La parodia, la política y la ficción

La noche de fin de año, TVE programó el especial de José Mota. El programa, lleno de humor blanco y generalista, se fundamentaba en una parodia de la clase política. A diferencia de lo que ocurre una vez a la semana en Polonia (TV3, televisión pública catalana), o cada día en El Intermedio (La Sexta, televisión privada generalista), los personajes políticos eran parodiados por su forma de hablar y no por su contenido. El espacio anual para la parodia que la televisión pública española cobija, es un espectáculo al servicio del talento de los guionistas y la gran capacidad de imitación de Mota. Pero también es superficial, e inane; es una parodia intrascendente que nace muerta porque no busca desnudar al personaje.

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El humor paródico antes se centraba en personajes famosos y conocidos por el gran público: toreros, cantantes, artistas, escritores, actores y, en los últimos tiempos, en deportistas. Hoy por hoy, la parodia se centra en los políticos. El motivo se fundamenta en que la parodia funciona como espejo distorsionador de la realidad para criticarla; por tanto, cuanta más gente conozca esa realidad, más gente podrá reír. Parece que hace siglos que los Muchachada empezaron a parodiar personajes menos populares, menos mainstream; buscando nuevos públicos, mediante un humor diferente. Entonces, encontraron un espacio en La 2 (cadena pública con coartada cultural).

Quizás los políticos son ahora los personajes culturales más conocidos por el público generalista, y por tanto los más parodiables. Pero, ¿sabemos más de política? ¿O simplemente estamos más expuestos a la información culebronesca con personajes, situaciones y giros inesperados de guión? ¿Sigue siendo la política un arma de transformación de la sociedad, o es un arma de ocupación de espacios de televisión? ¿Han cambiado estos espacios su forma de explicarnos la política? La narrativa seriada de estos programas imprime la sensación de que no puedes perderte el siguiente capítulo de la actualidad política. Los actores políticos se vuelven personajes pop de una ficción que los engulle en una dinámica en la que el espectador se ve obligado a tomar partido entre buenos y malos. La crítica televisiva dice que la ficción moderna presentaba personajes poliédricos llenos de grises y matices, reformulando el concepto del bien y del mal, de los buenos y los malos, como siglos atrás lo hizo la novela moderna. ¿Por qué ese atraso en la narrativa política y en su parodia?

Antes, la gente quedaba y hablaba de películas, de libros, de conciertos, del partido del sábado (cuando había fútbol una vez a la semana) y ahora, con el primer vermut ya están discutiendo como forofos no de política, no de contenidos, sino de sus personajes favoritos que intervienen en política.

El problema no es sólo que la política nos polarice defendiendo a los nuestros de los otros; el problema es que como ficción es muy pobre.

El relato de los números

La madrugada del domingo al lunes, Lebron James ganaba su tercer anillo de campeón de la NBA. Lebron ha disputado 7 finales, y hasta el momento su record queda establecido en 3 victorias por 4 derrotas, lejos de las 6 victorias de Michael Jordan, lejos de los seis, siete, ocho, nueve… anillos que prometió a su llegada a Miami. Su promedio en estas finales a 7 partidos contra los Golden State Warriors han sido de 29,7 puntos; 11,3 rebotes; 8,9 asistencias; 2,6 robos y 2,3 tapones.

Esos son los números.

Aunque esos números son una realidad, no explican cómo ha cambiado nuestra percepción de Lebron James. Porque si bien es cierto que la realidad no existe y que es una convención de la que nos dotamos, sí existe el significado que le damos a la percepción de esa realidad. Y la percepción del número 23 de los Cavs ha cambiado en todos nosotros porque su historia, su relato ha cambiado.

-Primero se nos contó la historia de The chosen one, el elegido, aquel que iba a destronar a Michael Jordan del olimpo de los dioses del baloncesto. Los que crecimos con el número 23 de los Bulls odiamos un relato que atentaba contra la nostalgia de nuestra juventud. Por eso odiamos a Lebron James y jaleamos sus derrotas en las finales.

-Cuando la historia de Lebron tomó rumbo a Miami previo paso por el show televisivo de The decision, lo odiamos todavía más: se convirtió en un personaje despreciable, mercenario, arrogante y ambicioso que ansiaba el anillo por encima de todas las cosas. Representaba el valor del dinero por encima del amor a los colores.

-Cuando ganó por fin sus primeros 2 anillos consecutivos nos dolió reconocer la superioridad de sus números, y siempre, siempre fuimos con el equipo que compitiera contra él en las finales. Podía ser un gran jugador de baloncesto, no cabía duda al respecto, pero no era nuestro héroe, no amábamos su relato.

-Sonreímos cuando los vetustos Spurs de Tim Duncan, Ginóbili y Parker les barrieron con el mejor basket que se ha visto nunca. No sólo nos gustó sino que además nos pareció acertado el relato de equipo built contra equipo bought. Fundamentos contra dinero. Experiencia contra arrogancia. Talento contra músculo. Ese relato nos gustaba, ese relato nos emocionaba, ese relato era baloncesto en estado puro.

-Lebron volvió a perder una nueva final contra Curry y los GSW cuyo juego abierto, nuevo, alegre y diferente cambiaba la concepción del baloncesto a un small ball. El relato de los de Oakland era más democrático, más universal, más de todos nosotros.

Parecía el principio de una dinastía y el final definitivo del Rey destronado.

Sin embargo, la percepción de la realidad del personaje de Lebron había empezado a cambiar. Un año antes, Lebron había decidido volver a casa, sin excesivas garantías de que el cambio fuera a mejor, con el único propósito de ganar un anillo de campeón para su gente, para Cleveland, para Ohio; uno de los Estados más pobres y deprimidos de América. Por primera vez en unas finales, no queríamos que Lebron perdiera, no queríamos verle humillado, y empezó a parecernos que el baloncesto estaba siendo poco generoso con el personaje.

Sus números seguían ahí, pero su relato era distinto, había dejado de ser un personaje arrogante para convertirse en un redentor. Su relato nos era más cercano, más suave, más positivo. Aunque esa no fuera la realidad, porque la realidad no existe, esa fue nuestra percepción, y de todos es sabido que las cosas ocurren no por la “fuerza de los números”, sino por la fuerza del relato.

Personajes

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La diferencia entre persona y personaje nunca ha sido tan compleja como lo es en la actualidad. Si ya resultaba confuso diferenciar el ente real del ente ficticio en los programas de tele-realidad, todo se enreda cuando las fronteras entre la ficción y la realidad se difuminan. Antes teníamos una pantalla de televisión que nos delimitaba claramente las fronteras (ellos y nosotros/personajes y espectadores) ahora el mundo está lleno de pantallas. Nuestra realidad es una continua híper-conexión en la que enviamos mensajes, ideas, pensamientos, imágenes, vídeos e historias en diversos formatos, a través de diversos canales, todo el tiempo.

¿Cómo diferenciar cuándo se es una persona y cuando se es un personaje? En mayor o menor medida todos jugamos al juego del enmascaramiento en que estilizamos nuestra persona y nos convertimos en personaje, sin necesidad de que haya pantallas de por medio. Siempre ha existido un elemento dinamizador del mensaje cuando se juega en la convención de la ficción. Y todos parecemos menos vulnerables a la vida en ese contexto, como si en algún punto de nuestras vidas pudiéramos cambiar de rol, de serie, o de canal.

La ficción ha terminado por comerse la realidad hasta el punto de que todas las personas actuamos como si fuéramos personajes. Asumimos nuestros distintos roles en nuestras distintas realidades y juzgamos y somos juzgados como tales. Que la auto-ficción esté tan de moda no es más que un síntoma de la búsqueda incesante de verdad y al mismo tiempo de la necesidad incesante de máscaras. Quizás porque para contar una verdad, la mejor forma de hacerlo sea con una mentira y para contar una mentira nada mejor que hacerla pasar por una verdad (autobiográfica). Tal vez en algún momento nos demos cuenta de que la verdad no existe, o que al menos, existen tantas verdades como personas y puntos de vista; que la prisión de un personaje, sin complejidad, sin matices, voluble y cambiante no es lo que nos merecemos como personas. Porque las personas somos muchas cosas, para empezar nuestras circunstancias, y hay muchas personas dentro de una misma persona. Conocemos a la gente o creemos conocerla a través de su mensaje, de su ficción, de su personaje, de su twitter, de su máscara, que es lo mismo que no conocerlo.