El relato de los números

La madrugada del domingo al lunes, Lebron James ganaba su tercer anillo de campeón de la NBA. Lebron ha disputado 7 finales, y hasta el momento su record queda establecido en 3 victorias por 4 derrotas, lejos de las 6 victorias de Michael Jordan, lejos de los seis, siete, ocho, nueve… anillos que prometió a su llegada a Miami. Su promedio en estas finales a 7 partidos contra los Golden State Warriors han sido de 29,7 puntos; 11,3 rebotes; 8,9 asistencias; 2,6 robos y 2,3 tapones.

Esos son los números.

Aunque esos números son una realidad, no explican cómo ha cambiado nuestra percepción de Lebron James. Porque si bien es cierto que la realidad no existe y que es una convención de la que nos dotamos, sí existe el significado que le damos a la percepción de esa realidad. Y la percepción del número 23 de los Cavs ha cambiado en todos nosotros porque su historia, su relato ha cambiado.

-Primero se nos contó la historia de The chosen one, el elegido, aquel que iba a destronar a Michael Jordan del olimpo de los dioses del baloncesto. Los que crecimos con el número 23 de los Bulls odiamos un relato que atentaba contra la nostalgia de nuestra juventud. Por eso odiamos a Lebron James y jaleamos sus derrotas en las finales.

-Cuando la historia de Lebron tomó rumbo a Miami previo paso por el show televisivo de The decision, lo odiamos todavía más: se convirtió en un personaje despreciable, mercenario, arrogante y ambicioso que ansiaba el anillo por encima de todas las cosas. Representaba el valor del dinero por encima del amor a los colores.

-Cuando ganó por fin sus primeros 2 anillos consecutivos nos dolió reconocer la superioridad de sus números, y siempre, siempre fuimos con el equipo que compitiera contra él en las finales. Podía ser un gran jugador de baloncesto, no cabía duda al respecto, pero no era nuestro héroe, no amábamos su relato.

-Sonreímos cuando los vetustos Spurs de Tim Duncan, Ginóbili y Parker les barrieron con el mejor basket que se ha visto nunca. No sólo nos gustó sino que además nos pareció acertado el relato de equipo built contra equipo bought. Fundamentos contra dinero. Experiencia contra arrogancia. Talento contra músculo. Ese relato nos gustaba, ese relato nos emocionaba, ese relato era baloncesto en estado puro.

-Lebron volvió a perder una nueva final contra Curry y los GSW cuyo juego abierto, nuevo, alegre y diferente cambiaba la concepción del baloncesto a un small ball. El relato de los de Oakland era más democrático, más universal, más de todos nosotros.

Parecía el principio de una dinastía y el final definitivo del Rey destronado.

Sin embargo, la percepción de la realidad del personaje de Lebron había empezado a cambiar. Un año antes, Lebron había decidido volver a casa, sin excesivas garantías de que el cambio fuera a mejor, con el único propósito de ganar un anillo de campeón para su gente, para Cleveland, para Ohio; uno de los Estados más pobres y deprimidos de América. Por primera vez en unas finales, no queríamos que Lebron perdiera, no queríamos verle humillado, y empezó a parecernos que el baloncesto estaba siendo poco generoso con el personaje.

Sus números seguían ahí, pero su relato era distinto, había dejado de ser un personaje arrogante para convertirse en un redentor. Su relato nos era más cercano, más suave, más positivo. Aunque esa no fuera la realidad, porque la realidad no existe, esa fue nuestra percepción, y de todos es sabido que las cosas ocurren no por la “fuerza de los números”, sino por la fuerza del relato.

Iguales

La primera vez que lo vio fue en la salida del metro de Trinitat Nova. Despachaba en el quiosco acompañado de su perro Ulises, un pastor alemán que olisqueaba cada vez que se acercaba un cliente. Sus enormes cejas pobladas fueron lo que llamaron la atención de Raquel. Entonces, no le dio más importancia que la de una cara irregular que atraía las miradas como un imán. Raquel iba a una fiesta a casa de unos amigos y llegaba tarde, así que siguió su camino olvidando al quiosquero de enormes cejas, o creyendo que lo olvidaba.

La segunda vez que lo vio fue en Sant Feliu de Guíxols. Salía con un chico cuyos padres tenían una casa de playa y fue a pasar el fin de semana con él. La tarde del sábado después de hacer el amor y echarse un rato, se acercó a la carnicería a comprar unas butifarras para cenar. Guardó turno mirando al carnicero de pobladas cejas al que reconoció como el hombre del quiosco. Cuando le dieron la vez, Raquel le preguntó curiosa por su perro Ulises y el carnicero le dijo que nunca había tenido un perro. A Raquel le pareció muy extraño, ya que reconoció su voz como la de aquel hombre que vio unos meses atrás a la salida del metro de Trinitat Nova. Su cara, sus gestos, sus cejas le parecieron exactamente las mismas. Estuvo dándole vueltas y más vueltas hasta que una tarde me explicó toda la historia. A pesar de que yo insistí que bien podían ser dos personas muy parecidas, que todo el mundo tiene un doble o que podían ser hermanos gemelos separados al nacer, Raquel me pidió que la ayudara.

imgres

Yo fui a Sant Feliu de Guíxols y Raquel fue a Trinitat Nova. Estuvimos en contacto todo el tiempo a través de mensajes de texto. Ella me escribió diciéndome que estaba acercándose al quiosco y yo le respondí que ya estaba dentro de la carnicería. Como sólo había una cliente antes de mí, enseguida fui atendido. Raquel, por su parte, se acercó al quiosquero y tal y cómo habíamos acordado, los dos empezamos a registrar nuestras respectivas conversaciones con la aplicación de grabaciones de nuestros teléfonos móviles.

-Disculpe, ¿podría decirme su nombre? –le pregunté. El carnicero no pareció entender. Raquel hizo la misma pregunta al quiosquero al tiempo que yo la volví a repetir:

-¿Su nombre, por favor?

-Fernando Perea De la Rosa –contestó uno y contestó el otro con el mismo tono de voz áspero.

-¿Me podría decir en qué año nació? –le preguntamos Raquel y yo.

-¿Por qué me lo pregunta, si se puede saber? -respondieron arqueando sus cejas pobladas.

-Es simple curiosidad –contestamos.

-¿Y cuál es su nombre? También es simple curiosidad –repreguntaron el carnicero y el quiosquero con intención.

-Raquel –contestó Raquel.

-Enric –contesté yo.

Tanto el carnicero como el quiosquero y a pesar de la enorme distancia que separa Trinitat Nova de Sant Feliu de Guíxols, nos miraron de arriba abajo sin terminar de comprender a qué venía todo aquello. Después, uno y otro nos respondieron que tenían 57 años de edad, habían nacido en un pueblecito cercano a Valladolid en el año 1959, eran hijos únicos, no, no tenían ningún hermano, ni ningún familiar; tampoco tenían hijos, ni hijas, no se habían casado nunca y eran felices, amaban aquella tierra por encima de todas las cosas y no imaginaban una vida mejor que aquella.

Tanto Raquel como yo asentimos escuchándole. Raquel le dio las gracias y se despidió del quiosquero. Yo le di las gracias y me despedí del carnicero.

Tanto Raquel como yo supimos al instante que nos habíamos despedido de la misma persona.

El coche de mi hermana

Mi hermana mayor siempre dice que soy un desastre, una irresponsable y que no se puede contar conmigo… empiezo a pensar que tiene razón.

Desde principios de año, por motivos de trabajo me veo obligada a desplazarme en coche fuera de la ciudad. Aunque no me gusta conducir me propuse mejorar mi conducción. Todo marchó sobre ruedas hasta que por una avería en el motor me vi obligada a dejar el coche en el taller. Me dijeron que tardarían entre siete y diez días en repararlo. Como necesitaba un vehículo propio para desempeñar mi trabajo le pedí a mi hermana que me dejara su coche hasta que arreglaran el mío. A pesar de que no lo utilizaba nunca su primera respuesta a mi petición fue un gruñido. Después de mucho insistirle, mi hermana cedió y me explicó las mil y una cosas que tenía que hacer para que el coche no tuviera ni un sólo problema. Finalmente, me dejó las llaves exigiéndome que le devolviera el coche sin un sólo rasguño.

El lunes  a primera hora bajé al garaje descansada, duchada y lista para empezar mi semana. Me subí en el coche de mi hermana, introduje la llave de contacto, arranqué el motor, puse primera y giré a la izquierda saliendo de mi plaza. Cogí el carril central del parking y volví a girar a mano izquierda para coger la rampa de la puerta de salida. Sin embargo un ruido estremecedor me detuvo. Bajé del coche y de repente, como si hubiera aparecido de la nada una columna apareció en la puerta izquierda de atrás, convirtiéndola en una amalgama de hojalata. Durante diez minutos estuve mirando la puerta destrozada pensando qué hacer. Sabía que si llamaba al concesionario oficial mi hermana se terminaría enterando. Llamé a mi taller y me dijeron que les llevara el coche. Así lo hice. Me dijeron que podían arreglar la puerta en cuanto tuvieran una. Le pregunté cuánto iban a tardar en conseguirla y me respondieron que dos o tres semanas. Imposible, mi hermana se iba a esquiar ese mismo fin de semana. El mecánico me dijo que si no encontraba una puerta yo misma, sería imposible hacerlo antes.

Pasé los siguientes días buscando una puerta gris del modelo de coche de mi hermana por todos los concesionarios, talleres y particulares del país. Finalmente, a través de internet me puse en contacto con un desguace de Badajoz. El propietario se comprometía a hacerme llegar la puerta a la dirección de mi taller a cambio de 850 euros más los gastos de envío. Me pareció abusivo, pero no dudé en absoluto y le hice una transferencia. En 24 horas mi mecánico me llamó y me dijo que había recibido la puerta. Justo antes del viernes en que mi hermana necesitaba el coche para ir a esquiar, fui al taller. Allí me di cuenta de que la puerta no quedaba bien. Era un gris-gris, y el gris del coche era un gris metalizado. Se notaba muchísimo que la puerta no era la puerta original. Quedaba mal, mi hermana se daría cuenta, me iba a caer una buena bronca y con razón. Estaba absolutamente perdida.

Llorando a moco tendido, pagué al mecánico tirando de tarjeta. Me subí al coche absolutamente destrozada y conduje hasta casa de mi hermana. Sabía lo que me iba a decir: que no sabía conducir, que no se podía confiar en mí, que era un desastre, una irresponsable y que era la última vez que me prestaba nada de nada. Sabía que tenía razón, pero no quería oírlo. No tenía los nervios templados para aguantar el chorreo. Por eso cuando entré en su casa y la encontré en la terraza de su séptimo piso con esa sonrisa de suficiencia que siempre tiene, sosteniendo un vermut en su mano izquierda y llevándose la aceituna a la boca con su mano derecha, en cuanto abrió la boca y dijo qué tal hermanita, le empujé con todas mis fuerzas y la tiré por el balcón.