Hoy por fin he soñado con Rosario Dawson-Parte III

Matamos a Pablo Motos sin saña, porque no somos asesinos. Le esperamos a la salida de su chalet veraniego. “Es una casa demasiado sencilla para alguien que hace tanto daño” dijo Rosario. En cuanto apareció por la puerta principal, Rosario le disparó dos veces: una en el pecho y otra en la boca del estómago haciéndole caer de rodillas. La sangre emanó de su boca y su rostro mostraba perplejidad. Me acerqué hacia él, apunté mi arma y vi como toda su vida pasaba en un segundo por sus ojos, obligado a tragarse todas las horas de televisión que había producido, todas las entrevistas a famosos, su humor de cuñado, sus masajes a políticos de derechas, a trancas y barrancas y toda la bazofia comprimida en un timeline de un solo segundo. Entonces y sólo entonces, le dispararé a bocajarro dos veces: una en la cabeza y otra en el corazón, o una bala dónde se supone que tiene la cabeza y otra bala dónde se supone que tiene el corazón.

Rosario y yo condujimos toda la noche en silencio de vuelta a algún lugar.
-Ya no soy sólo un agente del cambio. Ahora soy un agente de la revolución contracultural –le dije a Rosario.
-Bienvenido a la revolución. ¿Cómo te sientes?
-Invencible –después de un tiempo pensando le pregunté a Rosario-: ¿Por qué abandonamos la lucha armada?
-Fue un error político; el sistema nunca abandonó la lucha armada –dijo Rosario en un contraplano en B/N.

A través del retrovisor vi un elefante rosa en los asientos de atrás y dije redundante: “hay un elefante rosa detrás”. No era solo una expresión, literalmente había un elefante rosa sentado detrás, rompiendo la lógica del sueño, si es que un sueño puede tener lógica. Los dos supimos que no era sólo una metáfora y a los dos nos embargó una melancolía onírica muy poderosa. Conduje con la mano izquierda, y con la derecha le agarré la mano a Rosario, quien me la apretó con fuerza. Aunque el elefante rosa literal podía esperar, los dos sabíamos que teníamos que enfrentarnos al elefante rosa metafórico.
-No eres Rosario Dawson –le dije por fin.
-No. No lo soy.
-Eres la imagen de Rosario Dawson que mi subconsciente tiene de ti.
-Exacto.
-Nada de todo esto es real –le dije con pesar.
-De eso no estoy tan segura. ¿Puedes asegurar que los sueños no son reales?, ¿puedes afirmar que las ficciones no son verdad?, ¿acaso no están plagadas de mentiras, proyecciones e invenciones todas las relaciones humanas? –preguntó certera, sin esperar respuesta.
-Quiero decir…
-Sé lo que quieres decir –me cortó-. ¿Tú eres feliz, Enric?
-Ahora mismo sí. Acabamos de matar a Pablo Motos, ¿quién no sería feliz?
-Eso es lo único que importa. Que sea un sueño, que sea verdad o mentira da igual.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Vas a seguir soñando…

Continuará…

Hoy por fin he soñado con Rosario Dawson-Parte II

-Este tipo es El Mal –dijo Rosario Dawson.
-Así es.
Estábamos en casa, tumbados en el sofá, bajo el aire acondicionado a todo trapo, compartiendo una cerveza cuando apareció Pablo Motos en la TV. Rosario captó enseguida qué clase de basura cultural es capaz de producir la televisión comercial en éste lugar del planeta. Vimos las noticias y en cuanto apareció la aceptación de la nominación de Hillary Clinton como candidata a la presidencia de los Estados Unidos, Rosario sintió tristeza por todo lo que había luchado por Bernie Sanders. Yo le dije que con Hillary al menos se rompía el techo de cristal para las mujeres. Ella me recordó las políticas que Margaret Thatcher implementó en Gran Bretaña y los dos estuvimos de acuerdo en que romper aquel techo de cristal había sido un desastre en términos sociales. Rosario decía que Hillary es puro status quo y que Bernie representaba todo lo contrario: una revolución. Le traje una segunda cerveza y tras dar un largo trago me dijo:
-La ruptura de los techos de cristal sirven sólo para las estadísticas. ¿Es mejor el mundo después de ocho años de Obama?
-No –le dije.
-El mundo es infinitamente peor… aunque no sabemos cómo habría sido si no hubiera ganado él las dos veces –dijo Rosario.
-Pero, ¿crees que es culpa suya que el mundo haya ido a peor?
-No lo sé. Pero, ¿qué le han dejado hacer? O quizás la pregunta exacta sea: ¿cómo lo han inducido, sugestionado y presionado para que dejase de intentar cambiar ciertas cosas? –preguntó Rosario con exactitud.
Entonces, Rosario y yo entablamos una discusión en la que coincidimos que el Presidente de los Estados Unidos bien pocas cosas podía hacer para mejorar la vida de la gente, y que eran los lobbys de poder, los poderes fácticos y las grandes corporaciones los que marcaban el pulso de la agenda. Finalmente nos dimos cuenta que en un mundo que globaliza el sistema de mercado, diluye la soberanía popular y ante la pregunta de qué sentido tiene que gobierne uno u otro, o que se rompan determinados techos de cristal los dos asumimos que lo único que se puede hacer es tratar de transformar la realidad a través de la cultura.

Tenemos que matar a Pablo Motos –le he dicho a Rosario en un arrebato de clarividencia. Entonces se calló. Se giró hacia mí con los ojos encendidos. Asintió, dijo que sí… y me besó.

Continuará…

El Semáforo

John Peake Knight fue el inventor del semáforo y hasta la semana pasada y desde 1926 había sido declarado persona non grata en la ciudad de Cilentpol, Pennsilvalnia. JPK inventó un semáforo bastante rudimentario de gasolina con un farol rojo y una luz verde muy similar a las señales de ferrocarril de la época. A partir de 1913 con la introducción y democratización del automóvil de Ford, empezó a ser necesario trasladar el semáforo que solía utilizarse en vías ferroviarias a las calles de las grandes ciudades. Proliferaron especialmente en Los Angeles, cuyo clima permitía el uso del automóvil durante todo el año (entonces casi todos los coches eran descapotables). La historia del semáforo es la historia del automóvil; en cuanto se incrementó el uso de uno, se incrementó el uso del otro de manera pareja.

imgres

Sin embargo en Cilentpol no ocurrió exactamente así. En esta pequeña ciudad de tan sólo 20.000 habitantes a 70 millas de Filadelfia instalaron en 1926 su primer semáforo en la intersección entre la calle Clearfield y la Whitaker Ave. El pleno del ayuntamiento votó a favor de la medida motivado por el aumento del tráfico en un punto estratégico de la ciudad. En una sola noche los operarios instalaron el semáforo con toda celeridad.

Al día siguiente los niños que cruzaban desde los barrios residenciales camino de la escuela pública se encontraron inesperadamente ante el primer semáforo de sus vidas. Su reacción fue completamente inesperada: se quedaron quietos e inmóviles, mirando el semáforo suspicaces, preguntándose qué hacía aquel artefacto allí. Veían las lucecitas cambiar, sí, pero no dieron un sólo paso para cruzar a la otra acera. Un policía les preguntó qué hacían ahí parados. Los niños respondieron con un silencio denso. El policía les invitó a circular en cuanto se lo indicara la señal en verde.

-¿Por qué? –preguntó un niño con actitud beligerante.

-Porque está en verde –le dijo el policía.

-¿Y?

-Se supone que tienes que pasar cuando esté verde.

-¿Quién lo dice? –preguntó el niño mientras los demás chavales asentían desconcertados porque los adultos no se hubieran hecho esa misma pregunta.

-A mí no me gusta el verde –dijo uno.

-Yo prefiero pasar cuando esté en rojo –dijo el primer niño.

-Que cada cual haga lo que quiera –dijo un tercero.

Los niños decidieron no hacer caso del semáforo volver a sus casas y no ir a la escuela aquella mañana, ni ninguna otra hasta que se arreglara el asunto. En un pleno extraordinario el ayuntamiento debatió qué hacer ante aquel dilema. Había dos posturas claramente diferenciadas: un grupo de padres que apoyaba las normas internacionales de señalización y otros que abogaban por dejar que la voluntad de sus hijos dictara unas nuevas normas de señalización del semáforo. El debate fue intenso, largo y áspero: alguien dijo que todos debían acomodarse a las circunstancias que les había tocado vivir, otro dijo que de eso nada, que la vida es así, que las cosas son así, otro dijo que las cosas son así hasta que se cambian, un padre lacónico dijo que quería que su hijo fuera dueño de su destino… A última hora, la votación arrojó un resultado favorable a seguir con las normas establecidas internacionalmente: el rojo prohibía el paso, el verde lo permitía. Así quedo escrito, así se hizo ley.

A la mañana siguiente, cuando los niños se encontraron en la intersección entre la calle Clearfield y la Whitaker Ave, Edward McCollum, el niño beligerante que expuso la ausencia de crítica en la asunción de las normas de uso del semáforo se negó a seguirlas. Tomó aire y lleno de fe, rabia y valentía decidió cruzar en rojo, siendo arrollado por un automóvil que le provocó una muerte instantánea.

A raíz de aquel deceso, en Cilentpol decidieron eliminar los semáforos e ir construyendo una simbología propia acordada con sus hijos para ordenar el tráfico interno de personas y vehículos en la ciudad. Durante más de 90 años, Cilentpol tuvo la tasa de mortalidad más baja en accidentes de tráfico de todo el Estado de Pennsilvania.

Cuando la semana pasada leí en The Philadelphia Inquirer que el ayuntamiento de Cilentpol había decidido eliminar la calificación de persona non grata de JPK e introducir doce semáforos en doce puntos importantes y esenciales de la ciudad, algo se quebró dentro de mí. Tras unos días dándole vueltas, decidí romper mi hucha, coger los pocos dólares que había en ella, y comprar un billete Philadelphia-Cilentpol.

A las ocho de la mañana de hoy 2 de Julio me he subido al autobús y me he sentado al lado de la ventanilla. Acabo de llegar y he estado caminando por la ciudad. Es una maravillosa mañana de verano. La gente sonríe en su día festivo, es afable y no me miran preguntándose quién es ese joven forastero de apenas doce años. Se ha levantado un poco de brisa y me he llenado los pulmones a largas bocanadas; he mirado a todos lados con la sensación única de vivir un momento irrepetible y he paseado en dirección a la calle Clearfield en la intersección con la Whitaker Ave.

Escribo estas palabras apostado ante el nuevo semáforo. Acaba de aparecer el símbolo verde del peatón y unos cuantos peatones han cruzado hasta la otra acera. Siento nervios y una emoción inexplicable, un hormigueo que me conecta con algo más grande que yo, una conciencia cósmica, una energía que recorre la historia de los tiempos y que me une y me hace pertenecer a la clase de gente que se pregunta el porqué de las cosas. Ahora mismo acaba de aparecer la silueta del peatón en rojo. Los motores de los vehículos gasolina, diesel, e híbridos rugen antes de ponerse en marcha…

Voy a hacer historia. Voy a cambiar vuestras convicciones. Voy a cruzar en rojo.

Sólo tres cositas-XI

Primera cosita: En ocasiones me gusta ir a las bibliotecas. Suelo ir con el firme propósito de documentarme para algún texto que estoy escribiendo, pero en realidad todo lo que puedo encontrar allí ya está en Internet. Lo que realmente me gusta de las bibliotecas es el sonido. Ese silencio respetuoso, ese hablar bajito, no tanto para no molestar como para que no parezca que lo que dices no está a la altura del silencio. Sin embargo el otro día me encontré a dos señores hablando en voz baja mientras leían un MARCA periódico deportivo. Hablaban de la Final de la Champions que ganó anoche el Barça. Discutían, no sobre el partido, sino sobre si era legítimo estar en una biblioteca hablando de fútbol y si los periódicos deportivos merecían tener un espacio en las mesas de lectura. En definitiva, se debatían apasionadamente y en voz baja sobre una gran cuestión: ¿es el fútbol cultura?

Uno de ellos no lo tenía demasiado claro, y fue a buscar el diccionario de la RAE donde definen la cultura como “conjunto de conocimientos e ideas no especializados adquiridos gracias al desarrollo de las facultades intelectuales, mediante la lectura, el estudio y el trabajo“.

-Según la RAE, por tanto, el fútbol no debería ser cultura, a esos chicos les dan un balón con doce años y los apartan de la lectura, el estudio y el trabajo -dijo. El otro respondía: “sí, pero leen los partidos, estudian a los rivales, y trabajan todos los días en sesiones dobles de entrenamiento”. Argumentaba incluso, que a veces, el fútbol podía ser un arte. Messi, decía. Messi, apostillaba. Su compañero argumentó, de manera definitiva, que Velázquez, Goya, Schopenhauer, Kafka, Spielberg, o Beethoven nunca hicieron el pena de esta guisa:

Unknown-1

El fútbol es cultura. Las ruas no. 

Segunda cosita: Lo que seguro que es cultura CULTURA es el primer largometraje como guionista y directora de la actriz Leticia Dolera: Requisitos para ser una persona normal. Se estrenó el pasado jueves y es una historia deliciosa, muy bien narrada, sobre las cosas que necesitamos para ser felices y las que no. Todo en la película es un homenaje al ser humano, a nuestras complejidades emocionales, a nuestras contradicciones y a conocerse a uno mismo para saber qué es lo que realmente necesitamos para estar a gusto con lo que somos y podemos llegar a ser. La peli tiene un feel good contagioso y está ejecutada con maestría. El guión está lleno de inteligencia, la puesta en escena es sobria y buen rollera al mismo tiempo, y no hay un sólo actor que no esté tremendo. En especial, Miki Esparbé que va haciendo números para dejar de ser nuestro amigo porque tiene la agenda tan ocupada bordando los mejores papeles de nuestra ficción que ya no tiene tiempo de leerse ese texto que has escrito para él. Ya ni hablemos de quedar para tomarse unas cañas.

Unknown

Esto sí es CULTURA.

Tercera cosita: No me gustaría estar en el pellejo del director creativo de la agencia de publicidad que lleva a esta marca:

A que acojona.