Llamadas

-¿Está Joan?

-No…

-¿Sabes cuándo llegará?

-No, perdona, es que creo que te equivocas, aquí no vive ningún Joan…

No me dejó terminar la frase. Colgó y empecé a oír el tono intermitente de pérdida de señal. Pensé que era un sonido de otra época, casi de otra vida. Un sonido que me recordaba a meriendas azucaradas, dibujos animados y llamadas de teléfono interminables. Una época que hacía mucho que había pasado y que casi se fue sin darnos cuenta. Antes, cuando llamaban a casa se producían unos segundos de maravillosa tensión dramática: ¿quién llamará?, ¿qué querrá?, ¿será para mí, para mamá, para mi hermana? La gente rara vez se equivocaba al llamar. Una llamada valía dinero, una llamada era importante emocionalmente para el que la hacía y para el que la recibía. Una llamada no se hacía a la ligera. Ahora, cuando alguien llama al teléfono fijo para mantener una conversación suele informar previamente de que lo hará. Quienes llaman sin avisar suelen trabajar en multinacionales que quieren venderte algo. Hay veces que incluso no cojo el teléfono, hay gente que vive sin él.

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Aquella llamada me encontró justo al lado del teléfono y decidí descolgarlo de mala gana. Escuché la voz de la mujer desesperada y quebradiza preguntar por Joan. Una vez colgó el teléfono, me quedé cerca por si volvía a llamar, pero no fue así. Supuse que volvería a marcar introduciendo el número correctamente y habría conseguido contactar con Joan.

Dos días más tarde volvió a sonar el teléfono fijo. Estaba sentado frente a mi portátil y dudé seis tonos en levantarme, siete en acercarme y ocho en descolgar.

-¿Está Joan? –me preguntó la misma voz de mujer, igual o quizás más nerviosa.

-Perdona, pero te vuelves a equivocar: aquí no vive ningún Joan -le dije.

-¿Estás seguro? –me preguntó.

Le respondí que sí lo estaba y ella enumeró una a una las cifras que componían el número de mi teléfono, tratando de cerciorarse de que no se había equivocado al marcar. Le dije que era correcto, ese era mi número.

-¿Y cuánto hace que lo tienes?

-Desde que me mudé a esta casa. En noviembre hará unos seis años.

-Seis años, claro, seis años, todo encaja… -dijo para después quedarse en silencio unos segundos y finalmente colgar.

¿Qué quería decir con que todo encajaba?, ¿qué había ocurrido hacía seis años?, ¿y sobre todo, por qué era tan importante contactar con Joan seis años después? A pesar de que mi imaginación se disparó, era consciente de que esas preguntas no obtendrían respuesta. Traté de no darle importancia y olvidar el asunto hasta que tres noches más tarde el teléfono volvió a sonar insistentemente. Salí del dormitorio descalzo, a toda velocidad, crucé el pasillo con prisa y descolgué furioso el teléfono al tiempo qué decía:

-¿¡Quién es?!

-¿Está Joan? –preguntó la misma voz desesperada y quebradiza de las otras veces.

-¡Soy yo! -le dije gritando-. ¿Quién eres?, ¿qué quieres a estas horas?

-Soy Laura. Toma papel y boli y apunta el siguiente número de teléfono.

-Un momento -le dije aturdido, mientras buscaba papel y boli.

Hice lo que me dijo y apunté un número de teléfono fijo de Barcelona que me dictó. Después añadió:

-Es el teléfono de Alicia. Pregunta por ella, es muy importante, tienes que preguntar por ella, cada día, hasta que te responda. Es cuestión de vida o muerte, ¿lo entiendes?

-¿De vida o muerte? ¿Pero de qué hablas?

-No hables con nadie de esto. Llama hasta que Alicia te responda, si no lo haces, morirán.

-¿Quiénes morirán?

-Si no llamas a Alicia, pensarán que son inútiles, desaparecerán para siempre. Acabarán con ellos, ya han empezado, hace seis años…

-Pero, ¿de qué hablas? ¿Quiénes están en peligro?

-Todos ellos. Todos los teléfonos fijos.

Después colgó. Y volvió a sonar el tono intermitente de pérdida de señal.

Me fui a la cama pensando que la broma no tenía ninguna gracia, tenía la impresión de que aquella mujer tenía serios problemas mentales. Me acosté prometiéndome a mí mismo que no pensaba llamar a ninguna Alicia, ni al día siguiente, ni nunca. Me desperté y seguí con mi vida como si nada hubiera pasado. Sin embargo, caída la tarde, después del café, se me despertó el apetito. Fui a la nevera y tomé una merienda azucarada como las que solía tomar en otra época. Al terminarla, eché un vistazo al papel dónde había apuntado el número de teléfono.

Cada día llamo a Alicia dos o tres veces. De momento no lo coge, pero sé que tarde o temprano me responderá.

El fin de una época

La primera vez que jugó al ajedrez, su madre le dijo que le compraría un refresco de cola si ganaba. Algunos decían que en aquella primera ocasión ganó la partida; como no tenía dinero, su madre se vio obligada a robar para cumplir la promesa. Algunos contaban que, por el contrario, la paliza que su madre le dio fue tal, que estuvo estudiando todos los movimientos, leyendo libros y viendo partidas hasta que alcanzó tal maestría que la siguiente partida la ganó en tan sólo nueve movimientos. Quizás no fuera casual que las dos historias terminaran con la victoria del niño. Lo que ocurrió después lo explicó la madre un millón de veces a los periodistas que trataban de sacar todo el jugo a su historia: “viéndole beber la cola pensé que mi hijo tenía un don, un don que merecía la pena ser desarrollado y entrenado, es la obligación de toda madre comprobar hasta dónde es capaz de llegar su hijo”.

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Primero empezó a competir en pequeñas partidas en la casa de la cultura de su pueblo, después en pequeños certámenes por toda la comarca, competiciones regionales, nacionales, etc. Luego vino el reportaje en El País Semanal, llamadas de radios, giras por todos los rincones de el país en la que cada vez se le ponían más y más retos al pequeño Alfil. En Zamora consiguió librar (y ganar) cien partidas simultáneas contra señores con bigote que le triplicaban la edad. Fue cuando venció a todos las caras famosas de RTVE en un número espectacular en el Un, dos, tres cuando el país se enamoró de él. “Nunca fui más feliz que en aquella época” –dijo tiempo más tarde en un plató de televisión que explotaba la nostalgia-: “cuando terminaba de jugar, mi madre siempre tenía en la mano un refresco de cola para mí”. A pesar de que le pusieron en la tesitura, el pequeño Alfil, que ya no era tan pequeño, ni tampoco tan Alfil, no quiso romper su silencio en aquel plató acerca de G-Max-1997. A pesar del tiempo que había pasado, parecía evidente que no había logrado olvidarlo.

La primera vez que vimos al robot fue en el Un, dos, tres. G-Max-1997 apareció retándole con su voz metálica y su apariencia humanoide, conectado por unos cables a una consola portátil del tamaño de un armario empotrado: “Soy G-Max-1997, vengo del futuro y reto a aquel que llaman el pequeño Alfil, el mago del ajedrez, a una partida final para descubrir quién es superior: el niño o la máquina.”

Cuando el pequeño Alfil aceptó jugar contra G-Max-1997 todos nos sentimos orgullosos, de alguna manera sentíamos que estaba luchando por todos nosotros. El siguiente viernes, en el Un, dos, tres hicieron un especial centrado en el acontecimiento. Fueron tres horas de televisión que nunca olvidaremos. De una tensión, de un silencio, de una emoción contenida jamás vista. ¡Pura televisión! Chicho Ibáñez Serrador introdujo un largo y dramático Primer Plano del robot cuando dijo las palabras: jaque mate. El contraplano del pequeño Alfil era la expresión de la desolación y con él una generación entera se sintió desfallecer. No nos lo podíamos creer. El pequeño Alfil había sido derrotado por una máquina, y con él, todos nosotros.

A partir de ahí el absoluto declive. En algunos lugares le contrataban sólo para reírse de él. La gente le gritaba: “¿te da miedo mi reloj-calculadora? ¿Tienes miedo al futuro? ¡Eres un fraude!” Tanto él como su madre se dieron cuenta de que la aparición de GMax-1997 no sólo era el fin de su negocio, sino también el fin de una época: la gente ya no quería pagar dinero por ver cómo hacía magia con las piezas; ahora la gente quería robots que hiciesen magia por ellos. De alguna manera, aquello fue el final de nuestra infancia.

Anoche anunciaron el fallecimiento de el pequeño Alfil después de una larga enfermedad. Twitter se ha llenado de comentarios nostálgicos y en nuestros muros de Facebook hemos empezado a compartir los vídeos del Un, dos tres que TVE ha subido estratégicamente a Youtube. Uno de ellos se ha hecho rápidamente viral. Es un vídeo de despedida donde el pequeño Alfil (ya no tan pequeño, y ya no tan Alfil) explica hablando a cámara aquello que no quiso contar nunca antes:

“Al finalizar la grabación de aquel programa especial dónde G-Max-1997 me derrotó, mi madre me vio en tal estado de shock que me ofreció un refresco de cola aunque no hubiera ganado. Yo le dije que no, que había perdido contra la máquina, y que por tanto no lo merecía. Mi madre me acarició la cabeza al tiempo que el público empezó a marcharse. Recuerdo sus rostros aturdidos y tristes. Algunos me miraban decepcionados con auténtico resquemor. Fui al camerino donde la maquilladora retiró el maquillaje ya convertido en una pasta informe a causa de mis lágrimas. Fue entonces cuando quise darle un último vistazo a G-Max-1997, y preguntarle cómo había hecho aquel último movimiento, si es que no se había marchado ya de vuelta al futuro. Fui al plató, me acerqué hasta el robot y de repente vi una hilera de humo salir de la enorme consola. Me acerqué para apagar el fuego que estaba convencido debía haberse producido a causa de un cortocircuito en sus cables, chips y procesadores internos. Cuando me acerqué y vi a un anciano enjuto de espesas cejas, vestido con un traje de neopreno y fumando un cigarrillo me di cuenta del embuste. Él me miró y me sonrió.

-Hola, pequeño Alfil, por fin nos conocemos –me dijo con voz cansada.

No supe que responderle. A pesar del movimiento y el ruido de los focos y cables, el silencio en aquel plató de los estudios en Torre España era ensordecedor. Le miré de arriba abajo y sólo pude mascullar una pregunta:

-¿Por qué?

-Porque nadie quiere pagar dinero por ver a un anciano ganar a un niño, ¿pero pagar dinero por ver a un robot darle una paliza a un niño? Eso es algo nuevo, eso es algo nunca visto, eso es algo que vale dinero -dijo.

Apuró su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo pisó asegurándose que quedaba completamente apagado. Después el anciano me invitó a un refresco. Nos sentamos a observar a los técnicos retirando los plafones, el decorado, los cables y toda la tramoya en absoluto silencio. Juntos disfrutamos de nuestros refrescos de cola.

A pesar de la derrota, me supo como todos los otros refrescos”.

La gamuza azul

La primera vez que quise matar a un hombre tan sólo tenía nueve años. Fue en un trayecto en tren. Iba con mi padre a visitar a unos tíos a los que no tenía ningún aprecio. Salimos de casa sin apenas desayunar porque papá se había quedado dormido. Por aquella época me habían puesto gafas y aún no me había acostumbrado a llevarlas. Continuamente se empañaban, tenían brillos o se ensuciaban. Yo utilizaba una gamuza azul para limpiar el vidrio. Mi padre, que había nacido con gafas, me decía que me estuviera quieta, que iba a desencajarlas de tanto frotar el cristal. Yo le decía que sí con la cabeza y cuando no miraba, volvía a frotarlas.

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A mitad de camino fui al lavabo. Sentada en el retrete, volví a limpiar mis gafas sucias, sin darme cuenta de que el problema no era el cristal sino que todavía no me había acostumbrado a las lentes. Salí y volví a sentarme al lado de mi padre. Al rato, vi como un hombre grave y corpulento entraba en el lavabo. Miré el paisaje a través de la ventanilla. Me pareció horroroso y triste. Entonces, me di cuenta de que había un pequeño brillo en la lente derecha y me puse a limpiarla. Sin embargo, en ninguno de mis bolsillos encontré la gamuza. Le dije a mi padre que tenía que volver al lavabo y asintió con cierta despreocupación. Esperé a que el hombre grave y corpulento terminara y en cuanto salió me puse a buscar mi gamuza. Estuve unos cinco minutos dentro del lavabo hasta que alguien golpeó la puerta, obligándome a salir sin haberla encontrado.

Cuando volví a mi asiento, me di cuenta de que aquel hombre grave y corpulento limpiaba sus gafas con una gamuza azul muy parecida a la mía. Supe que se trataba de mi gamuza cuando una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Era la clase de sonrisa que mi padre lucía cuando ganaba su equipo de fútbol, o cuando me hacía trampas a las cartas. La clase de sonrisa que delata a los culpables. Los dos nos quedamos mirando hasta que no pude más y me acerqué a él. Me quedé de pie con la cara a escasos centímetros de la suya. Tenía ganas de gritarle: ¡sucio ladrón! Tenía ganas de hacerle daño, de golpearle, de asesinarlo.

-¿Qué quieres chiquilla? -me preguntó.

-Esa gamuza.

-¿Te gusta mi gamuza?

-Sí, tenía una igual pero la he perdido.

-¿La quieres?

-¿Te la has encontrado en el excusado?

-No, es mía.

-Eso es mentira -le dije entre dientes.

-No, es verdad. Pero si quieres te la doy.

-Sí, por favor.

-Toma -me dijo dándome la gamuza con su sonrisa de culpable.

Volví a mi asiento cuando mis piernas estaban a punto de fallar; tenía el pulso acelerado, el corazón a punto de estallar y las mejillas en llamas. Y al mismo tiempo tenía una infinita satisfacción: había conseguido desenmascarar al ladrón y recuperar mi gamuza.

Papá me miró y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que nunca había estado mejor. Entonces mi padre se quitó sus antiguas gafas, las tomó con las yemas de los dedos apoyándolas en su abdomen y empezó a limpiarlas con una gamuza azul.

Después me la devolvió diciéndome: “toma tu gamuza, que te la he cogido antes”.

Iguales

La primera vez que lo vio fue en la salida del metro de Trinitat Nova. Despachaba en el quiosco acompañado de su perro Ulises, un pastor alemán que olisqueaba cada vez que se acercaba un cliente. Sus enormes cejas pobladas fueron lo que llamaron la atención de Raquel. Entonces, no le dio más importancia que la de una cara irregular que atraía las miradas como un imán. Raquel iba a una fiesta a casa de unos amigos y llegaba tarde, así que siguió su camino olvidando al quiosquero de enormes cejas, o creyendo que lo olvidaba.

La segunda vez que lo vio fue en Sant Feliu de Guíxols. Salía con un chico cuyos padres tenían una casa de playa y fue a pasar el fin de semana con él. La tarde del sábado después de hacer el amor y echarse un rato, se acercó a la carnicería a comprar unas butifarras para cenar. Guardó turno mirando al carnicero de pobladas cejas al que reconoció como el hombre del quiosco. Cuando le dieron la vez, Raquel le preguntó curiosa por su perro Ulises y el carnicero le dijo que nunca había tenido un perro. A Raquel le pareció muy extraño, ya que reconoció su voz como la de aquel hombre que vio unos meses atrás a la salida del metro de Trinitat Nova. Su cara, sus gestos, sus cejas le parecieron exactamente las mismas. Estuvo dándole vueltas y más vueltas hasta que una tarde me explicó toda la historia. A pesar de que yo insistí que bien podían ser dos personas muy parecidas, que todo el mundo tiene un doble o que podían ser hermanos gemelos separados al nacer, Raquel me pidió que la ayudara.

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Yo fui a Sant Feliu de Guíxols y Raquel fue a Trinitat Nova. Estuvimos en contacto todo el tiempo a través de mensajes de texto. Ella me escribió diciéndome que estaba acercándose al quiosco y yo le respondí que ya estaba dentro de la carnicería. Como sólo había una cliente antes de mí, enseguida fui atendido. Raquel, por su parte, se acercó al quiosquero y tal y cómo habíamos acordado, los dos empezamos a registrar nuestras respectivas conversaciones con la aplicación de grabaciones de nuestros teléfonos móviles.

-Disculpe, ¿podría decirme su nombre? –le pregunté. El carnicero no pareció entender. Raquel hizo la misma pregunta al quiosquero al tiempo que yo la volví a repetir:

-¿Su nombre, por favor?

-Fernando Perea De la Rosa –contestó uno y contestó el otro con el mismo tono de voz áspero.

-¿Me podría decir en qué año nació? –le preguntamos Raquel y yo.

-¿Por qué me lo pregunta, si se puede saber? -respondieron arqueando sus cejas pobladas.

-Es simple curiosidad –contestamos.

-¿Y cuál es su nombre? También es simple curiosidad –repreguntaron el carnicero y el quiosquero con intención.

-Raquel –contestó Raquel.

-Enric –contesté yo.

Tanto el carnicero como el quiosquero y a pesar de la enorme distancia que separa Trinitat Nova de Sant Feliu de Guíxols, nos miraron de arriba abajo sin terminar de comprender a qué venía todo aquello. Después, uno y otro nos respondieron que tenían 57 años de edad, habían nacido en un pueblecito cercano a Valladolid en el año 1959, eran hijos únicos, no, no tenían ningún hermano, ni ningún familiar; tampoco tenían hijos, ni hijas, no se habían casado nunca y eran felices, amaban aquella tierra por encima de todas las cosas y no imaginaban una vida mejor que aquella.

Tanto Raquel como yo asentimos escuchándole. Raquel le dio las gracias y se despidió del quiosquero. Yo le di las gracias y me despedí del carnicero.

Tanto Raquel como yo supimos al instante que nos habíamos despedido de la misma persona.

Hablar

La primera vez que lo vi andaba a grandes pasos sobre la cinta de correr. Era hora punta en el gym. En cuanto la cinta se aceleró se puso a correr frenéticamente durante tres minutos. Después, volvió a andar con amplias zancadas a intervalos regulares dirigido por uno de esos programas quema-grasas. Me llamó la atención que tanto si corría como si andaba no paraba de hablar. Con órdenes directas y voz firme iba ordenando qué es lo que se tenía que hacer. Después, se detuvo y empezó a asentir, como si estuviera escuchando con mucha atención lo que le decían. Deduje que debía estar hablando con alguien utilizando su móvil con el manos libres.

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Di una vuelta por el gimnasio hasta rodearle. Me fijé en el panel electrónico de la máquina y me di cuenta que en la repisa no había ningún teléfono. Tampoco en ninguna de sus manos. La cinta de correr contigua a la suya quedó libre y me subí en ella. Puse un programa cualquiera y empecé a escuchar su monólogo. “Te lo tengo dicho… si hacemos las cosas de cualquier manera, pues claro… es un desastre… yo sólo digo eso: es de muy mal jefe tener a un trabajador encabronado”. Entonces, le miré y casi sin darme cuenta se me escapó:

-Disculpa, ¿estás hablando solo?

-Sí -dijo el tipo después de mirarme de arriba abajo mientras se preparaba para un acelerón.

-Es que le he visto desde allí y me ha parecido, pero… Vamos que he pensado que igual estarías hablando por el móvil o…

-No, no. Estoy hablando solo.

-Ah -acerté a decir. Me miró de soslayo y notó que esperaba algún tipo de explicación por mi parte. Al cabo de unos segundos, muy amablemente me la dio:

-Ahora, con todo el mundo hablando por el móvil, los que hablamos solos pasamos desapercibidos -me dijo.

-Ah, ¿y por qué habla solo?

-Porque a veces necesito tener la razón -me dijo.

Y entonces empezó a correr.

El coche de mi hermana

Mi hermana mayor siempre dice que soy un desastre, una irresponsable y que no se puede contar conmigo… empiezo a pensar que tiene razón.

Desde principios de año, por motivos de trabajo me veo obligada a desplazarme en coche fuera de la ciudad. Aunque no me gusta conducir me propuse mejorar mi conducción. Todo marchó sobre ruedas hasta que por una avería en el motor me vi obligada a dejar el coche en el taller. Me dijeron que tardarían entre siete y diez días en repararlo. Como necesitaba un vehículo propio para desempeñar mi trabajo le pedí a mi hermana que me dejara su coche hasta que arreglaran el mío. A pesar de que no lo utilizaba nunca su primera respuesta a mi petición fue un gruñido. Después de mucho insistirle, mi hermana cedió y me explicó las mil y una cosas que tenía que hacer para que el coche no tuviera ni un sólo problema. Finalmente, me dejó las llaves exigiéndome que le devolviera el coche sin un sólo rasguño.

El lunes  a primera hora bajé al garaje descansada, duchada y lista para empezar mi semana. Me subí en el coche de mi hermana, introduje la llave de contacto, arranqué el motor, puse primera y giré a la izquierda saliendo de mi plaza. Cogí el carril central del parking y volví a girar a mano izquierda para coger la rampa de la puerta de salida. Sin embargo un ruido estremecedor me detuvo. Bajé del coche y de repente, como si hubiera aparecido de la nada una columna apareció en la puerta izquierda de atrás, convirtiéndola en una amalgama de hojalata. Durante diez minutos estuve mirando la puerta destrozada pensando qué hacer. Sabía que si llamaba al concesionario oficial mi hermana se terminaría enterando. Llamé a mi taller y me dijeron que les llevara el coche. Así lo hice. Me dijeron que podían arreglar la puerta en cuanto tuvieran una. Le pregunté cuánto iban a tardar en conseguirla y me respondieron que dos o tres semanas. Imposible, mi hermana se iba a esquiar ese mismo fin de semana. El mecánico me dijo que si no encontraba una puerta yo misma, sería imposible hacerlo antes.

Pasé los siguientes días buscando una puerta gris del modelo de coche de mi hermana por todos los concesionarios, talleres y particulares del país. Finalmente, a través de internet me puse en contacto con un desguace de Badajoz. El propietario se comprometía a hacerme llegar la puerta a la dirección de mi taller a cambio de 850 euros más los gastos de envío. Me pareció abusivo, pero no dudé en absoluto y le hice una transferencia. En 24 horas mi mecánico me llamó y me dijo que había recibido la puerta. Justo antes del viernes en que mi hermana necesitaba el coche para ir a esquiar, fui al taller. Allí me di cuenta de que la puerta no quedaba bien. Era un gris-gris, y el gris del coche era un gris metalizado. Se notaba muchísimo que la puerta no era la puerta original. Quedaba mal, mi hermana se daría cuenta, me iba a caer una buena bronca y con razón. Estaba absolutamente perdida.

Llorando a moco tendido, pagué al mecánico tirando de tarjeta. Me subí al coche absolutamente destrozada y conduje hasta casa de mi hermana. Sabía lo que me iba a decir: que no sabía conducir, que no se podía confiar en mí, que era un desastre, una irresponsable y que era la última vez que me prestaba nada de nada. Sabía que tenía razón, pero no quería oírlo. No tenía los nervios templados para aguantar el chorreo. Por eso cuando entré en su casa y la encontré en la terraza de su séptimo piso con esa sonrisa de suficiencia que siempre tiene, sosteniendo un vermut en su mano izquierda y llevándose la aceituna a la boca con su mano derecha, en cuanto abrió la boca y dijo qué tal hermanita, le empujé con todas mis fuerzas y la tiré por el balcón.

Buena suerte

La primera vez que lo vi andaba cerca de una fuente. Llevaba una mochila pesadísima en la espalda, buscó un sitio libre y se sentó. Al rato, abrió la bolsa y empezó a tirar monedas al agua. Se pasó la tarde lanzando más de tres mil euros en monedas de cincuenta céntimos, una tras otra.

La segunda vez que me encontré con él fue en el canódromo. Yo estaba disfrutando de una tarde en las carreras cuando le vi pisoteando las heces que los perros habían depositado antes de competir. Rápidamente lo reconocí y me pareció un hombre inquietante. Aunque me moría de curiosidad, no tuve la osadía de acercarme y preguntarle qué estaba haciendo.

La tercera vez fue en una tarde de noviembre. Hacía frío y no me extrañó verle comprando unas castañas asadas. En cuanto pagó, le preguntó a la castañera si podía acariciar su joroba. Tras unos segundos de asimilación de la pregunta, la castañera, airada, se negó en redondo. Observé como el hombre guardaba las vueltas en el bolsillo y hacía ademán de marcharse. Sin embargo, en un gesto rápido y a traición, restregó su mano por la joroba de la señora, para acto seguido huir a toda velocidad.

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Motivado por la curiosidad, le seguí unas manzanas más allá, hasta alcanzarle. Me acerqué hasta él y le pregunté qué es lo que estaba haciendo. Me miró de arriba abajo y con una altivez inesperada me dijo: “Yo construyo mi propia suerte”.

-¿Y funciona? -le pregunté.

-¿Cómo dice?

-Que si funciona…

-No. No funciona en absoluto. Lo he intentado todo: cada media hora cruzo los dedos para pedir un deseo; voy de jardín en jardín buscando un trébol de cuatro hojas; los martes voy al aeropuerto y me acerco a las pistas para petarme los tímpanos, y así empezar a oír un zumbido muy fuerte en los oídos…

-¿Eso da suerte?

-De toda la vida -dijo alzando el mentón-. Como tocar madera -dijo tocando madera-, llevar una pata de conejo –dijo sacando una del bolsillo- o pisar mierda –dijo pisando una mierda.

-Me hago una idea. ¿Y tiene una herradura en casa?

-La duda ofende -me dijo mirándome de arriba abajo-. Yo construyo mi propia suerte. Soy un hombre hecho a sí mismo, como el malo de Titanic.

-¿El iceberg?

-No, el fiancée -me replicó.

-Ah, el ricachón estirado –le dije.

-Sí, ese mismo -dijo atusándose los bigotes-, siempre he querido ser cómo él: un business man sofisticado, presuntuoso y elegante.

-Quizás sea un modelo de conducta equivocado -le dije.

-¿Qué querías que fuera como Di Caprio? -espetó.

-Es joven, guapo y artista. Un hombre apasionado que se mueve por amor.

-Di Caprio se muere de frío en la película.

-Visto así, no lo había pensado -le dije.

-¿Qué nos dice Titanic? Que los artistas apasionados mueren de frío y que ni siquiera el calor de su corazón enamorado puede darles abrigo. No olvides nunca que Titanic es la obra de un capitalista.

No supe qué responder a eso. El hombre hecho a sí mismo acarició una pata de conejo que sacó de su bolsillo, se acercó al quicio de una puerta que rozó con la yema de los dedos y piso una caca antes de marcharse en busca de fortuna. Antes de irse, me deseó buena suerte.

Desde entonces, siempre me pregunto si tuviera buena suerte, ¿qué haría con ella?