Sueños-III

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-5 de julio:

Hoy he soñado que tenía hambre.

A paso apresurado cruzaba el castillo hasta llegar a la sala del trono. Desconocidos, compañeros de profesión y amigos de la infancia agachaban la cabeza, hacían reverencias y me llamaban majestad. Entre mis súbditos distinguí a Vicent Fernández y a Javier Olivares.

Me senté en el trono y golpeé el cetro contra el suelo gritando que estaba hambriento. Por lo bajo, mis vasallos repetían entre sí preocupados: «el rey tiene hambre, el rey tiene hambre». Al rato alguien me traía un teléfono fijo de los años ochenta. Lo descolgaba y marcaba un número pero no había línea. Tras intentarlo varias veces y constatar la ausencia de línea en el medievo, lo he lanzado rabioso contra el retrato de unos de mis antepasados.

De soslayo, he visto a Javier Olivares susurrar a un cortesano con su peculiar sonrisa maquiavélica:

«Mi reino por una pizza cuatro quesos».

-6 de julio: 

Hoy he dormido distinto.

Durante mucho tiempo dormí recluido en mi lado de la cama: el izquierdo; como si el otro lado permaneciera reservado, en una especie de limbo.

Cuando apareciste tú, me pareció bien que reclamaras y ocuparas el lado derecho. Tú dormías mal, te quejabas y hacías diagonales irrespestuosas. Como dormías fatal, me pediste intercambiar nuestros espacios de descanso. No lo dudé ni un segundo y te cedí mi lado de la cama. Desde que te fuiste he seguido confinado en el lado derecho, reservando tu lado izquierdo, que antes fue mío.

Anoche al acostarme, me puse a leer en el lado derecho de la cama en el que me confinaste. Cuando terminé el capítulo y el sueño me vencía, apagué la luz y me acurruqué en la almohada, dejando libre el espacio izquierdo que fue tuyo y antes fue mío y que si alguien lo quiere de verdad, supongo que lo reclamará.

Sin embargo, esta mañana, por primera vez en muchos años me he despertado ocupando el centro de la cama.

-7 de julio: 

Hoy me he despertado con un ronroneo.

Era un ronroneo sordo, casi como si fuera emitido en el idioma de las palomas. Sin abrir los ojos, he notado a Mia a escasos centímetros de mi cara. Como el ronroneo seguía acosándome, la he acariciado y me he puesto a pensar en cómo ha evolucionado su relación conmigo. Poco a poco y desde su absoluta independencia, me reclama más y más cariño, más y más ternura, más y más caricias. Cuando nos vamos a la cama y yo me pongo a leer me busca para que le haga mimitos. De vez en cuando también me da un mordisco para que no se me olvide quien manda aquí. Me gusta que me despierte por las mañanas reclamándome atención con su ronroneo exigente y caprichoso.

No sé si lo es para ella, pero para mí, ese es el mejor momento del día.

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-8 de julio:

Hoy he soñado que iba al cine.

Empezaba la proyección y los actores hablaban un castellano irreal e imposible. Me levantaba de la butaca y me dirigía a las taquillas para advertirles que estaban pasando la peli doblada. Cuando me he vuelto a sentar, en la película se saltaban un rollo. Muy gruñón, volvía a acercarme a las taquillas y les gritaba airado:
-La calidad de la experiencia cinematográfica que estáis ofreciendo es muy baja, ¡os acabáis de saltar un puto rollo!
El taquillero me respondía altivo: «¿podría asegurar que se han saltado un rollo?, porque bien podría ser una elipsis narrativa».
-Soy Enric Pardo, soy guionista, he estudiado cine; sé distinguir cuando el proyeccionista se equivoca de rollo de una jodida elipsis narrativa -le respondía con ínfulas de señor importante-. Quiero hablar con el encargado -añadía muy, pero que muy gruñón.

Entonces, aparecía Rosario Dawson, la encargada del cine, y me preguntaba qué quería.
-La devolución de la entrada.
Me miró de arriba abajo y se me encaró:
-¿O qué?
-¿O qué? ¡A que os hago un tuit!
-¿Me amenazas con un tuit? -se rió de mí.
-Un tuit o la hoja de reclamaciones, Rosario, tú decides -le dije como ultimátum final.

Entonces, volvió a mirarme de arriba abajo y se hizo un silencio. Sonrió para sí misma, puso sus brazos en jarra, se atusó coqueta el cabello y ladeándose me susurró al oído: y…¿no prefieres cenar conmigo?

Le dije que sí.

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*Cada mañana publico un sueño en mi facebook.

Búsqueda en google: «cómo ayudar a un depresivo»

En cuanto Claudia se fue al baño, lo primero que hice fue buscar en google: “cómo ayudar a un depresivo”.

Tenía poco tiempo pero encontré un montón de páginas que me decían las 7 cosas que decirle: “yo estoy aquí para ti, no te estás volviendo loca, ¿quieres un abrazo?, no es culpa tuya, etc.»; y las 7 cosas que no: “tú te lo has buscado, ¿pero no estabas siempre así?, nadie dijo que la vida fuera fácil, etc”.

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-¿Qué haces? –me preguntó Claudia al volver del lavabo.

-Nada, estaba mirando una cosa…

-Estabas googleando qué hacer ante una situación como ésta, ¿verdad? –me interrumpió-. ¿Qué has buscado exactamente: cómo ayudar a alguien triste, depresivo, con la autoestima baja…?

Después de un largo silencio, agaché la cabeza y asentí.

-¿Ves?, ese es el problema –me dijo-. Antes yo era importante para los demás. Cuándo alguien no sabía qué grupo había compuesto “Where is my mind”, todo el mundo se giraba hacia mí para que les diera la respuesta: Pixies. Si alguien se preguntaba quién era el director de “El Mago de Oz” todo el mundo se maravillaba de que supiera que la película tuvo hasta cinco directores: Victor Fleming, George Cukor, Mervyn Leroy, Norman Taurog y King Vidor. Todos flipaban con mi capacidad de memorizar que «El guardián entre el centeno» fue publicado en 1951, aunque Salinger ya lo había publicado en forma de serie durante los años 1945 y 1946. ¿Y sabes qué es lo que sentía en todos esos casos, Enric? Orgullo. Todo el mundo admiraba mi talento, me invitaba a fiestas y querían jugar conmigo al trivial. Pero ahora no, ahora… ¿qué crees que pasaría si alguien se preguntara en qué película de Mike Nichols debutó Dustin Hoffman?

-Lo buscaría en la app de imdb –le respondí con sinceridad.

-Exacto. Eso es lo que me ha pasado: he sido sustituida por internet.

Se hizo un largo silencio que interrumpí con una pregunta estúpida:

-¿En qué película…

-En El Graduado, Enric -me respondió de mala gana-. ¿Qué es lo primero que has hecho cuando me has visto así? Buscar una solución en google. No, Enric, no todo está en google. ¿Sabes? Hay veces que miro las enciclopedias de mis abuelos y me veo reflejada a mí misma. ¿Por qué no haces una búsqueda sobre eso en google? «Cómo ayudar a alguien que se siente lento, estancado, encima de una estantería, cogiendo polvo, desactualizado y obsoleto». Parece que hablar conmigo fuera como si abrieras una vieja enciclopedia y empezaras a leer datos acerca de las antiguas repúblicas soviéticas; cosas que ya no existen, que pertenecen a un pasado demasiado cercano, ligeramente pasado de moda, casi vergonzante. Dime Enric, ¿qué tengo que hacer para volver a sentirme importante otra vez?

La verdad es que no supe qué responderle. Durante un par de semanas estuve meditando, dándole vueltas a la situación, tratando de buscar una forma de ayudarla. Quedé con ella un par de veces, intenté animarla pero no daba con la tecla exacta… Hasta que finalmente di con un plan.

Aunque al principio se mostró reacia, poco a poco, empezó a darse cuenta de que quizás ese plan podía funcionar. Claudia no perdía nada por intentarlo y se puso manos a la obra. Encontró un local pequeñito en una zona bonita, lo decoró a su gusto y montó un pequeño café. En las estanterías reposaban todas las enciclopedias de sus abuelos, y cómo aún le sobraba espacio compró muchas más a precio de saldo. Por último, ejecutó mi plan maestro: no sólo no puso wifi, sino que instaló un inhibidor de cobertura.

Sus clientes, acudían allí para hablar, explicarse la vida, disfrutar del café, y preguntarse cosas; algunas veces encontraban respuestas, y otras no… Si la curiosidad les tentaba, tenían las enciclopedias a su alcance y en ocasiones, preguntaban directamente a Claudia, quien solía participar en las conversaciones con alegría y entusiasmo.

Claudia ganó en autoestima, dejó atrás su depresión y volvió a ser feliz.

Nunca le he dicho, ni nunca le diré, que di con mi plan maestro, al googlear a un bibliotecario que montó un café como el de Claudia en la ciudad de Ottawa.

Sueños-II

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-27 de junio:

Hoy he soñado que nos íbamos de camping.

Tú no estabas muy de humor y conducías a Becky. Te dije que si no te apetecía nos quedábamos, pero tú decías que no, que te daba igual; con esa cara que pones cuando en realidad haces las cosas porque tienes que hacerlas y no porque quieras. Llegábamos a casa del Lobo Carrasco y le decíamos que le estábamos esperando. Él nos hacía esperar. Estaba fumando con una rubia de pelo rizado de los años ochenta y se sentaban bromeando acaramelados en unas escaleras. En el contra-plano, el pelo de la chica era de repente moreno. Yo te lo señalaba indignado: ¡pero si era rubia!

Tú me mirabas sin ganas de nada. Te daba igual el salto de raccord; como te daba igual todo en ese viaje, y en ese sueño. Sólo querías irte.

-28 de junio: 

Hoy no recuerdo qué he soñado.

Me he sentido tentado de inventarme un sueño pero entonces esto dejaría de tener ningún sentido si es que alguna vez lo tuvo. Anoche Manoli Moreno Josende me preguntaba si estaba haciendo un recopilatorio de sueños, le respondí lo siguiente:

«Creo que sí. No lo sé todavía. Pero me parece que después de dejar de hablar de mí durante mucho tiempo necesito recuperar cierta parte de mi identidad creativa adormecida. Siento que tengo que hablar de mí para explicarme, y los sueños me parecen un vehículo diferente y que me permiten jugar con la narrativa.

A ver lo que me dura. Pero necesito volver a mi YO».

No expliqué (u omití explicar) por qué dejé atrás la etapa de los microcuentos y empecé a publicar por aquí cuentos y relatos; columnas de opinión y reseñas; y ahora la recopilación de sueños. Supongo que esa omisión se de debe a un enorme pudor intelectual. No me gusta darme importancia; y dar explicaciones sería dármela…

…y sin embargo, necesito encontrar explicaciones de porqué hago lo que hago, al menos para mí mismo.

Ayer en el ambiente distendido del final de una reunión con Berto y Rafel (compañeros guionistas) hablábamos de mi necesidad vital de establecer running gags con los demás. Yo aduje que saber de antemano que podía establecer una conexión emocional con los que me rodean (en este caso cómica y con Rafel) me daba paz, tranquilidad y sobre todo certidumbre.

Berto me dijo que era debido a mi necesidad de narrativizar la vida.

Seguramente narrativizar la vida es una tarea imposible, pero es una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca.

-29 de junio: 

Hoy he soñado con los Amish.

Estábamos en una comunidad Amish como la de Único Testigo. No había luz eléctrica, ni música, ni agua corriente, ni wifi, ni nada de nada. Lo peor es que en las letrinas teníamos que arrojar cubos de agua después de hacer nuestras cosas. Todo se tenía que hacer con las manos: un horror.

Recuerdo que mi padre pilló un cabreo cuando una profesora quiso recomendar que estudiara FP en el libro de escolaridad. Mi padre le dijo: «pero qué coño va a hacer Enric en FP si no sabe hacer nada con las manos, nunca ha sido capaz de ayudarme a colgar un puto cuadro; pon ahí que recomiendas que estudie BUP».

Yo no quería estar en la comunidad Amish y me sentía obligado a estar allí. Finalmente, cogí el coche para escaparnos y siguiendo tus indicaciones desastrosas llegamos a un callejón sin salida. Apostado allí, un tipo viejo, delgado, de largos bigotes y que vestía una chaqueta como de la guerra de secesión nos indicaba el camino de vuelta a Benicàssim. Sin embargo, terminaba diciéndonos que lo mejor sería ir al aeropuerto y coger un vuelo. Así lo hacíamos. Una vez en el aeropuerto, mientras tú seguías en un absoluto silencio, trataba de comprar los billetes de vuelta.

No habían billetes en primera, sólo en clase turista; entonces yo pensaba que eso es lo que era exactamente para ti: un turista emocional.

-30 de junio: 

Hoy he soñado con tu primo David.

Me contaba que estaba leyendo un nuevo libro y que le estaba gustando mucho, pero que se sentía culpable porque aún no se había terminado de leer el que ya llevaba un buen tiempo leyendo. Yo le decía que no pasa nada, que a veces los libros se solapan, que hay que saber disfrutar de los libros nuevos sin culpa. Pero que hablara contigo que tú eras la experta. No terminaba de convencerle demasiado, cuando Erica Aspas me abordaba y me decía a bocajarro que le gustaba más mi etapa de los microcuentos que la de los sueños, que estaba preocupada por mi deriva introspectiva, densa y oscura. Yo le explicaba que estaba en una época Karl Ove Knausgard, más madura y reflexiva, para acto seguido preguntarle: «¿pero se puede saber cuántas pecas tienes?»
-Pardo, ¿en serio estás tratando de ligar conmigo? ¿Sabes cuántos te han precedido con ese truco tan barato de querer contarme las pecas?
-Te prometo que no quería ligar contigo -le decía honestamente-. Ya no me acuerdo ni de cómo se hacía…
Aspas se marchaba -no sin cierta decepción porque no tratara de contarle las pecas- y tu primo David, al que habré visto sólo unas cuatro o cinco veces en la vida real y quizás unas pocas más en sueños (¿cuentan las veces que vemos a alguien sueños como ver a alguien?) me decía:
-Enric te voy a echar de menos.
Yo le respondía que siempre podíamos montar un club de lectura. Él contestaba entusiasmado que sí, que eso es lo que íbamos a hacer para mantener el contacto: ¡un jodido club de lectura!

Los dos sabíamos que nunca lo haríamos.

-1 de julio: 

Hoy he soñado que plantaba un árbol.

Es algo que ocurrió en realidad: tú y la iaia me obligasteis a plantar cinco pinos alrededor del gallinero. Yo no quería plantar ningún árbol, no quería hacer ningún esfuerzo físico, como siempre quería estar bien lejos de allí.

Empecé a cavar la tierra con una absoluta desgana. Cuando tenía quince años odiaba las obligaciones y el trabajo físico. Me costaba disfrutar del presente, anclarme al ahora, mi cabeza siempre volaba lejos y deprisa. No, para nada quería estar allí; no, para nada quería plantar ni un sólo árbol.

Me llevó más tiempo del esperado, me ensucié la camiseta, me llené las uñas de barro, sudé como un cerdo y mi pulmones se llenaron de polvo y de tierra. Cada vez que volvía la cabeza a la terraza y os veía a los dos a la fresca, tomándoos un mantecado, viéndome trabajar la tierra y hacíais un poco de befa de mí, nos reíamos los tres.

No sé si ocurrió realmente así, si el sueño y el tiempo han cambiado el signo del recuerdo. Creo que disfruté mucho plantando esos cinco árboles; creo que fui muy feliz, y de lo que estoy seguro es que al terminar me sentí muy orgulloso.

Este sueño se lo dedico a mi hermana Maria.

*Cada mañana publico un sueño en mi facebook.

La muerte de Michael Cimino

 

Es la segunda vez que Michael Cimino se muere. O al menos, es la segunda vez que muere para Hollywood. El fracaso en taquilla de Las Puertas del Cielo que arrastró a la quiebra a United Artists, el estudio que la financió, fue su primera muerte. Una muerte social, artística e industrial que sólo puede ocurrir en el negocio del cine.

Para mí The Deer Hunter (El Cazador) no es sólo una película. Es una de las pocas películas que dan existencia ya no a una carrera, sino a una forma de representar la vida. En otras palabras, si el cine existe fue para que alguien como Cimino pudiera rodar una película así.

Sé que la huella emocional que El Cazador dejó en mí se debe a que es esa clase de películas que veía con mi padre y para las que muy probablemente aún no tenía edad. Con él he visto películas que me han hecho ver la complejidad del mundo y del ser humano, lo cerca que podemos estar del cielo y del infierno. A menudo se me olvida decirle las cosas que he aprendido de él. Creo que es un buen momento para darle las gracias por no censurarme jamás ningún tipo de contenido «inapropiado».

El Cazador no es sólo una buena película que deja poso porque eres un niño. No, El Cazador es una película que se mantiene firme hoy en día como el retrato de una época, de una generación y de la condición humana. Vuelvan a verla, véanla con sus hijos, que se hagan preguntas, que se incomoden: harán del mundo un lugar mejor. Ese es su legado.

La muerte de Cimino es también la muerte de un tipo de cine que ya no volverá. El cine ha cambiado tanto que es impensable que nadie pueda financiar una película así hoy en día. Los cineastas sabemos que dentro de una misma historia, o de un mismo tema, hay ciertas cosas que no podemos hacer porque no las van a entender o no les va a gustar a aquellos que deciden qué películas se hacen y qué películas no. En todas partes hay unos pocos outsiders, es cierto, pero el grueso de las películas que se producen son películas impermeables, auto-censuradas, dirigidas a un público determinado, targetizado, que no tienen el objetivo de remover emocional e intelectualmente a las clases medias del mundo.

Con esta segunda muerte de Cimino, muere también una forma de entender el cine, el arte y una forma de representar la realidad con el firme propósito de querer cambiarla. Quizás sea la constatación del fin de una época y quizás vaya siendo hora de vestirnos de luto y hacer un duelo.

Es una vergüenza para el negocio del cine, para Hollywood y para el sistema que Cimino se haya muerto teniendo «un armario lleno de guiones que quería rodar«.

El Semáforo

John Peake Knight fue el inventor del semáforo y hasta la semana pasada y desde 1926 había sido declarado persona non grata en la ciudad de Cilentpol, Pennsilvalnia. JPK inventó un semáforo bastante rudimentario de gasolina con un farol rojo y una luz verde muy similar a las señales de ferrocarril de la época. A partir de 1913 con la introducción y democratización del automóvil de Ford, empezó a ser necesario trasladar el semáforo que solía utilizarse en vías ferroviarias a las calles de las grandes ciudades. Proliferaron especialmente en Los Angeles, cuyo clima permitía el uso del automóvil durante todo el año (entonces casi todos los coches eran descapotables). La historia del semáforo es la historia del automóvil; en cuanto se incrementó el uso de uno, se incrementó el uso del otro de manera pareja.

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Sin embargo en Cilentpol no ocurrió exactamente así. En esta pequeña ciudad de tan sólo 20.000 habitantes a 70 millas de Filadelfia instalaron en 1926 su primer semáforo en la intersección entre la calle Clearfield y la Whitaker Ave. El pleno del ayuntamiento votó a favor de la medida motivado por el aumento del tráfico en un punto estratégico de la ciudad. En una sola noche los operarios instalaron el semáforo con toda celeridad.

Al día siguiente los niños que cruzaban desde los barrios residenciales camino de la escuela pública se encontraron inesperadamente ante el primer semáforo de sus vidas. Su reacción fue completamente inesperada: se quedaron quietos e inmóviles, mirando el semáforo suspicaces, preguntándose qué hacía aquel artefacto allí. Veían las lucecitas cambiar, sí, pero no dieron un sólo paso para cruzar a la otra acera. Un policía les preguntó qué hacían ahí parados. Los niños respondieron con un silencio denso. El policía les invitó a circular en cuanto se lo indicara la señal en verde.

-¿Por qué? –preguntó un niño con actitud beligerante.

-Porque está en verde –le dijo el policía.

-¿Y?

-Se supone que tienes que pasar cuando esté verde.

-¿Quién lo dice? –preguntó el niño mientras los demás chavales asentían desconcertados porque los adultos no se hubieran hecho esa misma pregunta.

-A mí no me gusta el verde –dijo uno.

-Yo prefiero pasar cuando esté en rojo –dijo el primer niño.

-Que cada cual haga lo que quiera –dijo un tercero.

Los niños decidieron no hacer caso del semáforo volver a sus casas y no ir a la escuela aquella mañana, ni ninguna otra hasta que se arreglara el asunto. En un pleno extraordinario el ayuntamiento debatió qué hacer ante aquel dilema. Había dos posturas claramente diferenciadas: un grupo de padres que apoyaba las normas internacionales de señalización y otros que abogaban por dejar que la voluntad de sus hijos dictara unas nuevas normas de señalización del semáforo. El debate fue intenso, largo y áspero: alguien dijo que todos debían acomodarse a las circunstancias que les había tocado vivir, otro dijo que de eso nada, que la vida es así, que las cosas son así, otro dijo que las cosas son así hasta que se cambian, un padre lacónico dijo que quería que su hijo fuera dueño de su destino… A última hora, la votación arrojó un resultado favorable a seguir con las normas establecidas internacionalmente: el rojo prohibía el paso, el verde lo permitía. Así quedo escrito, así se hizo ley.

A la mañana siguiente, cuando los niños se encontraron en la intersección entre la calle Clearfield y la Whitaker Ave, Edward McCollum, el niño beligerante que expuso la ausencia de crítica en la asunción de las normas de uso del semáforo se negó a seguirlas. Tomó aire y lleno de fe, rabia y valentía decidió cruzar en rojo, siendo arrollado por un automóvil que le provocó una muerte instantánea.

A raíz de aquel deceso, en Cilentpol decidieron eliminar los semáforos e ir construyendo una simbología propia acordada con sus hijos para ordenar el tráfico interno de personas y vehículos en la ciudad. Durante más de 90 años, Cilentpol tuvo la tasa de mortalidad más baja en accidentes de tráfico de todo el Estado de Pennsilvania.

Cuando la semana pasada leí en The Philadelphia Inquirer que el ayuntamiento de Cilentpol había decidido eliminar la calificación de persona non grata de JPK e introducir doce semáforos en doce puntos importantes y esenciales de la ciudad, algo se quebró dentro de mí. Tras unos días dándole vueltas, decidí romper mi hucha, coger los pocos dólares que había en ella, y comprar un billete Philadelphia-Cilentpol.

A las ocho de la mañana de hoy 2 de Julio me he subido al autobús y me he sentado al lado de la ventanilla. Acabo de llegar y he estado caminando por la ciudad. Es una maravillosa mañana de verano. La gente sonríe en su día festivo, es afable y no me miran preguntándose quién es ese joven forastero de apenas doce años. Se ha levantado un poco de brisa y me he llenado los pulmones a largas bocanadas; he mirado a todos lados con la sensación única de vivir un momento irrepetible y he paseado en dirección a la calle Clearfield en la intersección con la Whitaker Ave.

Escribo estas palabras apostado ante el nuevo semáforo. Acaba de aparecer el símbolo verde del peatón y unos cuantos peatones han cruzado hasta la otra acera. Siento nervios y una emoción inexplicable, un hormigueo que me conecta con algo más grande que yo, una conciencia cósmica, una energía que recorre la historia de los tiempos y que me une y me hace pertenecer a la clase de gente que se pregunta el porqué de las cosas. Ahora mismo acaba de aparecer la silueta del peatón en rojo. Los motores de los vehículos gasolina, diesel, e híbridos rugen antes de ponerse en marcha…

Voy a hacer historia. Voy a cambiar vuestras convicciones. Voy a cruzar en rojo.

Sueños-I

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-22 de junio.

Hoy he soñado con un río.

Anoche leí un pasaje de «La isla de la infancia» en la que Karl Ove Knausgard hablaba de lo frío que estaba un lago. Me hizo recordar el río en el que nos bañamos en Francia y te dije medio en broma, medio en serio que nunca te perdonaré el frío que me hiciste pasar en aquellas aguas. Los dos nos reímos recordándolo.

En el sueño había un monstruo que asomaba el lomo y serpenteaba por el agua; en el sueño todavía estábamos juntos.

-23 de junio:

Hoy he soñado con Sean Connery.

Estábamos en la presentación de «Magistral» de Rubén Martínez Giráldez en la Calders y nos acercamos a Connery para saludarle. Para romper el hielo te explicaba que su trayectoria había dado un giro cuando empezó a interpretar personajes arquetípicos de mentor. Tú no terminaste de entender lo que quería decir, pero cuando empecé a enumerar Indiana Jones y la última cruzada, Los Intocables de Eliot Ness y El nombre de la rosa, comprendiste a qué clase de personajes me refería. Sean Connery sonrió halagado de que recordara con emoción todos aquellos trabajos.

Me habría gustado que hubieras venido a la presentación, habrías conocido a Sean Connery.

-24 de junio:

Hoy he soñado con un tren.

Tenía en las manos un libro y miraba el paisaje a través de la ventanilla. Imagino que el tren ha aparecido en el sueño por la cantidad de veces que he hecho el trayecto Barcelona-Benicàssim, como hiciste tú ayer. Supongo que esa es la última imagen que tendré de ti durante mucho tiempo: mirándome sin decirme adiós a través de las ventanillas tintadas de un vehículo equivocado.

Hay sueños que son un reflejo exacto de la realidad: en el tren viajaba solo y no sabía a dónde iba.

-25 de junio:

Hoy he soñado con Hammudi Al-Rahmoun Font.

Anoche cené con mi hermana Carmina y Arturo, su novio. Me dijeron que hoy viajarían en coche hacia el País Valencià para votar el domingo. Hammudi y Carmina trabajaron juntos en Cites y en mi sueño conducía el coche, supongo que porque eso es lo que hacen los directores: conducir. Yo le decía a Carmina que fueran con cuidado, que Hammudi es un tipo torpe. En la presentación del Rei Borni, se me acercó para darme la mano. En mi mano izquierda sujetaba mi chaqueta y en la mano derecha sujetaba una copa de vino, quise darle la mano con la derecha y derramé mi copa. Hammudi dijo que acabábamos de hacer un slapstick. Le dije que la próxima vez que generásemos escenas ridículas hiciera el favor de llevar una cámara.

En el sueño Hammudi conducía el coche. He temido por mi hermana toda la noche. Hammudi es un tipo que provoca accidentes divertidos.

-26 de junio:

Hoy he soñado que estaba en un rodaje.

Mi papel era el de un marinero tras un naufragio. Estaba justo al lado de una enorme salina montañosa con forma de iceberg contra el que nuestro barco del siglo XIX había embarrancado. Yo me agarraba con fuerza a un trozo de porexpan para no ahogarme… sin embargo, hacía pie, pues estábamos muy cerca de la orilla. Le exponía mis dudas a Ginesta acerca de si estaba siendo lo suficientemente convincente. Ginesta, la directora, me decía con su entusiasmo contagioso que sí, ¡Enric, eres el mejor ahogado de la historia del cine! Y me insuflaba mucho ánimo. Después, Ginesta miraba a un lado y veía un peñón en el que había una fábrica actual. Le preocupaba por si salía en plano. Yo le decía que no se preocupara, que Lluís Castells lo borraría en postpo. Ella sonrió, Pol Cortecans me dio un mochi y pasamos a rodar el plano general.

Un montón de marineros asidos a trozos de porexpan luchábamos por no ahogarnos. De todos ellos, yo era el ahogado más convincente.

*Cada mañana publico un sueño en mi facebook.

 

Like

Hacía unos días que no sabía nada de ella. Entonces, recibí su mensaje: «tenemos que hablar”.

-Rebeca, ¿pasa algo?

-Sí, pasa que tenemos que hablar.

Acudí a la cita con el estómago revuelto por los nervios. Rebeca me esperaba sentada en la terraza al tiempo que encendía su segundo cigarrillo. A pesar de que llegué puntual, tenía la cerveza a medio terminar y ya estaba pidiendo la segunda. Aunque nos dimos dos besos, no nos dimos dos besos, simplemente rozamos diplomáticamente nuestras mejillas.

Le pregunté de qué quería hablar conmigo. Sacó su teléfono móvil y me di cuenta de que en realidad quería pedirme explicaciones. Abrió su instagram y repasó una a una las últimas doscientas trece fotos que había colgado. Le pregunté por qué estábamos repasando esas doscientas trece fotos y no las cuatrocientas quince que había colgado desde que se abrió la cuenta. Me respondió que sólo quería repasar esas doscientas trece fotos porque las anteriores no eran importantes.

-¿Por qué las otras no son importantes? –le pregunté.

-Porque antes no nos seguíamos en instagram. Sólo hace doscientas trece fotos que me sigues -respondió.

-Pero, ¿cuál es el problema? -le pregunté intrigado.

Entonces, Rebeca volvió a repasar las doscientas trece fotos con cierta ansiedad mientras encendía un tercer cigarrillo, y pedía otra copa de cerveza.

-Fíjate -me dijo- todas estas fotos tienen algo en común en todas, absolutamente en todas, me has dado un Like.

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-¿Y? Eso es bueno, ¿no? -le pregunté perplejo.

-Sí, claro que es bueno, lo que ocurre es que en ESTA FOTO con mi sobrina Candela no le diste al Like –me dijo señalándome esa foto en concreto.

-¿Cómo? Déjame ver.

Eché un vistazo a la foto y efectivamente, ahí estaba Rebeca con su sobrina Candela, súper-preciosas las dos, sonriendo en lo que parecía ser el jardín trasero de un pareado decorado con globos, banderitas, serpentinas, piscina y hasta tarta de chocolate. Y no, no le había dado un Like. Y era raro, porque la foto se merecía un Like.

-No sé, ¿qué es lo que quieres decirme con esto? –le pregunté a mi amiga.

-Pues no me esperaba esto de ti, la verdad, yo pensaba que eras… una buena persona y no… ya sabes, no pensaba que fueras así.

-¿Así cómo?

-Así… -a Rebeca le costaba decirlo, por la rabia, pero también por la decepción- como una mala persona.

-Un momento, un momento, ¿mala persona? ¿No le doy a un Like a una foto y de repente soy una mala persona?

-Más que una mala persona, ¡un racista! –dijo sin poder reprimirse-. Lo que demuestra esta foto… ¡lo que demuestra que no le des al Like a esta foto es que eres un puto racista!

-¿Qué?

-Niégamelo… ¡ten los santos cojones de decirme que no le has dado al Like porque Candela es negra!

-No sé qué decir, pero, Rebeca, yo no soy racista, ni siquiera me había dado cuenta de que…

-¿De qué? ¿En serio me vas a decir que no te habías dado cuenta de que Candela es negra?

-No, no, claro que me he dado cuenta de que Candela es negra, de lo que no me había dado cuenta es de que no le había dado al Like a esa foto…

-No me tomes por imbécil. O sea le das al Like a todas mis fotos, cada día, desde que nos conocemos, a doscientas trece fotos y se te pasa justo esta, ¡qué casualidad! -dijo totalmente indignada. Tomó aire, apagó el cigarrillo bajo la suela de sus zapatos y dejó ir lo que llevaba dentro-: Mira, yo pensaba que éramos amigos… es más, pensaba que te gustaba, porque siempre me dabas Like a todas las fotos y ya se sabe lo que es un Like, que según cómo puede ser algo más… y yo, tonta de mí, hasta me había hecho ilusiones…

-Pero, Rebeca, si yo sí…

-Déjame terminar. Lo que quiero decir es que…

-Un momento -le interrumpí dándome cuenta de algo. Cogí su teléfono y comprobé la fecha de la foto. La foto había sido tomada el 7 de junio. Como un fogonazo que iluminó mi cara, fue entonces cuando comprendí qué es lo que había ocurrido-. Rebeca, ¿sabes por qué no le di al Like a esa foto?

-No quiero oír ninguna explicación, tengo el corazón roto para escuchar ninguna excusa barata…

-Rebeca. Mira.

Entonces, poco a poco, me levanté la camiseta y le dejé ver la cicatriz que cruzaba el costado derecho de mi vientre. Rebeca me miró sorprendida y me preguntó qué era eso. Yo le respondí que el 6 de junio me habían ingresado en el Hospital de Bellvitge con un ataque de apendicitis. El 7 de junio estuve incomunicado, sin batería y tardaron dos días hasta que me dieron el alta.

-No vi tu foto con tu sobrina Candela, que me parece un amor, por cierto. No pude darte Like.

Rebeca se quedó callada. Durante minutos no supo qué decir, de repente se puso colorada, le faltó la respiración y empezó a hiperventilar. La abracé y le dije que no pasaba nada, que un error lo podía tener cualquiera. Me dijo que lo sentía, que lo sentía mucho. Traté de consolarla y le dije que a partir de entonces lo haríamos mejor, subiríamos también las fotos de las cosas malas que nos pasaran para que no tuviéramos que enterarnos así de nuestras circunstancias. Rebeca me pidió entre lágrimas que la perdonara.

-No hay nada que perdonar, Rebeca -le dije con mi cara pegada a la suya.

Cogí su rostro entre mis manos, acerqué mis labios a los suyos y le di un Like.

El relato de los números

La madrugada del domingo al lunes, Lebron James ganaba su tercer anillo de campeón de la NBA. Lebron ha disputado 7 finales, y hasta el momento su record queda establecido en 3 victorias por 4 derrotas, lejos de las 6 victorias de Michael Jordan, lejos de los seis, siete, ocho, nueve… anillos que prometió a su llegada a Miami. Su promedio en estas finales a 7 partidos contra los Golden State Warriors han sido de 29,7 puntos; 11,3 rebotes; 8,9 asistencias; 2,6 robos y 2,3 tapones.

Esos son los números.

Aunque esos números son una realidad, no explican cómo ha cambiado nuestra percepción de Lebron James. Porque si bien es cierto que la realidad no existe y que es una convención de la que nos dotamos, sí existe el significado que le damos a la percepción de esa realidad. Y la percepción del número 23 de los Cavs ha cambiado en todos nosotros porque su historia, su relato ha cambiado.

-Primero se nos contó la historia de The chosen one, el elegido, aquel que iba a destronar a Michael Jordan del olimpo de los dioses del baloncesto. Los que crecimos con el número 23 de los Bulls odiamos un relato que atentaba contra la nostalgia de nuestra juventud. Por eso odiamos a Lebron James y jaleamos sus derrotas en las finales.

-Cuando la historia de Lebron tomó rumbo a Miami previo paso por el show televisivo de The decision, lo odiamos todavía más: se convirtió en un personaje despreciable, mercenario, arrogante y ambicioso que ansiaba el anillo por encima de todas las cosas. Representaba el valor del dinero por encima del amor a los colores.

-Cuando ganó por fin sus primeros 2 anillos consecutivos nos dolió reconocer la superioridad de sus números, y siempre, siempre fuimos con el equipo que compitiera contra él en las finales. Podía ser un gran jugador de baloncesto, no cabía duda al respecto, pero no era nuestro héroe, no amábamos su relato.

-Sonreímos cuando los vetustos Spurs de Tim Duncan, Ginóbili y Parker les barrieron con el mejor basket que se ha visto nunca. No sólo nos gustó sino que además nos pareció acertado el relato de equipo built contra equipo bought. Fundamentos contra dinero. Experiencia contra arrogancia. Talento contra músculo. Ese relato nos gustaba, ese relato nos emocionaba, ese relato era baloncesto en estado puro.

-Lebron volvió a perder una nueva final contra Curry y los GSW cuyo juego abierto, nuevo, alegre y diferente cambiaba la concepción del baloncesto a un small ball. El relato de los de Oakland era más democrático, más universal, más de todos nosotros.

Parecía el principio de una dinastía y el final definitivo del Rey destronado.

Sin embargo, la percepción de la realidad del personaje de Lebron había empezado a cambiar. Un año antes, Lebron había decidido volver a casa, sin excesivas garantías de que el cambio fuera a mejor, con el único propósito de ganar un anillo de campeón para su gente, para Cleveland, para Ohio; uno de los Estados más pobres y deprimidos de América. Por primera vez en unas finales, no queríamos que Lebron perdiera, no queríamos verle humillado, y empezó a parecernos que el baloncesto estaba siendo poco generoso con el personaje.

Sus números seguían ahí, pero su relato era distinto, había dejado de ser un personaje arrogante para convertirse en un redentor. Su relato nos era más cercano, más suave, más positivo. Aunque esa no fuera la realidad, porque la realidad no existe, esa fue nuestra percepción, y de todos es sabido que las cosas ocurren no por la «fuerza de los números», sino por la fuerza del relato.

Héroes modernos

The Imitation Game explica la historia del criptoanalista Alan Turing responsable de descifrar los códigos de la máquina Enigma de la Alemania Nazi. Este hecho fue crucial para la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. TIG es una película correcta sobre héroes “incorrectos”. Una de esas producciones solventes y bienintencionadas, que explican una historia crucial para la humanidad.

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La historia se centra en el conflicto moral de dejar morir a unos cuantos para salvar a unos muchos. Es decir, el conflicto de las grandes decisiones que siempre se toman en las alturas y no en el conflicto a ras de suelo de los mortales ciudadanos llamados a leva. No es casual que el cine comercial mainstream recoja esa tradición de historias que explican las vidas de los generales, en lugar de las de los pobres soldados. El cine comercial mainstream sigue apostando por esas grandes epopeyas como si los reyes continuaran siendo los importantes y no sus vasallos.

El personaje que interpreta Cumberbacht, que no deja de ser un vasallo al servicio de los reyes, es también una especie de Merlín, un sabio con una magia que es capaz de detener la guerra y reducir exponencialmente sus consecuencias. Si la historia y la sociedad occidental fuera como debiera, no habríamos tardado 70 años en hacer de Turing un héroe. Y sin embargo, la película -muy dulcificada- explica su triste historia: muriendo solo, apestado, sin el menor reconocimiento, castrado químicamente por su homosexualidad, su diferencia, su “enfermedad”.

¿Qué clases de héroes construimos? ¿Qué clases de héroes merecemos? ¿Qué trato les damos a los héroes? Podríamos pensar que 70 años más tarde, hemos evolucionado algo. Pero basta con echar un vistazo a los héroes que diariamente ocupan horas de televisión y radio, y encabezan las portadas de los diarios digitales con sus gestas. Nuestros héroes no son gente que haga cosas realmente extraordinarias, que salven vidas y mejoren la vida de la gente. ¿Cuántos Marie Curie, cuántos Ramón y Cajal, cuántos Picassos, cuántos Cervantes, cuántos Turings anónimos hay ahora en el mundo? ¿Y cuántos seguidores de Twitter tienen? Porque así es cómo ahora valoramos a las personas.

Sin embargo, nos da igual lo que hagan nuestros héroes modernos fuera de su ámbito profesional. Mientras rindan con sus gestas, mientras hagan su trabajo allá donde toca, nos da igual su falta de educación, sus formas, su (in)cultura; si desprecian a los periodistas y les insultan en ruedas de prensa; nos importa un pepino si (nos) defraudan a hacienda; celebramos que golpeen a sus novias; nos la suda si se follan a menores en orgías concertadas por productores de cine X metidos a criminales y a la trata de blancas. Son deportistas, son héroes, y como tales, tienen absoluta impunidad.

Parece que esas son nuestras guerras modernas y nos da igual la «enfermedad” de nuestros héroes con tal de que las ganen por nosotros.

Todo empezó con un tuit

Todo empezó con un tuit: “No lo soporto cuando me habla con condescendencia”. Apenas obtuvo 3 Favs. Sus 8917 seguidores no entendieron la broma, o pensaron que era una broma sin gracia a pesar de que nunca lo fue. Estaban acostumbrados a sus chistes ingeniosos y juegos de palabras con noticias de la actualidad política, social o deportiva.

Pocos días después, los habituales atardeceres con filtro “valencia” y los videos de sus mascotas fueron sustituidos en instagram por instantáneas que reflejaban otros aspectos de su vida: los platos por fregar, el botón suelto de una camisa deshilachada, la factura de la luz, desglosada paso a paso, incomprensible. Sus estados de Facebook empezaron a relatar cosas que preocuparon a sus casi 816 amigos: “Hace ocho meses que no veo a mi madre, y no, no la echo de menos”, o “Esperando en la cola del súper he sentido deseo por un señor mayor; durante unos segundos he fantaseado con la idea de hacerle una paja en la sección de los congelados”.

Algunos de sus amigos empezaron a escribirle mensajes directos por twitter y a abrirle chats en Facebook preguntándole qué le pasaba. Alguno le envío un emoticono tratando de animarla. Otros le hicieron preguntas por whatsapp: “¿qué te pasa, tía? ¿Estás bien? Últimamente todo lo que cuelgas es mierda. Te veo rara. Has vuelto a comer carne, ¿verdad? No eres la misma de antes”.

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Ella trató de defenderse: no le pasaba nada especial, seguía siendo la misma chica de siempre, les pidió que no se preocuparan. Pero sus amigos no la entendían. Abrieron un grupo de whatsapp (Help Sandra) para hablar de ella a sus espaldas y buscar una solución.

Carla: No entiendo nada de lo que dice.

Rosa: Está muy amargada.

Ana: No es para nada la persona que era antes.

Pablo: Echo de menos a mi amiga.

María: La gente cambia.

Pablo: Estaría bien quedar con ella y decírselo a la cara.

Carla: ¿Le preparamos una encerrona?

María: Que sea la semana que viene. Esta la tengo liadísima.

Ana: Yo voy a decirle algo ya, ni que sea por chat de Facebook.

Pablo: No la aprietes que es muy orgullosa.

Ana: No lo haré. La conozco bien.

-Tenemos que hablar -le escribió Ana en un chat-. No puedes seguir subiendo esa basura. Estás empezando a preocuparme y lo que es peor, estás empezando a preocuparnos a todos.

-¿A todos? ¿Quiénes son todos? –preguntó Sandra.

-Todos son todos. Todos te ven fatal y todos están de acuerdo en que te vendría bien algo de ayuda. ¿Has pensado hacer terapia?

-No. No quiero hacer terapia. No tengo ningún problema.

-Te conozco bien y te estás equivocando: sí tienes un problema –le dijo Ana-. Me tengo que ir, que se me ha descargado ya el capítulo. Dime algo por aquí si quieres hablar… XXX

Después de darle muchas vueltas, y dándose cuenta de que las últimas semanas había conseguido preocupar involuntariamente a sus amigos, Sandra decidió subir un post dónde explicaba lo siguiente:

Me he dado cuenta de que paso más tiempo de mi vida con vosotros por aquí, compartiendo estados de Facebook, tuits y fotos de instagram. También me he dado cuenta de que me sentía mal, vacía y falsa. Porque os he estado ocultando cosas. Hasta ahora sólo compartía aquello que os podía parecer bonito, susceptible de arrancaros un like, y escondía las cosas naturales, normales y desgraciadas de mi cotidianidad. Había empezado a sentir que os estaba mintiendo, que era un fraude con todos vosotros: mis amigos. Como ya casi nunca nos vemos (si no hay una pantalla de por medio,) no quiero que penséis que todo lo que me ocurre tiene el filtro valencia, mayfair, o rise. Hay cosas que son una mierda y quiero compartirlas con todos vosotros. Porque no quiero que penséis que vuestras cosas que son una mierda sólo os ocurren a vosotros, nos ocurren a todos, y no quiero que os sintáis igual de miserables que yo cuando las ocultáis. Eso es todo. Os quiero. Sandra”.

El post de Sandra obtuvo 211 Likes. Fue compartido 16 veces. En Twiter obtuvo: 25 RT y 87 Favs. Todos sus amigos abandonaron el grupo de whatsapp (Help Sandra), algunos aliviados, otros más confundidos.

Ninguno quedó con ella para tomar un café.