En realidad es un sueño basado en hechos reales, desde principios de agosto he empezado a acudir a clases de yoga. Era cuestión de tiempo que soñara con el saludo al sol, la cobra y el perro.
En mi sueño, la profesora tras haber terminado todos los ejercicios, nos pedía que nos relajáramos, que fuéramos conscientes de nuestra respiración, de nuestra ropa, de cada parte de nuestro cuerpo “que es perfecto…”
Yo siempre pienso: no, no lo es.
Entraba entonces, en un momento de gran meditación y relajación mental y venía a mi mente una imagen muy turbia y extraña, al tiempo que pacífica: una ecografía sin feto. Como si me hubieran practicado una eco a mí mismo, pero en la que (obviamente) no estuviera embarazado. La profesora continuaba con su speech de conciencia del ser individual y se dirigía a mí para decirme:
-Y tú, hombre heterosexual sin ninguna elasticidad (como si fuera una minoría étnica), sé consciente también de tu no-embarazo.
Entonces he respirado profundamente con el abdomen, y siendo muy consciente de mi no-embarazo, le he dicho: Námaste*.
Voy a preservar su nombre en el anonimato, pero es una mujer muy competente, que a pesar de los recortes en sanidad y de trabajar en uno de los barrios más duros de la ciudad siempre me ha tratado con absoluto respeto y profesionalidad. Tendrá una edad indeterminada entre los 45 y los 65 años y en el sueño me preguntaba con cariño por qué había ido a su consulta.
Yo le decía que no dormía bien, que estaba nervioso y que tenía un poco de ansiedad. Ella me preguntaba el motivo y yo le explicaba mi historia personal reciente. Entonces, ella me decía que lo sentía mucho, pero que no podía recetarme nada al respecto; y se creaba un incómodo silencio. Después añadió:
“Mira, Enric, no termino de creerme tu historia, tu personaje de hombre quebrado es poco convincente… me falta desesperación, me falta sentir tu frustración, oler tu decepción… sólo veo a un chico desorientado de 38 años y para darte esas medicinas, yo necesito a un hombre roto al borde del abismo” me dijo.
Entonces asentí, y como si estuviera en un pitching, le expliqué mi ruptura sentimental, el miedo que tengo de verme a mí mismo como el personaje de Paul Giamatti en Sideways (viejo, culto, infeliz y solo) bebiendo una botella de vino caro reservada para una ocasión especial en un restaurante de comida rápida… Esto la hizo sonreír. Después añadí que tenía mucha ansiedad porque no paro de trabajar y creo que me moriré sin haber concluido mi obra maestra. La Doctora me ha contestado que mejor, que ya le iba a interesando más mi historia pero que podía mejorarla con algo mejor, algo distinto, algo nuevo y original.
Tras pensarlo detenidamente, le he explicado que el otro día tuve una cita con una mujer, inteligente, sofisticada, con mucho sentido del humor y muy, muy guapa. Al despedirnos y a pesar de que había muchísima atracción por las dos partes, ella quiso darme un beso de despedida… pero yo le hice la cobra, argumentando que aún no estaba preparado para tener sexo.
-Genial, Enric -exclamó la doctora-. ¡Brillante! Eso es lo que le faltaba a tu historia, ¡qué giro más inesperado!
Sonreí al terminar mi pitching, y la Doctora firmó un par de recetas que me prescribió con mucha satisfacción.
La madrugada del domingo al lunes, Lebron James ganaba su tercer anillo de campeón de la NBA. Lebron ha disputado 7 finales, y hasta el momento su record queda establecido en 3 victorias por 4 derrotas, lejos de las 6 victorias de Michael Jordan, lejos de los seis, siete, ocho, nueve… anillos que prometió a su llegada a Miami. Su promedio en estas finales a 7 partidos contra los Golden State Warriors han sido de 29,7 puntos; 11,3 rebotes; 8,9 asistencias; 2,6 robos y 2,3 tapones.
Esos son los números.
Aunque esos números son una realidad, no explican cómo ha cambiado nuestra percepción de Lebron James. Porque si bien es cierto que la realidad no existe y que es una convención de la que nos dotamos, sí existe el significado que le damos a la percepción de esa realidad. Y la percepción del número 23 de los Cavs ha cambiado en todos nosotros porque su historia, su relato ha cambiado.
-Primero se nos contó la historia de The chosen one, el elegido, aquel que iba a destronar a Michael Jordan del olimpo de los dioses del baloncesto. Los que crecimos con el número 23 de los Bulls odiamos un relato que atentaba contra la nostalgia de nuestra juventud. Por eso odiamos a Lebron James y jaleamos sus derrotas en las finales.
-Cuando la historia de Lebron tomó rumbo a Miami previo paso por el show televisivo de The decision, lo odiamos todavía más: se convirtió en un personaje despreciable, mercenario, arrogante y ambicioso que ansiaba el anillo por encima de todas las cosas. Representaba el valor del dinero por encima del amor a los colores.
-Cuando ganó por fin sus primeros 2 anillos consecutivos nos dolió reconocer la superioridad de sus números, y siempre, siempre fuimos con el equipo que compitiera contra él en las finales. Podía ser un gran jugador de baloncesto, no cabía duda al respecto, pero no era nuestro héroe, no amábamos su relato.
-Sonreímos cuando los vetustos Spurs de Tim Duncan, Ginóbili y Parker les barrieron con el mejor basket que se ha visto nunca. No sólo nos gustó sino que además nos pareció acertado el relato de equipo built contra equipo bought. Fundamentos contra dinero. Experiencia contra arrogancia. Talento contra músculo. Ese relato nos gustaba, ese relato nos emocionaba, ese relato era baloncesto en estado puro.
-Lebron volvió a perder una nueva final contra Curry y los GSW cuyo juego abierto, nuevo, alegre y diferente cambiaba la concepción del baloncesto a un small ball. El relato de los de Oakland era más democrático, más universal, más de todos nosotros.
Parecía el principio de una dinastía y el final definitivo del Rey destronado.
Sin embargo, la percepción de la realidad del personaje de Lebron había empezado a cambiar. Un año antes, Lebron había decidido volver a casa, sin excesivas garantías de que el cambio fuera a mejor, con el único propósito de ganar un anillo de campeón para su gente, para Cleveland, para Ohio; uno de los Estados más pobres y deprimidos de América. Por primera vez en unas finales, no queríamos que Lebron perdiera, no queríamos verle humillado, y empezó a parecernos que el baloncesto estaba siendo poco generoso con el personaje.
Sus números seguían ahí, pero su relato era distinto, había dejado de ser un personaje arrogante para convertirse en un redentor. Su relato nos era más cercano, más suave, más positivo. Aunque esa no fuera la realidad, porque la realidad no existe, esa fue nuestra percepción, y de todos es sabido que las cosas ocurren no por la «fuerza de los números», sino por la fuerza del relato.
La serie creada por Lodge Kerrigan y Amy Seimetz e inspirada en la película del mismo título dirigida por Steven Soderbergh, nos cuenta la historia de Christine Reade, una estudiante de derecho que empieza a trabajar como chica de compañía. En ningún momento, TGE cae en lugares comunes y caminos trillados, esquivándolos con habilidad y sosteniendo la narración sobre tres sólidos pilares:
Primero: el enigma que representa Christine, el personaje protagonista. La historia está construida sobre la tensión dramática de descubrir cuál es su motivación, por qué hace lo que hace. El espectador se pregunta por qué se dedica a la prostitución, quién es ella en realidad y cómo es posible que Christine se exprese con esa extraordinaria dualidad: fría y calculadora en todas las facetas de su vida; y al mismo tiempo tan cálida, solícita y cercana con sus clientes. TGE es el viaje de descubrimiento del personaje.
Segundo: el feminismo, o como diría Caitlin Moran: «no hubo nunca mejor época que ésta para ser mujer: tenemos el voto y la píldora, y desde 1727 ya no nos envían a la hoguera por brujas». Parece de perogrullo, pero esta serie no sería la misma serie de estar ambientada en el periodo de entre guerras, en los años 60 de Mad Men, o incluso hace cinco años. Por tanto, que una chica joven, preparada, e inteligente decida dedicarse libremente a la prostitución conlleva una vuelta de tuerca nueva –«ahora que el feminismo es mainstream»– respecto a todas las historias anteriores del sub-género.
Tercero: el dinero. Al final de lo que va esta serie no es más que de la oferta y la demanda, del capitalismo salvaje y de la concepción filosófica neoliberal que se ha extendido en todas las capas de la sociedad. Todo está en venta: el sexo, la intimidad, e incluso la sensación de tener una auténtica «girlfriend experience» joven, guapa y preparada. Cuando finalmente descubrimos la motivación que hay detrás de Christine, nos damos cuenta de la importancia que tiene el dinero en esta sociedad.
TGE tiene un ritmo incómodo, una cadencia lenta y pausada, casi como si fuera una autoficción sacada del día a día de una chica real. Contenida, sin aspavientos, la trama es una sucesión de situaciones que no busca, ni encuentra giros enrevesados. No tiene concesiones a la comedia, ni es un drama truculento. En ese pasar la vida de una escort la serie se convierte en un espejo moral. Resulta muy tensa la espera de acontecimientos que vive el espectador casi deseando que ocurra algo que gire la trama. Como animales narrativos que somos, intentamos predecir lo que va a ocurrir a continuación. Ahí nos damos cuenta de que casi esperamos que Christine se encuentre a un cliente que la maltrate, que alguien tenga una sobredosis de droga, que un cliente muera en sus brazos, que haya una comida familiar en que alguien la chantajee, etc. Y cuando no ocurre nada de todas esas cosas, uno se da cuenta de que no es un espectador virgen y de que nuestra tradición narrativa conlleva una carga moral que hace que uno espere que el personaje de Christine tenga que recibir un “justo” castigo por ser puta. Y cuando no ocurre eso, uno se da cuenta de lo moderna (en el buen sentido) que es TGE y el examen de conciencia cultural que aún a día de hoy tenemos que hacer.
The Girlfriend Experience se puede ver actualmente en Canal Series Xtra.
La primera vez que lo vi andaba cerca de una fuente. Llevaba una mochila pesadísima en la espalda, buscó un sitio libre y se sentó. Al rato, abrió la bolsa y empezó a tirar monedas al agua. Se pasó la tarde lanzando más de tres mil euros en monedas de cincuenta céntimos, una tras otra.
La segunda vez que me encontré con él fue en el canódromo. Yo estaba disfrutando de una tarde en las carreras cuando le vi pisoteando las heces que los perros habían depositado antes de competir. Rápidamente lo reconocí y me pareció un hombre inquietante. Aunque me moría de curiosidad, no tuve la osadía de acercarme y preguntarle qué estaba haciendo.
La tercera vez fue en una tarde de noviembre. Hacía frío y no me extrañó verle comprando unas castañas asadas. En cuanto pagó, le preguntó a la castañera si podía acariciar su joroba. Tras unos segundos de asimilación de la pregunta, la castañera, airada, se negó en redondo. Observé como el hombre guardaba las vueltas en el bolsillo y hacía ademán de marcharse. Sin embargo, en un gesto rápido y a traición, restregó su mano por la joroba de la señora, para acto seguido huir a toda velocidad.
Motivado por la curiosidad, le seguí unas manzanas más allá, hasta alcanzarle. Me acerqué hasta él y le pregunté qué es lo que estaba haciendo. Me miró de arriba abajo y con una altivez inesperada me dijo: “Yo construyo mi propia suerte”.
-¿Y funciona? -le pregunté.
-¿Cómo dice?
-Que si funciona…
-No. No funciona en absoluto. Lo he intentado todo: cada media hora cruzo los dedos para pedir un deseo; voy de jardín en jardín buscando un trébol de cuatro hojas; los martes voy al aeropuerto y me acerco a las pistas para petarme los tímpanos, y así empezar a oír un zumbido muy fuerte en los oídos…
-¿Eso da suerte?
-De toda la vida -dijo alzando el mentón-. Como tocar madera -dijo tocando madera-, llevar una pata de conejo –dijo sacando una del bolsillo- o pisar mierda –dijo pisando una mierda.
-Me hago una idea. ¿Y tiene una herradura en casa?
-La duda ofende -me dijo mirándome de arriba abajo-. Yo construyo mi propia suerte. Soy un hombre hecho a sí mismo, como el malo de Titanic.
-¿El iceberg?
-No, el fiancée -me replicó.
-Ah, el ricachón estirado –le dije.
-Sí, ese mismo -dijo atusándose los bigotes-, siempre he querido ser cómo él: un business man sofisticado, presuntuoso y elegante.
-Quizás sea un modelo de conducta equivocado -le dije.
-¿Qué querías que fuera como Di Caprio? -espetó.
-Es joven, guapo y artista. Un hombre apasionado que se mueve por amor.
-Di Caprio se muere de frío en la película.
-Visto así, no lo había pensado -le dije.
-¿Qué nos dice Titanic? Que los artistas apasionados mueren de frío y que ni siquiera el calor de su corazón enamorado puede darles abrigo. No olvides nunca que Titanic es la obra de un capitalista.
No supe qué responder a eso. El hombre hecho a sí mismo acarició una pata de conejo que sacó de su bolsillo, se acercó al quicio de una puerta que rozó con la yema de los dedos y piso una caca antes de marcharse en busca de fortuna. Antes de irse, me deseó buena suerte.
Desde entonces, siempre me pregunto si tuviera buena suerte, ¿qué haría con ella?