Aki Shikibu

Aki Shikibu es una poetisa de 67 años de origen japonés. Es poco conocida porque todos sus libros son un canto a las cosas pequeñas. En una entrevista en 1998 decía de su obra “Fin” que había tratado de introducir los mínimos elementos posibles en la composición de sus haikus. En “No”, escribía 32 poemas donde condensaba en pocos versos toda la belleza de la negación. Cuando leía los versos de su poemario “Sí” y miraba la solapa del libro editado por “Cuadernos imperiales”, su rostro impenetrable parecía decirme que en la brevedad estaba la esencia de lo que somos.
Supe que había emigrado después del desastre de Fukushima. Lo que no sabía dónde. Cuando la vi, enseguida la reconocí: la escultora del tiempo breve. No quería parecer un groupie, pero me acerqué y dije su nombre a modo de pregunta:
-¿Aki Shikibu?
Levantó la mirada del cuaderno donde estaba escribiendo y me sonrió, diciéndome que sí, que era ella. Me invitó a sentarme. Me presenté con mi rudimentario inglés de BUP y me explicó en qué andaba metida: la brevedad ya no era el tema central de su obra, estaba ocupada en esfuerzos más largos, cada vez más progresivos, buscando un flujo de conciencia narrativo que expresara el paso del tiempo, como una gota que golpea continuamente, moldeando la roca. Había abandonado la precisión del haiku y con una representación posmoderna de la novela digresiva trataba de radiografiar los largos espacios muertos de una mujer que espera y mira la muerte de cerca, dos horas de ida y dos horas de vuelta, cada día.
-¿Por eso está escribiendo aquí? -le pregunté.
-Sí, así es. Me ayuda a encontrar esa sensación de tiempo muerto estancado en el vacío, eterno, casi cuántico, en el que veo más allá de mi muerte y de mi pensamiento -dijo mientras miraba el paisaje estancado, a través de la ventana del vagón de Rodalies Renfe que iba con retraso, en dirección a Montcada-Bifurcació.

En la sala de espera…

Hoy en la sala de espera del médico, sentados junto a mí, una pareja se reía de los nombres y apellidos de los pacientes. Llamaban a Diana Hernández y se miraban entre ellos, partiéndose de risa. Después, él hacía un gesto como de tirar un dardo y ella se mondaba, como si fuera la ocurrencia más divertida del mundo.
La megafonía anunciaba que era el turno de Joaquín Segura y los dos se quedaban pensativos, recordando a un tal Joaquín, preguntándose qué habrá sido de ese rostro del pasado. A él le han brillado los ojos cuando ella ha dicho: “segura-mente estará muerto” y se han echado a reír como si no hubieran normas de conducta en los hospitales.
Cuando ha sido mi turno, los dos han dado un respingo y han permanecido en silencio. Han aguantado la respiración mientras yo me he levantado y he cruzado el pasillo, pero cuando he llegado a la puerta de la consulta, ya no han podido resistirse más: ella ha exhalado una pedorreta al tiempo que él repetía una y otra vez mi apellido con lágrimas en los ojos: Pardo, decía, se llama Pardo…
Ella no tendría menos de 70 y él rondaría los 80, quizás los 85 años de edad.