Hoy he soñado que volvía a mi clase de EGB

Hoy he soñado que volvía a mi clase de EGB.

Muchas veces he soñado que alguien descubría que no había aprobado las matemáticas de séptimo de EGB, o que había hecho trampa en un examen y me veía obligado a mezclarme con niños de ocho, nueve o diez años. Mis piernas no caben en los pupitres, me siento humillado y todos los críos se ríen de mí. Si has tenido este sueño alguna vez se debe a que tú también tienes el síndrome del impostor.

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Pero no, mi sueño de esta noche era distinto al de otras veces.

Mi maestra de básica, Fina Felip, una de las pocas maestras que tenía una fe ciega en mí, nos castigaba a toda la clase a hacer deberes. Todos mis compañeros (Benjamí, Valentí, Xavieret, Roderic, Balma, Vicent, etc) los niños de entonces -no los adultos de ahora- con sus caras de entonces, sus ropas de entonces, sus expresiones de entonces, se acercaban a mí y me pedían que les ayudara con sus tareas. Me decían que yo era guionista, escritor y adulto y que no me iba a costar ningún esfuerzo. Uno a uno les decía que sí y terminaba haciendo las redacciones, comentarios de texto y deberes de toda la clase, porque soy guionista, escritor y adulto. Al terminar, Fina me pedía mis deberes y cuando se los entregaba mi hoja estaba en blanco. Fina, muy decepcionada, se veía obligada a suspenderme como si volviera a tener ocho, nueve o diez años. Después me miraba a los ojos y sonreía al darse cuenta de que como ella, yo ya era un adulto. Durante unos segundos los dos hemos sentido que pertenecíamos a un mismo club.

Esta mañana, al escribir el sueño, he entendido que cuando eres guionista, escritor y adulto, tu vida consiste en escribir cosas para los demás porque sigues pensando que tienes ocho años y eres un impostor en un mundo de adultos, y al final tus deberes, tus historias, lo tuyo… lo tuyo siempre es lo último.

El Semáforo

John Peake Knight fue el inventor del semáforo y hasta la semana pasada y desde 1926 había sido declarado persona non grata en la ciudad de Cilentpol, Pennsilvalnia. JPK inventó un semáforo bastante rudimentario de gasolina con un farol rojo y una luz verde muy similar a las señales de ferrocarril de la época. A partir de 1913 con la introducción y democratización del automóvil de Ford, empezó a ser necesario trasladar el semáforo que solía utilizarse en vías ferroviarias a las calles de las grandes ciudades. Proliferaron especialmente en Los Angeles, cuyo clima permitía el uso del automóvil durante todo el año (entonces casi todos los coches eran descapotables). La historia del semáforo es la historia del automóvil; en cuanto se incrementó el uso de uno, se incrementó el uso del otro de manera pareja.

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Sin embargo en Cilentpol no ocurrió exactamente así. En esta pequeña ciudad de tan sólo 20.000 habitantes a 70 millas de Filadelfia instalaron en 1926 su primer semáforo en la intersección entre la calle Clearfield y la Whitaker Ave. El pleno del ayuntamiento votó a favor de la medida motivado por el aumento del tráfico en un punto estratégico de la ciudad. En una sola noche los operarios instalaron el semáforo con toda celeridad.

Al día siguiente los niños que cruzaban desde los barrios residenciales camino de la escuela pública se encontraron inesperadamente ante el primer semáforo de sus vidas. Su reacción fue completamente inesperada: se quedaron quietos e inmóviles, mirando el semáforo suspicaces, preguntándose qué hacía aquel artefacto allí. Veían las lucecitas cambiar, sí, pero no dieron un sólo paso para cruzar a la otra acera. Un policía les preguntó qué hacían ahí parados. Los niños respondieron con un silencio denso. El policía les invitó a circular en cuanto se lo indicara la señal en verde.

-¿Por qué? –preguntó un niño con actitud beligerante.

-Porque está en verde –le dijo el policía.

-¿Y?

-Se supone que tienes que pasar cuando esté verde.

-¿Quién lo dice? –preguntó el niño mientras los demás chavales asentían desconcertados porque los adultos no se hubieran hecho esa misma pregunta.

-A mí no me gusta el verde –dijo uno.

-Yo prefiero pasar cuando esté en rojo –dijo el primer niño.

-Que cada cual haga lo que quiera –dijo un tercero.

Los niños decidieron no hacer caso del semáforo volver a sus casas y no ir a la escuela aquella mañana, ni ninguna otra hasta que se arreglara el asunto. En un pleno extraordinario el ayuntamiento debatió qué hacer ante aquel dilema. Había dos posturas claramente diferenciadas: un grupo de padres que apoyaba las normas internacionales de señalización y otros que abogaban por dejar que la voluntad de sus hijos dictara unas nuevas normas de señalización del semáforo. El debate fue intenso, largo y áspero: alguien dijo que todos debían acomodarse a las circunstancias que les había tocado vivir, otro dijo que de eso nada, que la vida es así, que las cosas son así, otro dijo que las cosas son así hasta que se cambian, un padre lacónico dijo que quería que su hijo fuera dueño de su destino… A última hora, la votación arrojó un resultado favorable a seguir con las normas establecidas internacionalmente: el rojo prohibía el paso, el verde lo permitía. Así quedo escrito, así se hizo ley.

A la mañana siguiente, cuando los niños se encontraron en la intersección entre la calle Clearfield y la Whitaker Ave, Edward McCollum, el niño beligerante que expuso la ausencia de crítica en la asunción de las normas de uso del semáforo se negó a seguirlas. Tomó aire y lleno de fe, rabia y valentía decidió cruzar en rojo, siendo arrollado por un automóvil que le provocó una muerte instantánea.

A raíz de aquel deceso, en Cilentpol decidieron eliminar los semáforos e ir construyendo una simbología propia acordada con sus hijos para ordenar el tráfico interno de personas y vehículos en la ciudad. Durante más de 90 años, Cilentpol tuvo la tasa de mortalidad más baja en accidentes de tráfico de todo el Estado de Pennsilvania.

Cuando la semana pasada leí en The Philadelphia Inquirer que el ayuntamiento de Cilentpol había decidido eliminar la calificación de persona non grata de JPK e introducir doce semáforos en doce puntos importantes y esenciales de la ciudad, algo se quebró dentro de mí. Tras unos días dándole vueltas, decidí romper mi hucha, coger los pocos dólares que había en ella, y comprar un billete Philadelphia-Cilentpol.

A las ocho de la mañana de hoy 2 de Julio me he subido al autobús y me he sentado al lado de la ventanilla. Acabo de llegar y he estado caminando por la ciudad. Es una maravillosa mañana de verano. La gente sonríe en su día festivo, es afable y no me miran preguntándose quién es ese joven forastero de apenas doce años. Se ha levantado un poco de brisa y me he llenado los pulmones a largas bocanadas; he mirado a todos lados con la sensación única de vivir un momento irrepetible y he paseado en dirección a la calle Clearfield en la intersección con la Whitaker Ave.

Escribo estas palabras apostado ante el nuevo semáforo. Acaba de aparecer el símbolo verde del peatón y unos cuantos peatones han cruzado hasta la otra acera. Siento nervios y una emoción inexplicable, un hormigueo que me conecta con algo más grande que yo, una conciencia cósmica, una energía que recorre la historia de los tiempos y que me une y me hace pertenecer a la clase de gente que se pregunta el porqué de las cosas. Ahora mismo acaba de aparecer la silueta del peatón en rojo. Los motores de los vehículos gasolina, diesel, e híbridos rugen antes de ponerse en marcha…

Voy a hacer historia. Voy a cambiar vuestras convicciones. Voy a cruzar en rojo.

Si tú me jodes la siesta… Un cuento de verano de Enric Pardo

El niño rubito de camomila jugaba con la pelota a la hora de la siesta. Él asomó la cabeza despeinada por su ventana y gritó furioso: ¡Vete a jugar con la pelotita a otra parte, hostia-puta!

En eso se había convertido: en el señor de mediana edad con barba y cabello despeinado que grita hostia-puta a la hora de la siesta. Cuando él era un niño rubito también se había enfrentado a esa figura mitológica: el hombre mayor cabreado por su descanso que la toma con el ocio inoportuno de los niños.

El niño rubito desapareció durante cinco minutos. Con el silencio, por fin pudo respirar tranquilo, y rápidamente empezó a segregar baba que se le escurría por la comisura de los labios hasta llegar a humedecer la almohada. Poco a poco se iba relajando y olvidando de su cuerpo, de su mente, de su vida…

…hasta que la pelotita de los cojones volvió a dar golpecitos contra la pared de manera insistente.

¡Como me quite la correa, voy a bajar a darte una zurra!

Sabía que esas palabras no eran suyas. Eran palabras de otra época. De otros hombres. De otras vidas. Eran palabras que, como un legado, pasaban de generación en generación. Probablemente esas mismas palabras serían repetidas veinte años más tarde por ese niño tocapelotas (ya convertido en un señor mayor) a otro niño rubito de camomila.

Por segunda vez asomó la cabeza por la ventana y vio al chaval en el patio interior de los apartamentos de verano. Los dos cruzaron sus miradas. El niño sonrió al tiempo que volvió a dar una patada tras otra a su pelotita, desafiándole. Cuando él saltó de su cama y corrió hasta la puerta para empezar una persecución, oyó al chavalito reír al tiempo que desaparecía entre el hormigón barato de los apartamentos setenteros.

Se encontró a si mismo en el rellano de su casa, furioso, en gallumbos, muy consciente de que ya no iba a conciliar el sueño. Esta es la última siesta que me jode, se dijo, ¡la última! Se puso unas bermudas, la primera camiseta que encontró y bajó a la farmacia de la esquina con la intención de comprarse unos tapones para los oídos. Por fin podría dormir su ansiada siesta.

En la farmacia se encontró con una de sus vecinas de los apartamentos. Él la reconoció enseguida. Era una de esas mujeres de treinta y tantos años, delgada, bonita y atractiva que huelen a delicioso after sun. Su cabello recogido con restos de sal, dejaba a la vista un cuello anguloso que daban ganas de morder. Llevaba bolsas de la compra y rebuscaba en su monedero dos euros y veinte céntimos que le faltaban para comprar unas toallitas íntimas.

-Toma –le dijo prestándole dos euros.

-No, no, no –dijo ella.

-Ya me los devolverás –dijo él.

Ella levantó la mirada del bolso y de pronto reconoció a su vecino. Había reparado en él alguna vez, era el tipo solitario que solía tomar una cerveza en la terraza del apartamento al atardecer. No miraba su móvil, ni leía nada, estaba en silencio, sin camiseta, disfrutando de la brisa que se colaba entre los toldos. Recordó que le producía curiosidad el aire de misterio alrededor de la identidad de ese hombre de mediana edad, tan triste, atractivo y solo.

-Muchas gracias –le dijo, sonriéndole.

-No hay de qué.

Ella pagó y él pudo adquirir sus tapones para los oídos. De camino a los apartamentos, sus pasos se cruzaron nuevamente y con cierta tensión los dos se miraron a los ojos, se saludaron y se sonrieron. Ella iba muy cargada, llevaba su cuerpo en tensión por el peso de la compra. En un gesto de buena vecindad él se prestó a ayudarla. Ella se negó y él insistió. Finalmente, ella cedió y caminaron hasta sus apartamentos, en un silencio tenso, roto con algún comentario intrascendente sobre el calor, la fecha de caducidad de las vacaciones y el lugar de origen respectivo. Al llegar a la puerta del apartamento de ella, sus miradas se encontraron de nuevo y ella dilató sus pupilas al tiempo que recobraba el aliento tras subir las escaleras.

-¿Me dejas al menos invitarte a un café?

-Claro –contestó él.

Los dos entraron en la casa donde no había nadie. Mi marido ha ido a correr, dijo ella con un aire melancólico. Él advirtió rápidamente el subtexto de esa frase. En realidad quería decir: mi marido está más interesado en su cuerpo que en el mío; ya no follamos como antes; soy un mueble más en su vida; llevamos mucho tiempo juntos pero no me conoce; no, no soy feliz, pero como tú y yo sólo somos dos extraños no te lo puedo contar en una conversación de café.

-Entiendo -dijo él.

Empezó a guardarle la compra en la despensa y ella se sorprendió pensando que su vida sería mucho más feliz junto a ese desconocido que sabía dónde y cómo guardar la compra sin necesidad de preguntarle. Cuando él terminó, la miró a los ojos y ella sintió que tal vez había leído sus pensamientos. Se ruborizó y bajó la mirada.

Buscó la cafetera, era la típica cafetera de acero de toda la vida, la que uno se lleva al lugar de veraneo. Trató de abrirla pero estaba atrancada. Él advirtió su problema y se acercó. Cogió la cafetera con las dos manos y le dijo al tiempo que conseguía abrirla “mi abuela decía que es cuestión de maña”. Ella sonrió y se defendió “pero si yo soy muy mañosa”.

-Pero en realidad es cuestión de fuerza –remató él.

Se miraron y sin ningunas ganas de tomar café se mordieron la boca. Se dieron un morreo de los 90. Largo, con labios, lengua, saliva y ganas, muchas ganas. Él le agarró una teta y acto seguido le arrancó la parte de arriba del bikini para chupársela. Ella buscó en sus bermudas y encontró lo que tanto tiempo llevaba buscando en su vida. Él la atravesó en la cocina una y otra vez hasta que tuvieron un orgasmo simultáneo que a ella la volvió loca y a él le dejó completamente satisfecho.

Tomaron un café con hielo en la terraza sabiendo que su marido seguía machacando su cuerpo, ignorando que otro hombre se acostaba con su mujer. Hablaron de muchas cosas y ella sintió que aquel hombre solitario y atractivo, podía ser el amor de su vida si no se hubiera equivocado tanto en todos estos años. Se despidieron con un morreo de los noventa y los dos tenían la sensación de que volverían a verse.

Cuando el hombre atractivo y solitario se despidió de ella, se encontró en la puerta con el niño rubito de camomila y su pelotita que volvía a casa a por la merienda-cena. El chavalito se quedó pálido al ver al ser mitológico que grita furioso porque los niños le joden la siesta. Su madre saludó al niño efusivamente. Le preguntó qué quería cenar y el niño no supo o no pudo responder.

-Es muy tímido y callado, como su padre –dijo ella entrando en la cocina al tiempo que se despedía del vecino con esa clase de miradas que hacen las mujeres tras hacer el amor.

El niño y el hombre se quedaron solos en la puerta del apartamento. Entonces, le acarició el pelo y se agachó, quedándose a su altura. A medio palmo de su cara, le dijo en voz baja al niño rubito de camomila: Si tú me jodes la siesta, yo me follo a tu madre.