Pelucas

Después de que el Barça cayera eliminado de la Champions, Andrés Iniesta lloraba en el autobús desconsolado y Dani Alves subía este video a Instagram:

Al día siguiente a Dani Alves le cayeron hostias como panes. No podía ser que después de la tristeza y la rabia de que nos eliminara el Atleti él no compartiera su tristeza y su rabia con todos nosotros. ¿Por qué Dani Alves no va de luto? ¿Por qué Dani Alves no es un agonías como nosotros? ¿Por qué nosotros no nos podemos poner una peluca, impostar voz de falsete y exclamar que tan sólo era un partido de fútbol y que viva el amor?

En nuestra escala de valores tenemos el peso de una cultura de mierda. Una cultura que nos dice que la vida tiene que ser dura, que este valle de lágrimas nos exige un sacrificio tras otro, que para que algo valga la pena tiene que doler. Está en nuestro ADN ir en contra de la alegría. Tenemos una cultura equivocada que nos auto-exige estar haciendo horas calentando la silla, minimizar la ventana en cuanto entra el jefe, vestir de negro cuando se nos muere alguien, llevar un pedazo de muñeco de madera que pesa un quintal a la espalda para demostrarle al vecino tu fe… Todo ello tan productivo, todo ello tan agonías, todo ello tan estúpido. ¿Qué pasa si Dani Alves en su tiempo libre le da por vestirse de mujer? ¿Acaso no está en su derecho? ¿Está obligado Dani Alves a ser un ejemplo dentro y fuera del campo? Quizás necesitamos héroes con un poco más de educación, cultura y saber estar. Héroes que no respondan con machismo a las periodistas. Héroes que no respondan con la chulería del que se cree intocable en las ruedas de prensa.

Quizás estamos buscando héroes en el lugar equivocado.

Caries

Después de dos semanas de intenso dolor acudió al dentista. Al verlo por primera vez, Carla no le reconoció. Sí lo hizo su joven asistente quien le pidió un autógrafo en cuanto lo vio entrar por la puerta. Él firmó con una sonrisa dolorida y añadió a modo de broma, que si no llevara la cara hecha un cromo se haría un selfie con ella. La asistente le sonrió y afirmó que no hacía falta, aunque le hubiera gustado hacérselo. Después, le acompañó a la salita y le dijo que le gustaba mucho el programa en el que participaba. Él le dio las gracias y se despidieron. La asistente con una sonrisa dentífrica y él con una mueca de dolor.

Carla le hizo sentarse y empezó a auscultarle. Rápidamente se dio cuenta de que tenía muy mala pinta. Le dijo que era normal que le doliera muchísimo. Tenía una caries en el primer molar superior derecho, otra en el segundo molar inferior izquierdo y hasta una tercera en el tercer molar inferior derecho. Preocupada le preguntó si comía muchos dulces. Él contestó que últimamente sí, debido a su trabajo. Ella le preguntó a qué se dedicaba y él se sorprendió que no lo supiera (no estaba acostumbrado a que no le reconocieran). Soy cocinero, le dijo.

-Pensaba que eras famoso –le respondió Carla mientras preparaba la anestesia.

-Bueno, soy las dos cosas: cocinero famoso. Trabajo en la tele, en un talent show… es un programa espectáculo de cocina, funciona muy bien, hacemos mucho share… aunque también hago muchos anuncios y promociones.

-¿Pero comes bien? Porque estas caries se han producido muy rápidamente y por abusar de dulces, chucherías y guarradas.

-Es que… -finalmente, el cocinero famoso no pudo más y se sinceró- con las grabaciones, el programa, los spots, los eventos como cuando puedo, donde puedo y lo que puedo… Los estudios de televisión están en polígonos perdidos de dios, si la gente supiera que el entretenimiento que consumen se hace en esos lugares infames dejarían de verlos.

-¿Pero eso qué tiene que ver con que no cuides tu salud bucodental?

-Con todo el trasiego de aquí para allá, de plató de la tele a plató de la agencia de publicidad, sólo tengo tiempo de comer de las máquinas expendedoras: dulces, chocolatinas, chips, cochinadas… ¿Lo entiendes? –dijo con ansiedad.

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-Pero, ¿tú eres feliz haciendo esto que haces? ¿No eras más feliz entre fogones?

-Pero es lo que se supone que tengo que hacer –dijo el cocinero con un hilo de voz.

-¿Por qué?

El cocinero famoso se quedó pensativo, dándose cuenta de que nunca se había detenido a hacerse esa pregunta. Finalmente respondió:

-La verdad, no lo sé.

Los dos asintieron en silencio. Carla le pidió que se recostara para empezar a hacerle los empastes. Siempre adoraba aquel momento en que anestesiaba al paciente y todo se convertía en silencio.

¿Qué vas a hacer con eso si no lo usas?

Todo empezó con este tuit de Carlos G. Miranda:

…gracias Carlos por hacer mi vida aún más miserable.

Fue en la Atapuerca de internet, cuando Llucía Ramis nos habló del peligro del Egosurfing. Allá por los 2000 empezamos a googlearnos a nosotros mismos y entendimos que era una búsqueda de nuestra identidad. Aún desconocíamos que en el futuro tendríamos no una identidad (la real), sino dos (la virtual) e incluso los hay que tienen muchas más: la real, la virtual, la virtual oficial, la virtual para amigos, y cada una asociada a una red social determinada porque cada una sirve para una cosa distinta. Con el paso del tiempo, todos sabemos ya que las identidades virtuales son  mucho más importantes que la identidad real. De la misma manera que sabemos que nuestros hijos tarde o temprano no sólo nos googlearán a nosotros para saber qué clase de tipos infames fueron sus padres, sino que se googlearán a sí mismos, cerrando el círculo del Ego.

Creíamos haber inventado todas las enfermedades asociadas a la vida moderna. Sin embargo hacía falta una aplicación que asociara las dos cosas que mueven el mundo: el Ego y el capitalismo. ¿Cómo? Con una app que respondiera rápidamente 8,50 a la pregunta: ¿cuánto vale nuestro ego?

En estos tiempos, la verdadera reseña es la que escribe el propietario del libro que quiere deshacerse de ti y te promociona subiéndote a Wallapop:

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Primera Temporada, bastante interesante.

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Un libro de segunda mano vale más si no te lo has leído.

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Detalla que ha sido usado una sola vez pero, ¿qué garantías tenemos?

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¿Qué frases habrá subrayado? Es como un easter egg del usuario.

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Porque todas las chicas besan por navidad.

Los objetos usados son la segunda división del capitalismo y tarde o temprano, todos acabamos en la compra-venta de mercancia de segunda mano. No obstante, lo mejor que le puede pasar a un libro es ser leído. Quizás el capitalismo es excepcional para que se muevan las divisas pero no tanto si lo que se trata es de que se mueva el conocimiento. Para que un libro alcance todo su potencial debe ser usado. Es necesario prestarlos, dejarlos, que viajen, que sean subrayados, tachados y usados cuántas más veces mejor. Un libro usado es un libro mejor. ¿Por qué no creamos un uber de los libros sin ánimo de lucro? Una app con geo-localización dónde compartir libros ya leídos y usados, sin que el dinero se inmiscuya. ¿O estamos todos demasiado ocupados moviendo divisas?

Hablar

La primera vez que lo vi andaba a grandes pasos sobre la cinta de correr. Era hora punta en el gym. En cuanto la cinta se aceleró se puso a correr frenéticamente durante tres minutos. Después, volvió a andar con amplias zancadas a intervalos regulares dirigido por uno de esos programas quema-grasas. Me llamó la atención que tanto si corría como si andaba no paraba de hablar. Con órdenes directas y voz firme iba ordenando qué es lo que se tenía que hacer. Después, se detuvo y empezó a asentir, como si estuviera escuchando con mucha atención lo que le decían. Deduje que debía estar hablando con alguien utilizando su móvil con el manos libres.

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Di una vuelta por el gimnasio hasta rodearle. Me fijé en el panel electrónico de la máquina y me di cuenta que en la repisa no había ningún teléfono. Tampoco en ninguna de sus manos. La cinta de correr contigua a la suya quedó libre y me subí en ella. Puse un programa cualquiera y empecé a escuchar su monólogo. «Te lo tengo dicho… si hacemos las cosas de cualquier manera, pues claro… es un desastre… yo sólo digo eso: es de muy mal jefe tener a un trabajador encabronado». Entonces, le miré y casi sin darme cuenta se me escapó:

-Disculpa, ¿estás hablando solo?

-Sí -dijo el tipo después de mirarme de arriba abajo mientras se preparaba para un acelerón.

-Es que le he visto desde allí y me ha parecido, pero… Vamos que he pensado que igual estarías hablando por el móvil o…

-No, no. Estoy hablando solo.

-Ah -acerté a decir. Me miró de soslayo y notó que esperaba algún tipo de explicación por mi parte. Al cabo de unos segundos, muy amablemente me la dio:

-Ahora, con todo el mundo hablando por el móvil, los que hablamos solos pasamos desapercibidos -me dijo.

-Ah, ¿y por qué habla solo?

-Porque a veces necesito tener la razón -me dijo.

Y entonces empezó a correr.

Presentación de Hijos del dios binario

Hoy a las 19:00 en la Librería Gigamesh presentación de Hijos del dios binario de David B. Gil.

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Es una maravilla (y habrá piscolabis).

El coche de mi hermana

Mi hermana mayor siempre dice que soy un desastre, una irresponsable y que no se puede contar conmigo… empiezo a pensar que tiene razón.

Desde principios de año, por motivos de trabajo me veo obligada a desplazarme en coche fuera de la ciudad. Aunque no me gusta conducir me propuse mejorar mi conducción. Todo marchó sobre ruedas hasta que por una avería en el motor me vi obligada a dejar el coche en el taller. Me dijeron que tardarían entre siete y diez días en repararlo. Como necesitaba un vehículo propio para desempeñar mi trabajo le pedí a mi hermana que me dejara su coche hasta que arreglaran el mío. A pesar de que no lo utilizaba nunca su primera respuesta a mi petición fue un gruñido. Después de mucho insistirle, mi hermana cedió y me explicó las mil y una cosas que tenía que hacer para que el coche no tuviera ni un sólo problema. Finalmente, me dejó las llaves exigiéndome que le devolviera el coche sin un sólo rasguño.

El lunes  a primera hora bajé al garaje descansada, duchada y lista para empezar mi semana. Me subí en el coche de mi hermana, introduje la llave de contacto, arranqué el motor, puse primera y giré a la izquierda saliendo de mi plaza. Cogí el carril central del parking y volví a girar a mano izquierda para coger la rampa de la puerta de salida. Sin embargo un ruido estremecedor me detuvo. Bajé del coche y de repente, como si hubiera aparecido de la nada una columna apareció en la puerta izquierda de atrás, convirtiéndola en una amalgama de hojalata. Durante diez minutos estuve mirando la puerta destrozada pensando qué hacer. Sabía que si llamaba al concesionario oficial mi hermana se terminaría enterando. Llamé a mi taller y me dijeron que les llevara el coche. Así lo hice. Me dijeron que podían arreglar la puerta en cuanto tuvieran una. Le pregunté cuánto iban a tardar en conseguirla y me respondieron que dos o tres semanas. Imposible, mi hermana se iba a esquiar ese mismo fin de semana. El mecánico me dijo que si no encontraba una puerta yo misma, sería imposible hacerlo antes.

Pasé los siguientes días buscando una puerta gris del modelo de coche de mi hermana por todos los concesionarios, talleres y particulares del país. Finalmente, a través de internet me puse en contacto con un desguace de Badajoz. El propietario se comprometía a hacerme llegar la puerta a la dirección de mi taller a cambio de 850 euros más los gastos de envío. Me pareció abusivo, pero no dudé en absoluto y le hice una transferencia. En 24 horas mi mecánico me llamó y me dijo que había recibido la puerta. Justo antes del viernes en que mi hermana necesitaba el coche para ir a esquiar, fui al taller. Allí me di cuenta de que la puerta no quedaba bien. Era un gris-gris, y el gris del coche era un gris metalizado. Se notaba muchísimo que la puerta no era la puerta original. Quedaba mal, mi hermana se daría cuenta, me iba a caer una buena bronca y con razón. Estaba absolutamente perdida.

Llorando a moco tendido, pagué al mecánico tirando de tarjeta. Me subí al coche absolutamente destrozada y conduje hasta casa de mi hermana. Sabía lo que me iba a decir: que no sabía conducir, que no se podía confiar en mí, que era un desastre, una irresponsable y que era la última vez que me prestaba nada de nada. Sabía que tenía razón, pero no quería oírlo. No tenía los nervios templados para aguantar el chorreo. Por eso cuando entré en su casa y la encontré en la terraza de su séptimo piso con esa sonrisa de suficiencia que siempre tiene, sosteniendo un vermut en su mano izquierda y llevándose la aceituna a la boca con su mano derecha, en cuanto abrió la boca y dijo qué tal hermanita, le empujé con todas mis fuerzas y la tiré por el balcón.

Tampoco es tan, tan mala

Batman vs Superman: Dawn of Justice tampoco es tan, tan mala. Mejora eso sí, si acudes al cine con bajas expectativas… o ninguna. De hecho, la película no está mal hasta el final del segundo acto. Tiene consistencia narrativa y buen pulso, aunque bien es cierto que en el tercer acto es absolutamente imposible no empezar a hacer scroll en twitter, enviar whatsaps a tu madre o suicidarte.

Ben Affleck está mal. Muy mal. Bruce Wayne -gracias a dios- no será nunca Tony Stark. Bruce Wayne tiene OSCURIDAD. Ben Affleck NO la tiene. Ben Affleck no se cree en ningún momento lo que dice, e interpreta a Bruce Wayne tan mal como aquí.

Pero Ben Affleck no es el único que está mal. De hecho, todos los actores están mal. Holly Hunter está tan intensa que echas de menos lo callada que estaba en El Piano. Henry Cavill tiene carisma negativo (un caso digno de estudio). Mark Zuckerberg Jesse Eisenberg haciendo de Lex Luthor demuestra que sólo sabe interpretar si el texto es de Sorkin y lo dirige David Fincher. Jeremy Irons hace algo que no había hecho en toda su carrera: intentar ser gracioso… pero no, no lo consigue. Además se le nota que para hacer de Batman un perro viejo fascista hubiera sido mil veces mejor elección de casting que Affleck. Lo sabe él, y ahora lo sabes tú también. A sus 67 años, Margot Kidder le puede dar una lección a Amy Adams de cómo pasarse cuatro películas siendo rescatada por Superman y mantener la dignidad.

Cualquier idiota sabe que Zack Snyder no es un director de actores, pero este no es el único problema de la peli. Ahí van unos pocos al tuntún:

-En el minuto 81 -sí, miré el reloj- hay un sueño con un tipo del futuro que supongo que tienes que haber leído TODOS LOS PUTOS CÓMICS DEL MUNDO para entenderlo. Si a Richard Donner le explican esto le da un telele.

-En 151 minutos no caben una adaptación, un reboot, una precuela, y una segunda parte. Son demasiadas cosas, atropelladas y superficiales.

-Problema de matemáticas: si tu villano número uno es una mierda y tu villano número dos es una mierda alienígena, ¿cuál es el resultado? Exacto.

-La película deja de ser CINE cuando aparece la subtrama de Wonder Woman. Absolutamente todos en la sala somos capaces de distinguir el verdadero subtexto de esas escenas: hola, somos la Warner y queremos hacer dinero; hola, somos DC y tenemos envidia de pene respecto a Marvel; hola, somos la Liga de la Justicia, tenemos síndrome del impostor y queremos ser Los Vengadores.

-Por último, lo más interesante de Superman como personaje cinematográfico es su utilidad. ¿Necesitamos a Superman? ¿Quieren que les digamos a un padre que Superman pudo salvar a su hijo y no se lo permitimos? ¿La humanidad debe estar sujeta a las veleidades de un alienígena todopoderoso? ¿Es legítimo que el ser humano tenga un arma disuasoria contra Superman? Todas estas preguntas éticas, morales y filosóficas me llevan a pensar que aquello que puede acabar con Superman no es la kryptonita. No, el archienemigo de Superman es un Profesor de Filosofía que tenía yo en mi instituto. Un hombrecillo de cincuenta años, con el pelo mal peinado, pantalones anchos de pana, un poco sociata y gafas en la punta de la nariz que era un PUTO BRASAS. No paraba de hablar sin levantar la mirada del suelo. Te atrapaba con su verborrea en un rumor que adormecía y terminabas dándole la razón con tal de escapar. El BRASAS coge a Superman dos tardes, extraescolares, para explicarle el súper-hombre de Nietzsche y le hincha la vena de la frente, poniéndole la cabeza como un bombo a punto de estallar.

En definitiva, Batman versus Superman tampoco es tan, tan mala. Es mala, sí, pero El hombre de acero era mucho peor.

Buena suerte

La primera vez que lo vi andaba cerca de una fuente. Llevaba una mochila pesadísima en la espalda, buscó un sitio libre y se sentó. Al rato, abrió la bolsa y empezó a tirar monedas al agua. Se pasó la tarde lanzando más de tres mil euros en monedas de cincuenta céntimos, una tras otra.

La segunda vez que me encontré con él fue en el canódromo. Yo estaba disfrutando de una tarde en las carreras cuando le vi pisoteando las heces que los perros habían depositado antes de competir. Rápidamente lo reconocí y me pareció un hombre inquietante. Aunque me moría de curiosidad, no tuve la osadía de acercarme y preguntarle qué estaba haciendo.

La tercera vez fue en una tarde de noviembre. Hacía frío y no me extrañó verle comprando unas castañas asadas. En cuanto pagó, le preguntó a la castañera si podía acariciar su joroba. Tras unos segundos de asimilación de la pregunta, la castañera, airada, se negó en redondo. Observé como el hombre guardaba las vueltas en el bolsillo y hacía ademán de marcharse. Sin embargo, en un gesto rápido y a traición, restregó su mano por la joroba de la señora, para acto seguido huir a toda velocidad.

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Motivado por la curiosidad, le seguí unas manzanas más allá, hasta alcanzarle. Me acerqué hasta él y le pregunté qué es lo que estaba haciendo. Me miró de arriba abajo y con una altivez inesperada me dijo: “Yo construyo mi propia suerte”.

-¿Y funciona? -le pregunté.

-¿Cómo dice?

-Que si funciona…

-No. No funciona en absoluto. Lo he intentado todo: cada media hora cruzo los dedos para pedir un deseo; voy de jardín en jardín buscando un trébol de cuatro hojas; los martes voy al aeropuerto y me acerco a las pistas para petarme los tímpanos, y así empezar a oír un zumbido muy fuerte en los oídos…

-¿Eso da suerte?

-De toda la vida -dijo alzando el mentón-. Como tocar madera -dijo tocando madera-, llevar una pata de conejo –dijo sacando una del bolsillo- o pisar mierda –dijo pisando una mierda.

-Me hago una idea. ¿Y tiene una herradura en casa?

-La duda ofende -me dijo mirándome de arriba abajo-. Yo construyo mi propia suerte. Soy un hombre hecho a sí mismo, como el malo de Titanic.

-¿El iceberg?

-No, el fiancée -me replicó.

-Ah, el ricachón estirado –le dije.

-Sí, ese mismo -dijo atusándose los bigotes-, siempre he querido ser cómo él: un business man sofisticado, presuntuoso y elegante.

-Quizás sea un modelo de conducta equivocado -le dije.

-¿Qué querías que fuera como Di Caprio? -espetó.

-Es joven, guapo y artista. Un hombre apasionado que se mueve por amor.

-Di Caprio se muere de frío en la película.

-Visto así, no lo había pensado -le dije.

-¿Qué nos dice Titanic? Que los artistas apasionados mueren de frío y que ni siquiera el calor de su corazón enamorado puede darles abrigo. No olvides nunca que Titanic es la obra de un capitalista.

No supe qué responder a eso. El hombre hecho a sí mismo acarició una pata de conejo que sacó de su bolsillo, se acercó al quicio de una puerta que rozó con la yema de los dedos y piso una caca antes de marcharse en busca de fortuna. Antes de irse, me deseó buena suerte.

Desde entonces, siempre me pregunto si tuviera buena suerte, ¿qué haría con ella?

La contraseña del wifi

Nunca salía de casa. Era un caso clínico de uno entre un millón: a pesar de que tenía agorafobia, no era una persona huraña.

Todo empezó cuando adquirió los 300 MB de fibra óptica que le ofrecieron. Acto seguido dejó de comer en restaurantes. Esto le llevó a cocinar recetas que veía en canales de youtube. Cada vez le salían más ricas, cada vez le salían mejor. Empezó a pasarse los días recopilando objetos que no necesitaba en wallapop. El siguiente paso lógico en el descenso por la escalera de sus infiernos hubiera sido convertirse en una persona huraña. Pero no, él no dio este último paso y quizás eso fue lo que le salvó.

Tuvo un problema económico y su forma de vida se quebró como la cáscara de un huevo. Se vio obligado a reducir sus gastos. Fue como una bicicleta que no vio venir en el carril bici, silenciosa y mal señalizada (porque no tiene motor, no hacen ruido y van a degüello). Miró demasiado tarde cuando ya la tenía encima. Los números rojos golpearon en su cara y la compañía telefónica demostró ser muy centro-europea para lo que quería y le cortó el suministro de 300 MB. Este suceso le hizo agudizar su ingenio. Miró en su Macbook pro y encontró la señal de varios vecinos, uno a uno les solicitó la contraseña de su red con excusas pintorescas. El del tercero segunda le dio la contraseña de su wifi, sin ningún problema. Era de Iniciativa, era bona gent. Estuvo gorreando la señal un mes y medio, hasta que la casera le desahució.

A sus 47 años, soltero y sin nadie en la vida, se vio por primera vez en la calle. Aún así, nunca fue un sin hogar huraño. Siempre se le veía sonriente, limpio y afrontaba la vida con intensa alegría. Iba con su Macbook pro de cafetería en cafetería. Tomaba cafés con leche con el dinero que recaudaba en la calle, y se pasaba las tardes navegando en los locales del centro. Una calurosa madrugada de primavera se encontró un perro. Era un cachorro de pocos meses. Era muy, muy goofy, divertido, curioso y animado. No tuvo duda del nombre que le pondría: Wifi.

Una mañana en su cafetería preferida se produjo una situación extraña. Se acercó a la camarera y le preguntó si le podía dar la contraseña de wifi, al tiempo que Wifi se acercaba a mendigar comida a un cliente. Entonces él tuvo que reprenderle gritando su nombre: «Wifi, ven aquí, no molestes al señor». La camarera y él se miraron y se dieron cuenta de que estaban asistiendo a una actualización cibernética del chiste con la nueva formulación: «Disculpe, ¿sería tan amable de darme la contraseña del wifi?»

La camarera le dio la contraseña del wifi. Era una sola palabra en inglés. Un imperativo: sit.

El imbécil

¿Qué es El Imbécil? El Imbécil no es un (sólo) individuo, El imbécil es un arquetipo psicológico. De la misma manera que en la vida nos encontramos con inocentes, huérfanos, creadores, o ladrones, cada cierto tiempo nos encontramos con El imbécil. Uno desea que la vida le depare encuentros con sabios o femmes fatales, pero no, el sector cultural suele atraer a imbéciles. ¿Es algo consustancial con el sector? No. Nuestra sociedad está llena de imbéciles porque sociológicamente el arquetipo del imbécil es un tipo exitoso. En este país, El Imbécil llega lejos.

¿En qué consiste el arquetipo del Imbécil? El Imbécil se construye sobre un sólido pensamiento: un absoluto desprecio por tus conocimientos y tu experiencia. Armado con cuatro frases de manual, dos lecturas mal contadas y horas de visionados pasivos ociosos, El Imbécil cree que puede hacer tu trabajo mucho mejor que tú. Y que además, el hecho de que no lo haga es por falta de tiempo. Y tienes que agradecerle la oportunidad que te da. Y que sino se pone es porque él está muy ocupado en lo realmente importante.

El Imbécil suele despreciar todo lo que has hecho hasta la fecha. Cree que todos esos años, toda esa experiencia a ti te juegan a la contra porque ya estás sucio, ya vas de manual, ya vas de sota, caballo, rey y este es un mundo que está cambiando, y lo que tú crees que sabes ya no funciona, porque el público quiere cosas distintas, que él lo sabe porque a él le pagan una pasta para averiguarlo. No le importa nada que lo que hayas hecho hasta la fecha tuviera unas circunstancias determinadas. Eso a él le da igual, eso sería profundizar demasiado. El Imbécil  prefiere pensar que si eso lo hiciste así es porque no sabes más.

El Imbécil no se ha parado a pensar qué es lo que hacían los cradores de The Knick antes de hacer la serie más malrollera ever.

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Esto hacían.

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Y esto. Imbécil.

¿Cómo descubrir si alguien pertenece al arquetipo del Imbécil? Saldréis de dudas en el momento en que os diga lo siguiente: «yo he leído muchos manuales de guión, he leído muchos guiones, y he visto muchas películas y series». Me pregunto si es así con todo. Si en su casa es así, si en su vida cotidiana funciona como en su vida profesional. Me pregunto si El Imbécil cada vez que va a un restaurante de una, dos o tres estrellas, se planta en la cocina, y le explica al chef (con ese arrojo y esos cojones) que él ha cenado en muchos restaurantes, que ha leído muchos menús, que sabe cómo cocinar bien esas mollejas caramelizadas en nido de fideos de arroz con aire de canela, que si no se pone es porque está muy ocupado comiéndoselo, y que dónde has cocinado tú antes, cocinillas.