La contraseña del wifi

Nunca salía de casa. Era un caso clínico de uno entre un millón: a pesar de que tenía agorafobia, no era una persona huraña.

Todo empezó cuando adquirió los 300 MB de fibra óptica que le ofrecieron. Acto seguido dejó de comer en restaurantes. Esto le llevó a cocinar recetas que veía en canales de youtube. Cada vez le salían más ricas, cada vez le salían mejor. Empezó a pasarse los días recopilando objetos que no necesitaba en wallapop. El siguiente paso lógico en el descenso por la escalera de sus infiernos hubiera sido convertirse en una persona huraña. Pero no, él no dio este último paso y quizás eso fue lo que le salvó.

Tuvo un problema económico y su forma de vida se quebró como la cáscara de un huevo. Se vio obligado a reducir sus gastos. Fue como una bicicleta que no vio venir en el carril bici, silenciosa y mal señalizada (porque no tiene motor, no hacen ruido y van a degüello). Miró demasiado tarde cuando ya la tenía encima. Los números rojos golpearon en su cara y la compañía telefónica demostró ser muy centro-europea para lo que quería y le cortó el suministro de 300 MB. Este suceso le hizo agudizar su ingenio. Miró en su Macbook pro y encontró la señal de varios vecinos, uno a uno les solicitó la contraseña de su red con excusas pintorescas. El del tercero segunda le dio la contraseña de su wifi, sin ningún problema. Era de Iniciativa, era bona gent. Estuvo gorreando la señal un mes y medio, hasta que la casera le desahució.

A sus 47 años, soltero y sin nadie en la vida, se vio por primera vez en la calle. Aún así, nunca fue un sin hogar huraño. Siempre se le veía sonriente, limpio y afrontaba la vida con intensa alegría. Iba con su Macbook pro de cafetería en cafetería. Tomaba cafés con leche con el dinero que recaudaba en la calle, y se pasaba las tardes navegando en los locales del centro. Una calurosa madrugada de primavera se encontró un perro. Era un cachorro de pocos meses. Era muy, muy goofy, divertido, curioso y animado. No tuvo duda del nombre que le pondría: Wifi.

Una mañana en su cafetería preferida se produjo una situación extraña. Se acercó a la camarera y le preguntó si le podía dar la contraseña de wifi, al tiempo que Wifi se acercaba a mendigar comida a un cliente. Entonces él tuvo que reprenderle gritando su nombre: “Wifi, ven aquí, no molestes al señor”. La camarera y él se miraron y se dieron cuenta de que estaban asistiendo a una actualización cibernética del chiste con la nueva formulación: “Disculpe, ¿sería tan amable de darme la contraseña del wifi?”

La camarera le dio la contraseña del wifi. Era una sola palabra en inglés. Un imperativo: sit.

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