Saludar

Conversación de whatsapp entre dos amigas:

-Te he visto esta tarde en la Fnac, ¿eras tú?

-Sí, ¡era yo!

-¡Lo sabía! ¡Te has dejado el pelo largo, te queda muy bien!

-Gracias, ¿por qué no me has dicho nada?

-No sé…

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Hacía tiempo que las dos amigas no se veían. Una piensa que hace unos seis o sietes meses; la otra piensa que quizás un poco más. En realidad, hace casi dos años que no se ven, pero ninguna de las dos tiene la sensación de que haya pasado tanto tiempo. Una tiene un blog de moda que la otra consulta; la otra cuelga cada semana un video con recomendaciones literarias en su canal de youtube que la otra mira sin pestañear. Cada día se retuitean en twitter. Se enteran de su vida en facebook y saben hasta lo que comen gracias a instagram. Están hiperconectadas la una con la otra, pero hace mucho tiempo que no se sientan a tomar una cerveza, charlar o ir de compras. Ninguna de las dos se pregunta si lo echan de menos.

¿Por qué no se saludaron cuando tuvieron la oportunidad en la Fnac? Una la vio sí, pero estaba demasiado lejos para acercarse hasta ella. La otra fingió que no la veía y se alejó poco a poco de la primera dificultando toda la maniobra. Las dos evitaron la embarazosa incomodidad de saludarse. Quizás las dos sintieron que exponían demasiado del pequeño abismo que separa la identidad virtual de la identidad real. Quizás no querían sentirse excesivamente vulnerables aquella tarde. A ambas les resultó mucho más cómodo y menos invasivo escribirse un mensaje de texto.

Su amistad no es ni mejor, ni peor, simplemente ahora es así.

Caries

Después de dos semanas de intenso dolor acudió al dentista. Al verlo por primera vez, Carla no le reconoció. Sí lo hizo su joven asistente quien le pidió un autógrafo en cuanto lo vio entrar por la puerta. Él firmó con una sonrisa dolorida y añadió a modo de broma, que si no llevara la cara hecha un cromo se haría un selfie con ella. La asistente le sonrió y afirmó que no hacía falta, aunque le hubiera gustado hacérselo. Después, le acompañó a la salita y le dijo que le gustaba mucho el programa en el que participaba. Él le dio las gracias y se despidieron. La asistente con una sonrisa dentífrica y él con una mueca de dolor.

Carla le hizo sentarse y empezó a auscultarle. Rápidamente se dio cuenta de que tenía muy mala pinta. Le dijo que era normal que le doliera muchísimo. Tenía una caries en el primer molar superior derecho, otra en el segundo molar inferior izquierdo y hasta una tercera en el tercer molar inferior derecho. Preocupada le preguntó si comía muchos dulces. Él contestó que últimamente sí, debido a su trabajo. Ella le preguntó a qué se dedicaba y él se sorprendió que no lo supiera (no estaba acostumbrado a que no le reconocieran). Soy cocinero, le dijo.

-Pensaba que eras famoso –le respondió Carla mientras preparaba la anestesia.

-Bueno, soy las dos cosas: cocinero famoso. Trabajo en la tele, en un talent show… es un programa espectáculo de cocina, funciona muy bien, hacemos mucho share… aunque también hago muchos anuncios y promociones.

-¿Pero comes bien? Porque estas caries se han producido muy rápidamente y por abusar de dulces, chucherías y guarradas.

-Es que… -finalmente, el cocinero famoso no pudo más y se sinceró- con las grabaciones, el programa, los spots, los eventos como cuando puedo, donde puedo y lo que puedo… Los estudios de televisión están en polígonos perdidos de dios, si la gente supiera que el entretenimiento que consumen se hace en esos lugares infames dejarían de verlos.

-¿Pero eso qué tiene que ver con que no cuides tu salud bucodental?

-Con todo el trasiego de aquí para allá, de plató de la tele a plató de la agencia de publicidad, sólo tengo tiempo de comer de las máquinas expendedoras: dulces, chocolatinas, chips, cochinadas… ¿Lo entiendes? –dijo con ansiedad.

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-Pero, ¿tú eres feliz haciendo esto que haces? ¿No eras más feliz entre fogones?

-Pero es lo que se supone que tengo que hacer –dijo el cocinero con un hilo de voz.

-¿Por qué?

El cocinero famoso se quedó pensativo, dándose cuenta de que nunca se había detenido a hacerse esa pregunta. Finalmente respondió:

-La verdad, no lo sé.

Los dos asintieron en silencio. Carla le pidió que se recostara para empezar a hacerle los empastes. Siempre adoraba aquel momento en que anestesiaba al paciente y todo se convertía en silencio.

¿Qué vas a hacer con eso si no lo usas?

Todo empezó con este tuit de Carlos G. Miranda:

…gracias Carlos por hacer mi vida aún más miserable.

Fue en la Atapuerca de internet, cuando Llucía Ramis nos habló del peligro del Egosurfing. Allá por los 2000 empezamos a googlearnos a nosotros mismos y entendimos que era una búsqueda de nuestra identidad. Aún desconocíamos que en el futuro tendríamos no una identidad (la real), sino dos (la virtual) e incluso los hay que tienen muchas más: la real, la virtual, la virtual oficial, la virtual para amigos, y cada una asociada a una red social determinada porque cada una sirve para una cosa distinta. Con el paso del tiempo, todos sabemos ya que las identidades virtuales son  mucho más importantes que la identidad real. De la misma manera que sabemos que nuestros hijos tarde o temprano no sólo nos googlearán a nosotros para saber qué clase de tipos infames fueron sus padres, sino que se googlearán a sí mismos, cerrando el círculo del Ego.

Creíamos haber inventado todas las enfermedades asociadas a la vida moderna. Sin embargo hacía falta una aplicación que asociara las dos cosas que mueven el mundo: el Ego y el capitalismo. ¿Cómo? Con una app que respondiera rápidamente 8,50 a la pregunta: ¿cuánto vale nuestro ego?

En estos tiempos, la verdadera reseña es la que escribe el propietario del libro que quiere deshacerse de ti y te promociona subiéndote a Wallapop:

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Primera Temporada, bastante interesante.

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Un libro de segunda mano vale más si no te lo has leído.

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Detalla que ha sido usado una sola vez pero, ¿qué garantías tenemos?

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¿Qué frases habrá subrayado? Es como un easter egg del usuario.

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Porque todas las chicas besan por navidad.

Los objetos usados son la segunda división del capitalismo y tarde o temprano, todos acabamos en la compra-venta de mercancia de segunda mano. No obstante, lo mejor que le puede pasar a un libro es ser leído. Quizás el capitalismo es excepcional para que se muevan las divisas pero no tanto si lo que se trata es de que se mueva el conocimiento. Para que un libro alcance todo su potencial debe ser usado. Es necesario prestarlos, dejarlos, que viajen, que sean subrayados, tachados y usados cuántas más veces mejor. Un libro usado es un libro mejor. ¿Por qué no creamos un uber de los libros sin ánimo de lucro? Una app con geo-localización dónde compartir libros ya leídos y usados, sin que el dinero se inmiscuya. ¿O estamos todos demasiado ocupados moviendo divisas?

Hablar

La primera vez que lo vi andaba a grandes pasos sobre la cinta de correr. Era hora punta en el gym. En cuanto la cinta se aceleró se puso a correr frenéticamente durante tres minutos. Después, volvió a andar con amplias zancadas a intervalos regulares dirigido por uno de esos programas quema-grasas. Me llamó la atención que tanto si corría como si andaba no paraba de hablar. Con órdenes directas y voz firme iba ordenando qué es lo que se tenía que hacer. Después, se detuvo y empezó a asentir, como si estuviera escuchando con mucha atención lo que le decían. Deduje que debía estar hablando con alguien utilizando su móvil con el manos libres.

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Di una vuelta por el gimnasio hasta rodearle. Me fijé en el panel electrónico de la máquina y me di cuenta que en la repisa no había ningún teléfono. Tampoco en ninguna de sus manos. La cinta de correr contigua a la suya quedó libre y me subí en ella. Puse un programa cualquiera y empecé a escuchar su monólogo. «Te lo tengo dicho… si hacemos las cosas de cualquier manera, pues claro… es un desastre… yo sólo digo eso: es de muy mal jefe tener a un trabajador encabronado». Entonces, le miré y casi sin darme cuenta se me escapó:

-Disculpa, ¿estás hablando solo?

-Sí -dijo el tipo después de mirarme de arriba abajo mientras se preparaba para un acelerón.

-Es que le he visto desde allí y me ha parecido, pero… Vamos que he pensado que igual estarías hablando por el móvil o…

-No, no. Estoy hablando solo.

-Ah -acerté a decir. Me miró de soslayo y notó que esperaba algún tipo de explicación por mi parte. Al cabo de unos segundos, muy amablemente me la dio:

-Ahora, con todo el mundo hablando por el móvil, los que hablamos solos pasamos desapercibidos -me dijo.

-Ah, ¿y por qué habla solo?

-Porque a veces necesito tener la razón -me dijo.

Y entonces empezó a correr.

Presentación de Hijos del dios binario

Hoy a las 19:00 en la Librería Gigamesh presentación de Hijos del dios binario de David B. Gil.

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Es una maravilla (y habrá piscolabis).

El coche de mi hermana

Mi hermana mayor siempre dice que soy un desastre, una irresponsable y que no se puede contar conmigo… empiezo a pensar que tiene razón.

Desde principios de año, por motivos de trabajo me veo obligada a desplazarme en coche fuera de la ciudad. Aunque no me gusta conducir me propuse mejorar mi conducción. Todo marchó sobre ruedas hasta que por una avería en el motor me vi obligada a dejar el coche en el taller. Me dijeron que tardarían entre siete y diez días en repararlo. Como necesitaba un vehículo propio para desempeñar mi trabajo le pedí a mi hermana que me dejara su coche hasta que arreglaran el mío. A pesar de que no lo utilizaba nunca su primera respuesta a mi petición fue un gruñido. Después de mucho insistirle, mi hermana cedió y me explicó las mil y una cosas que tenía que hacer para que el coche no tuviera ni un sólo problema. Finalmente, me dejó las llaves exigiéndome que le devolviera el coche sin un sólo rasguño.

El lunes  a primera hora bajé al garaje descansada, duchada y lista para empezar mi semana. Me subí en el coche de mi hermana, introduje la llave de contacto, arranqué el motor, puse primera y giré a la izquierda saliendo de mi plaza. Cogí el carril central del parking y volví a girar a mano izquierda para coger la rampa de la puerta de salida. Sin embargo un ruido estremecedor me detuvo. Bajé del coche y de repente, como si hubiera aparecido de la nada una columna apareció en la puerta izquierda de atrás, convirtiéndola en una amalgama de hojalata. Durante diez minutos estuve mirando la puerta destrozada pensando qué hacer. Sabía que si llamaba al concesionario oficial mi hermana se terminaría enterando. Llamé a mi taller y me dijeron que les llevara el coche. Así lo hice. Me dijeron que podían arreglar la puerta en cuanto tuvieran una. Le pregunté cuánto iban a tardar en conseguirla y me respondieron que dos o tres semanas. Imposible, mi hermana se iba a esquiar ese mismo fin de semana. El mecánico me dijo que si no encontraba una puerta yo misma, sería imposible hacerlo antes.

Pasé los siguientes días buscando una puerta gris del modelo de coche de mi hermana por todos los concesionarios, talleres y particulares del país. Finalmente, a través de internet me puse en contacto con un desguace de Badajoz. El propietario se comprometía a hacerme llegar la puerta a la dirección de mi taller a cambio de 850 euros más los gastos de envío. Me pareció abusivo, pero no dudé en absoluto y le hice una transferencia. En 24 horas mi mecánico me llamó y me dijo que había recibido la puerta. Justo antes del viernes en que mi hermana necesitaba el coche para ir a esquiar, fui al taller. Allí me di cuenta de que la puerta no quedaba bien. Era un gris-gris, y el gris del coche era un gris metalizado. Se notaba muchísimo que la puerta no era la puerta original. Quedaba mal, mi hermana se daría cuenta, me iba a caer una buena bronca y con razón. Estaba absolutamente perdida.

Llorando a moco tendido, pagué al mecánico tirando de tarjeta. Me subí al coche absolutamente destrozada y conduje hasta casa de mi hermana. Sabía lo que me iba a decir: que no sabía conducir, que no se podía confiar en mí, que era un desastre, una irresponsable y que era la última vez que me prestaba nada de nada. Sabía que tenía razón, pero no quería oírlo. No tenía los nervios templados para aguantar el chorreo. Por eso cuando entré en su casa y la encontré en la terraza de su séptimo piso con esa sonrisa de suficiencia que siempre tiene, sosteniendo un vermut en su mano izquierda y llevándose la aceituna a la boca con su mano derecha, en cuanto abrió la boca y dijo qué tal hermanita, le empujé con todas mis fuerzas y la tiré por el balcón.

Tampoco es tan, tan mala

Batman vs Superman: Dawn of Justice tampoco es tan, tan mala. Mejora eso sí, si acudes al cine con bajas expectativas… o ninguna. De hecho, la película no está mal hasta el final del segundo acto. Tiene consistencia narrativa y buen pulso, aunque bien es cierto que en el tercer acto es absolutamente imposible no empezar a hacer scroll en twitter, enviar whatsaps a tu madre o suicidarte.

Ben Affleck está mal. Muy mal. Bruce Wayne -gracias a dios- no será nunca Tony Stark. Bruce Wayne tiene OSCURIDAD. Ben Affleck NO la tiene. Ben Affleck no se cree en ningún momento lo que dice, e interpreta a Bruce Wayne tan mal como aquí.

Pero Ben Affleck no es el único que está mal. De hecho, todos los actores están mal. Holly Hunter está tan intensa que echas de menos lo callada que estaba en El Piano. Henry Cavill tiene carisma negativo (un caso digno de estudio). Mark Zuckerberg Jesse Eisenberg haciendo de Lex Luthor demuestra que sólo sabe interpretar si el texto es de Sorkin y lo dirige David Fincher. Jeremy Irons hace algo que no había hecho en toda su carrera: intentar ser gracioso… pero no, no lo consigue. Además se le nota que para hacer de Batman un perro viejo fascista hubiera sido mil veces mejor elección de casting que Affleck. Lo sabe él, y ahora lo sabes tú también. A sus 67 años, Margot Kidder le puede dar una lección a Amy Adams de cómo pasarse cuatro películas siendo rescatada por Superman y mantener la dignidad.

Cualquier idiota sabe que Zack Snyder no es un director de actores, pero este no es el único problema de la peli. Ahí van unos pocos al tuntún:

-En el minuto 81 -sí, miré el reloj- hay un sueño con un tipo del futuro que supongo que tienes que haber leído TODOS LOS PUTOS CÓMICS DEL MUNDO para entenderlo. Si a Richard Donner le explican esto le da un telele.

-En 151 minutos no caben una adaptación, un reboot, una precuela, y una segunda parte. Son demasiadas cosas, atropelladas y superficiales.

-Problema de matemáticas: si tu villano número uno es una mierda y tu villano número dos es una mierda alienígena, ¿cuál es el resultado? Exacto.

-La película deja de ser CINE cuando aparece la subtrama de Wonder Woman. Absolutamente todos en la sala somos capaces de distinguir el verdadero subtexto de esas escenas: hola, somos la Warner y queremos hacer dinero; hola, somos DC y tenemos envidia de pene respecto a Marvel; hola, somos la Liga de la Justicia, tenemos síndrome del impostor y queremos ser Los Vengadores.

-Por último, lo más interesante de Superman como personaje cinematográfico es su utilidad. ¿Necesitamos a Superman? ¿Quieren que les digamos a un padre que Superman pudo salvar a su hijo y no se lo permitimos? ¿La humanidad debe estar sujeta a las veleidades de un alienígena todopoderoso? ¿Es legítimo que el ser humano tenga un arma disuasoria contra Superman? Todas estas preguntas éticas, morales y filosóficas me llevan a pensar que aquello que puede acabar con Superman no es la kryptonita. No, el archienemigo de Superman es un Profesor de Filosofía que tenía yo en mi instituto. Un hombrecillo de cincuenta años, con el pelo mal peinado, pantalones anchos de pana, un poco sociata y gafas en la punta de la nariz que era un PUTO BRASAS. No paraba de hablar sin levantar la mirada del suelo. Te atrapaba con su verborrea en un rumor que adormecía y terminabas dándole la razón con tal de escapar. El BRASAS coge a Superman dos tardes, extraescolares, para explicarle el súper-hombre de Nietzsche y le hincha la vena de la frente, poniéndole la cabeza como un bombo a punto de estallar.

En definitiva, Batman versus Superman tampoco es tan, tan mala. Es mala, sí, pero El hombre de acero era mucho peor.

Buena suerte

La primera vez que lo vi andaba cerca de una fuente. Llevaba una mochila pesadísima en la espalda, buscó un sitio libre y se sentó. Al rato, abrió la bolsa y empezó a tirar monedas al agua. Se pasó la tarde lanzando más de tres mil euros en monedas de cincuenta céntimos, una tras otra.

La segunda vez que me encontré con él fue en el canódromo. Yo estaba disfrutando de una tarde en las carreras cuando le vi pisoteando las heces que los perros habían depositado antes de competir. Rápidamente lo reconocí y me pareció un hombre inquietante. Aunque me moría de curiosidad, no tuve la osadía de acercarme y preguntarle qué estaba haciendo.

La tercera vez fue en una tarde de noviembre. Hacía frío y no me extrañó verle comprando unas castañas asadas. En cuanto pagó, le preguntó a la castañera si podía acariciar su joroba. Tras unos segundos de asimilación de la pregunta, la castañera, airada, se negó en redondo. Observé como el hombre guardaba las vueltas en el bolsillo y hacía ademán de marcharse. Sin embargo, en un gesto rápido y a traición, restregó su mano por la joroba de la señora, para acto seguido huir a toda velocidad.

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Motivado por la curiosidad, le seguí unas manzanas más allá, hasta alcanzarle. Me acerqué hasta él y le pregunté qué es lo que estaba haciendo. Me miró de arriba abajo y con una altivez inesperada me dijo: “Yo construyo mi propia suerte”.

-¿Y funciona? -le pregunté.

-¿Cómo dice?

-Que si funciona…

-No. No funciona en absoluto. Lo he intentado todo: cada media hora cruzo los dedos para pedir un deseo; voy de jardín en jardín buscando un trébol de cuatro hojas; los martes voy al aeropuerto y me acerco a las pistas para petarme los tímpanos, y así empezar a oír un zumbido muy fuerte en los oídos…

-¿Eso da suerte?

-De toda la vida -dijo alzando el mentón-. Como tocar madera -dijo tocando madera-, llevar una pata de conejo –dijo sacando una del bolsillo- o pisar mierda –dijo pisando una mierda.

-Me hago una idea. ¿Y tiene una herradura en casa?

-La duda ofende -me dijo mirándome de arriba abajo-. Yo construyo mi propia suerte. Soy un hombre hecho a sí mismo, como el malo de Titanic.

-¿El iceberg?

-No, el fiancée -me replicó.

-Ah, el ricachón estirado –le dije.

-Sí, ese mismo -dijo atusándose los bigotes-, siempre he querido ser cómo él: un business man sofisticado, presuntuoso y elegante.

-Quizás sea un modelo de conducta equivocado -le dije.

-¿Qué querías que fuera como Di Caprio? -espetó.

-Es joven, guapo y artista. Un hombre apasionado que se mueve por amor.

-Di Caprio se muere de frío en la película.

-Visto así, no lo había pensado -le dije.

-¿Qué nos dice Titanic? Que los artistas apasionados mueren de frío y que ni siquiera el calor de su corazón enamorado puede darles abrigo. No olvides nunca que Titanic es la obra de un capitalista.

No supe qué responder a eso. El hombre hecho a sí mismo acarició una pata de conejo que sacó de su bolsillo, se acercó al quicio de una puerta que rozó con la yema de los dedos y piso una caca antes de marcharse en busca de fortuna. Antes de irse, me deseó buena suerte.

Desde entonces, siempre me pregunto si tuviera buena suerte, ¿qué haría con ella?

Microcuento de hoy

En aquella oficina todos teníamos el síndrome del impostor menos el verdadero impostor.

#microcuento

Microcuento del 28 de Enero de 2015 que sirve para hoy

Hace mucho tiempo hubo un jarrón chino mudo.

#microcuento