El Semáforo

John Peake Knight fue el inventor del semáforo y hasta la semana pasada y desde 1926 había sido declarado persona non grata en la ciudad de Cilentpol, Pennsilvalnia. JPK inventó un semáforo bastante rudimentario de gasolina con un farol rojo y una luz verde muy similar a las señales de ferrocarril de la época. A partir de 1913 con la introducción y democratización del automóvil de Ford, empezó a ser necesario trasladar el semáforo que solía utilizarse en vías ferroviarias a las calles de las grandes ciudades. Proliferaron especialmente en Los Angeles, cuyo clima permitía el uso del automóvil durante todo el año (entonces casi todos los coches eran descapotables). La historia del semáforo es la historia del automóvil; en cuanto se incrementó el uso de uno, se incrementó el uso del otro de manera pareja.

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Sin embargo en Cilentpol no ocurrió exactamente así. En esta pequeña ciudad de tan sólo 20.000 habitantes a 70 millas de Filadelfia instalaron en 1926 su primer semáforo en la intersección entre la calle Clearfield y la Whitaker Ave. El pleno del ayuntamiento votó a favor de la medida motivado por el aumento del tráfico en un punto estratégico de la ciudad. En una sola noche los operarios instalaron el semáforo con toda celeridad.

Al día siguiente los niños que cruzaban desde los barrios residenciales camino de la escuela pública se encontraron inesperadamente ante el primer semáforo de sus vidas. Su reacción fue completamente inesperada: se quedaron quietos e inmóviles, mirando el semáforo suspicaces, preguntándose qué hacía aquel artefacto allí. Veían las lucecitas cambiar, sí, pero no dieron un sólo paso para cruzar a la otra acera. Un policía les preguntó qué hacían ahí parados. Los niños respondieron con un silencio denso. El policía les invitó a circular en cuanto se lo indicara la señal en verde.

-¿Por qué? –preguntó un niño con actitud beligerante.

-Porque está en verde –le dijo el policía.

-¿Y?

-Se supone que tienes que pasar cuando esté verde.

-¿Quién lo dice? –preguntó el niño mientras los demás chavales asentían desconcertados porque los adultos no se hubieran hecho esa misma pregunta.

-A mí no me gusta el verde –dijo uno.

-Yo prefiero pasar cuando esté en rojo –dijo el primer niño.

-Que cada cual haga lo que quiera –dijo un tercero.

Los niños decidieron no hacer caso del semáforo volver a sus casas y no ir a la escuela aquella mañana, ni ninguna otra hasta que se arreglara el asunto. En un pleno extraordinario el ayuntamiento debatió qué hacer ante aquel dilema. Había dos posturas claramente diferenciadas: un grupo de padres que apoyaba las normas internacionales de señalización y otros que abogaban por dejar que la voluntad de sus hijos dictara unas nuevas normas de señalización del semáforo. El debate fue intenso, largo y áspero: alguien dijo que todos debían acomodarse a las circunstancias que les había tocado vivir, otro dijo que de eso nada, que la vida es así, que las cosas son así, otro dijo que las cosas son así hasta que se cambian, un padre lacónico dijo que quería que su hijo fuera dueño de su destino… A última hora, la votación arrojó un resultado favorable a seguir con las normas establecidas internacionalmente: el rojo prohibía el paso, el verde lo permitía. Así quedo escrito, así se hizo ley.

A la mañana siguiente, cuando los niños se encontraron en la intersección entre la calle Clearfield y la Whitaker Ave, Edward McCollum, el niño beligerante que expuso la ausencia de crítica en la asunción de las normas de uso del semáforo se negó a seguirlas. Tomó aire y lleno de fe, rabia y valentía decidió cruzar en rojo, siendo arrollado por un automóvil que le provocó una muerte instantánea.

A raíz de aquel deceso, en Cilentpol decidieron eliminar los semáforos e ir construyendo una simbología propia acordada con sus hijos para ordenar el tráfico interno de personas y vehículos en la ciudad. Durante más de 90 años, Cilentpol tuvo la tasa de mortalidad más baja en accidentes de tráfico de todo el Estado de Pennsilvania.

Cuando la semana pasada leí en The Philadelphia Inquirer que el ayuntamiento de Cilentpol había decidido eliminar la calificación de persona non grata de JPK e introducir doce semáforos en doce puntos importantes y esenciales de la ciudad, algo se quebró dentro de mí. Tras unos días dándole vueltas, decidí romper mi hucha, coger los pocos dólares que había en ella, y comprar un billete Philadelphia-Cilentpol.

A las ocho de la mañana de hoy 2 de Julio me he subido al autobús y me he sentado al lado de la ventanilla. Acabo de llegar y he estado caminando por la ciudad. Es una maravillosa mañana de verano. La gente sonríe en su día festivo, es afable y no me miran preguntándose quién es ese joven forastero de apenas doce años. Se ha levantado un poco de brisa y me he llenado los pulmones a largas bocanadas; he mirado a todos lados con la sensación única de vivir un momento irrepetible y he paseado en dirección a la calle Clearfield en la intersección con la Whitaker Ave.

Escribo estas palabras apostado ante el nuevo semáforo. Acaba de aparecer el símbolo verde del peatón y unos cuantos peatones han cruzado hasta la otra acera. Siento nervios y una emoción inexplicable, un hormigueo que me conecta con algo más grande que yo, una conciencia cósmica, una energía que recorre la historia de los tiempos y que me une y me hace pertenecer a la clase de gente que se pregunta el porqué de las cosas. Ahora mismo acaba de aparecer la silueta del peatón en rojo. Los motores de los vehículos gasolina, diesel, e híbridos rugen antes de ponerse en marcha…

Voy a hacer historia. Voy a cambiar vuestras convicciones. Voy a cruzar en rojo.

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