Mientras seamos jóvenes

Frances Ha estaba llena de gracia, belleza, ligereza, frivolidad y al mismo tiempo densidad emocional, personajes llenos de matices y complejidad. Es decir, todo aquello que se espera de una comedia cotidiana o película de personajes. Por este motivo tenía muchas ganas de ver Mientras seamos jóvenes, su siguiente película.

Escrita y dirigida por Noah Baumbach.

Baumbach escribe una historia que empieza muy, muy bien. Y es de justicia reconocer que no es hasta la mitad de la película que todo lo que ha construido con situaciones, chistes y personajes empáticos lo lanza por la borda de la peor manera posible: demostrando que todo lo que tiene que decir sobre el tema que aborda es pacato, absurdo y de persona mayor.

Mientras seamos jóvenes trata de una pareja de cuarentones que conoce a un veinteañero y se quedan fascinados por el abismo generacional que les separa y sus diferencias: su idealismo, su frivolidad, su juventud en definitiva. Este punto de partida detona un saco de situaciones divertidas sobre ese choque de trenes cultural y generacional. Pero es cuando tiene que recoger todo lo que ha sembrado que Baumbach en lugar de hablar de los trepas y la ambición -que es el verdadero tema de la historia- decide hablar de toda una generación de millenials demostrando no saber absolutamente nada sobre ellos. Baumbach se retrata como un abuelo cascarrabias que pega gritos porque los niños le han despertado de la siesta  jugando a la pelota.

Decía el escritor y guionista William Goldman que lo que los mejores directores de la historia sabían sobre la vida cabía en un pequeño vaso de agua. No sé como de grande será el vaso de sabiduría de Baumbach, pero desde luego no se cuenta entre los mejores directores de la historia.

Citando a Eco.

¿Por qué se cita mal a Eco? O al menos, ¿por qué se le cita de manera incompleta? Siempre ocurre este fenómeno de edición avanzada, de tijera selectiva, a la muerte de alguien importante. Y Umberto Eco no iba a ser menos.

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Eco dijo en junio de 2015 en La Stampa: «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas«.  De lo que se sustrae que Umberto Eco -el último intelectual pop- aborrecía de internet. Pero el mismo mes y el mismo año, Eco también dijo lo siguiente en la ciudad de Turín: «El fenómeno de Twitter es por una parte positivo, pensemos en China o en Erdogan. Hay quien llega a sostener que Auschwitz no habría sido posible con internet, porque la noticia se habría difundido viralmente. Pero por otra parte, da derecho de palabra a legiones de imbéciles«. De lo que se sustrae exactamente lo contrario.

¿Cuál de los dos Ecos tenía razón? ¿El que alertaba de que internet había elevado a la categoría de intelectual al más imbécil del pueblo o el que afirmaba la potencia democratizadora de la herramienta de comunicación más poderosa de la historia de la civilización? Seguramente los dos Ecos, así que hagan el favor de citarlo bien, de manera completa.

Reseña: Las Vacaciones

Unknown

Para los que disfrutan con los helados, la familia y el cine iraní.

Lo mejor: la plasmación del aburrimiento, la sensación muy lograda de tedio y las escenas de topless en la playa.

Lo peor: una sensación general de deja-vú continuo, de que ya hemos estado ahí. ¿Por qué todas las vacaciones se parecen entre sí?

Sinopsis: El protagonista abandona su ciudad para descansar durante el periodo estival, sin embargo, todo se complica cuando descubre que tampoco es feliz durante las vacaciones.

A “Las Vacaciones” le cuesta arrancar, lastrado por un primer acto titubeante, como si el autor tuviera miedo de que el protagonista se dé cuenta que el mundo sigue girando a pesar de que él no está en la oficina. El discurso se vuelve contemplativo y al mismo tiempo que el protagonista empieza a aburrirse, el espectador también lo hace. Extraordinariamente torpe resulta la escena de reencuentro familiar, mal planificada, con un horario extraño (parece que vayan a merendar de lo tarde que es) y el arroz está pasado. La dirección de actores ahí resulta pobre, todos parecen alegrarse por el reencuentro pero algo nos dice que no es así: nadie quiere estar realmente allí y se deben dinero. Las redes sociales tienen un gran juego en la narración y hay un par de secuencias-espejo en la que la reflexión metalingüística se agudiza, el autor se pregunta: ¿es verano porque utilizas instagram o utilizas instagram porque es verano? Inverosímil de arriba abajo resulta la escena del trio en la piscina con las vecinas, y resulta muy previsible cuando el espectador descubre que sólo ha ocurrido en la imaginación del protagonista. El desenlace (alerta spoiler) se atropella cuando el protagonista vuelve a la oficina, y nos deja una sensación de deja-vú. Tibios nos quedamos en la sala al darnos cuenta que el protagonista no es feliz ni en el trabajo, ni durante las vacaciones y quizás nosotros tampoco mientras ha durado un metraje cuya extensión se hace corta.

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