Hoy por fin he soñado con Rosario Dawson-Parte IV

Llegamos en silencio a casa, que aunque no era mi casa, parecía mi casa. Dejé las llaves dónde suelo dejar las llaves, y Mia apareció y se tumbó a nuestros pies para que la acariciara. Se dejó a acariciar un rato por mí y en cuanto Rosario quiso hacer lo mismo, Mia le dio un mordisco territorial. Rosario la miró con condescendencia y se acercó a la nevera. Sacó una cerveza fría para mí y otra para ella. Después nos sentamos en las tumbonas y miramos el mar desde la terraza de una casa que era mi casa, pero que no era mi casa, porque desde mi casa no se ve el mar a simple vista. Las olas golpeaban contra la escollera y no había nadie más que nosotros.

Continuamos en silencio el resto de la tarde hasta que oscureció, cogidos de la mano, evitando mirar atrás dónde el elefante rosa literal y metafórico comía unos cacahuetes circenses. Cuando se hizo completamente de noche, Rosario reptó desde su tumbona a la mía y se subió encima mío a horcajadas. Me abrazó y sentí su pecho contra el mío, al tiempo que una ola rompía violenta contra las rocas. Le besé en el cuello y deslicé con suavidad el tirante de su camiseta. Ella me devolvió el beso en los labios y abrimos nuestras bocas haciendo que el sueño zozobrara con la brisa. No estoy seguro de lo que ocurrió después, o si lo recuerdo no creo que valga la pena detallarlo aquí; creo que este momento de intimidad lo guardo para Rosario y para mí.

Después, el sueño empezó a desvanecerse y desperté

Miré a los lados y la busqué en mi cama, dónde ya no había rastro de Rosario. La sensación implacable de realidad me invadió con un dolor hueco en la boca del estómago. Mia se acurrucaba a mis pies, encerrándose sobre sí misma, ajena a mis desvaríos. Miré la hora del reloj: las 6:41. Me había despertado mucho antes de que sonara el despertador y por eso tenía tan vívido el recuerdo del sueño. A toda velocidad apunté todos los detalles y todas las situaciones del sueño. Cuando terminé de escribirlo, supe que no volvería a dormirme.

Tras pasar por el baño, me preparé el desayuno y fui andando hacia el salón a pesar de que las piernas todavía me flaqueaban de cansancio. La casa parecía más vacía que nunca y sentí su ausencia como se sienten las ausencias cuando son imprevistas: irreales y disruptivas. Tuve la sensación de que Rosario se hubiera marchado antes de haber cerrado un capítulo, como si nuestra historia no hubiera terminado, como si nuestra función aún tuviera un último acto que quisiera ser representado. No obstante, recordé lo que me dijo acerca de la realidad y los sueños, sobre las ficciones y las verdades. Yo sabía que la vida es muchísimo más insatisfactoria que la ficción, donde la causalidad de las cosas es irreal, y siempre viene determinada por nuestra necesidad de dotar de sentido a nuestras vidas porque somos animales narrativos, que es lo mismo que decir que somos animales heridos por la infatigable búsqueda de sentido existencial.

Pensaba en todas estas cosas y quizás en ninguna, cuando mi smartphone me avisó de la recepción de un mensaje en mi correo electrónico. Pensé que sería algo de trabajo, porque los guionistas damos la impresión de no trabajar cuando estamos trabajando y cuando hacemos vacaciones el mundo conspira para no dejarnos descansar.

Abrí el correo electrónico y con el asunto: “Tus sueños”, Rosario Dawson me escribía un mail que empezaba así:

“Querido Enric.

Sé que no nos conocemos de nada, y quizás todo esto te parezca una locura. He conseguido tu email buscando en tu blog, y después de dar muchas vueltas me he decidido a escribirte.

Sé que sonará raro, pero anoche soñé contigo…”

¿Continuará?

Hoy por fin he soñado con Rosario Dawson-Parte III

Matamos a Pablo Motos sin saña, porque no somos asesinos. Le esperamos a la salida de su chalet veraniego. “Es una casa demasiado sencilla para alguien que hace tanto daño” dijo Rosario. En cuanto apareció por la puerta principal, Rosario le disparó dos veces: una en el pecho y otra en la boca del estómago haciéndole caer de rodillas. La sangre emanó de su boca y su rostro mostraba perplejidad. Me acerqué hacia él, apunté mi arma y vi como toda su vida pasaba en un segundo por sus ojos, obligado a tragarse todas las horas de televisión que había producido, todas las entrevistas a famosos, su humor de cuñado, sus masajes a políticos de derechas, a trancas y barrancas y toda la bazofia comprimida en un timeline de un solo segundo. Entonces y sólo entonces, le dispararé a bocajarro dos veces: una en la cabeza y otra en el corazón, o una bala dónde se supone que tiene la cabeza y otra bala dónde se supone que tiene el corazón.

Rosario y yo condujimos toda la noche en silencio de vuelta a algún lugar.
-Ya no soy sólo un agente del cambio. Ahora soy un agente de la revolución contracultural –le dije a Rosario.
-Bienvenido a la revolución. ¿Cómo te sientes?
-Invencible –después de un tiempo pensando le pregunté a Rosario-: ¿Por qué abandonamos la lucha armada?
-Fue un error político; el sistema nunca abandonó la lucha armada –dijo Rosario en un contraplano en B/N.

A través del retrovisor vi un elefante rosa en los asientos de atrás y dije redundante: “hay un elefante rosa detrás”. No era solo una expresión, literalmente había un elefante rosa sentado detrás, rompiendo la lógica del sueño, si es que un sueño puede tener lógica. Los dos supimos que no era sólo una metáfora y a los dos nos embargó una melancolía onírica muy poderosa. Conduje con la mano izquierda, y con la derecha le agarré la mano a Rosario, quien me la apretó con fuerza. Aunque el elefante rosa literal podía esperar, los dos sabíamos que teníamos que enfrentarnos al elefante rosa metafórico.
-No eres Rosario Dawson –le dije por fin.
-No. No lo soy.
-Eres la imagen de Rosario Dawson que mi subconsciente tiene de ti.
-Exacto.
-Nada de todo esto es real –le dije con pesar.
-De eso no estoy tan segura. ¿Puedes asegurar que los sueños no son reales?, ¿puedes afirmar que las ficciones no son verdad?, ¿acaso no están plagadas de mentiras, proyecciones e invenciones todas las relaciones humanas? –preguntó certera, sin esperar respuesta.
-Quiero decir…
-Sé lo que quieres decir –me cortó-. ¿Tú eres feliz, Enric?
-Ahora mismo sí. Acabamos de matar a Pablo Motos, ¿quién no sería feliz?
-Eso es lo único que importa. Que sea un sueño, que sea verdad o mentira da igual.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Vas a seguir soñando…

Continuará…

El relato de los números

La madrugada del domingo al lunes, Lebron James ganaba su tercer anillo de campeón de la NBA. Lebron ha disputado 7 finales, y hasta el momento su record queda establecido en 3 victorias por 4 derrotas, lejos de las 6 victorias de Michael Jordan, lejos de los seis, siete, ocho, nueve… anillos que prometió a su llegada a Miami. Su promedio en estas finales a 7 partidos contra los Golden State Warriors han sido de 29,7 puntos; 11,3 rebotes; 8,9 asistencias; 2,6 robos y 2,3 tapones.

Esos son los números.

Aunque esos números son una realidad, no explican cómo ha cambiado nuestra percepción de Lebron James. Porque si bien es cierto que la realidad no existe y que es una convención de la que nos dotamos, sí existe el significado que le damos a la percepción de esa realidad. Y la percepción del número 23 de los Cavs ha cambiado en todos nosotros porque su historia, su relato ha cambiado.

-Primero se nos contó la historia de The chosen one, el elegido, aquel que iba a destronar a Michael Jordan del olimpo de los dioses del baloncesto. Los que crecimos con el número 23 de los Bulls odiamos un relato que atentaba contra la nostalgia de nuestra juventud. Por eso odiamos a Lebron James y jaleamos sus derrotas en las finales.

-Cuando la historia de Lebron tomó rumbo a Miami previo paso por el show televisivo de The decision, lo odiamos todavía más: se convirtió en un personaje despreciable, mercenario, arrogante y ambicioso que ansiaba el anillo por encima de todas las cosas. Representaba el valor del dinero por encima del amor a los colores.

-Cuando ganó por fin sus primeros 2 anillos consecutivos nos dolió reconocer la superioridad de sus números, y siempre, siempre fuimos con el equipo que compitiera contra él en las finales. Podía ser un gran jugador de baloncesto, no cabía duda al respecto, pero no era nuestro héroe, no amábamos su relato.

-Sonreímos cuando los vetustos Spurs de Tim Duncan, Ginóbili y Parker les barrieron con el mejor basket que se ha visto nunca. No sólo nos gustó sino que además nos pareció acertado el relato de equipo built contra equipo bought. Fundamentos contra dinero. Experiencia contra arrogancia. Talento contra músculo. Ese relato nos gustaba, ese relato nos emocionaba, ese relato era baloncesto en estado puro.

-Lebron volvió a perder una nueva final contra Curry y los GSW cuyo juego abierto, nuevo, alegre y diferente cambiaba la concepción del baloncesto a un small ball. El relato de los de Oakland era más democrático, más universal, más de todos nosotros.

Parecía el principio de una dinastía y el final definitivo del Rey destronado.

Sin embargo, la percepción de la realidad del personaje de Lebron había empezado a cambiar. Un año antes, Lebron había decidido volver a casa, sin excesivas garantías de que el cambio fuera a mejor, con el único propósito de ganar un anillo de campeón para su gente, para Cleveland, para Ohio; uno de los Estados más pobres y deprimidos de América. Por primera vez en unas finales, no queríamos que Lebron perdiera, no queríamos verle humillado, y empezó a parecernos que el baloncesto estaba siendo poco generoso con el personaje.

Sus números seguían ahí, pero su relato era distinto, había dejado de ser un personaje arrogante para convertirse en un redentor. Su relato nos era más cercano, más suave, más positivo. Aunque esa no fuera la realidad, porque la realidad no existe, esa fue nuestra percepción, y de todos es sabido que las cosas ocurren no por la “fuerza de los números”, sino por la fuerza del relato.