Like

Hacía unos días que no sabía nada de ella. Entonces, recibí su mensaje: “tenemos que hablar”.

-Rebeca, ¿pasa algo?

-Sí, pasa que tenemos que hablar.

Acudí a la cita con el estómago revuelto por los nervios. Rebeca me esperaba sentada en la terraza al tiempo que encendía su segundo cigarrillo. A pesar de que llegué puntual, tenía la cerveza a medio terminar y ya estaba pidiendo la segunda. Aunque nos dimos dos besos, no nos dimos dos besos, simplemente rozamos diplomáticamente nuestras mejillas.

Le pregunté de qué quería hablar conmigo. Sacó su teléfono móvil y me di cuenta de que en realidad quería pedirme explicaciones. Abrió su instagram y repasó una a una las últimas doscientas trece fotos que había colgado. Le pregunté por qué estábamos repasando esas doscientas trece fotos y no las cuatrocientas quince que había colgado desde que se abrió la cuenta. Me respondió que sólo quería repasar esas doscientas trece fotos porque las anteriores no eran importantes.

-¿Por qué las otras no son importantes? –le pregunté.

-Porque antes no nos seguíamos en instagram. Sólo hace doscientas trece fotos que me sigues -respondió.

-Pero, ¿cuál es el problema? -le pregunté intrigado.

Entonces, Rebeca volvió a repasar las doscientas trece fotos con cierta ansiedad mientras encendía un tercer cigarrillo, y pedía otra copa de cerveza.

-Fíjate -me dijo- todas estas fotos tienen algo en común en todas, absolutamente en todas, me has dado un Like.

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-¿Y? Eso es bueno, ¿no? -le pregunté perplejo.

-Sí, claro que es bueno, lo que ocurre es que en ESTA FOTO con mi sobrina Candela no le diste al Like –me dijo señalándome esa foto en concreto.

-¿Cómo? Déjame ver.

Eché un vistazo a la foto y efectivamente, ahí estaba Rebeca con su sobrina Candela, súper-preciosas las dos, sonriendo en lo que parecía ser el jardín trasero de un pareado decorado con globos, banderitas, serpentinas, piscina y hasta tarta de chocolate. Y no, no le había dado un Like. Y era raro, porque la foto se merecía un Like.

-No sé, ¿qué es lo que quieres decirme con esto? –le pregunté a mi amiga.

-Pues no me esperaba esto de ti, la verdad, yo pensaba que eras… una buena persona y no… ya sabes, no pensaba que fueras así.

-¿Así cómo?

-Así… -a Rebeca le costaba decirlo, por la rabia, pero también por la decepción- como una mala persona.

-Un momento, un momento, ¿mala persona? ¿No le doy a un Like a una foto y de repente soy una mala persona?

-Más que una mala persona, ¡un racista! –dijo sin poder reprimirse-. Lo que demuestra esta foto… ¡lo que demuestra que no le des al Like a esta foto es que eres un puto racista!

-¿Qué?

-Niégamelo… ¡ten los santos cojones de decirme que no le has dado al Like porque Candela es negra!

-No sé qué decir, pero, Rebeca, yo no soy racista, ni siquiera me había dado cuenta de que…

-¿De qué? ¿En serio me vas a decir que no te habías dado cuenta de que Candela es negra?

-No, no, claro que me he dado cuenta de que Candela es negra, de lo que no me había dado cuenta es de que no le había dado al Like a esa foto…

-No me tomes por imbécil. O sea le das al Like a todas mis fotos, cada día, desde que nos conocemos, a doscientas trece fotos y se te pasa justo esta, ¡qué casualidad! -dijo totalmente indignada. Tomó aire, apagó el cigarrillo bajo la suela de sus zapatos y dejó ir lo que llevaba dentro-: Mira, yo pensaba que éramos amigos… es más, pensaba que te gustaba, porque siempre me dabas Like a todas las fotos y ya se sabe lo que es un Like, que según cómo puede ser algo más… y yo, tonta de mí, hasta me había hecho ilusiones…

-Pero, Rebeca, si yo sí…

-Déjame terminar. Lo que quiero decir es que…

-Un momento -le interrumpí dándome cuenta de algo. Cogí su teléfono y comprobé la fecha de la foto. La foto había sido tomada el 7 de junio. Como un fogonazo que iluminó mi cara, fue entonces cuando comprendí qué es lo que había ocurrido-. Rebeca, ¿sabes por qué no le di al Like a esa foto?

-No quiero oír ninguna explicación, tengo el corazón roto para escuchar ninguna excusa barata…

-Rebeca. Mira.

Entonces, poco a poco, me levanté la camiseta y le dejé ver la cicatriz que cruzaba el costado derecho de mi vientre. Rebeca me miró sorprendida y me preguntó qué era eso. Yo le respondí que el 6 de junio me habían ingresado en el Hospital de Bellvitge con un ataque de apendicitis. El 7 de junio estuve incomunicado, sin batería y tardaron dos días hasta que me dieron el alta.

-No vi tu foto con tu sobrina Candela, que me parece un amor, por cierto. No pude darte Like.

Rebeca se quedó callada. Durante minutos no supo qué decir, de repente se puso colorada, le faltó la respiración y empezó a hiperventilar. La abracé y le dije que no pasaba nada, que un error lo podía tener cualquiera. Me dijo que lo sentía, que lo sentía mucho. Traté de consolarla y le dije que a partir de entonces lo haríamos mejor, subiríamos también las fotos de las cosas malas que nos pasaran para que no tuviéramos que enterarnos así de nuestras circunstancias. Rebeca me pidió entre lágrimas que la perdonara.

-No hay nada que perdonar, Rebeca -le dije con mi cara pegada a la suya.

Cogí su rostro entre mis manos, acerqué mis labios a los suyos y le di un Like.

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Héroes modernos

The Imitation Game explica la historia del criptoanalista Alan Turing responsable de descifrar los códigos de la máquina Enigma de la Alemania Nazi. Este hecho fue crucial para la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. TIG es una película correcta sobre héroes “incorrectos”. Una de esas producciones solventes y bienintencionadas, que explican una historia crucial para la humanidad.

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La historia se centra en el conflicto moral de dejar morir a unos cuantos para salvar a unos muchos. Es decir, el conflicto de las grandes decisiones que siempre se toman en las alturas y no en el conflicto a ras de suelo de los mortales ciudadanos llamados a leva. No es casual que el cine comercial mainstream recoja esa tradición de historias que explican las vidas de los generales, en lugar de las de los pobres soldados. El cine comercial mainstream sigue apostando por esas grandes epopeyas como si los reyes continuaran siendo los importantes y no sus vasallos.

El personaje que interpreta Cumberbacht, que no deja de ser un vasallo al servicio de los reyes, es también una especie de Merlín, un sabio con una magia que es capaz de detener la guerra y reducir exponencialmente sus consecuencias. Si la historia y la sociedad occidental fuera como debiera, no habríamos tardado 70 años en hacer de Turing un héroe. Y sin embargo, la película -muy dulcificada- explica su triste historia: muriendo solo, apestado, sin el menor reconocimiento, castrado químicamente por su homosexualidad, su diferencia, su “enfermedad”.

¿Qué clases de héroes construimos? ¿Qué clases de héroes merecemos? ¿Qué trato les damos a los héroes? Podríamos pensar que 70 años más tarde, hemos evolucionado algo. Pero basta con echar un vistazo a los héroes que diariamente ocupan horas de televisión y radio, y encabezan las portadas de los diarios digitales con sus gestas. Nuestros héroes no son gente que haga cosas realmente extraordinarias, que salven vidas y mejoren la vida de la gente. ¿Cuántos Marie Curie, cuántos Ramón y Cajal, cuántos Picassos, cuántos Cervantes, cuántos Turings anónimos hay ahora en el mundo? ¿Y cuántos seguidores de Twitter tienen? Porque así es cómo ahora valoramos a las personas.

Sin embargo, nos da igual lo que hagan nuestros héroes modernos fuera de su ámbito profesional. Mientras rindan con sus gestas, mientras hagan su trabajo allá donde toca, nos da igual su falta de educación, sus formas, su (in)cultura; si desprecian a los periodistas y les insultan en ruedas de prensa; nos importa un pepino si (nos) defraudan a hacienda; celebramos que golpeen a sus novias; nos la suda si se follan a menores en orgías concertadas por productores de cine X metidos a criminales y a la trata de blancas. Son deportistas, son héroes, y como tales, tienen absoluta impunidad.

Parece que esas son nuestras guerras modernas y nos da igual la “enfermedad” de nuestros héroes con tal de que las ganen por nosotros.