Preguntitas

Sentado en un banco del parc Joan Miró veo como una niña de unos seis o siete años se toma la merienda con su padre. La niña viene y va revoloteando al tiempo que le hace una pregunta tras otra:
-¿La naranja se llama naranja porque es naranja?
-Sí.
-Y si fuera roja, ¿se seguiría llamando naranja?
El padre asiente y consigue introducirle un trozo de fruta en la boca de su hija, que a medio masticar le pregunta:
-¿Por qué el plátano se llama plátano y no se llama amarillo?
No oigo la respuesta del padre porque un camión de bomberos pasa haciendo sonar la sirena, pero sí que le veo sudar.
La respuesta no termina de convencer a su hija que vuelve a la carga preguntándole por qué tiene que merendar.
-Para que seas muy fuerte -le dice el padre.
-¿No soy fuerte ya? -responde la niña.
-Para hacerte aún más fuerte -rectifica el padre, pillado en un traspiés.
-¿Puedo jugar con los niños a la pelota? -vuelve a preguntar la niña.
-Claro, puedes hacer lo que quieras -responde el padre esforzado.
-¿Y me puedo llevar la pelota a casa?
-No, no puedes llevarte la pelota a casa.
-¿Por qué no? Has dicho que podía hacer lo que quisiera…
El padre guarda silencio y en su cerebro un resorte explota intentando encontrar una respuesta que concilie el conflicto entre la libertad de su hija y la propiedad privada.
Entonces, la niña se gira hacia mí, me mira con una sonrisa, y con una condescendencia atávica me dice:
-Mi papá me explica cosas.

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La muerte de Michael Cimino

 

Es la segunda vez que Michael Cimino se muere. O al menos, es la segunda vez que muere para Hollywood. El fracaso en taquilla de Las Puertas del Cielo que arrastró a la quiebra a United Artists, el estudio que la financió, fue su primera muerte. Una muerte social, artística e industrial que sólo puede ocurrir en el negocio del cine.

Para mí The Deer Hunter (El Cazador) no es sólo una película. Es una de las pocas películas que dan existencia ya no a una carrera, sino a una forma de representar la vida. En otras palabras, si el cine existe fue para que alguien como Cimino pudiera rodar una película así.

Sé que la huella emocional que El Cazador dejó en mí se debe a que es esa clase de películas que veía con mi padre y para las que muy probablemente aún no tenía edad. Con él he visto películas que me han hecho ver la complejidad del mundo y del ser humano, lo cerca que podemos estar del cielo y del infierno. A menudo se me olvida decirle las cosas que he aprendido de él. Creo que es un buen momento para darle las gracias por no censurarme jamás ningún tipo de contenido “inapropiado”.

El Cazador no es sólo una buena película que deja poso porque eres un niño. No, El Cazador es una película que se mantiene firme hoy en día como el retrato de una época, de una generación y de la condición humana. Vuelvan a verla, véanla con sus hijos, que se hagan preguntas, que se incomoden: harán del mundo un lugar mejor. Ese es su legado.

La muerte de Cimino es también la muerte de un tipo de cine que ya no volverá. El cine ha cambiado tanto que es impensable que nadie pueda financiar una película así hoy en día. Los cineastas sabemos que dentro de una misma historia, o de un mismo tema, hay ciertas cosas que no podemos hacer porque no las van a entender o no les va a gustar a aquellos que deciden qué películas se hacen y qué películas no. En todas partes hay unos pocos outsiders, es cierto, pero el grueso de las películas que se producen son películas impermeables, auto-censuradas, dirigidas a un público determinado, targetizado, que no tienen el objetivo de remover emocional e intelectualmente a las clases medias del mundo.

Con esta segunda muerte de Cimino, muere también una forma de entender el cine, el arte y una forma de representar la realidad con el firme propósito de querer cambiarla. Quizás sea la constatación del fin de una época y quizás vaya siendo hora de vestirnos de luto y hacer un duelo.

Es una vergüenza para el negocio del cine, para Hollywood y para el sistema que Cimino se haya muerto teniendo “un armario lleno de guiones que quería rodar“.