Lo que hacían mis ex-suegros

Hacía siglos que no veía a Eli. Cuando Knut era mi novio, ella salía con Kasper, su hermano dos años menor. Los Ostberg eran los noruegos altos, rubios y saludables de los apartamentos, en una época en la que los noruegos altos, rubios y saludables eran seres de otro planeta. Hubo una pelea de gatas en cuanto pisaron la urbanización, y Eli y yo salimos vencedoras.

Cuando quince años más tarde nos reencontramos, parecía que nuestra amistad de cuñadas pertenecía a una vida anterior. Nos sirvieron la primera copa de vino  y recordamos anécdotas, bromas, y chistes de los tres veranos que salimos con los hermanos Ostberg. Eli estuvo a punto de marcharse a vivir a Bergen, pero en el último momento ella o Kasper se lo pensó dos veces y se echó atrás. Eli ya no recordaba quién de los dos había sido, sólo que hubo muchas lágrimas y alguna palabra gruesa. Hablamos de lo raros que son los noruegos, o al menos, lo raros que eran los Ostberg.

Knut, le dije, tenía ataques de ira y bebía mucho, demasiado para tener apenas veinte años. Kasper tenía problemas de memoria, me dijo Eli. Se le olvidaba todo continuamente: “a veces comíamos y cenábamos pizza porque se había olvidado de que habíamos comido pizza; cada vez que me llamaba babe yo tenía la sospecha de que era porque había olvidado de mi nombre; en ocasiones me pasaba media hora esperándole y al final tenía que ir a su casa a buscarle, en cuanto me veía se llevaba las manos a la cabeza diciendo: ¿habíamos quedado?”

-Sí, eran muy raros -dije yo.

-Pero no me extraña, claro…

-¿Qué quieres decir?

-De tal palo tal astilla…

Hubo un silencio valorativo. Las dos pensamos en los Ostberg: en el señor y la señora Ostberg. Cuando estábamos terminando la botella de vino, Eli se arrancó a explicarme lo que le había pasado un día del tercer Agosto: “Kasper y yo habíamos bajado a la playa, pero se había olvidado la crema solar. Kasper estaba de mal humor y se quedó tumbado en la toalla; yo tuve que volver a su apartamento para coger la crema solar. Primero llamé al timbre pero sus padres no me abrieron, golpeé con los nudillos y finalmente tuve que abrir la puerta con las llaves de Kasper”.

“Entré de golpe pensando que no había nadie. En cuanto crucé el salón los vi: el señor Ostberg de espaldas, en cuclillas sobre un cojín en el suelo, y la señora Ostberg tumbada en el sofá, con las piernas completamente abiertas, en una situación, bueno, ya te imaginas qué situación… Estuve tentada de volver sobre mis pasos, pero no sé por qué, crucé el salón sin hacer apenas ruido. Entré en el cuarto deseando que no se hubieran percatado de mi presencia. Estaba roja como un tomate y con cierto sentimiento de culpa por haber invadido su privacidad. Recogí la crema solar, la metí en la bolsa, respiré hondo y volví sobre mis pasos, cruzando de nuevo el salón vigilando cada paso, tratando de no hacer ruido y llegar a la puerta principal en absoluto silencio”.

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“Pero entonces, el señor Ostberg levantó la mano y me saludó, con una sonrisa de oreja a oreja diciéndome: hasta luego. Me giré y allí los vi: el señor Ostberg incorporado en el sofá detrás de la señora Ostberg quien le daba la espalda, aunque en realidad lo que le daba era el culo, frotándose como dos perritos. Intenté decir algo pero me quedé muda. La señora Ostberg alzó la cabeza y con una sonrisa de otro planeta me dijo: ¿vendréis a comer, no? Y yo, quieta de pie, me quedé mirándoles, mientras ellos seguían a lo suyo, sin parar en ningún momento. La señora Ostbgerg me repitió la pregunta: ¿vendréis a comer? Y el señor Ostberg apostilló:

-Haré pasta. Al dente, como te gusta -dijo sin dejar de bombear ni un solo instante. Después me guiñó un ojo. Les dije que sí, que iríamos a comer, mientras ellos seguían a lo suyo sonrientes. Volví sobre mis pasos y me marché de allí sin mirar atrás”.

Me quedé mirando a Eli en silencio, como si de repente todo tuviera sentido. Bebí un largo trago de la copa de vino y le dije:

-¿Sabes una cosa, Eli? Eso mismo me pasó a mí.

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