me propuse mejorar mi conducción. Todo marchó sobre ruedas hasta que por una avería en el motor me vi obligada a dejar el coche en el taller. Me dijeron que tardarían entre siete y diez días en repararlo. Como necesitaba un vehículo propio para desempeñar mi trabajo le pedí a mi hermana que me dejara su coche hasta que arreglaran el mío. A pesar de que no lo utilizaba nunca su primera respuesta a mi petición fue un gruñido. Después de mucho insistirle, mi hermana cedió y me explicó las mil y una cosas que tenía que hacer para que el coche no tuviera ni un sólo problema. Finalmente, me dejó las llaves exigiéndome que le devolviera el coche sin un sólo rasguño.

El lunes  a primera hora bajé al garaje descansada, duchada y lista para empezar mi semana. Me subí en el coche de mi hermana, introduje la llave de contacto, arranqué el motor, puse primera y giré a la izquierda saliendo de mi plaza. Cogí el carril central del parking y volví a girar a mano izquierda para coger la rampa de la puerta de salida. Sin embargo un ruido estremecedor me detuvo. Bajé del coche y de repente, como si hubiera aparecido de la nada una columna apareció en la puerta izquierda de atrás, convirtiéndola en una amalgama de hojalata. Durante diez minutos estuve mirando la puerta destrozada pensando qué hacer. Sabía que si llamaba al concesionario oficial mi hermana se terminaría enterando. Llamé a mi taller y me dijeron que les llevara el coche. Así lo hice. Me dijeron que podían arreglar la puerta en cuanto tuvieran una. Le pregunté cuánto iban a tardar en conseguirla y me respondieron que dos o tres semanas. Imposible, mi hermana se iba a esquiar ese mismo fin de semana. El mecánico me dijo que si no encontraba una puerta yo misma, sería imposible hacerlo antes.

Pasé los siguientes días buscando una puerta gris del modelo de coche de mi hermana por todos los concesionarios, talleres y particulares del país. Finalmente, a través de internet me puse en contacto con un desguace de Badajoz. El propietario se comprometía a hacerme llegar la puerta a la dirección de mi taller a cambio de 850 euros más los gastos de envío. Me pareció abusivo, pero no dudé en absoluto y le hice una transferencia. En 24 horas mi mecánico me llamó y me dijo que había recibido la puerta. Justo antes del viernes en que mi hermana necesitaba el coche para ir a esquiar, fui al taller. Allí me di cuenta de que la puerta no quedaba bien. Era un gris-gris, y el gris del coche era un gris metalizado. Se notaba muchísimo que la puerta no era la puerta original. Quedaba mal, mi hermana se daría cuenta, me iba a caer una buena bronca y con razón. Estaba absolutamente perdida.

Llorando a moco tendido, pagué al mecánico tirando de tarjeta. Me subí al coche absolutamente destrozada y conduje hasta casa de mi hermana. Sabía lo que me iba a decir: que no sabía conducir, que no se podía confiar en mí, que era un desastre, una irresponsable y que era la última vez que me prestaba nada de nada. Sabía que tenía razón, pero no quería oírlo. No tenía los nervios templados para aguantar el chorreo. Por eso cuando entré en su casa y la encontré en la terraza de su séptimo piso con esa sonrisa de suficiencia que siempre tiene, sosteniendo un vermut en su mano izquierda y llevándose la aceituna a la boca con su mano derecha, en cuanto abrió la boca y dijo qué tal hermanita, le empujé con todas mis fuerzas y la tiré por el balcón.

Buena suerte

La primera vez que lo vi andaba cerca de una fuente. Llevaba una mochila pesadísima en la espalda, buscó un sitio libre y se sentó. Al rato, abrió la bolsa y empezó a tirar monedas al agua. Se pasó la tarde lanzando más de tres mil euros en monedas de cincuenta céntimos, una tras otra.

La segunda vez que me encontré con él fue en el canódromo. Yo estaba disfrutando de una tarde en las carreras cuando le vi pisoteando las heces que los perros habían depositado antes de competir. Rápidamente lo reconocí y me pareció un hombre inquietante. Aunque me moría de curiosidad, no tuve la osadía de acercarme y preguntarle qué estaba haciendo.

La tercera vez fue en una tarde de noviembre. Hacía frío y no me extrañó verle comprando unas castañas asadas. En cuanto pagó, le preguntó a la castañera si podía acariciar su joroba. Tras unos segundos de asimilación de la pregunta, la castañera, airada, se negó en redondo. Observé como el hombre guardaba las vueltas en el bolsillo y hacía ademán de marcharse. Sin embargo, en un gesto rápido y a traición, restregó su mano por la joroba de la señora, para acto seguido huir a toda velocidad.

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Motivado por la curiosidad, le seguí unas manzanas más allá, hasta alcanzarle. Me acerqué hasta él y le pregunté qué es lo que estaba haciendo. Me miró de arriba abajo y con una altivez inesperada me dijo: “Yo construyo mi propia suerte”.

-¿Y funciona? -le pregunté.

-¿Cómo dice?

-Que si funciona…

-No. No funciona en absoluto. Lo he intentado todo: cada media hora cruzo los dedos para pedir un deseo; voy de jardín en jardín buscando un trébol de cuatro hojas; los martes voy al aeropuerto y me acerco a las pistas para petarme los tímpanos, y así empezar a oír un zumbido muy fuerte en los oídos…

-¿Eso da suerte?

-De toda la vida -dijo alzando el mentón-. Como tocar madera -dijo tocando madera-, llevar una pata de conejo –dijo sacando una del bolsillo- o pisar mierda –dijo pisando una mierda.

-Me hago una idea. ¿Y tiene una herradura en casa?

-La duda ofende -me dijo mirándome de arriba abajo-. Yo construyo mi propia suerte. Soy un hombre hecho a sí mismo, como el malo de Titanic.

-¿El iceberg?

-No, el fiancée -me replicó.

-Ah, el ricachón estirado –le dije.

-Sí, ese mismo -dijo atusándose los bigotes-, siempre he querido ser cómo él: un business man sofisticado, presuntuoso y elegante.

-Quizás sea un modelo de conducta equivocado -le dije.

-¿Qué querías que fuera como Di Caprio? -espetó.

-Es joven, guapo y artista. Un hombre apasionado que se mueve por amor.

-Di Caprio se muere de frío en la película.

-Visto así, no lo había pensado -le dije.

-¿Qué nos dice Titanic? Que los artistas apasionados mueren de frío y que ni siquiera el calor de su corazón enamorado puede darles abrigo. No olvides nunca que Titanic es la obra de un capitalista.

No supe qué responder a eso. El hombre hecho a sí mismo acarició una pata de conejo que sacó de su bolsillo, se acercó al quicio de una puerta que rozó con la yema de los dedos y piso una caca antes de marcharse en busca de fortuna. Antes de irse, me deseó buena suerte.

Desde entonces, siempre me pregunto si tuviera buena suerte, ¿qué haría con ella?

La contraseña del wifi

Nunca salía de casa. Era un caso clínico de uno entre un millón: a pesar de que tenía agorafobia, no era una persona huraña.

Todo empezó cuando adquirió los 300 MB de fibra óptica que le ofrecieron. Acto seguido dejó de comer en restaurantes. Esto le llevó a cocinar recetas que veía en canales de youtube. Cada vez le salían más ricas, cada vez le salían mejor. Empezó a pasarse los días recopilando objetos que no necesitaba en wallapop. El siguiente paso lógico en el descenso por la escalera de sus infiernos hubiera sido convertirse en una persona huraña. Pero no, él no dio este último paso y quizás eso fue lo que le salvó.

Tuvo un problema económico y su forma de vida se quebró como la cáscara de un huevo. Se vio obligado a reducir sus gastos. Fue como una bicicleta que no vio venir en el carril bici, silenciosa y mal señalizada (porque no tiene motor, no hacen ruido y van a degüello). Miró demasiado tarde cuando ya la tenía encima. Los números rojos golpearon en su cara y la compañía telefónica demostró ser muy centro-europea para lo que quería y le cortó el suministro de 300 MB. Este suceso le hizo agudizar su ingenio. Miró en su Macbook pro y encontró la señal de varios vecinos, uno a uno les solicitó la contraseña de su red con excusas pintorescas. El del tercero segunda le dio la contraseña de su wifi, sin ningún problema. Era de Iniciativa, era bona gent. Estuvo gorreando la señal un mes y medio, hasta que la casera le desahució.

A sus 47 años, soltero y sin nadie en la vida, se vio por primera vez en la calle. Aún así, nunca fue un sin hogar huraño. Siempre se le veía sonriente, limpio y afrontaba la vida con intensa alegría. Iba con su Macbook pro de cafetería en cafetería. Tomaba cafés con leche con el dinero que recaudaba en la calle, y se pasaba las tardes navegando en los locales del centro. Una calurosa madrugada de primavera se encontró un perro. Era un cachorro de pocos meses. Era muy, muy goofy, divertido, curioso y animado. No tuvo duda del nombre que le pondría: Wifi.

Una mañana en su cafetería preferida se produjo una situación extraña. Se acercó a la camarera y le preguntó si le podía dar la contraseña de wifi, al tiempo que Wifi se acercaba a mendigar comida a un cliente. Entonces él tuvo que reprenderle gritando su nombre: “Wifi, ven aquí, no molestes al señor”. La camarera y él se miraron y se dieron cuenta de que estaban asistiendo a una actualización cibernética del chiste con la nueva formulación: “Disculpe, ¿sería tan amable de darme la contraseña del wifi?”

La camarera le dio la contraseña del wifi. Era una sola palabra en inglés. Un imperativo: sit.

El imbécil

¿Qué es El Imbécil? El Imbécil no es un (sólo) individuo, El imbécil es un arquetipo psicológico. De la misma manera que en la vida nos encontramos con inocentes, huérfanos, creadores, o ladrones, cada cierto tiempo nos encontramos con El imbécil. Uno desea que la vida le depare encuentros con sabios o femmes fatales, pero no, el sector cultural suele atraer a imbéciles. ¿Es algo consustancial con el sector? No. Nuestra sociedad está llena de imbéciles porque sociológicamente el arquetipo del imbécil es un tipo exitoso. En este país, El Imbécil llega lejos.

¿En qué consiste el arquetipo del Imbécil? El Imbécil se construye sobre un sólido pensamiento: un absoluto desprecio por tus conocimientos y tu experiencia. Armado con cuatro frases de manual, dos lecturas mal contadas y horas de visionados pasivos ociosos, El Imbécil cree que puede hacer tu trabajo mucho mejor que tú. Y que además, el hecho de que no lo haga es por falta de tiempo. Y tienes que agradecerle la oportunidad que te da. Y que sino se pone es porque él está muy ocupado en lo realmente importante.

El Imbécil suele despreciar todo lo que has hecho hasta la fecha. Cree que todos esos años, toda esa experiencia a ti te juegan a la contra porque ya estás sucio, ya vas de manual, ya vas de sota, caballo, rey y este es un mundo que está cambiando, y lo que tú crees que sabes ya no funciona, porque el público quiere cosas distintas, que él lo sabe porque a él le pagan una pasta para averiguarlo. No le importa nada que lo que hayas hecho hasta la fecha tuviera unas circunstancias determinadas. Eso a él le da igual, eso sería profundizar demasiado. El Imbécil  prefiere pensar que si eso lo hiciste así es porque no sabes más.

El Imbécil no se ha parado a pensar qué es lo que hacían los cradores de The Knick antes de hacer la serie más malrollera ever.

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Esto hacían.

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Y esto. Imbécil.

¿Cómo descubrir si alguien pertenece al arquetipo del Imbécil? Saldréis de dudas en el momento en que os diga lo siguiente: “yo he leído muchos manuales de guión, he leído muchos guiones, y he visto muchas películas y series”. Me pregunto si es así con todo. Si en su casa es así, si en su vida cotidiana funciona como en su vida profesional. Me pregunto si El Imbécil cada vez que va a un restaurante de una, dos o tres estrellas, se planta en la cocina, y le explica al chef (con ese arrojo y esos cojones) que él ha cenado en muchos restaurantes, que ha leído muchos menús, que sabe cómo cocinar bien esas mollejas caramelizadas en nido de fideos de arroz con aire de canela, que si no se pone es porque está muy ocupado comiéndoselo, y que dónde has cocinado tú antes, cocinillas.

 

Cuento de Navidad: Tenía tan sólo siete años cuando descubrí que era telépata.

Tenía tan sólo siete años cuando descubrí que era telépata.

Entonces todavía no sabía lo que significaba, eso es algo que aprendí mucho tiempo después… Fue en la mañana del día de Navidad de 1989. En la radio sonaba https://www.youtube.com/watch?v=0zDjnDAwmig.

Mamá y yo volvíamos en coche de recoger los regalos de casa de la abuela. La calefacción del supermirafiori de mamá no funcionaba y las ventanas estaban empapadas. Como siempre, estaba sentada en el asiento de atrás. Me tiritaban las manos y me castañeteaban los dientes por el frío. Tenía ganas de llegar a casa, encerrarme en mi cuarto y leer un libro tumbada en la alfombra al lado del radiador. Fue entonces cuando descubrí que podía conseguir cualquier cosa utilizando el poder de mi mente.

Tan sólo tenía que desearlo con todas mis fuerzas.

Muerta de frío, miré fijamente el disco en rojo del semáforo, cerré los ojos y me concentré… “Ponte en verde, ponte en verde” pensaba muy, muy fuerte. Y fue entonces cuando ocurrió: a los pocos segundos el semáforo se puso en verde. Mamá me llevó a casa y pude tumbarme en la alfombra al lado del radiador con un libro. En pocos minutos, mis manos ya no estaban heladas.

Un buen rato después oí un fuerte sonido, como si un mueble hubiera caído en el piso de arriba.

-¿Qué ha sido eso? -pregunté.

-No ha sido nada -dijo mamá.

Sin embargo, mamá no me miró al responder. Mamá solía mirar hacia otra parte cuando no teníamos dinero, cuando no quería contarme alguna cosa y cuando me mentía. Ella pensaba que no me daba cuenta, pero está claro que sí me enteraba. Supe enseguida que mamá me estaba mintiendo. Me pregunté por qué.

-¿Quieres cenar?

-Sí, tengo hambre–respondí.

Y entonces pensé: voy a utilizar mis poderes con mamá.

-¿Quieres cenar pizza?

-Claro que quiero cenar pizza, tengo sólo siete años, siempre quiero cenar pizza –respondí.

Mis poderes telepáticos habían vuelto a funcionar.

Mamá siempre encargaba pizza cuando quería distraerme de alguna cosa importante. Ella no sabía que yo lo sabía… Ni tampoco sabía que yo le había implantado la idea de la pizza en su corteza prefrontal.

Estábamos cenando una cuatro estaciones tamaño familiar cuando oímos un grito ahogado seguido de un llanto. Una vez más provenía del piso de arriba. No era un llanto como los míos como cuando me golpeaba y me hacía daño. No, era un llanto distinto.

-¿Qué ha sido eso? –pregunté a mamá.

Mamá se puso triste y tardó en contestar.

-¿Te gusta la pizza?

-Sí.

-Si te dejas una poca, tendrás para desayunar mañana –me dijo.

-¿Quieres que te guarde este trozo? –me preguntó mamá.

-Vale –respondí.

Nos quedamos en silencio y no volvimos a hablar más del tema…

Tardé en dormirme. Miraba al techo de dónde provenían todos esos ruidos imaginándome sus posibles causas. Vivíamos en un tercer piso de una finca de nueve alturas. Algo debía ocurrir con nuestros vecinos del cuarto. Algo que mamá no me quería contar.

Al día siguiente mamá me envió a comprar. No quedaba leche para el desayuno y tuve que bajar al súper. Fue cuando volví a casa cargada con la compra cuando la vi. Era nuestra vecina del cuarto piso. Estaba enfrente del espejo de la entrada del edificio. Parecía ausente, despistada y triste. Ella no me vio pero yo a ella sí la vi atusarse el pelo y arreglarse el vestido. Después se puso las gafas oscuras que tapaban su ojo izquierdo amoratado. Cuando subí a casa no quise decirle nada a mamá. Entonces entendí que mamá no quisiera hablar de lo que ocurría en el piso de los vecinos. Pero como siempre ocurre acabé sabiéndolo por mí misma.

Durante aquellas navidades escuché varias veces aquellos ruidos. Mamá y yo evitábamos hablar del tema y en alguna ocasión ella ponía discos de música alegre. Pero ninguna de las dos nos contagiábamos de aquella hueca alegría grabada en vinilo. Las dos éramos conscientes de lo que ocurría en el piso de arriba.

-Deberíamos hacer algo –le dije.

-¿Qué podemos hacer? –suspiró mamá.

-No sé, ¡algo!

“Eres demasiado pequeña, eso son cosas de mayores. Las cosas son como son y es muy difícil cambiarlas” dijo mamá.

-Las cosas se pueden cambiar si quieres cambiarlas –le dije.

-¿Dónde vas? –me preguntó mamá.

-A mi cuarto.

Me acosté pero no tenía sueño. Estaba enfurecida con mamá. Sabía que aquello no estaba bien y no hacía nada. Pero, ¿qué podía hacer yo? Sólo era una niña de siete años… Finalmente, me dormí.

A la mañana siguiente fui a dar una vuelta. Hacía un sol espléndido y una muy buena temperatura. Estuve dando vueltas por el barrio. Compré regaliz y unos comics, y el periódico a mamá. Volvía de camino a casa cuando lo vi parado frente a un semáforo. A pesar de lo lejos que estaba supe enseguida que era él. Quizás percibí sus pensamientos…

Sin ninguna duda aquel hombre de allí era mi vecino de arriba. Estaba apostado en el semáforo, esperando a que el disco de peatones se pusiera en verde. Recordé lo que decía mamá: “las cosas son como son y es muy difícil cambiarlas”.

Quizás tenía razón.

Quizás debía olvidarme de todo aquello.

Quizás sólo era una niña de siete años metiéndome en asuntos que no era de mi incumbencia.

Quizás…

Pero mamá no sabía una cosa…

Yo era telépata.

Tenía muy poco tiempo para actuar así que me acerqué lo máximo que pude hasta él. Cerré los ojos y proyecté rápidamente mis pensamientos. En pocos segundos, el dibujo luminoso del peatón de color verde apareció en el semáforo. El vecino del cuarto empezó a andar cruzando el paso de peatones. Y por la avenida a toda velocidad circulaba el autobús de línea. A pesar de que el chófer se percató de que su disco estaba en rojo, el autobús no pudo frenar…

…misteriosamente.

Tuve que concentrarme con todas mis fuerzas, pero lo conseguí. El autobús arrolló a mi vecino arrastrándolo varios metros. Provocándole una muerte instantánea.

Días más tarde, mamá me dijo que el chófer intentó frenar, pero los frenos no funcionaban. Mamá no sabía que eso era algo que yo ya sabía. Yo nunca le conté que lo había presenciado, ni mucho menos que lo había provocado. Fue un secreto que guardé para mí durante mucho tiempo.

Bueno, no sólo para mí…

A los pocos días, coincidí con mi vecina en el ascensor. Parecía otra mujer, más guapa, más alegre, más aliviada.

Me miró, se puso en cuclillas para mirarme a los ojos, me sonrió y entonces me dijo: muchas gracias.

Cuento tuiteado el día de Navidad de 2015.

Si tú me jodes la siesta… Un cuento de verano de Enric Pardo

El niño rubito de camomila jugaba con la pelota a la hora de la siesta. Él asomó la cabeza despeinada por su ventana y gritó furioso: ¡Vete a jugar con la pelotita a otra parte, hostia-puta!

En eso se había convertido: en el señor de mediana edad con barba y cabello despeinado que grita hostia-puta a la hora de la siesta. Cuando él era un niño rubito también se había enfrentado a esa figura mitológica: el hombre mayor cabreado por su descanso que la toma con el ocio inoportuno de los niños.

El niño rubito desapareció durante cinco minutos. Con el silencio, por fin pudo respirar tranquilo, y rápidamente empezó a segregar baba que se le escurría por la comisura de los labios hasta llegar a humedecer la almohada. Poco a poco se iba relajando y olvidando de su cuerpo, de su mente, de su vida…

…hasta que la pelotita de los cojones volvió a dar golpecitos contra la pared de manera insistente.

¡Como me quite la correa, voy a bajar a darte una zurra!

Sabía que esas palabras no eran suyas. Eran palabras de otra época. De otros hombres. De otras vidas. Eran palabras que, como un legado, pasaban de generación en generación. Probablemente esas mismas palabras serían repetidas veinte años más tarde por ese niño tocapelotas (ya convertido en un señor mayor) a otro niño rubito de camomila.

Por segunda vez asomó la cabeza por la ventana y vio al chaval en el patio interior de los apartamentos de verano. Los dos cruzaron sus miradas. El niño sonrió al tiempo que volvió a dar una patada tras otra a su pelotita, desafiándole. Cuando él saltó de su cama y corrió hasta la puerta para empezar una persecución, oyó al chavalito reír al tiempo que desaparecía entre el hormigón barato de los apartamentos setenteros.

Se encontró a si mismo en el rellano de su casa, furioso, en gallumbos, muy consciente de que ya no iba a conciliar el sueño. Esta es la última siesta que me jode, se dijo, ¡la última! Se puso unas bermudas, la primera camiseta que encontró y bajó a la farmacia de la esquina con la intención de comprarse unos tapones para los oídos. Por fin podría dormir su ansiada siesta.

En la farmacia se encontró con una de sus vecinas de los apartamentos. Él la reconoció enseguida. Era una de esas mujeres de treinta y tantos años, delgada, bonita y atractiva que huelen a delicioso after sun. Su cabello recogido con restos de sal, dejaba a la vista un cuello anguloso que daban ganas de morder. Llevaba bolsas de la compra y rebuscaba en su monedero dos euros y veinte céntimos que le faltaban para comprar unas toallitas íntimas.

-Toma –le dijo prestándole dos euros.

-No, no, no –dijo ella.

-Ya me los devolverás –dijo él.

Ella levantó la mirada del bolso y de pronto reconoció a su vecino. Había reparado en él alguna vez, era el tipo solitario que solía tomar una cerveza en la terraza del apartamento al atardecer. No miraba su móvil, ni leía nada, estaba en silencio, sin camiseta, disfrutando de la brisa que se colaba entre los toldos. Recordó que le producía curiosidad el aire de misterio alrededor de la identidad de ese hombre de mediana edad, tan triste, atractivo y solo.

-Muchas gracias –le dijo, sonriéndole.

-No hay de qué.

Ella pagó y él pudo adquirir sus tapones para los oídos. De camino a los apartamentos, sus pasos se cruzaron nuevamente y con cierta tensión los dos se miraron a los ojos, se saludaron y se sonrieron. Ella iba muy cargada, llevaba su cuerpo en tensión por el peso de la compra. En un gesto de buena vecindad él se prestó a ayudarla. Ella se negó y él insistió. Finalmente, ella cedió y caminaron hasta sus apartamentos, en un silencio tenso, roto con algún comentario intrascendente sobre el calor, la fecha de caducidad de las vacaciones y el lugar de origen respectivo. Al llegar a la puerta del apartamento de ella, sus miradas se encontraron de nuevo y ella dilató sus pupilas al tiempo que recobraba el aliento tras subir las escaleras.

-¿Me dejas al menos invitarte a un café?

-Claro –contestó él.

Los dos entraron en la casa donde no había nadie. Mi marido ha ido a correr, dijo ella con un aire melancólico. Él advirtió rápidamente el subtexto de esa frase. En realidad quería decir: mi marido está más interesado en su cuerpo que en el mío; ya no follamos como antes; soy un mueble más en su vida; llevamos mucho tiempo juntos pero no me conoce; no, no soy feliz, pero como tú y yo sólo somos dos extraños no te lo puedo contar en una conversación de café.

-Entiendo -dijo él.

Empezó a guardarle la compra en la despensa y ella se sorprendió pensando que su vida sería mucho más feliz junto a ese desconocido que sabía dónde y cómo guardar la compra sin necesidad de preguntarle. Cuando él terminó, la miró a los ojos y ella sintió que tal vez había leído sus pensamientos. Se ruborizó y bajó la mirada.

Buscó la cafetera, era la típica cafetera de acero de toda la vida, la que uno se lleva al lugar de veraneo. Trató de abrirla pero estaba atrancada. Él advirtió su problema y se acercó. Cogió la cafetera con las dos manos y le dijo al tiempo que conseguía abrirla “mi abuela decía que es cuestión de maña”. Ella sonrió y se defendió “pero si yo soy muy mañosa”.

-Pero en realidad es cuestión de fuerza –remató él.

Se miraron y sin ningunas ganas de tomar café se mordieron la boca. Se dieron un morreo de los 90. Largo, con labios, lengua, saliva y ganas, muchas ganas. Él le agarró una teta y acto seguido le arrancó la parte de arriba del bikini para chupársela. Ella buscó en sus bermudas y encontró lo que tanto tiempo llevaba buscando en su vida. Él la atravesó en la cocina una y otra vez hasta que tuvieron un orgasmo simultáneo que a ella la volvió loca y a él le dejó completamente satisfecho.

Tomaron un café con hielo en la terraza sabiendo que su marido seguía machacando su cuerpo, ignorando que otro hombre se acostaba con su mujer. Hablaron de muchas cosas y ella sintió que aquel hombre solitario y atractivo, podía ser el amor de su vida si no se hubiera equivocado tanto en todos estos años. Se despidieron con un morreo de los noventa y los dos tenían la sensación de que volverían a verse.

Cuando el hombre atractivo y solitario se despidió de ella, se encontró en la puerta con el niño rubito de camomila y su pelotita que volvía a casa a por la merienda-cena. El chavalito se quedó pálido al ver al ser mitológico que grita furioso porque los niños le joden la siesta. Su madre saludó al niño efusivamente. Le preguntó qué quería cenar y el niño no supo o no pudo responder.

-Es muy tímido y callado, como su padre –dijo ella entrando en la cocina al tiempo que se despedía del vecino con esa clase de miradas que hacen las mujeres tras hacer el amor.

El niño y el hombre se quedaron solos en la puerta del apartamento. Entonces, le acarició el pelo y se agachó, quedándose a su altura. A medio palmo de su cara, le dijo en voz baja al niño rubito de camomila: Si tú me jodes la siesta, yo me follo a tu madre.